Etiqueta: Evangelio del domingo

  • Arca de la Nueva Alianza

    Arca de la Nueva Alianza

    (Lc 11, 27-28) MIL AÑOS antes del nacimiento de Jesucristo, el rey David consolidó la institución de la monarquía en el pueblo de Dios. Fue David un hombre, como todos, con luces y sombras. Pero fue haciéndose bueno y justo desde su fe en el Señor, y los valientes consejos y admoniciones de Natán, el profeta. Una de las decisiones más lúcidas y fructíferas de su reinado fue la de sacralizar a Jerusalén, la capital del reino, con el Arca de la Alianza donde se guardaban las Tablas de la Ley. Ese gesto ponía a su reinado y a Jerusalén en el horizonte de la bondad y la justicia del Dios de la misericordia y del Señor de la historia.

    También nosotros, pueblo de la alianza nueva y eterna, nos alegramos de poner a María, arca de la Alianza, como luz que queremos que ilumine todo nuestro caminar. El arca contenía unas leyes grabadas en piedra; María contuvo en su vientre al Hijo de Dios, el amor de Dios mismo hecho carne por nosotros. ¡Cuánto bien nos hace a las personas y a los pueblos contar con ejemplos vivos de la valentía, la humildad, la fe, el amor y la solidaridad que queremos vivir! Que todos los países hispanos tengamos a María de Nazaret como estrella que queremos que nos guíe, que ofrece a nuestra historia la esperanza de contar siempre con su ejemplo y su protección.

    “María de Nazaret, que nuestras familias y los responsables de nuestros pueblos y de la Iglesia, te tengamos siempre a ti como modelo e inspiración.” ¡Cuánto cambiarían las cosas si en verdad fuera así!

  • Sin libro de instrucciones

    Sin libro de instrucciones

    (Juan 14, 23-29) LA VIDA nos la regalan sin libro de instrucciones. Cuando aprendemos a ser niños, las hormonas nos gastan la broma de convertirnos en adolescentes lacios, tristones, inquietos e irascibles. Cuando nos hacemos con nuestro cuerpo, crecido y cambiado, la vida nos reta a vivir en relación de pareja, y pagando con nuestro trabajo el alquiler o la hipoteca. Poco después, quizás más tarde de la cuenta, nos sorprende la maternidad y la paternidad, cuando ya no nos acordamos de qué significa ser niño…

    Sin libro de instrucciones y con sorpresas incluidas, nos va llamando Dios para vivir el amor en todas estas etapas de nuestra vida. El Espíritu nos reta a vivir con autenticidad, abiertos a lo mejor de nosotros mismos, acogiendo la vida de los otros, traspasando la barrera de nuestras ideas, incluso de nuestros deseos. El Espíritu nos regala el don del amor, que nos hace experimentar siempre nueva la vida cotidiana, que se sirve de nuestra debilidad para hacernos fuertes, que se sirve de nuestros fracasos y caídas para que comencemos con ánimo nuevo a amar.

    Jesús no dejó a sus apóstoles un libro de instrucciones para la misión, «solo» su palabra y su Espíritu. Y a nuestras comunidades, a cada uno de nosotros, nos reta hoy a ser signos de una fe que es buena noticia para los pobres, para todos. Pidamos que nos envíe su Espíritu para no vivir con mediocridad esa hermosa y noble tarea.

  • Signo de la resurrección: la Iglesia

    Signo de la resurrección: la Iglesia

    EL MAYOR SIGNO de la resurrección de Jesucristo somos los creyentes, los cristianos, nuestra vida de fe y de caridad. Nuestra manera de afrontar las dificultades sabiéndonos acompañados y protegidos por Cristo, nuestros signos de cercanía y de amor por los más pobres, nuestro impulso apostólico y nuestro afán de compartir una fe que nos llena de luz y de vida, éstos son los signos desde los que las personas pueden acercarse a la historia de un hombre que pasó por la Tierra hace 2025 años y preguntarse si estará o no en él el verdadero sentido de toda nuestra vida, la verdadera salvación.

    Los signos de que Cristo es fuente de vida verdadera solo se pueden dar en comunidad. La heroicidad de uno habla de él mismo; el amor y la fe de una comunidad que acoge a los débiles y a los fuertes, a los cultos y a los sencillos, a todos, habla de Alguien que los sobrepasa y los trasciende. El pan partido y compartido es signo, desde siempre, de la comunión con Cristo, que es fuente de vida.

    No te preguntes si eres digno de ser cristiano. De por ti, no; tú sabes de tus limitaciones y egoísmos. Pero Cristo por cada incoherencia que hayas vivido, solo te preguntará: «¿Me quieres? ¿Estás dispuesto a que yo te cambie por dentro? ¿Quieres poner tu vida a mi servicio?» Y te llamará a vivir con él: «Sígueme».

    Que nuestras comunidades sean el signo que necesitan las personas hoy para acoger la gracia y la bondad de Jesucristo.

  • Signos de esperanza

    Signos de esperanza

    (Lucas 13, 1-9) Que un familiar enfermo se recupere, que un joven encuentre trabajo, que los niños crezcan sanos y alegres, que quien necesitó ayuda se ofrezca a ayudar a otros, que se cree una empresa que dé trabajo a unas cuantas familias, que la parroquia vaya creciendo en fe y en alegría, que vengan familias buenas a vivir a nuestro barrio… Todos son signos de esperanza que van llenando nuestro corazón de un amor más grande y más profundo que todos ellos.

    La esperanza es un misterio, un misterio que nos da vida. No vivimos en esperanza porque las cosas vayan bien, sino porque sabemos que nuestra vida está en manos de Aquel que nos quiere. Llegarán tiempos en que los signos de esperanza falten y solo nos podamos agarrar a la cruz de Jesús, la única esperanza que nunca defrauda porque es esperanza de un amor definitivo y de una vida eterna.

    El evangelio está lleno de los signos de esperanza que daba Jesús. El mismo pueblo de Dios se constituye desde el signo de esperanza de la liberación de la esclavitud en Egipto. Hoy también nosotros estamos llamados a ser signos de esperanza: ofrecer ayuda concreta a los que pasan dificultades; acompañar a los niños y jóvenes en su crecimiento en la vida y en la fe; participar asociaciones que busquen una mayor justicia social; y el más difícil de todos, tener una vida íntegra que no se deje corromper por la comodidad, la mentira o el dinero. Dios tiene puesta su esperanza en ti; ese también es un misterio grande.

  • Conocer a Cristo

    Conocer a Cristo

    (Lucas 4,14-21) EL VIERNES PASADO los chavales de la confirmación tuvieron una catequesis que presentaba la catequista con una frase de san Jerónimo: “Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”. Los católicos hemos cometido el error de pensar que podíamos creer en Cristo sin conocer las Escrituras, sin rezar con la Biblia. Y sin su vida y sin su palabra reducimos a Cristo a una imagen a la que presentar nuestros deseos y necesidades.

    Reducimos la fe a lo que tiene de confianza en la bondad de Dios, pero nos privamos de acoger el sentido profundo y la luz que trae para nuestra vida. En vez de acoger el impulso de su Espíritu para vivir su llamada y colaborar con su misión, tenemos la tentación de utilizarlo para lo que a nosotros nos interesa.

    Abre alguno de los evangelios; busca un texto pequeño en el que Jesús hable a sus discípulos, o ayude a alguna persona en dificultad, o cuente una parábola; reléelo con tranquilidad y busca una luz para tu vida. No pretendas comprenderlo todo; no te entretengas en lo que no entiendes; busca la luz que Dios tiene para ti en esas palabras de Cristo, y acógela con humildad. Quien se acerca a la Escritura, se acerca a Cristo y se llena de la luz que trae a nuestra vida.

    No es complicado; no es difícil; solo hay que leer un texto pequeño con fe y humildad, con el deseo profundo de conocer a Cristo para seguirlo y tenerlo como maestro.

  • Alentando la alegría

    Alentando la alegría

    (Juan 2,1-11) EL EVANGELIO de San Juan siempre sorprende. Como saben, es el último de los cuatro que vio la luz; y, por eso, sigue un esquema distinto, complementando y profundizando su presentación de la persona de Jesús. En el evangelio de Juan todo ocurre cotidianamente, sencillamente, pero mostrando una luz que llega hasta el último rincón de nuestra historia. Así ocurre con la primera manifestación del Señor, que no la acompaña con una estrella o unos magos de oriente, tampoco la avala con una voz del cielo. La primera manifestación del Señor se produce en la boda de una aldea, en Caná, y solo la ven su madre y los criados que servían. ¡Qué humildad la de nuestro Dios!

    Jesús se manifiesta como el esposo de la humanidad. Y lo mismo que el esposo llena de ternura y de alegría a su mujer, él viene a consolarnos, a salvarnos, a llenarnos con su ternura y su alegría. El ungido con el óleo de la alegría viene a traer alegría y gozo a toda la humanidad. Ningún cristiano tiene derecho a tener cara de pocos amigos y el espíritu avinagrado cuando el Señor se manifiesta alentando la alegría y la fiesta. Qué hermosas son las personas que en todo momento se muestran como bálsamo en las situaciones difíciles, y tienen una palabra alegre a los que las rodean. Qué necesarias son personas que olvidándose de sus pequeños o grandes problemas alientan la alegría a su alrededor. Bienaventurados los que animan a sus hermanos, tienen como su maestro al Señor.

  • Un tema tabú

    Un tema tabú

    (Marcos 13,24-32) LA MUERTE y, aún más el fin del mundo, son temas tabú en nuestra cultura. Por una parte, la fe cristiana durante mucho tiempo estuvo alienada en el premio o el castigo eterno que merecerían nuestros pecados; y en vez de ser una fe que llenara de sentido y plenitud nuestra vida, la llenaba de miedo y de temor. Por otro, nuestra cultura ha ido alejando a la enfermedad terminal y la muerte a los hospitales y tanatorios, y vivimos en la ensoñación y en la falsedad de una vida que no muestra su fin.

    La vida en la Tierra se acabará y nuestra vida biológica llegará un día a su fin. Estas son verdades palmarias. Cuando el Evangelio nos habla de que “el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor y las estrellas irán cayendo del cielo” nos está revelando, precisa y sorprendentemente, que el destino de nuestra vida no es la muerte, sino la comunión con Cristo: “Entonces verán al Hijo del hombre con gran poder y gloria”.

    Lo que le da verdadero sentido a nuestra vida aquí en esta Tierra, es la relación personal con Cristo, que nos hace vivir en comunión profunda con los nuestros; y eso es lo que podremos vivir en plenitud después de esta vida. Solo el amor perdura. Todo lo que no sea amor: orgullo, vanidad, envidia, avaricia, miedo, dolor, angustia… será polvo. El amor interesado no es amor, sino propio interés. ¿Cuánto pesa el amor en lo que vives? Quien tenga poco amor, ¿poco amor vivirá eternamente? Tenlo en cuenta.

  • Tolerancia y firmeza

    Tolerancia y firmeza

    (Marcos 9,38-48) EN NUESTRAS sociedades occidentales se ha implantado una virtud moderna que ha desplazado con creces a las tradicionales: la tolerancia. “Cada cual tiene derecho a vivir su vida y a ser respetado por los demás”; “cada cual es dueño de hacer de su vida lo que quiera, sin que los demás tengan que juzgarlo o, siquiera, opinar de él”. Esta orientación se ha vuelto radical, reivindicando que todos tengamos que reconocer la identidad que cada persona siente en un momento de su vida.

    El mensaje de Jesucristo es profundamente tolerante; él mismo tuvo actitudes que rompían el estrecho molde de la cultura judía de su tiempo. Pero, a la vez, Jesucristo es profundamente firme con todo lo que daña a las personas y les cierra las posibilidades de que el Espíritu las conduzca por su propio camino. Jesús fue firme con quienes condenaban a la adúltera; y con quien, dando pábulo a sus deseos más mezquinos, no encauzan su afectividad desde la familia. Jesús fue tolerante con Zaqueo y con el joven rico, pero fue intolerante con la actitud dañina de poner el corazón en el dinero y la avaricia. Instaba a algunos de los que había curado a volver a su casa, pero era firme ante la tibieza de quien quisiera seguirlo. Es tolerante con todo el que peca, pero no justifica nunca que se dañe a los pequeños y a los débiles.

    Jesucristo siempre abre la puerta a todos, la puerta de su amor para que vivamos en su amor de entrega.

  • Cargar con la cruz

    Cargar con la cruz

    (Marcos 8,27-35) LA EXPERIENCIA DE FE en Jesucristo potencia lo mejor del ser humano, lo mejor que hay en cada uno de nosotros. La amistad, la relación profunda con Jesucristo nos libera de nuestros demonios, nos da humildad para superarnos y nos abre a una fraternidad que da sentido a nuestras vidas. Lo más auténtico del ser de nuestra persona encuentra resonancia en el Evangelio.

    Pero hay experiencias profundas en la fe que no se explican desde meramente lo humano; una de ellas es el acoger desde un sentido pleno y luminoso a los momentos de sufrimiento y de cruz que tenemos que afrontar. Todos hemos de vivir momentos de sufrimiento. Todos, incluso, por ser honrados, por luchar por la justicia y el bien podemos vernos despreciados y perseguidos. Es ley de vida, si no te resignas a la injusticia y a la mentira de este mundo, esa injusticia y esa mentira se centrarán en ti.

    Los seguidores de Jesucristo tenemos un consuelo y una fortaleza grande en los momentos de cruz: al participar de una entrega como la de Cristo, participamos y participaremos en una vida y en una resurrección como la suya. Unidos a Él, nuestra cruz se convierte en un yugo llevadero, y en una carga suave. Todos nosotros, como el apóstol Pedro, nos asustamos ante la cruz. Ojalá seamos, también como él, fuertes y generosos cuando nos toque acoger los sacrificios que la vida nos presente.

  • Por las calles del Pueblo

    Por las calles del Pueblo

    (Marcos14,12-26) LA EUCARISTÍA tiene tanta densidad de sentido que nunca se termina de decir todo lo que significa. Fue la última cena de Jesús, premonición de su pasión; es actualización de la entrega de su vida en la cruz, el amor más grande; fue y es comida fraterna de quienes comparten la misión de anunciar el evangelio; es invitación constante a la conversión de nuestra vida tibia y superficial; es comunión íntima que quiere regalarnos el Padre con su Hijo por la acción del Espíritu; es sacramento en el que la comunidad experimenta que es Cuerpo de Cristo en la historia para proseguir con toda su misión; es Santísimo Sacramento ante el que postrarnos, no como ante ningún poder ajeno, sino ante la grandeza de un amor que en todo nos puede; la eucaristía es pan, paz, alegría, perdón, esperanza nuestra de cada día… ¿Cómo abarcar tanto con nuestra mente pequeña, aunque nuestro corazón tenga siempre anhelo de más?

    En el día del Corpus, Jesucristo vuelve a las calles de su Pueblo, como en aquellos días por Cafarnaúm o Magdala, rodeado del agradecimiento de los que hemos recibido de Él la vida, y de la esperanza de todos sus amigos. Algunos, como en Nazaret, mirarán incrédulamente pensando si de alguien tan corriente como el hijo de un carpintero puede venir la salvación. Pero nosotros lo hemos experimentado de algo tan corriente como un poco de pan, con el que nos llega todo el amor de Dios hecho sacramento.