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  • Más preguntas que respuestas

    (Lucas 3,15-16) Tal y como se nos narra en el Evangelio de San Lucas, la experiencia que Jesús vivió al ser bautizado por Juan en el río Jordán fue una experiencia radicalmente personal. Después de ponerse a la cola de los pecadores, esperando encontrar respuesta a la inquietud que sentía por dentro, después de que Juan lo sumergiera en las aguas del río y lo levantara a una nueva vida, cuando estaba orando él sólo, fue entonces cuando el Padre hace consciente a Jesús que él era el Hijo amado, que él era el Enviado de Dios, que él era el Esperado de la historia.

    En ese momento de profunda intimidad de Jesucristo con el Padre, recibe la certeza íntima y radical de cuál es el fundamento de su vida y cuál es su misión: Vivir en el amor del Padre y ser Palabra de consuelo para el que sufre, Palabra de justicia para el oprimido, Palabra de libertad, perdón y amor para todos. Pero eso no significa que ya Jesús lo tuviera todo claro. Era un hombre y, como tal, tenía que hacer el camino al que lo impulsaba su misión. Muchas preguntas tenía todavía: cómo, cuándo, de qué manera…

    El camino de cada persona se hace al andar. El tuyo también. Pero tú también tienes que saber de dónde vienes y a dónde vas. Tu libertad está en hacer tu propio camino; pero esa libertad que eres brotó del amor, incondicional y entregado, con el que te amaron. El camino de tu vida es tu propio reto; pero si no pones en amar tu destino nunca llegarás a tu hogar. El amor, nos lo dice Jesucristo, es el fundamento y el destino de nuestra vida, como lo fue de la suya. Pero cómo, a quién o a quiénes, dónde y de qué manera has de vivir el amor sólo a ti corresponde responder. Aunque, a veces, el silencio es muy elocuente.

     

  • Reyes de Tarsis

    (Mateo 2, 1-12) Es en el Salmo 71, escrito seiscientos años antes que Jesús naciera y que se lee cada seis de enero, donde se anuncia que un rey de Israel, justo y bueno, se verá agasajado por reyes vasallos de todos los rincones del mundo; hasta de Tarsis llegarían con tributos y dones para asegurar la paz en sus dominios.

    Un niño nacido en una familia pobre y sencilla va a ser ese príncipe de la paz, anunciado por los profetas. Ese hombre librará al pobre que clama, al afligido que no tiene protector; ese hombre se apiadará del pobre y del indigente, salvará la vida de los pobres. Los magos de oriente representan, en el Evangelio de Mateo, los buscadores de todas las religiones, a todos los hombres en búsqueda de la verdad que les descubra el sentido de la vida. La tradición de la Iglesia ha visto que las ansias de justicia que los profetas anunciaban, la necesidad de los pobres y los sin-nombre, encontrarían en Jesucristo, en su mensaje y en el compromiso de sus seguidores, la respuesta que necesitaban.

    El que nace en una gruta, desahuciado, el niño de los emigrantes, es el Hijo de Dios, y se convertirá en el salvador del mundo. Algunos sólo valoran su mensaje de justicia y autenticidad; quieren ver en él sólo al profeta de la justicia, sólo al maestro de sabiduría. Pero, si sólo hubiera sido eso, ¿en quién encontraríamos respuestas a nuestras preguntas? Si sólo hubiera sido un gran hombre, ¿podríamos acoger la solidaridad con los pobres como norte de nuestra vida?

    La vida de Jesús no es sólo la vida de un gran hombre. En su vida hay luz para tu vida. Sigue buscando a Cristo; ni pienses que ya es tarde, ni que ya lo has encontrado; cada día busca a Jesucristo como luz de tu vida, como la esperanza de los pobres.  

  • De la verdad

    (Juan 18, 33-37)Nos quieren partidarios y sólo debemos ser de la verdad.

    Hay un razonamiento perverso que es la carcoma que está royendo los cimientos de nuestro pueblo: O eres de unos, o de otros; o progresista o conservador; o de un partido o de otro. No se consiente el pensar, mucho menos el disentir. Cuando son los “nuestros” los que cometen atropellos: “Hay que intentar evitarlo…; será una exageración…”. Cuando son los “de los otros” los que los comenten: “Esto es intolerable; deben todos dimitir inmediatamente”.

    La dinámica de corporativismo que han asumido los simpatizantes de los partidos políticos en España es el principal problema de nuestra democracia. Ya no somos partidarios de la verdad; la verdad es lo que le interesa al que consideramos nuestro partido. Mientras no sean los simpatizantes y militantes de una agrupación política los más interesados en acabar con la corrupción y la ineficacia que se da entre los suyos, no habrá esperanza de regeneración social en nuestro pueblo.

    El evangelio del próximo domingo nos muestra a un politicastro con el único objetivo de salvar sus privilegios, su nombre era Pilatos. Frente a él estaba Jesucristo; y su único aval, sus únicas armas, su único poder era la verdad. En una situación social tan dura, como la que estamos viviendo, se necesita más que nunca que los cristianos sean no de unos o de otros, sino testigos de la verdad que construye justicia y paz para los pobres, trabajo y pan para todos.
    Bien pensado, quizás haya otra idea-carcoma: “Que otros lo hagan; yo me lavo las manos…”.

     

  • Deseo y realidad

    (Marcos 13,24-32) La época de Jesús fue un momento en el que el pueblo judío vivía en expectativas de un mesías que iba a cambiarlo todo, y que iba a restaurar el glorioso reino de Israel. Por eso, Jesús pide silencio a todo el que lo reconoce como el mesías; ya que podía confundir a quienes lo escucharan.

    En los comienzos, también las primeras comunidades esperaban que, en meses o como mucho en pocos años, Jesucristo regresaría al mundo, de forma gloriosa, para instaurar en la tierra el Reino definitivo de Dios. Tan embebidos estaban en esa creencia que algunos dejaron de trabajar y de ocuparse de los asuntos cotidianos a la espera inminente de la segunda venida de Jesucristo. Naturalmente, Jesús tardaba.Otros comenzaron a identificar en su propia vida algo nuevo con sorpresa. El perdón auténtico y la paz profunda, que el Mesías traería en su día glorioso, ya lo estaban viviendo; así como el amor y la justicia, y la comunión de unos con otros. Cada vez que partían el pan, siempre que vivían su vida cotidiana desde la Vida de Jesucristo, experimentaban una plenitud y un amor que los desbordaba. Es como si estuviesen viviendo ya, en el día a día, aquella plenitud que esperaban vivir en el día glorioso en el que Jesús viniera.

    Descubrieron que no tenían que estar más a la espera; que la espera se había acabado; que sus esperanzas profundas se estaban cumpliendo al vivir la fe en Jesucristo muerto y resucitado. Descubrieron que la eternidad ya había comenzado, y que su tiempo se había preñado de esperanza. De todas formas, los sufrimientos de la vida y la ambigüedad de sus propias personas les hacían desear cada vez más vivamente la venida deslumbradora de Jesús. Vivían entre el deseo y la realidad.

     

  • Simplicidad

    (Marcos 12,28-34) A VECES queremos mirar al otro sin que Dios esté presente, sin tener en cuenta el abismo de amor que nos constituye. Así nos engañamos y buscamos impunidad al manipularlo, al explotarlo, al destruirlo. Otras veces buscamos una relación con Dios, o con lo sagrado, sin que los otros estorben nuestras peticiones, nuestras sensaciones; lo queremos para nosotros solos, para pedirle, para sentirlo, para que nos salve.

    Pero el Dios de Jesucristo no es así. La religión cristiana–religación con la realidad en la que nos configuramos como seres con libres  y con dignidad de hijos—no es así. Jesucristo nos enseña que la fe en Dios nos enrumba hacia el hermano, sobre todo cuando sufre o está en debilidad; querer relacionarnos con el otro al margen de Dios, supone correr el serio riesgo de endiosarlo o cosificarlo, de ponerlo a nuestro servicio o buscar servilmente su aprobación. Sin mirar a los ojos al hermano no podemos dejarnos mirar por Dios. Sin levantar nuestros ojos a Dios, no podemos intentar mirar limpiamente a nuestro hermano.

    No, no somos complicados; nuestra vida es simple en sobremanera: “Amarás al Señor sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

    No son dos mandamientos, son uno y el mismo. No es del todo cierto que Dios nos mande amar y ayudar al hermano. No es del todo cierto que amar al hermano sólo lo podamos hacer desde Dios. La verdad más cierta es que Dios es amor, y que sólo en ese amor nosotros somos. Muchas veces queriendo pensar a Dios lo dejamos fuera de nuestras ideas y conceptos.

    No lo pienses, ama y déjate llevar.

     

  • ¿Es de los míos?

    decía san agustín, en frase tan citada como controvertida: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Quería decir el santo que sin Cristo, de quien la Iglesia es sacramento, no es posible vivir plenamente nuestra humanidad. Sin el perdón de Cristo, en medio de nuestras pequeñas o grandes traiciones, nunca viviremos en paz; sin injertar nuestra vida en su amor de entrega, no podremos decir que nuestro amor es verdadero; sin mirarnos a nosotros mismos con sus ojos –ojos de acogida y de llamada— no podremos saber quién somos de verdad. Cristo es nuestra única y definitiva salvación.
    El verdadero ser de la Iglesia es anunciar a Jesucristo, el Señor. Un Señor siempre más grande de lo que hasta ahora puede imaginar y pensar; un Señor que llama a un amor más profundo y hermoso del que hasta ahora ha vivido. Un Señor que siembra en el corazón de toda persona, dentro y fuera de la comunidad cristiana, la luz de su verdad y el calor de su presencia.
    Muchas veces, para ser fiel a su misión, la Iglesia ha tenido que mirar hacia fuera para aprender todo lo bueno, lo noble y lo justo que Jesucristo siembra en la humanidad. Cuando se apartó de la inviolable libertad de la persona en sus ideas y creencias, la aprendió de los irreverentes ilustrados. Cuando se olvidó del sacrosanto valor de la justicia social, la recordó de los anticlericales de izquierda. Cuando se olvidó de la importancia de leer la Biblia, otras iglesias cristianas se la mostraron.
    Los cristianos somos de Cristo –perdonad la perogrullada. Toda la santidad que Cristo siembra en la humanidad, los cristianos hemos de reconocerla como propia. ¿Quién dijo que, en algún momento, podíamos dejar de ser discípulos?

    (Marcos 9,38-48) Decía san agustín, en frase tan citada como controvertida: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Quería decir el santo que sin Cristo, de quien la Iglesia es sacramento, no es posible vivir plenamente nuestra humanidad. Sin el perdón de Cristo, en medio de nuestras pequeñas o grandes traiciones, nunca viviremos en paz; sin injertar nuestra vida en su amor de entrega, no podremos decir que nuestro amor es verdadero; sin mirarnos a nosotros mismos con sus ojos –ojos de acogida y de llamada— no podremos saber quién somos de verdad. Cristo es nuestra única y definitiva salvación.

    El verdadero ser de la Iglesia es anunciar a Jesucristo, el Señor. Un Señor siempre más grande de lo que hasta ahora puede imaginar y pensar; un Señor que llama a un amor más profundo y hermoso del que hasta ahora ha vivido. Un Señor que siembra en el corazón de toda persona, dentro y fuera de la comunidad cristiana, la luz de su verdad y el calor de su presencia.

    Muchas veces, para ser fiel a su misión, la Iglesia ha tenido que mirar hacia fuera para aprender todo lo bueno, lo noble y lo justo que Jesucristo siembra en la humanidad. Cuando se apartó de la inviolable libertad de la persona en sus ideas y creencias, la aprendió de los irreverentes ilustrados. Cuando se olvidó del sacrosanto valor de la justicia social, la recordó de los anticlericales de izquierda. Cuando se olvidó de la importancia de leer la Biblia, otras iglesias cristianas se la mostraron. Los cristianos somos de Cristo –perdonad la perogrullada. Toda la santidad que Cristo siembra en la humanidad, los cristianos hemos de reconocerla como propia. ¿Quién dijo que, en algún momento, podíamos dejar de ser discípulos?

  • Nuestra debilidad

    (Marcos 6,1-6) LA IGLESIA es nuestra fuerza y nuestra debilidad. Por ella hemos recibido el don de las Bienaventuranzas, el don inmenso del relato de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús. A través de ella recibimos el perdón de Dios y el pan de la Eucaristía; a través de ella la experiencia de fe de los cristianos ha ido madurando y aquilatándose en los avatares de la historia. Ella nos ofrece unos testimonios de fidelidad al Evangelio tan lúcidos y preclaros que son capaces de mover montañas. Antes de ayer escuchaba una entrevista a un obispo africano, de origen español, que podía conmover a la persona más distante. Su nombre es Juan José Aguirre.

    Pero también nuestra debilidad es la Iglesia. Instituciones eclesiales colaborando con “la política del ladrillo”; sacerdotes concretos faltando gravemente a la dignidad de nuestro ministerio, llegando a comportamientos infames; prácticas pastorales que usan la manipulación y el poder del dinero; escándalos de intrigas y conspiraciones vaticanas; lejanía, por parte de las comunidades cristianas, de los más pobres, y olvido de una espiritualidad que sea vida de la persona… ¿Para qué seguir? Es como si tuviéramos clavado un aguijón en la carne de nuestro cuerpo eclesial. Es como si pudieran recordarnos, constantemente, las raíces vulgares y pecaminosas de nuestra estirpe. Es como si pudieran decirnos que somos “pueblo rebelde”, “hijos obstinados” que no nos merecemos tener como padre al Dios de la Vida y como hermano a Jesucristo.

    Todo esto es verdad. Las dos realidades están ahí. También tus virtudes y tus cobardías iluminan y ensombrecen a la Iglesia. Pero desde nuestra ambigüedad, desde nuestro “si y no” cotidiano podemos ofrecer la luz que la fe tiene para la humanidad. Jesucristo es nuestra esperanza. Jesucristo es esperanza de toda la humanidad. En medio de nuestra debilidad escuchamos, una vez y otra: “Te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad”.

  • Abrir el futuro

    (Marcos 5, 21-43) El evangelio de este próximo domingo nos habla de dos mujeres. Una es una niña que vio truncada su vida antes de poder abrirse a la fecundidad.

    Otra, una mujer madura, que una enfermedad impedía quedar embarazada y poder, así, dar vida. Jesús toma de la mano a la niña y la levanta en medio del estupor de los que llorando la rodeaban. Rodeado por la multitud siente que una fuerza curativa ha salido de él, y que alguien ha curado por la fe con que ha tocado su manto.

    Los evangelios trenzan, sin solución de continuidad, la historia de Jesucristo, lo que materialmente pasó, y el sentido profundo que la vida de Jesús abre para quien a él se acerca.

    A veces tenemos la tentación de pensar que nuestra vida ya ha dado su fruto, que nuestro tiempo ha pasado; incluso peor, que nuestra vida no tiene sentido más allá de lo que cada uno goce o sufra. No es así. Nuestras vidas no son ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Nuestras vidas son semillas que pueden dar, en su momento de sazón, el fruto de su esperanza.

    Creer en Jesucristo no es mero asentimiento de cabeza. Creer en Jesucristo es saber que nuestros esfuerzos cotidianos por alentar la justicia, que los sacrificios, que nos dignifican, por construir un mundo nuevo, llegado el momento, darán fruto. La esperanza no es más que una fe, que desde la íntima certeza en la fuerza de la resurrección de Cristo, nos anima a entregar al amor nuestra vida. No lo dudes, Cristo a todos nos enriquece con su pobreza.

    Sin esperanza nuestra fe está muerta, porque somos nosotros los que ya estamos moribundos. ¿Quién puede vivir sin esperanza? ¿Quién puede luchar sin esperanza? ¿Hay alguien que sin esperanza no sea más que una sombra de sí mismo?

    Por tu fe, tu vida será fecunda.

     

  • Sacerdocio

    (Marcos 14, 12-26) Durante muchos años, la comunidad cristiana no le dio a Jesucristo el título de sacerdote. Jesús no era de la tribu de Leví, la tribu sacerdotal, y nunca ejerció. Pero, poco a poco, los primeros cristianos de origen judío se dieron cuenta que lo que habían buscado en vano, en los sacrificios del Templo: la cercanía con Dios, su perdón y su misericordia, lo vivían palpablemente cada vez que partían el pan.

    Y que, cuando el pecado los hundía en el abismo de la desesperación, poner sus ojos en Jesucristo Crucificado y Resucitado los devolvía a la vida y a la esperanza. Él había muerto para darnos a todos su vida. Nada había que temer.

    Ellos comenzaron a entender la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo como el verdadero sacerdocio que nos hace entrar en comunión con Dios. Lo que pretendían los ritos antiguos –muerte de vacas y de machos cabríos—se les regalaba al partir el pan de Jesús.

    El sacerdocio verdadero era el de Jesús, lo de antes era una sombra que ya había pasado. Jesús había entregado su vida por amor; nadie se la había quitado, él la había entregado por nosotros; era sacerdote y víctima a la vez. Y a quien se acercaba a él con fe –como quien se acercaba antes al altar del Templo–, lo iluminaba con su perdón, su bondad y su gracia.

    Hoy, los cristianos, al acercarnos al pan de la eucaristía, también podemos acoger la Vida de Jesús para que llene con su luz la nuestra. Ser cauce de amor y de vida, con nuestra pobre existencia, es el inmenso reto de quienes somos llamados sacerdotes de Jesucristo.

  • Emprender

    (Marcos 16, 15-20) LA PREDICACIÓN del evangelio siempre va acompañada de signos de liberación y de gestos de generosidad incomprensibles para los que no se han encontrado con Jesucristo.

    La experiencia de fe no se resume en un credo de verdades, ni en unas prácticas rituales, ni siquiera en un compromiso ético concreto. La experiencia de fe es un encuentro con Quien llena nuestra vida de felicidad y de sentido.

    No hay rincón del mundo en el que no haya cristianos anunciando el evangelio con sus palabras y con su testimonio. No hay situación de marginalidad y sufrimiento en Andalucía donde no haya presencia de cristianos llenos de esperanza y comprometidos con la justicia. Ni el ansia de dinero, ni el orgullo de la fama dan tantas alas como la fe en Jesucristo.

    Quien se deja marcar por el sello del encuentro con Cristo no puede descansar tranquilo sin preguntarse cada día: ¿qué he hecho hoy por mis hermanos?, ¿cómo vivir, yo mismo, y ofrecer, a todos, la inmensa riqueza de vivir en el amor más incondicional y gratuito?

    En cada momento de la historia los cristianos han buscado respuesta a las necesidades más urgentes de su sociedad. Hoy necesitamos cristianos que, lejos de dejarse seducir por la corrupción institucionalizada y por el derrotismo, ofrezcan caminos de esperanza y de trabajo, de amor y de puestos de trabajo, de fe y de creación de puestos de trabajo. Ese es el signo que hoy nos piden los tiempos para  hacer creíble la fe.

    Pero cuando venga el Señor, ¿encontrará esta fe en la tierra?