Etiqueta: Evangelio del domingo

  • Presencia y discipulado

    Presencia y discipulado

    (Mt 28, 16-20) Algunas veces el misterio del mal muerde nuestra conciencia de creyentes y preguntamos por qué tanto mal, por qué tanto odio y tanta destrucción. Dios no creó este mundo, ni para dejarnos en la esclavitud del pecado, ni para quitarnos la libertad que nos permite abrazar su amor. Un mundo sin la libertad humana sería un mundo perfecto, de inteligencias artificiales sincronizadas y ajustadas. Un mundo sin la riqueza del reto de la imperfección sería un “mundo feliz”, pero un mundo sin libertad ni amor.

    Cuando Jesús asciende a los cielos dice a sus discípulos: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.» Pero es un poder que no anula nuestra libertad, sino que nos llama a acoger sus enseñanzas y su presencia: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos.» Jesús solo quiere que su voluntad reine en el mundo desde la conversión de sus discípulos, de nosotros.

    Jesús asciende a los cielos haciéndonos saber que estará con nosotros «todos los días, hasta el final de los tiempos». Una presencia que alienta y conforta, que impulsa y protege, que da la valentía, la «parreseia», que necesitamos para continuar su misma misión. Como el Padre lo envió a Él, Él nos envía a nosotros. La «revolución de Jesús» es la revolución del discipulado, de quienes acogiendo su palabra y su resurrección viven y alientan un mundo nuevo. Solo en la paciencia y la humildad de Dios puede crecer nuestro amor.

  • El sentido del sufrimiento

    El sentido del sufrimiento

    (Lc 24, 13-35) LO MÁS IMPORTANTE en la vida es encontrar el sentido de las cosas que vivimos, y el sentido profundo de toda nuestra existencia. Sin ese descubrimiento íntimo y profundo todo nos deja fríos y vacíos; hasta el placer y el bienestar nos cansa y nos hace sentirnos ahítos, sin gusto por el bien disfrutado. Así lo entendió Viktor Frankl, un psicólogo judío que vivió la experiencia de los campos de concentración del nacismo, y que, en esa experiencia descubrió que, desde el amor y con amor, las personas podemos vivir el sufrimiento sin desesperación.

    En el texto del evangelio de san Lucas del próximo domingo, Jesús mismo explica el sentido de su sufrimiento a dos discípulos que escapaban de Jerusalén a la aldea de Emaús. El Mesías tenía que pasar por la pasión y morir, para poder acoger en sí toda la condición humana y permitir a toda persona, en toda circunstancia encontrar en el amor del Padre el sentido de su vida. Jesucristo, el Hijo del Padre, muerto y resucitado, se convierte en el sentido profundo de nuestra vida: cuando crecemos en esperanza, cuando nos entregamos con amor, cuando sufrimos y cuando morimos. Siempre podemos vivir siendo hijos en el Hijo de Dios.

    No siempre sabremos el porqué de lo que nos ocurre, pero siempre sabemos que todo lo nos sucede es para vivir con madurez y entrega un amor que nos reconcilia con nosotros mismos y con Dios.

  • ¡Este es Jesucristo!

    ¡Este es Jesucristo!

    (Jn 20, 19-31) SABÉIS QUE UN DÍA Jesucristo preguntó a los discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos contestaron lo que Él ya sabía: “Unos que un profeta, otros que Elías o Juan el bautista, otros que Jeremías”, tan grande lo veían que muchos solo explicaban su realidad desde la vuelta al mundo de los vivos de alguno de los más grandes de la historia de la salvación. Cuando Jesús les dirige la pregunta a ellos, Pedro dice sin dudar: “Tú eres el Hijo del Dios vivo”.

    Si esa pregunta se la hicieran después de la resurrección, cuando habían experimentado toda la fuerza y el poder, toda la luz y el amor de Cristo, seguramente no responderían con tanta rapidez. La realidad de Cristo desborda todas las palabras que podamos decir.

    Es verdad que es el Verbo eterno que estaba desde el principio en Dios, que por Él han sido hechas todas las cosas, que en Él estaban la luz y la vida de todos los hombres; que es el fulgor de la luz eterna, resplandor del Padre; la sabiduría eterna, la belleza infinita; que nos fue dado para ser nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención. Que Él es el camino, la verdad y la vida.

    Las palabras quedan pequeñas ante la Persona a quien buscan describir. Jesucristo Resucitado es un misterio que cada uno de nosotros debe buscar desde el deseo profundo y la fe humilde. No te conformes con palabras. Búscalo hasta que puedas decir: ¡Éste es Jesucristo!

  • Orar con Cristo, vivir en Él

    Orar con Cristo, vivir en Él

    (Jn 11, 1-45) LA ORACIÓN CRISTIANA por excelencia tiene el rasgo de que puede ser rezada por cualquiera que crea en Dios. Ninguna mención hace ni a Cristo ni a su Iglesia. Un musulmán podría rezar el padrenuestro sin hacerse violencia.

    Pero los cristianos rezamos esta oración no de cualquier manera; los cristianos rezamos esta oración con Cristo a nuestro lado, con Cristo en nuestro interior, que con nosotros ora al Padre. “Cristo está en nosotros” y así estamos llamados a rezar. Y cuando así rezamos nuestra oración, por mejor decir la de Cristo en nosotros, es fecunda, es fuente de vida, convierte la muerte en vida.

    Cristo fue al sepulcro donde yacía su amigo Lázaro hacía cuatro días. Y con Marta y María, a las que había pedido fe en Él, rezó al Padre. Su oración fue escuchada: “Te doy gracias Padre porque me has escuchado, yo sé que Tú me escuchas siempre, lo digo por la gente que me rodea para que crean que Tú me has enviado”.

    Cuando rezamos con Cristo, y no solo a Cristo, nuestra oración cambia. Se cumpla o no nuestra petición, se nos concede la vida, y una vida que no acaba, una vida que es eterna. La próxima vez que reces el padrenuestro, o que simplemente alces tu oración a Dios, reza sabiendo y sintiendo que Cristo está en ti, rezándole al Padre, en medio de nosotros, íntimamente cercano; que para eso se Encarnó, para darnos su Vida.

  • El pecado del mundo

    El pecado del mundo

    (Jn 9, 1-38) EL MUNDO ESTÁ ciego al amor y a la luz de Dios. Solo ve violencia y dinero, solo se mueve por el poder y el espectáculo, todo lo oscurece y lo corrompe. El amor de pareja lo convierte en relaciones de “usar y tirar”; el trabajo lo somete a explotación e injusticia; hasta la comunicación la pervierte y la convierte en manipulación y engaño… Así estamos tentados a comprender nuestro mundo.

    Esto es solo una parte de lo que es el mundo porque en el mundo está, con más profundidad y extensión, la huella del amor de Creación, del amor de Encarnación de Dios mismo. Pero aquella oscuridad nos amenaza íntimamente a todos. Ninguno de nosotros está exento de este “pecado del mundo” que nos ciega a la verdad y a la vida. Por eso todos necesitamos que cada día el Señor reconstruya en nosotros la inocencia primigenia de nuestra persona desde su cercanía e intimidad, ponga barro hecho con tierra y su propia saliva, y nos envíe a la piscina del Enviado, para que nos lavemos, y podamos ver la vida desde la fe.

    Tanto es el pecado nos rodea, tanta muerte y desolación provoca, en tanta guerra y mentira nos mete que el Padre envió a su Hijo para darnos el Espíritu del amor. El pecado nos ciega, el amor del Padre y del Hijo nos devuelve a la luz de la vida. Piensa un poco en aquello que te está cegando a la luz de la fraternidad y de la fe. La Pascua, en la que Cristo carga con ese pecado y lo vence, está cerca.

  • Transfiguración de un barrio

    Transfiguración de un barrio

    (Mt 17, 1-9) NO TENÍAMOS más que pobreza para compartir; una sala de baile destartalada y ruinosa. En primer lugar, había que alojar allí al Maestro, al buen Dios y hacerle una habitación bajo este techo de pecado. (…) Todo el mundo era tan feliz de ver esta transformación que no hubo nadie que no se prestarse a colaborar; en menos de dos meses, la capilla ha estado instalada, organizada.

    Así se expresa el padre Chevrier, recordando el inicio de la obra del Prado. Un proyecto que va a transformar un barrio. Hay círculos viciosos que estropean nuestra vida, también hay círculos virtuosos en los que una acción buena va multiplicándose poco a poco hasta transformar toda una colectividad. La siembra que se hace en el corazón de las personas de un pueblo o un barrio sigue dando fruto, como árboles de buenas raíces, durante mucho tiempo.

    Cuando en medio de la oscuridad del pecado se enciende la luz del Evangelio, se abre la puerta a la transfiguración personal. Cristo se llevó a Pedro, Juan y Santiago al monte Tabor, y allí les mostró la luz de su divinidad, la gloria que se traslucía en su carne humana.

    Ojalá también en nosotros, un acercamiento a quienes sufren, nuestra humilde oración diaria, nuestra participación en la parroquia sean cauce de transfiguración personal. Y también nuestro corazón (“aquel lugar de pecado”) lo reconozcamos como templo “para creer razonablemente en Dios”.

  • El combate cristiano

    El combate cristiano

    (Mt 4, 1-11) COMENZAMOS UN NUEVO tiempo de cuaresma, y con él hemos de renovar nuestro afán por seguir más de cerca a Jesucristo. La rutina de los días, siendo buena y necesaria, puede hacernos olvidar el motivo último de nuestros trabajos y nuestros desvelos, puede hacer que nos acostumbremos a la falta de fe, y a las ideas injustas e insolidarias que en tantos lugares escuchamos.

    La vida de Jesús fue un combate a vida o muerte con el mal; contra la manipulación de la religión; contra la ideología del dinero y del poder; contra, incluso, la fe acomodaticia que sus discípulos tenían. La vida de Jesús fue un combate que ganó para nosotros con su muerte. En esta cuaresma, ¡cuánto importa tener el espíritu de Jesucristo, para no guerrear contra él, sino para combatir a su favor!

    Tanto ha llovido y tanto llueve que nos parece que es lícito orar sin practicar la misericordia; hablar de Cristo sin sentir temor y temblor ante tan necesaria osadía; vivir cómodamente sin ruborizarnos por nuestra incoherencia. La indiferencia y la ideología se nos filtra por techos y paredes hasta poner negra y maloliente nuestra casa.

    Necesitamos un ayuno que nos haga tener hambre de Cristo; una limosna que nos empobrezca y nos acerque a los pobres; una oración que nos aliente en nuestro seguimiento a Cristo.

  • Mira solo a Jesucristo

    Mira solo a Jesucristo

    (Mt 5, 17-37) LAS PERSONAS somos paradójicas y contradictorias. Mientras más nos buscamos a nosotros mismos, y mientras más nos preocupamos, egoístamente, por nosotros y nuestro bienestar, más problemas tenemos o nos inventamos, y menos capaces somos de afrontar las dificultades que siempre va a tener nuestra vida.

    Y, al contrario, cuando acogemos humildemente la llamada que Dios nos hace al servicio y a la entrega a su voluntad, con más alegría vivimos, con más plenitud sentimos, lento y suave, el fluir del tiempo.

    En el trato con las personas, no andes llevando cuentas del mal; en el trato con los que más quieres, entrégate sin reservas; en el trato con Dios, deja que Él siempre sea tu norte y tu vida. Los mandatos de Dios son la luz y la alegría del creyente; son manantial fresco y vida renovada para nosotros.

    Pero no pienses en normas y en prohibiciones. La vida de Jesús es la explicación auténtica de su propio mensaje. Vivió alentando, entre sus discípulos, una armonía servicial que los capacitaba para la misión; se entregó sin fisuras, consagrado por entero, al amor del Padre; con su muerte y resurrección dio pleno cumplimiento a la Ley y los Profetas, mostrando el rostro, inusitadamente nítido, de la misericordia de Dios.
    Para saber qué es misericordia y verdad, justicia y servicio, alegría y consuelo, radicalidad y esperanza…, mira a Jesucristo y solo a Él.

  • Hacen falta profetas

    Hacen falta profetas

    (Mt 3, 1-12) TODAS LAS ÉPOCAS de la historia de la Iglesia tienen su Juan Bautista. La fe parecía languidecer; la hipocresía y los intereses creados parecían haberse adueñado de los representantes de la institución religiosa; el pueblo, con un anhelo latente de verdad, se alienaba en lo cotidiano.

    Pero Dios siempre suscita, de una manera u otra, a alguien que viviendo en pobreza y cerca de los pobres anuncia la verdad del Evangelio.
    En un tiempo fueron los monjes los que, como Juan, se fueron al desierto para renovar a la Iglesia. Después, Francisco de Asís, entre otros, acogió la llamada a vivir pobremente, cerca de los pobres, anunciándoles el Evangelio… Religiosos, laicos, sacerdotes, hombres y mujeres de Dios han retomado constantemente el testigo de preparar el camino del Señor en el seno de su pueblo. Hoy también necesitamos hombres y mujeres que levanten la voz para hacernos mirar nuestra vida con esperanza.

    Necesitamos comunidades de creyentes que en su vida cotidiana sean testigos de la honestidad desde la pobreza, de la fe con esperanza, de un amor que, llenándose de Dios, se preocupa por el pobre.

    Juan Bautista se fue al desierto a convocar al pueblo de Dios a la esperanza de la venida del Mesías.

    ¿Quién acogerá hoy el testigo de anunciar una fe sincera, sin hipocresía, sin orgullo, sin que la cultura en la que vivimos la ahogue en la superficialidad?

  • La fuerza de la oración

    La fuerza de la oración

    (Lc 18, 1-18) El señor nos llama a rezar cotidianamente, a meditar su palabra, a presentarle nuestra vida y a dejarnos arrostrar por el misterio de su amor.

    Algunos, incluso algunos creyentes, descubren la meditación en el zen o en el budismo porque desatendieron la llamada de Cristo a la oración cotidiana, desde la intimidad en la que somos, y desde la que vivimos. También es verdad que las parroquias y las comunidades cristianas no hemos enseñado ni alentado sino a rezar oraciones vocales, o a vivir una oración mercantilista, o a acudir al Señor en situaciones de problemas o enfermedad grave.

    Pero Jesús quiere estar cerca de nosotros siempre; él quiere sembrar en nosotros la semilla de su presencia constante, para que vivamos en una actitud de serenidad profunda y de acción de gracias. Si quieres vivir sereno y con alegría, reza. La oración te enseñará a dejar los criterios de este mundo; criterios de posesión, de éxito externo, de acumulación, para vivir en la simplicidad y la belleza de su amor. El que reza, ama. El que reza como un pobre, de los pobres se compadece. El que reza por la paz, se hace artesano de la concordia. El que reza incansablemente por la justicia, encuentra modos y formas de impulsar un mundo más humano.

    La oración es el pan cotidiano de nuestras almas.