Etiqueta: el evangelio del domingo

  • Lo más humano

    Lo más humano

    LA FE en Jesucristo es lo más humano que podemos vivir. Hay quienes se empeñan en oponer lo humano a lo divino, la libertad de la persona y la confianza en Dios, la razón y la fe. No se dan cuenta de que para que todo esto se oponga de verdad hay que, o bien manipular lo religioso o reducir a la persona a una caricatura de lo que es.

    Sin la compasión con el que sufre, que nos propone el mensaje y la vida de Jesús, ¿qué quedaría de nuestra humanidad de personas? Si todo en nosotros fuera cálculo de intereses egoístas, ¿en qué nos habríamos convertido?, personas, habríamos dejado de serlo.
    Los que más anhelan y desean que sus padres se quieran para siempre son los hijos, que saben que solo en el respeto y el cariño de sus padres ellos podrán ser felices. Ellos no entienden eso de que “se acabó el amor” como argumento último de su divorcio.

    Podemos asumir la propia muerte como final absoluto de la vida. La propia, porque la muerte de quien amamos, la desaparición completa de quién queremos verdaderamente siempre es un absurdo, la vivimos como imposible.

    Estamos hechos a imagen de Dios y solo en Cristo podemos encontrar una vida reconciliada con lo que somos. Alguien se podrá empeñar en vivir de espaldas a Jesucristo, pero en el camino de la vida se lo encontrará muchas veces, curando sus heridas, cuidando de él.

  • Más que Elías, el profeta

    Más que Elías, el profeta

    Comentaba la gente entre sí que Jesucristo era el nuevo Elías, el gran profeta de la Primera Alianza que hizo llover cuando la interminable sequía, que denunciaba las injusticias del rey, que devolvió la vida a un niño, pero que, a veces, confundía el poder de Dios con la violencia sagrada.

    Jesús daba muestras de ser como Elías, pero mucho más que Elías. Sus signos de curación a los enfermos, su palabra contundente ante el poder inicuo y la hipocresía de los jefes religiosos, su palpable cercanía al Dios Todopoderoso, así lo avalaban. Jesús era mucho más que Elías. Su poder nunca estaba en la violencia, sino en la misericordia y la compasión, en apelar a la conciencia de cada persona; su poder va a estar en devolver la paz y la reconciliación hasta a los endemoniados y los enfermos mentales, en dar de comer a una multitud con la pequeña colaboración de algunos de aquellos pobres. El poder de Jesús es siempre como el del Padre: respetuoso con la libertad de la persona; misericordioso con el pobre; dando vida entregando su vida, como lo hizo en Jerusalén.

    Por eso, los mandatos de aquel obrero nazareno son, tan fuertes y exigentes, como solo Dios los puede hacer. Nada hay que se resista a su palabra, a su llamada. En responder a su llamada está la vida y la plenitud de cada persona. No dudes que vas a escuchar su voz en la brisa suave de tu silencio; y no dudes en acogerla en obediencia. De seguirlo, nunca te arrepentirás.

  • Un sacerdocio nuevo

    Un sacerdocio nuevo

    (Lucas 19, 11-17) EN LA ÚLTIMA cena, Jesús realizó un gesto que daría mucho consuelo y mucho que pensar a sus discípulos. Tomó un poco de pan y de vino y les dijo que aquello era su cuerpo y su sangre, sacramento de la nueva alianza.

    Tan profunda impresión causaron estas palabras en los discípulos que cada vez que querían recordar juntos a Jesucristo partían el pan; y aquel recuerdo lo vivían no como una conmemoración sino como una actualización de la paz y de la gracia, del amor y la salvación que Jesús les trajo. Pudieron comprender que en la persona de Jesucristo se realizaba un sacerdocio nuevo, no basado en ritos, ni en ceremoniales, sino en la entrega de su vida por la que ellos experimentaban una vida nueva.

    Tan distinto era aquel sacerdocio del de los judíos, del de Aarón y los levitas que acudieron a un personaje del Antiguo Testamento coetáneo de Abraham: Melquisedec. Este bendijo a Abraham cuando venía de arriesgar su vida por rescatar a su sobrino y su familia que estaban prisioneros y esclavos. Aquel gesto valiente y solidario de Abraham le gana la bendición de Melquisedec, que le agasaja con pan y vino. Un gesto sencillo para quien venía feliz por ayudar su hermano.

    Así es la eucaristía: regalo que se nos ofrece, con la sola condición de abrirnos a la fraternidad con el que sufre y a la amistad con un Dios que es verdaderamente Padre.

  • El verdadero conocimiento

    El verdadero conocimiento

    (Juan 16, 12-15) SE ACERCA A NOSOTROS una persona y vemos su estatura, su porte, su aspecto físico; hablamos con ella de alguna cosa y nos separamos. No podemos decir que la conocemos. En posteriores encuentros descubro sus capacidades, las habilidades que tiene, sus limitaciones. Me doy cuenta que me puede ayudar a resolver tal o cual problema que tengo. Que manteniendo relación con ella tendré tal o cual beneficio. No puedo decir aún que la conozco.

    Se llama Juan y ya me ha contado algo de su familia y de su historia, de cómo llegó hasta aquí y de sus planes de futuro. No puedo decir todavía que la conozco.

    Soy yo, en un momento, quien se sincera con él. Le comento un asunto personal que me preocupa; él comparte conmigo esa preocupación, lo noto. Sin darme cuenta he empezado a confiar en él. Ahora sí estoy en camino de conocerlo. Compartiremos tareas y momentos de descanso; algún día pasearemos juntos un rato; ya comprendo que es alguien único, una persona, para la que Dios tiene su proyecto y su misión, y que, como yo mismo, unas veces a acepta y otras no. Así en el camino nos conocemos.

    Con el Señor pasa igual; solo cuando nos dejamos acompañar por él en el camino de la vida lo vamos conociendo. Lo demás son conceptos que, si no se viven, esconden más que revelan.

  • Empoderados

    Empoderados

    (Lc 44, 46-53) ÚLTIMAMENTE, en el contexto de las ciencias sociales, se usa una palabra que me parece cacofónica: «empoderamiento». Me suena mal por dos motivos. Las palabras largas, que hay que respirar antes de pronunciarlas, nunca me han gustado. Sin embargo, su sentido es bueno: la adquisición de capacidades e independencia por parte de un grupo social desfavorecido para mejorar su situación; pero hace mención al “poder” sin vincularlo al amor ni al servicio. Y, sinceramente, ni el poder de Dios sería bueno si no nos hubiese mostrado Jesús que, tanto como su poder, el amor de Dios es infinito, y que siempre lo usa al servicio de todas las personas. Así lo hizo Él que es el Hijo de Dios.

    El Espíritu Santo nos reviste de la fuerza de lo alto y nos capacita para vivir en paz los problemas más difíciles, para no dejarnos vencer por el desaliento y el conformismo, para buscar con creatividad solución a los problemas de los pobres, y para extender siempre la alegría del Evangelio.

    Cada día tenemos que pedir que el Señor nos envíe su Espíritu, que revista nuestra debilidad con su fuerza. “Yo solo le pido al Señor que me dé fuerzas para criar a mis hijos”, me decía una joven ante los problemas que tenía. Esa es la fuerza que queremos pedirle y que el Espíritu Santo quiere darnos.

  • Lúcida soñadora: la Fe

    Lúcida soñadora: la Fe

    (Jn 13, 31-35) ¿CÓMO SE LE PUDO ocurrir al Señor pedirnos que nos amáramos unos a otros como Él nos amó? El mandamiento de la Nueva Alianza señala el imposible de los imposibles. A nosotros que somos egoístas y orgullosos, nos pide que amemos con generosidad y humildad; si hasta haciendo algo bueno nos llenamos de un orgullo sutil y dañino. A nosotros que somos cobardes y calculadores, nos pide que amemos hasta entregar la vida, sin pasar factura… Realmente el Señor soñó con una utopía.

    Pero eso es la fe: soñar lúcidamente con un mundo nuevo, con una tierra nueva y un cielo nuevo; soñar con que quienes se mueven serpenteando, se asienten en sus dos pies y caminen decididamente hacia el Reino.

    La fe es esa lúcida soñadora que pone en nuestro corazón la única meta que puede llenarlo totalmente. Nos equivocaremos, tropezaremos mil veces en la misma piedra, pecaremos, pero nada debe impedir que tengamos nuestra mirada puesta en el horizonte de la gloria del amor de Dios. Hasta el pecador más recalcitrante puede decir con humildad: “Señor, Tú eres clemente y misericordioso”. Los más pobres y los que más sufren son los que con más ahínco buscan que el Señor todo lo haga nuevo, y se acaben las lágrimas, el luto y el dolor.

    No hay fe verdadera si nuestro pecho no se llena de anhelos de una justicia y un amor sin límites.

  • Seguridad en la fe

    Seguridad en la fe

    (Jn 10, 27-30) POCAS COSAS puede haber peor que vivir con miedo. Cuando alguna persona me comparte que vive con miedo, entiendo que pasa por un profundo e intenso sufrimiento. Intento tranquilizarla y objetivar su situación, incluso con alguna pequeña broma, pero la comprendo.

    La fe en Cristo tiene la virtualidad de darnos seguridad y confianza. Ninguna situación puede alejarnos de Jesucristo. Quien vive de la fe, en toda circunstancia se sabe arropado y protegido por El Señor, el buen pastor. Quizás por eso el salmo más querido por muchos creyentes es: «El Señor es mi pastor, nada me falta; por verdes praderas me hace recostar y repara mis fuerzas…»

    La presencia íntima, cercana, sensible de Cristo en nosotros es un don cotidiano que nunca agradeceremos lo suficiente. Esa conciencia de estar entre sus manos no nos evita los problemas, pero nos hace afrontar las dificultades de nuestra vida con serenidad en el corazón y una sonrisa en los labios, incluso en los momentos más duros. Sabemos que quien pasó por la cruz nos arropa y nos acoge. Sabemos que quien fue enviado por el Padre a anunciar su amor a los hombres, también nos envía a nosotros a hacer de nuestra vida semilla de su amor.

    «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término”.

  • Humilde valentía

    Humilde valentía

    (Jn 21, 1-19) EL EVANGELIO de San Marcos se compuso en Roma y tenía tras de sí el testimonio apostólico de san Pedro. Y como las personas de fe son así, Marcos es el que con más claridad refleja las limitaciones, las tentaciones y las negaciones del primero de los papas de la Iglesia. Por el contrario, el que nos transmite el texto más tierno y trascendente de la relación entre Pedro y Jesucristo es el evangelio de san Juan. Paradojas que solo desde la fe se entienden.

    Cuando Dios decide encarnarse, lo hace con todas las consecuencias. No solo con las posibilidades y limitaciones de nuestra condición biológica, también las de nuestra condición histórica. Y para que el evangelio se fuera extendiendo a todas las personas y todos los pueblos puso a Pedro como signo de unidad y de caridad en la Iglesia. “Pedro, ¿me amas?”, le pregunta una y otra, y otra vez; y ante la respuesta humilde y sincera de aquel pescador de Galilea lo llama a una misión muy superior a sus fuerzas: “Apacienta mis ovejas”.

    Cuando nuestra humildad y la gracia de Dios mate la raíz del orgullo que nos desazona y nos desorienta, podremos vivir en fecunda entrega a la misión que Jesucristo nos confía. Ojalá tengamos la humilde valentía de Pedro para asumirla. Solo tú puedes hacer lo que Dios a ti te pide. En este aquí y este ahora tú también puedes responder a Jesús: “Señor, a pesar de mis debilidades y caídas, tú sabes que te quiero”.

  • En el camino, comprensión

    En el camino, comprensión

    (Jn 15, 1-11) TODOS TENEMOS COSAS que reprocharnos. A todos nos pueden decir: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Por eso, a nadie debemos juzgar, ni condenar. En el camino de nuestra vida tenemos siempre que comprender a quien tropieza y cae; a quien, en un momento de su vida, tuvo una debilidad. Esto no significa que las cosas que hagamos no tengan importancia. Lo malo es malo, y lo bueno, bueno. Lo que hace daño, hace daño, valga la redundancia; de tal manera que lo que construye y aprovecha es lo que debemos hacer.

    Pero insisto, todos tenemos cosas que reprocharnos; por eso también todos podemos escuchar las palabras que Jesús ofrece a aquella mujer sorprendida en adulterio, a quien los vecinos de Jerusalén querían lapidar. También nosotros podemos escuchar: “Tampoco yo te condeno”. Nos lo dice el mismísimo Hijo de Dios. Así que, si Él no nos condena, no debemos condenarnos a nosotros mismos, ni revivir eternamente la vergüenza y el arrepentimiento de aquello que hicimos. Solo debemos recordar la mirada de comprensión y perdón, el gesto de acogida, con la que Jesucristo rehabilitó nuestra dignidad dañada.

    Ni podemos cancelar el pasado, ni dejar que el pasado anule la bondad y la hermosura que el futuro nos puede deparar. Al escuchar a Jesús decir: “En adelante, no peques más”, sabemos que Él confía en nosotros, para que vivamos conforme al amor con el que Él se entregó. Que Él se entrega para que vivamos en su amor.

  • Al final, la reconciliación

    Al final, la reconciliación

    (Lc 15, 11-32) NUESTRA VIDA está llena de conflictos y sinsabores; y mientras más cercana y querida es la persona con la que nos sentimos agraviados, más dolor vivimos y más nos cuesta perdonar. Hay hermanos que llevan décadas sin hablarse por alguna razón de relativo peso. Hay parejas que a pesar de estar juntas no dejan de echarse en cara agravios del pasado, de años y años atrás. Vivir con rencor es, directamente, un sin vivir.

    El evangelio del próximo domingo es la conocida parábola de Hijo Pródigo. Razones hubiera tenido el Padre para rechazar al Hijo Menor que le pidió su herencia en vida para no esperar a su muerte. Razones tenía el Hijo Mayor para rechazar la calurosa acogida del Padre a aquel Hijo Ingrato. Razones tenía el Padre para recriminar al Hijo Mayor que se hubiera sentido tantos años desgraciado e infeliz a su lado, sin derecho ni a festejar con sus amigos, y sin alegrarse al recuperar a su hermano…

    «Razones”, «razones», «razones», pero la única razón válida está en el abrazo y la reconciliación. ¿Hasta cuándo guardar «dignamente» rencor?, ¿hasta dónde llevar nuestro orgullo herido? Era «Dios mismo quien estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados», nos dirá san Pablo.

    Debajo de la costra del resentimiento, late en ti un inmenso deseo de abrazo; de ser abrazado en tus errores y de abrazar al hermano que contigo erró.