Etiqueta: el evangelio del domingo

  • En el principio, la promesa

    En el principio, la promesa

    (Lc 9, 28-36) COMPROMETIDOS son aquellos que se hacen una mutua promesa. El compromiso se da en el matrimonio, simbolizado en un anillo, y en muchos aspectos de la vida con un contrato o dando la palabra. La promesa nos abre al dinamismo de la confianza: nos fiamos de quien nos entrega su palabra y nos disponemos a cumplir nuestra.

    ¿Y cuándo es Dios mismo quien nos ofrece promesa de cuidarnos y entregarnos su propia vida? ¿Quién puede compararse con el Dios que ha creado el mundo y el universo entero para establecer con él un pacto, o un acuerdo, o para solicitarle que nos dé su Palabra, o para ofrecerle la nuestra? Los creyentes vivimos en esa osadía. Experimentamos que Dios mismo viene a nosotros, y como una madre ante su hijo temeroso, o como un amigo ante un amigo angustiado, nos dice: “No temas yo estaré contigo siempre.” A veces se nos olvida lo más elemental; y para el creyente lo primero es la promesa de Dios que nos llena de confianza y de seguridad. Si Dios está con nosotros, ¿qué habremos de temer?

    Dios no nos promete solo tierra y descendencia, como hizo con Abraham. Dios nos prometió a su Hijo Único; y su Hijo vino a la tierra y se entregó por nosotros; y nos ofrece su Espíritu para que vivamos, en todo momento, con el gozo personal de vivir la plena comunión. ¿Qué más se puede pedir? ¿Qué podemos negarle si nos lo pide?

    Somos como recién comprometidos con quien nos ama.

  • En el principio, la misericordia

    En el principio, la misericordia

    Marcos 9,37-42

    A VECES comprendemos la fe de manera errónea; y, así, se la transmitimos a los demás.

    Sucede, por ejemplo, con la Cuaresma. Si nos preguntan qué significa la cuaresma respondemos con lo más exterior y superficial: el ayuno del Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo; el no comer carne todos los viernes; que si es tiempo de sacrificio y oración… Y todo esto es verdad, pero a condición de que vivamos que en el principio de nuestra experiencia de fe y de todo esto está la misericordia.

    El pueblo de Israel, antes de recibir los mandamientos de la Ley de Dios, fue liberado por Dios de la esclavitud que estaba sufriendo en Egipto. No fueron primero los mandamientos; lo primero en Dios es siempre su misericordia. También con nosotros primero fueron los cuidados de nuestros padres y sus desvelos; y, mucho después, que nos exigieran hacerles caso.

    Nada hay en nosotros que no proceda del amor en el que crecimos, aun con las luces y las sombras de esta vida. Así lo ha querido el Padre, y en esa condición creó a las personas.

    La cuaresma es solo el deseo de corresponder al amor que nos hizo ser. Por eso cuaresma es hacernos una pregunta y acoger un deseo. El deseo de corresponder con más verdad y autenticidad al amor que Dios nos regala en todo momento; y respondernos a la pregunta de cómo hacerlo. En esto, todo, encuentra su sentido verdadero.

  • Humor negro

    Humor negro

    (Lc 6, 39-45) DON CEGATO le dice a Pocoveo: “Ven que te guíe hasta llegar a la casa.” Dando algunos trompicones y tanteando más que avanzando comienzan a caminar. Pocoveo no se fía y se queja a su amigo: “¿Estás seguro de que vamos bien?, mira que no lo veo nada claro.”

    Después de algunas vueltas sin rumbo se aproximan peligrosamente a un terraplén cercano. Don Cegato aparentando seguridad pisa fuerte; pero cuando el pie se asienta en vacío se agarra a la chaqueta de su amigo y caen los dos uno encima del otro, con el orgullo más magullado que el cuerpo.

    Padres enganchados a los móviles que tienen que procurar que sus hijos no estén todo el día jugando a la “play”. Políticos inmaduros y corruptos predicando sensatez y responsabilidad a la ciudadanía. Sacerdotes sin una experiencia profunda ni de Jesucristo ni de la vida pontificando en todo lo que hablan. Los encargados de formar la opinión pública mirando qué opina la mayoría para no equivocarse en lo que gritan y vocean. La isla de las tentaciones o de los famosos o de “a ver quién es más cínico” marca temas de conversación y maneras de relacionarnos. Quien consiente y defiende la pornografía clama contra los abusos y el maltrato a la mujer…

    “Si un ciego guía a otro ciego, no tardarán mucho en caer en un hoyo”. El humor negro de Jesús se queda corto para describir esta sociedad superficial y cruel en la que vivimos.

  • El (otro) más allá

    El (otro) más allá

    Cuántas veces tenemos la tentación de reducir el Evangelio a una simple regla de sabiduría para la vida; de olvidarnos que el cristiano es alguien que se ha encontrado en su vida con Cristo, y reducimos nuestra fe a unas ideas, a unas normas, a una ideología. Otras veces reducimos nuestra fe a la sola esperanza en el mundo después de la muerte, y la comprendemos al margen y de espaldas a la historia que fatigosamente caminamos. 

    Pero Jesucristo siempre nos invita a ir más allá de nuestras ideas, de nuestros intereses y de nuestras propias costumbres. Más allá de nuestros intereses egoístas revestidos de verborrea psicológica; más allá de lo que dicta la sensatez de los acomodados; más allá de la política que se conforma con la desigualdad y la injusticia, y que pacta con la cultura de la muerte. Cristo está más allá, invitándonos a un perdón sin límites, a una entrega sin límites, a una generosidad «hasta que duela». Cristo siempre nos invita a ir, con él, más allá.

    Si solo perdonas cuando se lo merecen; si solo compartes cuando te fías del que te pide; si solo amas a tus amigos… ¿qué mérito tienes? Escucha lo que nos dice el Señor:  

    «Amad a vuestros enemigos; haced el bien y prestad sin esperar nada; sed compasivos; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; dad y se os dará; así tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo; la medida que uséis, la usarán con vosotros.»

  • El lado sufrientemente humano de la vida

    El lado sufrientemente humano de la vida

    (Lc 5, 17-26) LA VIDA es gozo y alegría, es exuberancia y plenitud. Pero nuestra vida tiene primaveras y otoños; veranos e inviernos; momentos para reír y momentos para llorar. Por eso, la Vida es más que sus momentos de placer o de padecer. Solo el amor es Vida.

    Cuando no entendemos esto –y nos cuesta la vida entera entenderlo-, tenemos el riesgo de dejar a un lado lo pobre, lo sufriente y lo sacrificado de la vida para adorar a quien nos promete placer, honores o riquezas; y, entonces, todo lo perdemos. Ay de nosotros, cuando a éstos pretendemos y los convertimos en el norte de nuestra vida.

    Cuando nos desprendemos de todo eso, que es vano y superficial, podemos vivir felices en la pobreza y con los pobres; felices en el sufrimiento y con los que sufren; felices en debilidad y con los débiles; nuestros vecinos serán importantes porque son nuestros vecinos; lo mismo que somos importantes para nuestros padres, simplemente porque somos sus hijos. Esa es la vida.

    Jesucristo mirando a sus discípulos, pescadores y labradores humildes, pobres trabajadores, cada uno con sus limitaciones, pero con la inmensa riqueza de haber sido elegidos, les dice una frase tan enigmática como revolucionaria y trascendente: «Dichosos vosotros los pobres porque vuestro es el Reino de los cielos».

  • Toda la vida en dos claves

    Toda la vida en dos claves

    (Lc 5, 1-11) LA CLAVE DE la vida es escuchar la llamada que Dios te hace en la transparencia de lo cotidiano. El día a día va mostrándonos, si nos paramos un poco, en qué se ha de resolver nuestra vida.

    El profeta Isaías la descubrió en el templo, en una experiencia profunda de oración; Pedro el pescador de Galilea, cuando descubre que tenía delante de él alguien más grande de lo que podría imaginar; Saulo de Tarso la descubre ante el hastío y la contradicción de perseguir sin misericordia en nombre del Dios de la Misericordia. Si somos capaces de escuchar qué nos pide Dios y acogerlo, toda nuestra vida transcurrirá, con problemas y dificultades, pero con la certeza íntima de estar viviendo nuestra propia vida.

    Pero después de esa opción fundamental, después de haber acogido la vocación de Dios que cimienta nuestra vida, tenemos que seguir atentos a las llamadas concretas que nos hace en las situaciones y personas que nos encontramos. ¿De qué sirvió escuchar la llamada a ser madre si, después, sabes más sobre la última telenovela turca que sobre la vida de tus hijos?; ¿de qué sirvió que le consagraras toda tu vida a Dios, si después esquivas el compromiso, disimulas tu orgullo y solo buscas la comodidad? Cada día tiene un reto, cada día tiene su afán.

    Alguna vez cuando Dios llamó a tu puerta tenías puestos los auriculares; pudo pasar, pero no lo escuchaste. Ese es el reto: ponerse en modo escucha.

  • Paz en la tierra

    Paz en la tierra

    (Jn 1,1-18) ¡CUANTA GUERRA, cuando todos deseamos vivir en paz! En todos los rincones de la Tierra hay conflictos armados que siegan vidas inocentes. Unas veces son víctimas, directamente, de las armas de fuego, otras del hambre o de las migraciones forzadas y en condiciones inhumanas.

    Si la paz es fruto de la justicia, como dice Isaías; vivimos en un mundo profundamente injusto.

    Igual es que no todos deseamos vivir en paz, y algunos ponen su beneficio económico y sus ansias de poder por encima del bien y de la vida del pueblo. Pero unos pocos no pueden si los muchos no ceden, y la responsabilidad de que el clima de división y enfrentamiento se vaya adueñando de un país es de todos sus ciudadanos. Cuando dividimos a las personas entre corderos y lobos, se llamen como se llamen unos y otros, ya está justificado iniciar la caza del lobo y usar la violencia contra quien se ha caracterizado como la encarnación del mal.

    Si queremos la paz hemos de dejar que brote en nuestro corazón y defenderla de tanta tentación de violencia y de enfrentamiento como nos asalta. Que este año nuevo sea de paz para todos.

  • El pueblo de la palabra

    El pueblo de la palabra

    (Lc 4, 14-21) LO QUE UNE y da consistencia a un pueblo es compartir una cultura, una manera de afrontar la vida, la solidaridad de los distintos grupos que lo componen y el tener un proyecto de justicia en común. Los nacionalismos se empeñan en buscar en un pasado mítico y glorioso una identidad excluyente; y si no la tienen, se la inventan.

    El pueblo de Dios en la Primera Alianza se alimentaba de un pasado memorable: Dios los había sacado de la esclavitud y la opresión a través de la gesta liberadora de Moisés. Pero lo que les daba consistencia como pueblo era la Ley de Dios. Una ley que habla de respeto y de mutua ayuda, una ley que busca la justicia y la solidaridad con el extranjero y los más pobres. Una ley que el mismo Dios de la misericordia y del perdón les había concedido.

    La Iglesia, nuevo pueblo de Dios, reúne a personas de distintos países y culturas; pero tenemos en común ser llamados a una comunión íntima y comunitaria con Jesucristo; una comunión que nos hace procurar vivir con honestidad y dignidad nuestra propia vida, desear profundamente que todos tengan vida, y construir un mundo más justo. El relato «mítico» que nos identifica es el de un hombre que, siendo Dios, se entregó para salvarnos a todos. Por eso todo cristiano vive no para sí mismo, sino queriendo entregarse, en Cristo, a los demás.

    Un pueblo cristiano no excluye, no margina, no condena; con todos comparte el pan y el vino de la Palabra de Vida.

  • Delicadeza y ternura

    Delicadeza y ternura

    Marcos 9,37-42

    CON LA DELICADEZA que una madre lava a su hijo recién nacido; con la ternura que su padre lo coge en brazos; con el amor que ambos se miran como si el mundo se hubiese parado y nada pudiera salir mal…; así viene Dios a nuestra vida, con delicadeza y ternura.

    No quiso Dios imponer nunca su voluntad. Sus palabras, silenciosas; su presencia elocuente siempre es respetuosa con nuestros sentimientos y nuestra voluntad. A veces lo quisiéramos castigador –con los otros-; a veces lo imaginábamos acusando y corrigiendo a todos. Pero, cuando quiso venir a mostrarnos su rostro, eligió el de un niño recién nacido cuidado por su padre y su madre, en la pobreza más radical.

    La presencia de los cristianos debe ser así: como la de María y José cuidando a su hijo. Con delicadeza y ternura para con su hijo; con sacrificio y abnegación para con ellos mismos; con valentía y prudencia para con el mundo, tantas veces hostil y cruel.

    El niño, que se duerme bajo la mirada de su madre María, nos habla de la bondad de Dios, que florece como el almendro, antes incluso de cubrirse de sus verdes hojas. Solo los contemplativos lo descubren; por eso solo los contemplativos pueden iniciar los cambios verdaderos que necesita nuestro mundo.

  • Encarnación

    Encarnación

    (Lc 1, 26-38) EN UNOS DÍAS estaremos celebrando la Navidad, el nacimiento del Hijo de Dios en nuestra historia. Se nos llenarán los ojos de la ternura y la belleza de la bondad de María, José y su Hijo; y estará muy bien. Pero, a veces, se nos olvida la razón por la que Dios mismo quiso hacerse carne de hombre, y venir a donde nosotros estamos.

    Sí, sí; eso es; para salvarnos del pecado. Un pecado que tiene como consecuencias las guerras y las más terribles rencillas entre hermanos; un pecado que es causa de todo tipo de violencia contra mujeres y niños, de la deshumanización y la falta de sentido de la vida de muchos; un pecado que a todos nos hace sufrir y que en todos está presente. El pecado consiste en no respetar los límites de nuestra realidad, en creernos dioses capaces de decidir sobre el bien y sobre el mal; que estamos por encima de los demás y hasta de la voluntad de Dios.

    La cadena del pecado la rompió el Hijo cuando venció el odio con la fuerza de su misericordia. Pero Dios es tan humilde y respetuoso que necesitó que una mujer sencilla acogiera en su seno al Verbo de Dios. Sin su acogida no podía Encarnarse y dar comienzo a la salvación definitiva de la humanidad. Cada uno de nosotros como María, en este adviento, hemos también de decir: «Señor aquí me tienes, que se cumpla tu voluntad en mí», para que el mal retroceda y la gracia del amor y de la justicia sea, como Dios quiere, lo que impulse nuestra vida.