Etiqueta: el evangelio del domingo

  • El vicio de condescender

    El vicio de condescender

    (Marcos 9,38-48) LA CONDESCENDENCIA puede ser también un vicio, porque impide el crecimiento y el desarrollo pleno de las personas y las comunidades.

    Con los niños lo tenemos más claro; criar a un niño con excesivos caprichos puede perjudicarlo mucho; un niño mimado siempre es infeliz, siempre está insatisfecho, ningún reto que exija esfuerzo quiere afrontar; y, así, permanece siempre en la dependencia y en la inmadurez. Pero algunas veces somos condescendientes con quienes queremos, o queremos que los demás sean condescendientes con nosotros mismos.

    Necesitamos que nos acojan con cariño, que nos quieran incondicionalmente, pero también necesitamos que nos digan que no somos perfectos, en qué tenemos que avanzar y crecer.
    “El que no avanza, retrocede” que dice el refrán castellano. Jesús, por su parte, nunca fue condescendiente con sus discípulos. Acogió a todos, a todos quiso con amor entrañable; pero de todos esperaba que amaran y se entregaran con todo el corazón. “Si tu mano te hace caer córtatela”.

    El egoísmo, la avaricia, la pereza, la idolatría del dinero: córtatela y tírala, que solo Dios sea tu Señor.

  • Mirada de conjunto

    Mirada de conjunto

    (Marcos 8,27-35) SE SUELE OLVIDAR el viejo de que fue joven y el joven de que un día llegará a viejo; es ley de vida. Pero cuando los niños, los jóvenes, y los mayores compartíamos una misma casa –grande, con patio, lleno de macetas verdes y floridas-, la vida de cada día nos lo recordaba.

    Hoy nuestro mundo se reduce a la pantalla del móvil o de la tablet que tengamos. Así condenamos a los viejos a morir solos en residencias (de las que seguimos sin tener ni siquiera una ley estatal), y a los jóvenes a ser eternos adolescentes por la falta de un trabajo decente con el que realizar su propia vida.

    Jesús sabía y era consciente ya en Galilea –donde los milagros y su palabra esperanzadora levantaba la admiración del pueblo-, de que su vida iba a pasar por el Huerto de los Olivos y por el Gólgota. Toda su vida la puso en manos del Padre. En Él, nosotros, en los momentos de plenitud, acogemos a los más débiles; en Él, en los de debilidad, nos sabemos acogidos por su presencia. Haz, Señor que, mirando a nuestros hermanos, reconozcamos quiénes somos y cuál es la llamada que nos haces.

  • Petición a Santiago

    Petición a Santiago

    Mateo 20,20-28

    ACABAMOS ESTE CURSO de comentarios al evangelio del domingo precisamente el día de Santiago, patrón de nuestro país, España. Y me vais a permitir hacerle un ruego a este apóstol valiente y de fe profunda y sincera.

    Ante el interrogatorio intimidante del Sanedrín judío, bajo amenazas de quienes solo querían perpetuarse en el poder dijo Santiago: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres», y les dio nuevamente testimonio de la resurrección de Jesús, y de que es el sentido verdadero de la vida de cada persona. Santiago profesó el seguimiento de Jesús con tal fidelidad que se hizo colaborador del acontecimiento más grande de toda la historia.

    Y a Santiago le pediría que en esta España nuestra haya profesionales que con fidelidad se entreguen en su profesión verdaderamente al bien común, y ciudadanos que busquen aportar lo mejor de sí a la sociedad.

    La necesidad de médicos, enfermeros y personal sanitario verdaderamente profesional se ha puesto claramente de manifiesto en esta epidemia que todavía sufrimos. Pero hacen falta profesores, arquitectos, científicos, empresarios y emprendedores que hagan de su trabajo una verdadera profesión, una entrega fiel al bien común. También necesitamos ciudadanos maduros y responsables que no se dejen llevar mas por eslóganes simplistas y redondos, o por una polarización visceral que quiere resucitar fantasmas del pasado; ciudadanos que se sientan responsables del destino de nuestra tierra; que no se pregunten qué puede hacer mi país por mí, sino qué puedo yo aportar para construir España.

    A esta tarea cívica, la fe en Jesucristo, como mostró el apóstol Santiago, tiene mucho, mucho que aportar. Feliz verano.

  • Una fe peligrosa

    Una fe peligrosa

    (Marcos 6,7-13) ES UN DATO tristemente contrastado en muchos países que el cristianismo es, en la actualidad, la religión más perseguida. En algunos países está prohibida y en otros se la confina tras los muros de los pocos templos que se permiten, en otros se la ridiculiza y se exageran sus errores. Miles y miles de personas son represaliadas y perseguidas cada año, algunos son asesinados. Y es que la fe cristiana es peligrosa por su talante apostólico, porque la experiencia profunda de la fe nos llama a los creyentes a compartir con los demás el sentido hondo y luminoso que ofrece Cristo a nuestras vidas.

    Un cristianismo de misas solemnes y ritos antiguos, o un cristianismo de folclores y tradiciones festivas, no encontrará mucha persecución; al contrario, recibirá subvenciones de quien quiere instrumentalizarla como medio de propaganda personal. Un cristianismo de sacristías hacia dentro, que no cuestiona la injusticia de la sociedad en la que vive, que no tiene en su centro los sufrimientos de los pobres, no será perseguido; un cristianismo que tenga en más importancia su beneficio que el mandato misionero de Cristo, no será perseguido.

    Cuando los cristianos entramos a cuestionar una economía que descarta a los más pobres, una moral de lo políticamente correcto que pierde el horizonte de la sensatez y del bien; cuando los cristianos vivimos y anunciamos que Cristo es Señor, y que ninguno de los «señores» de este mundo es nada en comparación con él…, empezamos entonces a ganarnos la marginación y la persecución.

    Cristo nos envía a ser apóstoles, a que busquemos la justicia en el mundo, a que tengamos la evangelización como prioridad de toda su vida, teniéndolo como auténtico sentido de la vida.

  • Oceánico poder

    Oceánico poder

    HUBO UN TIEMPO en el que el hombre se sentía y se creía, por derecho propio, el centro del universo: una desmesura; bien que aquel universo era pequeño y no abarcaba más que desde la cuenca del Mediterráneo hasta poco más allá de Persia, y una pequeña cúpula estrellada que lo contenía todo. Después la humanidad fue descubriendo nuevos mundos, nuevos horizontes, la inmensidad del firmamento; y el hombre tuvo que reconocer que es un pequeño grano de tierra en un mundo que no es más que una minúscula mota de polvo de todo el universo. Y para que no se nos olvide, cada cierto tiempo, viene un virus y nos hace ver lo precario de nuestra situación.

    Pero una vez que sabemos de nuestra pequeñez y vulnerabilidad, podemos disfrutar de la grandeza y del poder oceánico que se despliega en cada pequeña parte del universo. Un poder que nos habla de la grandeza y la creatividad de Quien lo creó. Al contemplar con los ojos, con los oídos y con la piel la hermosura, a veces terrible, de la creación, nos sobrecogemos por la grandeza a la que pertenecemos y en la que somos: en Él vivimos, nos movemos y existimos.

    Pero todavía nos admira, nos sorprende y nos sobrecoge más el saber que Quien todo lo creó nos quiere como a sus hijos; que Quien todo lo creó nos envió a su propio Hijo, el cual, muriendo por la ira y nuestra violencia de algunos, y ante la indiferencia de muchos, nos abrió, por amor, el camino de la vida eterna.

    Somos una nada pequeña e insignificante que el amor de Dios eleva hasta su pecho para protegerla y abrazarla. Ni las pretensiones de tu orgullo, ni el hacerte la víctima cuando vienen momentos duros tienen ningún sentido. Vivir es acoger, entregarse, crear y saberse parte del inmenso poder de Dios.

  • Haznos buen pan

    Haznos buen pan

    (Marcos 14,12-26) “HACERNOS BUEN pan” es la llamada que, cada vez que tomamos la comunión en la eucaristía, se imprime en nuestro espíritu. Jesús hizo sacramento de su vida entregada, para que nosotros, llenos de su presencia y de su Espíritu, podamos vivir como pan bueno para todos.

    Pan bueno como los voluntarios de Cáritas que se ofrecen a los inmigrantes que necesitan ayuda cuando llegan sin respaldo ninguno; o que facilitan a los mayores los trámites por internet con las administraciones públicas, que se ha convertido en otra barrera que aísla a los más pobres.

    Pan bueno como las personas de tantas parroquias que buscan la manera de paliar la pobreza alimenticia y afectiva de tantas familias como nos llegan cada semana.

    Pan bueno como los jóvenes cristianos que entregando su energía, su creatividad y su tiempo a los niños más desfavorecidos para que tengan la oportunidad de crecer hacia el bien, cuando tanto mal les rodea.

    Pan bueno como los miembros de asociaciones vecinales, sociales y políticas que, con mareos de cabeza y sin ánimo de lucro, buscan un mundo más justo, donde crezca el bien común.

    Pan bueno como los religiosos y religiosas que, aquí cerca de nosotros o en países lejanos, están siempre al lado de los más pobres para mostrarles su amistad y el rostro misericordioso del Padre.

    “Haznos buen pan, Señor, en cada eucaristía en la que comulguemos tu Cuerpo, siempre inmerecidamente; y en cada oración en silencio de comunión que hagamos ante el sagrario”.

  • Levanta los ojos del suelo

    Levanta los ojos del suelo

    (Mateo 28, 16-20) DE TANTO ANDAR mirando a la tierra, sin levantar los ojos, al menos hacia el horizonte, no hemos hecho sino dar vueltas en el mismo sitio.

    Andamos preocupados por lo de cada día, preocupados por el trabajo, preocupados por la salud, preocupados por los hijos, preocupados por cómo divertirnos, preocupados por si vamos o no podemos ir de vacaciones… Y de tanto mirar «de tejas abajo» hemos perdido el norte. Tenemos que levantar la mirada.

    Tenemos que levantar la mirada y contemplar al hermano que vive con las mismas preocupaciones que nosotros y con los que estamos llamados a hacer de este mundo un hogar para todos. Tenemos que levantar la mirada y redescubrir los valores que nos han hecho seres con dignidad personal: la gratuidad, la entrega, la justicia, la sonrisa, la acogida. Tenemos que levantar la mirada y dejar que los colores matizados del amanecer y el brillo del medio día inunden nuestros ojos. Tenemos que levantar nuestra mirada a Dios, donde encontramos lo que nos trasciende en nuestro interior, que nos lleva más allá de lo que somos en lo más cotidiano de lo que hacemos.

    Mirar a Dios es mirar al hermano que sufre, que está en su corazón. Mirar a Dios es mirarnos, a nosotros mismos, con sus ojos. Mirar a Dios es contemplar un amor que todo lo inunda, que a todo da sentido, que todo lo trasciende y que llena nuestra vida de alegría. La vocación de la persona es al canto, a la glorificación. Glorifiquemos a Dios Padre, fuente de misericordia y compasión; glorifiquemos a su Hijo, Jesucristo, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza; glorifiquemos al Espíritu, creatividad infinita de Dios en la naturaleza, que hace brotar en nosotros los sentimientos que nos llenan de dignidad.

  • Espíritu en familia

    Espíritu en familia

    (Hechos 2, 1-11) Un día me sorprendí al caer en la cuenta que en el libro de los Hechos de los Apóstoles no hay un solo Pentecostés, no hay una sola venida del Espíritu a la comunidad cristiana; al contrario, en varias ocasiones la comunidad cristiana se ve sorprendida por la irrupción del Espíritu de Jesucristo: cuando Pedro y Juan cuentan cómo han sufrido maltrato y vejación por el nombre de Jesús (Hch 4,31), cuando Pedro se hace consciente de que la fe cristiana es para toda persona, independientemente de su cultura o nacionalidad (Hch 10,44) y cuando Pablo impone las manos a un grupo de doce nuevos cristianos (Hch. 19,7).

    Pero el primer Pentecostés, el que supone la constitución de la Iglesia, además de ser la primera venida del Espíritu y la fundación de toda la misión, es, además, un pentecostés familiar: con la Madre en medio de todos los hermanos, porque María perseveraba con los apóstoles a la espera del Espíritu.

    La fe se transmite en familia, como todos los valores importantes y que configuran nuestra vida. Pero estos tiempos en los que el consumismo y la vorágine de las redes sociales parecen ocupar hasta el último rincón de nuestros pensamientos y nuestra intimidad, es más necesaria que nunca la mediación de la familia para que los niños y los jóvenes puedan participar de la inmensa riqueza de la amistad íntima con Jesucristo.

    Las familias cristianas han de ser carismáticas, es decir, abiertas a que cada persona encuentre el camino que Dios tiene para ella, por el que hará el bien y vivirá en plenitud. El Espíritu no se impone, se pide que venga a nuestro corazón y al de los nuestros y nos llene de novedad y alegría. Cuando recéis en familia, pedid siempre que el Espíritu os enseñe los modos y el camino, y que os llene con su amor.

  • Savia de Jesucristo

    Savia de Jesucristo

    (Juan 15, 1-8) LA SANGRE de Jesucristo, cuando cayó en la tierra desde el altar de la Cruz, sembró de gracia toda la humanidad. De su entrega, en el impulso del Espíritu, siguen surgiendo iniciativas de misericordia y solidaridad, de acogida y de fraternidad en todos los lugares del mundo. Fecunda fue aquella entrega; tan fecunda que está arrancando el pecado de nuestra historia y va haciendo historia de salvación.

    Una historia de salvación que se realiza en el corazón de cada uno de nosotros, en amistad profunda con Jesucristo: «ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos»; y que se realiza en gestos proféticos que transforman la historia: «lo tenían todo en común y ninguno de ellos pasaba necesidad». La savia de Jesucristo, la gracia que la fe nos permite acoger, va dando fruto de una humanidad que vive con el alma abierta a la vida nueva que el Padre quiere regalarnos.

    Esos frutos maduran dentro de la Iglesia, en diversos grupos e iniciativas; pero también maduran en movimientos sociales que buscan la dignidad de cada uno y la fraternidad entre todos. El papa Francisco lleva tiempo alentando a que los movimientos sociales trabajen por la Tierra, el Trabajo y el Techo, las tres «T» en las que resume las condiciones de vida digna de todo ser humano.

    Cada vez que se consigue que una familia tenga un techo que pueda ser un hogar, cada vez que se consigue que un joven acceda a un trabajo en condiciones decentes, cada vez que se consigue que la tierra se respete, se cuide y sirva para sustento de todos, la savia de Cristo corre por las venas de nuestra humanidad. El cristiano tiene los ojos fijos en lo alto, en la bondad del Padre, pero tiene sus brazos siempre dispuestos a abrazar a los hermanos que sufren.

  • ¿Signos de resurrección?

    ¿Signos de resurrección?

    (Lucas 24, 35-48) LA RESURRECCIÓN de Jesús de Nazaret no es solo una verdad de fe, es la verdad que da sentido a toda la fe cristiana. Jesús resucitado es fuente de vida para todo el que cree en él. Si Cristo no hubiera resucitado, no sería verdad que el amor es más fuerte que el odio; no habría esperanza para que tanta injusticia sufrida por los más pobres se viera un día resarcida. Muchos nombres se nos vienen a la cabeza, que encomendamos a Cristo Resucitado.

    De esta verdad fontal de nuestra fe, como no puede ser de otra manera, no hay evidencias. La resurrección ha de ser creída; nuestro corazón ha de abrirse en confianza creyente a la bondad y al poder de Dios. Pero si no hay evidencias, sí hay signos de resurrección.

    Uno de ellos es la paz y la alegría que los creyentes vivimos de manera cotidiana y en momentos difíciles. “Se nota que cree usted en Dios. Los que tienen fe viven con más alegría”, me dijo para mi sorpresa, no hace muchos años en el extranjero, una profesora mayor. “Paz a vosotros”, son las primeras palabras que dice el Resucitado mostrando sus llagas.

    Otro es el dinamismo de generosidad y de necesidad de compartir que viven los creyentes. De la serenidad de la contemplación de Cristo han surgido innumerables iniciativas en favor de los enfermos y los migrantes, de los pobres y los marginados, de los desvalidos y de los que no cuentan para el mundo. Cáritas es una muestra de este dinamismo de resurrección. El tercer signo de resurrección es el impulso misionero que hace que cada creyente se convierte en un apóstol, que sólo encuentra su lugar en el mundo cuando es testigo de la vida que Cristo nos regala.

    No lo olvides, tu vida también ha de ser signo de resurrección.