Categoría: El evangelio del domingo

  • Manantial de virtud

    (Día del Corpus)LA VIRTUD, salvando interpretaciones sesgadas y mezquinas, es la fuerza de la persona para afrontar las dificultades de su vida y rechazar el mal que bajo agradable apariencia puede seducirnos. La virtud nos hace personas fiables, valientes, generosas, alegres. Querríamos que nuestros amigos y nuestros hijos fueran así: hombres y mujeres con decisión moral para vivir en el bien.

    Pero uno puede ser bueno y faltarle las ganas de serlo. Uno puede languidecer y sentir que le falta la vida, haciendo todo lo que tiene que hacer. Le puede faltar el deseo de vivir, de amar; puede faltarnos a veces la esperanza y la confianza incondicional como fundamento de nuestra vida. Podemos ser buenos, pero faltarnos la virtud que le dan vida al corazón: la fe, la esperanza, el amor. Esta fuerza vital y humana que nos permite trascendernos no la podemos «ganar», es siempre un regalo de la Vida, de Dios. ¿Quién podrá obligarse a sonreír plácidamente con el juego de los niños?, ¿o a amar a quien con nosotros comparte muchas horas del día?, ¿quién puede forzarse a hacerlo?

    La eucaristía de cada semana, de cada día, es fuente de amor, de esperanza y de fe para el que cree. Al comulgar el pan de Cristo nos sabemos injertados en su misma vida. Él es la vid y nosotros los sarmientos. Él nos da la esperanza de que en Él podemos confiar y descansar. La eucaristía de cada semana, de cada día, nos impulsa a amar por encima de lo que somos, porque el amor de Cristo nos urge a amar a nuestros hermanos, al sabernos amados incondicional e inmerecidamente por Él. ¿Cómo dejar de acudir al manantial de virtud, de fuerza vital y de bondad, que Cristo mismo nos regala?

  • Hetero-divinidad

    (Juan 16,12-15) LAS RELIGIONES fueron poco a poco purificando su imagen de la divinidad. Desde comienzos groseros y primitivos en los que un animal poderoso y temible, o una montaña grande y peligrosa eran «tabú», y eran llamados dioses; hasta ir comprendiendo que Dios es fuente de bien y dador de vida, de tal manera que adoraron al Sol como si fuera el dios verdadero.

    El antropomorfismo politeísta de muchas culturas, donde los dioses tenían pasiones demasiado humanas, fue purificándose hasta comprender que lo divino tenía que ser una esencia pura, simple, incognoscible, fundamento de todo. El monoteísmo fue ganando, poco a poco, sobre todo a las clases más cultas desde el oriente al occidente. Las personas más espirituales comprendieron que Dios era Uno, Bien, Verdad, Belleza.

    Pero Jesucristo lo alteró todo. Él que hablaba de Dios como Padre de Misericordia, después de su resurrección fue comprendido como igual a Dios. Los apóstoles podían dudar de todo, menos de que en Jesús se habían encontrado con el Rostro del Inefable, con la Misericordia del Todopoderoso, con la Belleza del que todo lo hizo. Y así tuvieron que comprender que la divinidad no era la simplicidad racional que sus mentes intuían. Dios mismo se les había revelado como Padre, Hijo y Espíritu, y la alteridad estaba en la realidad misma de Dios.

    Lo distinto se compenetra en un amor que une sin confundir. Lo distinto enriquece haciendo saltar todos los límites. Lo diverso nos hace vivir en el encuentro, en el mismo salir. Lo distinto prueba nuestra misma humanidad; y acoger y entregarnos al otro, como otro, nos hace ser nosotros mismos en realidad.

  • Prueba testifical

    Juan 24,46-53

    SEGURAMENTE habrás visto en algún medio de comunicación escenas del proceso judicial a los miembros de la Generalidad de Cataluña enjuiciados por declarar la independencia de aquella comunidad autónoma. A todos nos ha llamado la atención la firmeza con que el juez Marchena recrimina a los testigos cuando comienzan a hacer valoraciones políticas, o cuando intentan exponer opiniones personales en torno al llamado «procés». «A un testigo sólo se le pide que dé razón de lo que ha visto y ha oído, de lo que ha presenciado», suele ser su frase habitual.

    Los creyentes hemos de ser testigos de la fe atendiendo a esa admonición del juez Marchena. Algunas veces ofrecemos largos razonamientos que no interesan mucho, y que no mueven a conversión a nadie. Otras veces refugiamos nuestra fe en una religiosidad que tiene más de cultura y tradición que de experiencia personal de encuentro con Jesús. Si en un «juicio» tuviéramos que dar testimonio de quién es y ha sido Jesús para nosotros, qué diríamos.

    Y ya sabéis: no valen largos razonamientos teológicos; no valen sentimentalismos subjetivos que no se pueden compartir; tampoco son admisibles en ese testimonio las tradiciones culturales o folclóricas de nuestro pueblo que pueden ser unas u otras. Lo único que tiene validez en tu testimonio evangelizador es narrar lo que tú has vivido al seguir a Jesucristo en tu vida, cómo te encontró Él y cómo te dejaste encontrar, cómo te cambió la vida y cómo te hizo una persona nueva, cómo lo pudiste ver cuando entraste en la comunidad cristiana, cómo tantas veces te inundó de paz y valentía su Santo Espíritu.

  • ¿Precepto?

    Juan 14,23-29

    ES SORPRENDENTE la extensión con la que el evangelio de san Juan describe la Última Cena. Los capítulos 13, 14, 15, 16 y 17 de su evangelio los dedica a narrar todo lo que allí vivieron los discípulos con Jesús. Los otros evangelistas nos describen la institución de la eucaristía, el anuncio de la traición de Judas y que cantaron los himnos. En Juan parece que la experiencia de aquella cena, que vivirían entre el estupor y el miedo, se ve enriquecida por las experiencias en las que al partir el pan Jesús Resucitado vino realmente a ellos y los colmó con su Vida.

    En el relato de la Última Cena, san Juan nos permite escuchar palabras luminosas, hondas, apenas comprendidas, pero que llenan de paz el alma: «un mandamiento os doy, que os améis como yo os he amado»; «yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre sino por mí»; «os dejo mi paz, mi paz os doy; «ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos»…

    «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él», resonará en nuestros templos el próximo domingo cuando el evangelio sea proclamado. El Señor nos anticipa una experiencia religiosa profunda y plenificadora, una experiencia mística.

    Como aquella que siglos más tarde intentó expresar san Juan de la Cruz: ¡Oh llama de amor viva/ que tiernamente hieres/ de mi alma en el más profundo centro!/ Pues ya no eres esquiva/ acaba ya si quieres,/ ¡rompe la tela de este dulce encuentro!

    A esta experiencia somos llamados en cada eucaristía. ¿Qué habremos hecho para llegar a llamarla «precepto dominical»?

  • ¿Quién me mandaría a mí?

    (Juan 10,27-30) LA FE CRISTIANA es, por esencia, misionera, expansiva, católica, universal. Las otras formas de entender y vivir la fe en lo Absoluto son, por así decirlo, más tranquilas, menos dinámicas. Ninguna tiene un mandato misionero tan claro y tan explícito; ninguna se configura tan íntimamente con la misión de anunciar y testimoniar el amor de Dios a toda la humanidad.

    La misión, como toda tarea que desborda las expectativas formadas en una cultura, siempre plantea un cuestionamiento personal, sobre todo cuando los planes que uno se había hecho no se ven satisfechos, y la vida se nos muestra más compleja, más rica y más inabarcable de lo que habíamos pensado. Así que muchas veces, en la tarea evangelizadora, tenemos que decir: ¿Quién me mandaría a mí meterme en este «berenjenal»? Pero la inquietud que Jesucristo pone en la vida, que nos mantiene constantemente jóvenes y con ilusión, no deja al creyente en una quietud que lo paralice.

    Los Hechos de los Apóstoles, en este tiempo de pascua, nos transmiten día a día esa inquietud que el Resucitado pone en el corazón de los creyentes. Viajeros incansables, cuestionadores de todo desorden establecido, nómadas de su propia vida… quien experimenta la fuerza de Jesús en su corazón vive en el impulso del Espíritu. Esa es la eterna juventud de la Iglesia.

    No acalles el deseo de traspasar las fronteras que limitan la humanidad y la justicia; no te conformes con la cobardía de consentir con lo que cercena el ansia de plenitud que eres; busca caminos en los que vivir tu fe apostólica y misionera.

  • Aguas profundas

    Juan 21,1-19

    LA VERDAD DE nuestra vida se juega en lo que no se ve, porque el pudor o los intereses lo ocultan, y en lo que pasa desapercibido porque la costumbre lo ha hecho transparente, invisible.

    Así ocurría con la minusvaloración de la mujer, que de habitual se hacía invisible, o con las personas con algún tipo de discapacidad; así ocurre con la condena a la marginación de los niños de barrios de exclusión, o con los adultos jóvenes que siguen sin poder iniciar su proyecto de vida por culpa del empleo precario -el precariado, que se le llama-, o con la población de los países explotados del Sagel, del África subsahariana.

    Cuando el sufrimiento de las personas se sumerge en el silencio o en el olvido se resiente toda nuestra humanidad, todos nos hacemos menos humanos y menos cristianos. La revelación bíblica nos muestra un Dios Padre de todos, que por serlo busca incansablemente a los últimos, y se hace uno de ellos, y desde ellos y con ellos inicia el camino de la liberación, y en el seno de la pobreza y la cruz hace brotar la luz de su entrega.

    «Rema mar adentro y echa las redes», dice en el evangelio del próximo domingo el Señor a Pedro. «Si vas a pescar no te quedes en la comodidad de las aguas superficiales, rema a lo profundo y allí echa las redes de la misericordia de Dios. Cada anciano abandonado que sienta la presencia de Dios gracias a tu cercanía, cada adulto joven que sepa que la iglesia lo comprende y comparte sus frustraciones y sus proyectos, cada inmigrante que se siente acogido e integrado en nuestra sociedad y nuestra iglesia… es «pez de aguas profundas» que Jesús te encomienda.

  • Ir por libre

    Juan 20,19-31

    LA TENTACIÓN de «ir por libre» es una constante en nuestra vida. Y no nos han faltado razones cuando en algún momento, en vez de participar en un grupo o colectivo hemos preferido vivir nuestros valores, nuestros gustos, nuestras opciones sociales sin vincularnos a ningunas siglas ni a ninguna estructura.

    Todas las personas tenemos tantas incoherencias y lagunas, todas las instituciones tienden tanto a esclerotizarse, a perder los primeros ideales, que cuando somos mínimamente críticos nos da miedo vincular nuestro nombre y nuestra vida a un grupo que, obviamente, supera nuestra capacidad de acción y decisión. En este tiempo de las redes sociales y del «me gusta» desde la butaca de nuestro salón, la tentación se diluye tanto que podemos perder la conciencia del individualismo que vivimos.

    Y, sin embargo, solo en comunidad, solo uniendo nuestras ilusiones y nuestras fuerzas a las de los demás, solo acogiendo las debilidades de los otros y dejándonos acoger en nuestras debilidades, somos fuertes.

    Tomás, el apóstol, tuvo experiencia de cómo aislarse y marginarse del grupo lo privaba de la primigenia luz de la resurrección del Señor. Pero también tuvo la experiencia de que la fuerza que une a la Iglesia no es la virtud de las personas que la componen.

    Él experimentó que la fuerza de la Iglesia es la comunión con aquel Nazareno de la historia que al resucitar la constituye, la funda, y es su más íntimo y verdadero dinamismo. Porque Cristo es el alma de la Iglesia merece la pena ser iglesia. No te aísles, busca un grupo en el que vivir tu fe, en el que encarnar tu vocación a hacer un mundo más humano.

  • Te besé antes de matarte

    (Juan 8, 1-11)

    «TE BESÉ ANTES de matarte», dice Otelo, en el drama de William Shakespeare, antes de suicidarse y caer sobre el cuerpo de su amada Desdémona. Un engaño y un error terrible le llevaron a asesinar a quien más quería. Pero no fueron los engaños y las intrigas de los venecianos que creía sus amigos; fue el pecado mortal de considerar que la persona amada le pertenecía.

    La relación de pareja siempre tiene una relación de entrega, de pertenencia: «yo me entrego a ti, y prometo…», dicen los novios en la boda cristiana. Pero esa relación de entrega es siempre libre, y el amor verdadero exige siempre el respeto a la intimidad, la libertad y la dignidad de quien queremos.

    En toda situación de pecado hay siempre una reducción del otro al estatus de objeto. Cuando atacamos, chismorreamos, condenamos o explotamos al otro, previamente lo hemos desprovisto de su condición de persona, de hijo de Dios, de hermano nuestro. Hemos dejado de pensar en su bien y hemos comenzado a verlo como objeto de nuestras burlas o nuestros intereses. Al inmigrante que se explota, a la mujer que se maltrata, al compañero que se vitupera, al pobre al que se ignora…, a todos los convertimos en «etiquetas», en «clichés sociales», en números, a los que no ponemos rostro ni acogemos como intimidad personal. Proceso diabólico en el que también nosotros nos volvemos autómatas que poseen, que disfrutan, que someten. Cuando negamos la dignidad al otro, a nosotros mismos nos tratamos como objetos.

    Piensa, piensa: ¿A quién por tu desprecio o por tu egoísmo estás cosificando?, ¿de qué manera estás olvidando tu humanidad?

  • Fiesta en tu vida

    Llegará el día
    en que, con júbilo,
    te recibas a ti mismo que llegas
    hasta tu puerta, ante tu
    propio espejo.

    (Lucas 15, 11-32) WALCOTT, PREMIO NOBEL de literatura, pulsa la clave de toda reconciliación, que es, a pesar de las apariencias, reconciliación con uno mismo. Cuando odiamos y guardamos rencor, cuando miramos con inquina y acechamos los errores del otro estamos, en el fondo, condenando nuestras propias incoherencias, dejando traslucir nuestros deseos insatisfechos, acusándonos por parecernos demasiado a aquel otro, a quien despreciamos.

    Cuando alguien te hace un daño objetivo, serio, injusto, la herida te duele un tiempo, pero poco a poco cicatriza y te olvidas de ella. Pero cuando el rencor la vuelve enfermiza, cuando cada vez que la ves te duele la misma punzada del primer día, cuando tienes necesidad de demonizarla y no dejar resquicio a la humanidad que hay en ella,… entonces la herida estaba ya en ti, no te la hicieron.

    Lleva a tu alma a mirarse en el espejo y reconoce tus debilidades, tus frustraciones, todos aquellos momentos en los que no pudiste hacer lo que debías o lo que te exigías; fuérzate a mirarte con ojos comprensivos, indulgentes, amistosos. Eras, eres y serás simplemente una persona que tiene la inmensa posibilidad de convertirse, de vivir sin máscaras.

    Volverás a querer al extraño que has sido. Habrá fiesta en tu vida.

  • Si entonces pienso en ti

    Lucas 13, 1-9

    MUCHOS MOTIVOS nos parece que tenemos, en ciertos momentos de nuestra vida, para llenarnos de amargura. La soledad, los reveses de la vida, nuestras propias incoherencias… Pero como decía el poema de Shakespeare:

    Si entonces pienso en ti, mis pérdidas
    se compensan, y cede mi amargura.

    La bondad fiel del Señor para con su pueblo fundamenta nuestra esperanza. Una esperanza deseosa de corresponder a ese amor, como todo amor que amor recibe.

    Nuestra forma de corresponder al amor de Dios es dar frutos de misericordia: Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, visitar a los presos, enseñar al que no sabe, dar consejo al que lo necesita… Pensar en Ti compensa nuestras pérdidas, disuelve nuestra amargura y nos llena del deseo de dar el amor que se nos ha dado.

    Pero el deseo ha de volverse realidad para que no acabe en desesperanza y melancolía más corrosivas aún que la amargura primera. Y dar frutos de misericordia no se improvisa. La pujanza de la savia de la que brota la flor y el fruto viene de unas raíces fuertes que encuentran la humedad de la tierra en que se afirman.

    Esta cuaresma ha de ser el comienzo para acoger la hermosura de la pobreza, que nos dará libertad; para contemplar el rostro de nuestros hermanos que sufren, que nos mostrarán el camino del compromiso; para dejar que el Espíritu de Dios nos lleve a buscar personal y comunitariamente caminos de verdadera conversión cristiana.