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  • Reinventarse

    Crisis: es la caducidad de lo que está establecido. El no funcionamiento de normas y reglas de un sistema social en su globalidad. Literalmente: una situación dificultosa o complicada. Exactamente como estamos en España en estos momentos tras tres años de de dificultades económica y del aumentó insostenible de los índices de desempleo.  Es cierto que esta situación, más la pauta política del nuevo gobierno congelando de mísero salario mínimo interprofesional, el bloqueo de la ley de dependencia y el espantoso empeoramiento de las condiciones laborales, son motivos más que suficiente para que millones de personas sientan angustia o sufran estrés negativo.

    Las situaciones de crisis graves, afectan al ánimo y al espíritu colectivo de toda la sociedad en sus diversas esferas, creando desconfianza y apatía general. Pero sobre todo y especialmente, produce graves problemas en los seres humanos, tanto en sus relaciones sociales y personales, como en el sentido propio de su existencia, lo que se traduce en desequilibrios físicos y psíquicos. La pérdida de un trabajo, el no poder pagar la hipoteca, o simplemente no poder llevar el ritmo de vida que llevábamos, conduce en muchos casos al fracaso en las relaciones de pareja, a la desesperación, la depresión, y en ocasiones incluso puede hacer caer en la exclusión social.

    Es cierto que en gran medida, estamos sufriendo una crisis económica de carácter mundial. También lo es, que una parte importante es responsabilidad de la mala gestión y la falta de previsión de futuro de nuestros representantes políticos, de banqueros y los especuladores bursátiles. Incluso en muchos casos, nosotros mismo somos responsables de algunos de los males que sufrimos. Pero sinceramente no creo que en estos momentos valga la pena  buscar culpables, ya tendremos tiempo de ello cuando salgamos del agujero.

    En verdad, lo que verdaderamente importa es salir adelante. Reinventarse; buscar, imaginar, encontrar la valentía suficiente en nuestro interior para adaptarnos a las actuales circunstancias. Esto nos hará fuerte para afrontar el incierto futuro que se nos avecina. No deberíamos olvidar que para salvarnos de cualquier situación de peligro, debemos aguantar y ser fuerte, y por supuesto, en el futuro no volver a cometer los mismos errores. Como dice Pere Pubill Calaf: “de los cobardes nunca se ha escrito nada”.

     

  • ¡80 años y tan bonita!

    0201 Felicidades y gracias por ser todo para nosotros. Te queremos, abuela.
  • En memoria de Agustín Piña Rodríguez

    Hoy hace 6 meses que nos dejastes y nuestras vidas quedaron vacías para siempre. Tu llenabas de alegría nuestro hogar para sacarnos una sonrisa en los peores momentos.

    Quererte fue muy fácil pero olvidarte es imposible. Gracias por ser como has sido y no separarte de nosotros en ningún momento. Contigo hemos aprendido el significado de las palabras amar y querer. Protégenos desde el cielo, nosotros te recordaremos siempre desde la tierra.

    Te queremos.

    Tu esposa, hijos, nieto y demás familia siempre te llevaremos en el corazón.

     

  • Nuestra autoridad

    (Marcos 1, 6-11) Una de las tentaciones más grandes del apóstol es la de sentirse desautorizado en su tarea, por haber puesto el fundamento de su autoridad en lo que no lo es. Hay quien pone el fundamento de la tarea apostólica en su saber. Pero este fundamento acaba pronto, porque nuestro saber es escaso; encontramos a quien sabe más que nosotros; y nos sentimos ninguneados, desautorizados. Pensamos que nuestro mensaje no aporta mucho, que nuestra labor es poco brillante. Dejamos de evangelizar; aunque sigamos celebrando sacramentos e impartiendo catequesis.

    Otro falso fundamento de nuestra misión como cristianos es el de nuestra virtud. También este fundamento se desmorona enseguida, en las primeras embestidas serias del pecado de nuestra vida, o en los primeros momentos de lucidez. Aunque pretendamos reconstituirla una y otra vez, la debilidad de nuestra naturaleza –don de Dios—hace que  descubramos que nuestra virtud es torre de arena.

    La autoridad de nuestro ministerio no está en nosotros, sino en la llamada que Dios nos hace a dar testimonio de su amor. La autoridad de Jesús de Nazaret no estaba en él mismo, sino en el Padre que lo llama a ser su Hijo y lo envía a ser Testigo del amor en el mundo. Así nos lo narran los textos del bautismo. El Padre avala, que quien pasaba por ser un hombre cualquiera, es su Hijo  y su Enviado a anunciar el Evangelio.

    También a ti, tu bautismo es signo de ello, el Padre te llama hijo suyo, y también te envía a ser testigo de su amor. Tendremos que aprender cómo hacerlo. Pero ninguno de nosotros puede renunciar a ser testigo del amor que el Padre nos tiene. Ancianos, jóvenes, enfermos, sanos, trabajadores, estudiantes, catedráticos… Cada uno de nosotros es enviado a testimoniar que el Padre quiere con ternura a cada uno de nuestros hermanos.

     

  • 3º repartiendo juego

    (Juan 1,6-8.19-28 ) ¿CÓMO FUE la semana pasada? Un poco dura, ¿verdad? Esta semana, aunque continuamos con la fase intensa del entrenamiento, es más alegre: se trata de aprender a jugar en equipo y de disfrutar con nuestro propio juego.

    Dos ejercicios se nos proponen en este tercer domingo de adviento. El primero es mirar todo lo bueno que tienen las personas que te rodean (…) La tentación es esa, es decir que no abunda la bondad y comenzar a mirar sólo la ambigüedad y el egoísmo que a los otros, como a nosotros mismos, nos limita. La tentación es vivir condenado a los otros. Mira a tu alrededor y valora todo lo noble y generoso que hay; examínalo todo y quédate con lo bueno. Sin ingenuidades, sin condenas, que el juego del evangelio no es un solitario y necesitamos saber que contamos con los demás para adelantar el Reino. No es que seamos todos excelentes, pero podemos ser, en equipo, testigos de la luz, y eso es mucho.

    El segundo ejercicio es soñar. Soñar que llegará un día en el que Jesús mismo, nosotros seremos testigos, anunciará la buena noticia a los más pobres. En que Jesús mismo consolará a los que tienen el corazón desgarrado. En el que sacará a sus hijos de las prisiones en las que están sufriendo. En el que todos nos sentiremos como el campo en primavera cuando brotan todas las semillas y las ramas de los árboles se cuajan de brotes nuevos.

    Sí, sueña, echa a volar la imaginación y la creatividad; en lo cercano y lo lejano; en lo propio y lo ajeno. Que el músculo que tenemos más atrofiado es el de la utopía. Necesitamos soñar, confiar; adelantar con la imaginación lo que parece que no puede ser. Así se dirá de nosotros: “como no sabían que era imposible, lo hicieron realidad”.

     

  • ¡Feliz 90 cumpleaños, abuela Dolores!

    0202 Hay momentos en la vida que merecen la pena vivirlos, éste es uno de ellos. Eres tan chica pero tan grande a la vez, que por ser tan buena madre, tan buena abuela, suegra y bisabuela; Dios quiere que estés muchos años entre nosotros. ¡Felicidades, abuela! Tú te lo mereces.
  • Primer ejercicio

    (Marcos 13,33-37) El adviento es tiempo de preparación de las Pascuas de Navidad. ¡Qué bonito nombre ese de “Pascuas”! La Pascua, por excelencia, es la muerte y resurrección de Cristo. Pero también en Navidad podemos celebrar que Dios Pasa a nuestro lado, como compañero y liberador, y que nuestro corazón está en Ascuas para recibirlo. Felices Pascuas, comenzaremos a decir en pocos días. Día feliz el que vivamos que Dios está entre nosotros siendo semilla de salvación.

    Toda preparación requiere sus ejercicios. También prepararnos para las Pascuas ha de requerirlos. Te invito a que los hagas y te vayas preparando. Es el evangelio el que nos dirá qué ejercicios tenemos que ir haciendo. El del primer domingo de adviento nos invita a un ejercicio hermoso, a contemplar la vida.

    Nuestra vida cotidiana, en la que intentamos cumplir buena y sensatamente con nuestras obligaciones, puede parecernos vacía y sin peso si no contemplamos en ella la presencia de Dios, que constantemente está viniendo. Puede ser que contemplemos la hermosura del Padre en una madre joven que acurruca a su hijo, como lo único importante en la vida; puede ser que contemplemos la fortaleza del Hijo en el trabajador que cada mañana nos encontramos camino del trabajo y que, como nosotros se vence a sí mismo para cada mañana seguir en la brecha. Puede ser que contemplemos el impulso del Espíritu en la imprudencia juvenil que, inconsciente de su propio egocentrismo, lucha por el bien y la verdad parcial que ha descubierto.

    Cada día de esta semana un momento, un gesto, una persona, una acción donde tocar la carne de un Dios que viene a la historia. ¿Difícil? Todos los comienzos lo son; pero ten por cierto que tu vida –como la de María— está llena de Dios. Vigila, que ahí está.

     

  • El principio del fin

    (Mateo 25,14-30) Sabíamos el peligro que corríamos. Muchos otros antes que Jesucristo habían intentado luchar contra la corrupción, la injusticia y la falta de fe de nuestros dirigentes, y sabíamos la suerte que habían corrido. El último, el Bautista. Pero no imaginábamos que el fin estaba tan cerca.

    De aquella noche nos acordamos claramente, la hemos comentado Pedro, Juan, Santiago y yo, con los otros muchas veces. Pero a todos nos pesa no haber escuchado a Jesús con los cinco sentidos. Para nosotros era una noche más. Pero parecía que él sabía que era el principio del fin.

    Después vino la última pascua judía que celebramos, y la Pascua de amor que Jesús nos preparó. Nosotros le preguntábamos cuándo sería el fin de los tiempos, sin saber que casi podíamos tocar con los dedos el principio de la plenitud de sinceridad y entrega que Jesús realizó para siempre en la historia.

    Ahora ya comprendemos que nos invitara a estar preparados para el final de los tiempos, y que nos dijera que éste llegaría en cualquier momento. Tenemos que estar preparados, para cuando Jesús venga, siempre; porque él está viniendo cada día a nuestra vida. Si esperamos acontecimientos fulgurantes, seguramente no podremos contemplar la transparencia de su presencia.

    Nos dijo: “No seáis cobardes, ni andéis haciéndoos las víctimas de las contrariedades que os vengan. ¡Fuera de vosotros esa tentación que viene del diablo! No seáis cobardes y entregaos día a día al bien. Si os sentís llamados a construir la justicia, no lo dejéis para mañana. Si descubrís que tenéis que pedir perdón, después es tarde. ¡Tenéis en vosotros mismos tantos talentos¡ ¡No los enterréis, si no es para que echen raíces en la humildad de la tierra, y  puedan dar mucho fruto!

     

  • El Dios de la Vida

    (Mateo 22,1-14) Si recordáis, en el evangelio de la semana pasada, Jesús les hablaba a los que mandaban, a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo. También el próximo domingo, Jesús se dirige a ellos; les propone una parábola con la que intenta que reconozcan la actitud que los está alejando de Dios.

    Toda la tradición de los profetas había comparado el Reino de Dios con un banquete, donde todos los hombres, como hermanos, iban a saciarse de manjares suculentos y de vinos de solera. El Dios de la Biblia –y Jesús lo ratifica– es el Dios de la Vida, de la Bondad, de la Benevolencia. Es el Padre que disfruta viendo a sus hijos alrededor de la mesa compartiendo bromas, canciones y acción de gracias por la vida.

    Pero incomprensiblemente, en la parábola y en la realidad, en vez de disfrutar de la vida que se nos regala, las personas nos encerramos en ideas que nos paralizan, en tareas que no tienen fruto ninguno, en satisfacer unas necesidades que no son las nuestras y que nos dejan vacíos. Incomprensiblemente marcamos una línea que divide a los míos –los buenos—, de los demás— los malos; y nos introducimos en una espiral de desprecio y de competitividad que nos quita el gusto por la vida.

    Es cierto que los que mandan (a nivel económico, político o ideológico) pueden ponernos más difícil la vida. Seguro que de eso ustedes saben más que yo. Pero no hemos de dejar que nadie nos amargue la existencia. Entre todos, tenemos los resortes necesarios para vivir en continua acción de gracias.

    Llegado el caso, también nosotros podemos experimentar que el Señor cuida de nosotros; en las situaciones difíciles palpamos su providencia y su misericordia. Así rezamos: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

     

  • Admiración o envidia

    (Mateo 20,1-16)“Yo no sé ni el color que tiene la envidia”, me decía hace tiempo una mujer mayor. Yo me callaba por respeto, pero sí que lo sabría, porque lo sabemos todos. Tiene color de nausea, de vértigo; de impotencia, de profundo desasosiego que quita el gusto por la vida.

    La envidia prolifera en la comparación. Cuando envidiamos reducimos a la persona –también a nosotros mismos nos reducimos—a una suma de cualidades, que pueden medirse o contarse. Dinero, figura, habilidades, inteligencia, relaciones…: tantas tienes, tanto vales. Podría ser la leyenda de la puerta del infierno; porque ninguna esperanza puede albergar quien asienta su vida en los méritos que posee –sean estos de la clase que sean—de que no nos veamos por alguien superados y vencidos; siempre habrá quien pueda despreciarnos (como nosotros despreciamos a quien le faltan las cualidades que más valoramos).

    Pero un rostro nunca es hermoso por las facciones que lo perfilan. Las figuras de cera siempre dan escalofríos, por muy perfecto que sea el original. Un rostro –el tuyo, por ejemplo—es hermoso por su sonrisa, por cómo miras, por ese gesto de ingenua sorpresa que produce encanto; por tu llanto; por la tenacidad de tu entrecejo… por todo eso que nos hace admirarte. Como a Dios mismo, que al mirarte, se admira.

    No envidies la suerte de nadie, que la vida no está en las cosas caducas que se poseen. La envidia te aleja de ti mismo, de Dios y de los más pobres. Cuando envidiamos dividimos a la personas en tres grupos, los que nos superan, con los que competimos y a los que podemos despreciar.

    ¡Qué alegría da tener a Alguien que siempre nos quiere y nos admira; no por lo que tenemos, sino por quiénes somos!