Categoría: El evangelio del domingo

  • Para el perdón

    (Lucas 3,1-6)

    TODAVÍA NO ME creo lo que estamos haciendo, Jesús. Más de un centenar de personas, familias enteras, te acompañamos hacia Jerusalén, sabiendo que allí las cosas se pueden poner muy feas… Pero lo que más me cuesta trabajo creer es que esté aquí y hablando contigo.

    ¿Por qué dices eso, María? ¿Acaso quieres volver a Magdala?

    No digas eso, ninguno de nosotros quiere separarse de ti, ya lo sabes. Además de Magdala tengo muchos malos recuerdos. Si todos los que estamos aquí hemos cambiado mucho, yo creo que la que más ha cambiado soy yo. Es como si hubieras echado de mí los siete demonios.

    Tú no eras una mala mujer.

    Orgullosa, manipuladora, rencorosa, vana y superficial, amiga de cotilleos y de rumores, egoísta y con una religiosidad formalista y vacía que ni me transformaba ni llenaba mi corazón; allí tenía una vida y una fe de cumplimiento… Pero todo esto ya lo sabes tú.

    También eras, y eres, sensible y cariñosa, inclinada a compadecerte de los que sufren y a perdonar sin dobleces. Yo te conozco y no diría que eres vana y superficial, al contrario, tu amor a Dios y el Reino me llena muchas veces de admiración.

    Pero todo eso lo has conseguido tú, sin que yo sepa muy bien cómo. No quiero adularte, pero tus enseñanzas nos desnudan sin que sintamos vergüenza, y, sobre todo tu presencia nos hace más buenos, distintos. En ti el Padre nos ha dado un don.

  • Cuidad de vosotros mismos

    Lucas 21,25-36

    PARA QUE ME recomienden que cuide de mí mismo no he salido yo de Betsaida, allí eso ya me lo recomendaba mi madre. Si he dejado mi familia y mi trabajo es para otra cosa, para conseguir que el Reino de Dios venga a nosotros.

    Felipe, Felipe; tú siempre tan impetuoso. De qué te servirá que llegue el Reino si tú no puedes acogerlo por tu codicia, por tus rencores o porque en el momento decisivo te falte la valentía. Para cualquier decisión importante de nuestra vida hemos de prepararnos bien. Yo te insisto, que cuando llegue el Reino no te encuentre con el corazón embotado de odio ni de otro tipo de intereses que nos sean que los pobres y todos los que sufren puedan vivir la felicidad que el Padre les regala.

    ¿No te fías de mí, Maestro? ¿Piensas que te he seguido por egoísmo o por orgullo? ¿No crees que he sido sincero al hacerme discípulo tuyo?

    Claro que me fío de ti; y claro que creo en tu sinceridad. Pero cada situación se decide en su momento. Y la pequeña sombra que hoy puede haber en tu corazón, en su momento llenará tu alma de tinieblas. Piensa, piensa, si en la entrega a los que más quieres no hay, también, un poco o un mucho de egoísmo; piensa, piensa, si en tu oración al Padre siempre tienes su alabanza en tus labios o si muchas veces la desesperanza o el desagradecimiento la enturbian; piensa, piensa, si tu acogida a todos los pobres es como el Padre nos pide; piensa, piensa…

    Vale, vale lo voy pensando…, que siempre tienes la habilidad de cuestionarme lo que tenía por seguro.

  • La voz de Jesús

    Juan 18,33-37

    LA VOZ DE Jesús es escuchada por todos, desde el pobre ciego hijo de Timeo hasta el gobernador de Roma, Poncio Pilato; desde la familia trabajadora que va con su familia a misa, hasta quien se declara agnóstico y reniega de la iglesia. La voz de Jesús es escuchada por todos, la nuestra no; y no es de extrañar, ni de criticar. La coherencia moral y personal del Nazareno, la profundidad de su mensaje y la autenticidad de sus palabras están fuera de toda duda. La nuestra no, claro.

    Por eso la mayor riqueza que tenemos los cristianos es la voz de Jesús, su vida, su mensaje, su entrega, su resurrección. Esa es nuestra mayor riqueza que crece al compartirla. Por eso nuestra mayor preocupación ha de ser, no defender la iglesia, sino ser testigos de la verdad del Señor; compartir con los demás la inmensa riqueza que es Jesucristo. Compartir a Jesucristo con los otros, eso lo es todo. Cada uno, después, hemos de responder a la claridad de su vida.

    Todo el que es de la verdad escucha su voz. Y cada uno tendremos que elegir si queremos ser de la verdad o queremos vivir en la mentira, en una mentira abierta y desahogada, o en una mentira vergonzante de medias verdades. Pilato, en su conversación con Jesús, intenta distanciarse de la luz que lo quemaba: “¿Acaso soy yo judío? Otros te han entregado a mí”.
    ¿Y tú?, ¿cuál es tu actitud ante la persona de Jesucristo? ¿Le escupes y lo condenas?, ¿te muestras indiferente pensando que no te incumbe?, ¿o lloras amargamente, como Pedro, tu propia mediocridad?

  • Pobreza sacerdotal

    Marcos 13,24-32

    NO; NO VOY a criticar la riqueza de los curas. Primero porque la mayoría ni tienen grandes riquezas ni las pretenden; y segundo porque ya hay quienes magnifican los errores condenables de la Iglesia y tratan de ocultar su cotidiano servicio a las personas. El asunto que os presento es más profundo.

    El Papa ha convocado para este domingo el día de los pobres, con un lema que recoge un versículo del salmo 34: «Este pobre gritó al Señor, y el Señor lo escuchó». Y dice «este», no «un pobre», o «el pobre», «o quien vive la pobreza». Dice «este pobre» dándonos a entender que el Señor mira a la persona atendiendo a su realidad y dignidad, conociéndola por su nombre y por su historia. Este pobre es escuchado por Dios, y eso es una interpelación a que este pobre, también, sea escuchado por la comunidad de los cristianos, por la Iglesia. Despachamos, demasiadas veces, a los pobres dándoles cosas, sin escucharlos, sin saber de su historia y sus esperanzas, sin atender a lo más profundo de la persona que es su fe. Y sin embargo, el pobre puede ejercer un sacerdocio muy eficaz porque Dios lo escucha, y así nos lo dice la Escritura.

    También este pobre, que soy yo o que eres tú, cuando reza a Dios desde su pobreza es escuchado. Acoge y busca al pobre y a la pobreza como un don, porque con ellos se identificó el mismo Jesucristo. Cuando la Iglesia acoge a los pobres y vive en la pobreza puede ser transparencia de Cristo, sumo y eterno sacerdote, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.
    Cuando ayudes a alguien y te lo agradezca, pídele que rece por ti.

  • Cuidado con las grandezas

    Marcos 12,38-44

    “Para conocer a Manolillo, dale un carguillo» dice nuestro refranero haciendo burla de los que al asumir alguna responsabilidad o recibir honores de cargo se creen por encima de los demás, se aprovechan de su posición y la usan ventajistamente.

    Por el contrario, mientras más valía personal, con más sencillez puede mostrarse y más humildemente asume los elogios. En todas las instituciones, en todos los grupos humanos se da esto: desde la empresa en la que trabajas, hasta la parroquia en la que colaboras; en las asociaciones de vecinos y en los cargos de la administración pública.

    Cuanto más valioso sea lo que asumes, más necesario es que lo acojas con humildad y honestidad. Si han depositado en ti la responsabilidad de ser de alguna manera representante de la Iglesia y el Evangelio, ten sumo cuidado con mostrarte áspero, exigente o intolerante con quien contigo se relaciona; estarías denigrando aquello que representas.

    Si te han confiado la administración de bienes materiales, sé escrupulosamente honesto y diligente: el encargo de lo público ya es un honor grande para que renuncies a un enriquecimiento ilícito.

    Sin embargo, esto que decimos no es lo común. La ineficacia por corrupción y por clientelismo partidario es uno de los mayores males de nuestra sociedad. Ya lo dice Jesús en el Evangelio: hay quien bajo capa de «igualdad», «progreso», «cooperación» o «apoyo a la diversidad», se lleva tres veces más de lo que debiera (por no decir 30).

  • Un alto interés

    Marcos 12,28-34

    LO CONFIESO; estoy viendo una serie de esas modernas: Vikingos. Y me ratifica en algo que hace mucho tiempo pensaba, en el alto interés meramente humano que tiene la fe cristiana. Es cierto que en nombre de cualquier «dios» o de cualesquiera «valores» pueden cometerse las mayores barbaridades. Pero el cristianismo tiene como referencia a Jesús de Nazaret, y su persona y su mensaje serán siempre horizonte crítico para toda deshumanización y abuso de poder.

    Creer en Dios, tal y como se nos reveló en Cristo, e intentar seguir su mandamiento tiene un alto interés personal, aunque suene «egoísta» decirlo. Ya lo decían los textos del Antiguo Testamento: «Guarda estos mandamientos para que te vaya bien, para que tengas larga vida y crezca el número de tu descendencia» (Dt 6).

    Creer en Dios, tal y como se nos reveló en Cristo, hace que vivamos en un horizonte de bondad, de perdón y de misericordia que nos hace más humanos, que nos permite vivir con más serenidad, y que asienta la felicidad de nuestras vidas. «Amar al prójimo como a uno mismo», nos hace reconocernos como personas y empatizar con el otro; «amar a Dios sobre todas las cosas» resitúa todo en su justa medida: nada de este mundo es Dios y a nada debemos rendirle pleitesía, ni hemos dejarnos dominar por nada.

    Amar a Dios es, además, sólo respuesta al amor que él nos tiene. Y ese amor ni es voluble como el de las relaciones que tenemos, ni se aleja con la distancia, ni se diluye con el tiempo. Sabernos amados por el Padre de Nuestro Señor Jesucristo es la llave para descubrir la luz que llevamos dentro.

  • Con nombre propio

    Marcos 10,46-52

    LOS POBRES en el Evangelio tienen nombre propio: Bartimeo, el hijo de Timeo; Simón de Cirene; Lázaro; y si no tienen nombre propio se les llama, como siempre se ha hecho con familiaridad en los pueblos, con el nombre de la aldea de origen, el de Gerasa, la de Naín, la de Samaría, la de Magdala. Los pobres tienen nombre propio porque Dios nos mira a cada uno personalmente, con nuestra historia y nuestras limitaciones, con nuestras posibilidades y nuestros sueños, porque respeta nuestra intimidad y nuestros anhelos.

    ¿Qué quieres que haga por ti?, le pregunta Jesús a Bartimeo, el ciego que lo llamaba desde el margen del camino. Y con esa simple pregunta le devuelve lo que otros le estaban quitando: la capacidad de hablar, de quejarse, de gritar impulsado por la esperanza ante la situación de parálisis y de esclavitud a la que la enfermedad lo tenía sometido. ¿Qué quieres que haga por ti?

    El pueblo de Israel, en tiempos de Moisés, respondió a esta pregunta queriendo salir de la tierra de esclavitud y opresión que significaba Egipto. Querían vivir en una tierra nueva, libre de opresores y de idolatría. Hoy los pobres del mundo, en vez de querer crear un mundo nuevo, libre de la manipulación y el consumismo que nos despersonaliza, libre de las prisas y de la frialdad de corazón que nos enajena, quieren integrarse en este mundo, tan inmundo a veces. Desde América, África y Medio Oriente vienen huyendo de las consecuencias más oscuras que excreta nuestra civilización. En vez de querer ver con ojos nuevos buscamos vivir confortablemente en la ceguera. Esto me deja perplejo.

  • Una sed sin nombre

    (Marcos 10,17-30) Cuando tenemos sed de agua, buscamos dónde beber. Cuando sentimos hambre de alimentos, buscamos qué comer. Incluso cuando sentimos la sed honda de ser amados y acariciados por alguien, buscamos con nuestros ojos otros ojos que nos estén mirando. Pero cuando la sed no tiene nombre, no sabemos dónde ir para saciarla.

    Todos sentimos, a veces, esa sed sin nombre ni destino. Cuando los ruidos cesan en nuestra vida, cuando la insatisfacción nos hace entrar en el cuarto de nuestra soledad, nos percatamos de que la inquietud que sentíamos, sin ser conscientes del todo, es esa sed de sentido, esa llamada, que nos hace ser.

    En el evangelio, un hombre se acercó a Jesús y le preguntó qué hacer para heredar la vida eterna. Cumplía los mandamientos de Moisés desde su juventud; ¿a qué venía esa pregunta?, ¿por qué sentía esa inseguridad? Simplemente se hizo consciente de la sed sin nombre que habita en todos nosotros y que nos abre a la inmensidad en la que anhelamos vivir en plenitud.

    La sed sin nombre nos remite siempre a rostros concretos con los que compartir nuestra vida. En la contradicción que somos, el Innombrable nos devuelve a los nombres cotidianos y concretos, a los rostros sencillos y sufrientes de quienes nos rodean. Nos devuelve a los nombres de Palmira, de Kevin o Fátima; de Carmen, de Samuel o de Sandra. Nos devuelve a sus rostros y a sus vidas con la inquietud de entregarnos sin reservas, buscando sólo su bien; renunciando a lo que ya no tiene valor porque hemos encontrado ya la fuente que aquella sed calma.

  • Amare aude

    Marcos 10,2-16

    DICEN ALGUNOS historiadores de la filosofía que el espíritu de la Ilustración, del siglo de las luces, se sintetiza en la proclama hecha por Kant: «sapere aude», es decir, «atrévete a saber». Y es que lo que nos hace verdaderamente personas ha de ser acogido en un acto de valentía personal que cambia nuestra vida, que nos hace superar nuestro pasado para mirar al horizonte de nuestro futuro con ojos de esperanza.

    El grito que necesitamos en nuestro tiempo es: «amare aude», «atrévete a amar». Y lo necesitamos porque estamos faltos de acoger con valentía el amor al que somos llamados.

    El amor humano puede tener muchas expresiones en nuestra vida: la amistad, la ayuda solidaria, el ecologismo, la lucha por la justicia… pero el amor por excelencia es el amor de pareja, el amor que hacen que un muchacho y una muchacha asuman el riesgo de amarse sin reservas, sin preservativos, de amarse abiertos a la fecundidad de la aventura de una familia, de un amor en horizonte de eternidad -«en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, hasta que la muerte nos separe»-.

    Hoy ese amor valiente de pareja está en crisis. Las relaciones suelen ser «mientras dure y nos convenga» a cada una de las partes por separado. Poca valentía hay en ese amor. No es que esté mal, no quiero decir eso; pero estar con alguien mientras me conviene y me satisface, no parece que tenga demasiado mérito, perdonadme. Nos hacen falta jóvenes que sean audaces en su amor, que sean valientes para compartir vida y dar vida.

  • Espiritualidad católica

    EL NACIONALISMO es identitario y excluyente; mira siempre todo lo ajeno con recelo y con desprecio, con un temor que desemboca en rechazo y marginación. El verdadero cristianismo nunca se entrega al nacionalismo; por eso el verdadero cristianismo siempre es católico, universal. Ninguna persona es considerada ajena porque todos somos hermanos; ninguna cultura es mirada con rechazo porque, si en todas está el pecado del hombre, en todas también está la mano bondadosa de Dios.

    Corren tiempos en los que supuestos defensores de la patria y las tradiciones toman la bandera de la fe católica para rechazar al otro. El cristianismo surge cuando los discípulos de Jesús traspasan las fronteras del nacionalismo judío y acogen como hermano a cualquier hombre o mujer que aceptara en su corazón el nombre de Cristo. El catolicismo es, siempre, sinónimo de universalidad. Hasta con los que nos separan las ideologías y las creencias, los católicos sabemos que nos une la voluntad de un solo Dios que se hace presente en el corazón de cada persona.

    Pero no nos engañan, la excusa es la identidad, las tradiciones, la patria, hasta la religión; pero la razón es el dinero; el egoísmo y el dinero. Toda persona buena encuentra en el católico los brazos abiertos; todo gesto de dignidad y de justicia encuentra en el católico su aprobación. Ni el rechazo, ni el egoísmo, ni la discriminación serán nunca signo de la espiritualidad católica.

    La hipocresía tampoco; y decir que se acoge a los inmigrantes menores para tenerlos después hacinados y mal atendidos, lo es.