Etiqueta: jesucristo

  • Jesucristo se hizo pobre

    Jesucristo se hizo pobre

    (2 Cor 8,9) “NI UN CABELLO de vuestra cabeza perecerá”, les dice Jesús a los discípulos preparándolos para la persecución y para darles esperanza en los momentos de dificultad. Tendremos dificultades y problemas, pero tenemos la certeza absoluta de que el Señor hará llegar nuestra vida a buen puerto. Él se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Este es el lema de la jornada de los pobres que celebramos el próximo domingo.

    Se empobreció haciéndose hombre, sin aferrarse a su categoría de Dios, para hacerse entrañable y cercano; se empobreció haciéndose trabajador manual sin hacer carrera entre los sabios y entendidos de su tiempo; se empobreció aceptando ser signo de contradicción, y poner su vida en el candelero de los juicios de unos y de otros; se empobreció al someterse a la pasión y la cruz, pobreza radical y absoluta; siguió empobreciéndose al entregarnos su cuerpo y su sangre en la eucaristía. Cada escalón que el Señor desciende en la pobreza es una riqueza para todos nosotros. No hay riqueza mayor que compartir la plenitud de su vida y vivir siempre en comunión con Él.

    La pobreza de Jesús contrasta con el orgullo y el afán consumista de nuestra sociedad. La riqueza, injusta e insolidaria, depredadora de la armonía de la naturaleza y que amenaza con destruirnos, es causa del empobrecimiento inhumano de los más débiles. Hagamos nuestras las causas de los pobres, para desde ellos hacer de nuestro mundo el hogar de los hijos de Dios.

  • Perplejos ante la vida

    (Pasión según san Marcos) SIEMPRE NOS resulta incomprensible el asesinato de Jesucristo. Un hombre profundamente religioso al que los piadosos de su tiempo ansían eliminar; un profeta que abiertamente había declarado que su mesianismo no era político, ni se movía en los parámetros del poder mundano, al que se le condena por subversivo, por hacerse ‘rey’; un hombre rodeado de un nutrido grupo de seguidores, que había despertado una inusitada admiración, y que muere solo, abandonado por todos.Aún más, un hombre de Dios que se siente, en el último momento, abandonado por su Padre. Todo en la muerte de Jesucristo, en su asesinato, nos mueve a perplejidad.

    Toda muerte nos mueve a perplejidad y desazón. Los crueles asesinatos de cristianos a manos de islamistas; los subsaharianos que pagan con su vida el intento de buscar una vida mejor en nuestros países inhumanamente desarrollados; las personas que por enfermedad o accidente mueren en nuestro entorno…nos dejan con sentimiento de impotencia y vaciedad.

    Pero lo que nos deja perplejos no es la muerte, sino la luminosidad de la vida que cada persona tiene en su interior. La disolución de un ser vivo no nos llamaría a desazón si no palpáramos, sin comprender, la grandeza y la dignidad de cada persona. Es cuando la luz se oculta y nos deja a oscuras cuando con más claridad reconocemos que hemos nacido para dejarnos iluminar.

    La muerte de Jesucristo dejó en los que la vieron una sensación de vacío que les preparó para acoger la luz de una resurrección que nos sigue impulsando a los creyentes a dolernos de toda muerte, a acoger toda vida, a defender la dignidad de los más débiles.

     

  • Representantes

    (Mateo 5, 13-16) TODOS LOS CRISTIANOS estamos llamados por Jesucristo a ir anunciando con nuestras palabras y nuestras obras la Buena Noticia de que Dios es Padre de todos. Pero hay unos “representantes cualificados” de esa tarea, que es la tarea de la Iglesia. Esos representantes somos los sacerdotes.

    Muchas veces no estamos a la altura de la llamada que se nos hizo. Representar a Cristo ante la comunidad cristiana es tarea harto difícil, que excede las fuerzas de cualquier persona. A veces estamos muy por debajo de esa llamada. ¿Qué podéis hacer los cristianos “de a pie” para ayudarnos a vivir esa vocación especial?

    Lo primero es no creer que estáis en la verdad plena, y que el sacerdote de turno está completamente equivocado y es sólo él el que tiene que cambiar. La prepotencia no es exclusiva de los clérigos. Y siempre cercena caminos de crecimiento y comunión. Lo segundo es tener paciencia con nosotros. Somos personas, unos pecan de jóvenes; otros de viejos; otros de estar cansados; otros de no tener las capacidades que serían necesarias… Pero ni ser viejo, ni ser joven, ni estar cansado, ni ser un poco “torpe” es “pecado” que no se cure con el tiempo.

    Después de estos dos requisitos previos, usad de la sinceridad aderezada con la prudencia, del testimonio constante y sencillo de vuestra bondad, de los ánimos en todo lo bueno que veáis en nosotros, y de la exigencia perseverante en todo lo que sea auténticamente evangélico (la búsqueda de la oveja perdida, la atención a los que más sufren, el anuncio del evangelio de Jesucristo…).

    Aunque quizás todo esto sirviera también al revés. ¿Verdad?

  • Los que sufren nos importan

    (Mateo 25, 31-46)  LOS QUE SUFREN, los marginados, los que son mal vistos, los que no tienen oportunidades de desarrollar todas sus capacidades en plenitud, los que viven angustiados por no poder pagar sus deudas, los que no saben cómo van a llegar a final de mes, los que viven sin el amor que necesitan, los que han sufrido violencia y vejación, los que viven la desesperación del paro, los que no ven horizontes de futuro, los enfermos, las familias de personas con discapacidad, los toxicómanos y sus familias… todos estáis en lo más íntimo del corazón de Jesucristo.
    Y vosotros sabéis el inmenso consuelo que eso significa.

    Para la comunidad cristiana es a la vez consuelo y exigencia. Consuelo porque muchos de nosotros vivimos momentos de dificultad extrema, en la que no vemos más que oscuridad. En esos momentos también nos sentimos en lo más íntimo del corazón de Jesucristo. Y exigencia, porque todos hemos de escuchar la llamada del Señor que nos dice: “lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

    Y esto no es una exhortación sólo para el grupo de Cáritas: las familias cristianas, los catequistas, los miembros del grupo de liturgia o de cantos, los sacerdotes, los grupos de jóvenes, las hermandades, todos los movimientos de la parroquia, los niños también… todos hemos de poner en el centro de nuestra fe a los que sufren: “lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

    Las palabras de Cristo seguirán resonando en la fe del creyente siempre: “lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

     

  • Abdelasis

    (Mateo 18,16-20) Hablaba hace tiempo con un amigo marroquí, Abdelasis, un joven venido a España a ganarse la vida vendiendo alfombras y otros enseres por las calles. Abdelasis es sincero creyente musulmán; me comentó que nosotros creíamos en Jesucristo lo mismo que ellos creían en Mahoma, pero que la fe cristiana y la musulmana eran parecidas.

    Yo le comenté que en muchos aspectos nuestras formas de ver a Dios son semejantes, pero que había una diferencia importante. Para vosotros, le dije, Alá está en lo más alto, Mahoma mucho más bajo que Él, un poco más alto que nosotros que estamos todavía más hacia abajo. Mi amigo musulmán me dio la razón. Pero nosotros, le continué explicando, pensamos que Dios está en lo más alto –y lo señalé con la mano izquierda levantada-, y que Jesucristo, siendo un hombre como nosotros, tiene la dignidad  misma de Dios –y fui ascenciendo la mano derecha desde abajo, donde estamos los hombres, hasta la altura de la otra mano-. Mi amigo Abdelasis se llevó sus dos manos a la cabeza sin poder creer que los cristianos cayéramos en semejante blasfemia.

    Y así es, a pesar de la debilidad en la que estamos constituidos, a pesar de nuestros pecados y  egoísmo, a pesar de nuestras cobardías y mediocridad, en el corazón humano Dios Padre puso la necesidad del amor, de un amor pleno, incondicionado, absoluto. Y la respuesta a esa necesidad es Jesucristo, un hombre como nosotros, pero que es fuente radical del amor mismo de Dios.

    Carnal, como nosotros; sufriente, como nosotros; necesitado de pan y de caricias, como nosotros. Y fuente de un amor tan pleno que ilumina, alienta y fortalece la debilidad de nuestro amor.

     

  • ¿Celebración de la Muerte?

    (Pasión según San Mateo) LOS CRISTIANOS, en Semana Santa, no recordamos el aniversario de la muerte de Cristo. Recordar una muerte es siempre un momento de tristeza y desesperación; y, para nosotros, la Semana Santa es fiesta de profunda alegría.

    Los cristianos no celebramos una muerte, sino el culmen de una vida de amor y de entrega. Celebramos la pasión que nuestro Dios, hecho carne en su Hijo Jesucristo, siente por todos los hombres y mujeres del mundo. Un amor más apasionado que el que siente una madre o un padre por sus hijos. Celebramos el amor apasionado que expresó Jesús de Nazaret para los pobres y los pecadores, para con los débiles y todos los que veía sufrir. Celebramos su amor apasionado por la verdad y la justicia; por lo más auténtico de toda persona, escondido, a veces, para ella misma.

    Esa pasión por el hombre lo llevó a la cruz; lo condujeron quienes odiaban al hombre; quienes, en el fondo, también se odiaban a sí mismos; quienes valoraban más la basura del dinero de la fama o el poder que su propia vida.
    La Semana Santa es celebración porque podemos vivir la alegría de que ese amor de Jesucristo está vivo dentro de nosotros, alentando lo mejor de la humanidad y de la Iglesia.

    Nuestra celebración de la Semana Santa ha de ser esta: volver los ojos al amor de Dios, que impulsa y perdona, que acoge y se entrega, que lucha y acaricia; que quiere que también nosotros participemos de su pasión. De su pasión por la verdad, por la justicia, por los débiles y los que sufren; de su pasión por la vida.

     

  • Jesús es Jesucristo

    (Juan 1,29-34) “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor” (Papa Francisco, Evangelii gaudium, nº 3).

    Cuando los discípulos de Cristo se encontraron con Él y los llamó pensaron que era, simplemente, un hombre más. Inmediatamente captaron que la profundidad de su vida era distinta a la de cualquiera, y esa experiencia fue afianzándose con cada palabra y cada gesto del Profeta de Nazaret. Él les había dicho que era hijo de Dios, pero ellos pensaban que lo era como cualquiera de nosotros. Fue después de su muerte y su resurrección cuando los discípulos descubrieron la verdadera dimensión de esas palabras. Ellos descubrieron que Jesús de Nazaret era el Hijo de Dios y que en Él, en su mensaje, en su perdón, en su mirada, en su vida todos, sin excepción, podemos acogernos al amor del Padre.

    Los textos del Evangelio sobre Juan Bautista lo manifiestan con toda claridad: Juan era un Profeta, Jesucristo es el Salvador; Juan enseñó con sus palabras y su testimonio, Jesucristo nos entrega su vida y nos hace vivir de manera nueva al acogernos y dejarse encontrar por nosotros.

    ¡Que nunca caigamos en la tentación de reducir a Jesucristo a su mensaje, ni a su ejemplo. El cristianismo no es ni una doctrina, ni una forma de vivir. Ser cristiano es vivir en el encuentro con Jesús, nada compromete más, nada puede traernos más consuelo.

     

  • Conversión misionera

    (San Mateo 3,13-17) EL PAPA Francisco nos ha regalado muchos gestos evangélicos y muchas palabras iluminadoras que a todos nos han alegrado. En los meses que lleva en el ministerio de presidirnos en la fe y la caridad nos ha mostrado el rostro de la Iglesia atenta a los débiles, comprensiva con todos, ofreciendo el rostro paterno de Dios, que es el que Jesucristo nos ofreció.

    Hace pocas semanas dio a conocer, en una reflexión amplia, la experiencia de fe de la que brotan sus actuaciones y de su forma de ver el mundo. Está, como todo, en internet (también en las librerías). Se llama “Evangelii gaudium”, es decir, “La alegría del Evangelio”, y todos tendríamos que leerla. Está escrita para todos, con un lenguaje sencillo y con reflexiones personales que a todos pueden ayudarnos.

    Entre otras cosas nos dice que la Iglesia tiene una necesidad urgente de transformación y de reforma. El Papa Francisco es una persona alegre, y nos dice que todas las personas del mundo necesitan la alegría que aporta Jesucristo a nuestras vidas. La alegría de Jesucristo, su consuelo, su perdón, su fortaleza, su sensibilidad para con los más pobres y los que sufren… su Vida es imprescindible para la humanidad. Exhorta a toda la Iglesia a asumir una conversión para poder ofrecer a todos la alegría de Jesucristo.

    El próximo domingo escucharemos el evangelio del Bautismo de Jesús, que fue el momento en el que pasa de vivir en Nazaret una vida sencilla a asumir la misión de anunciar el Evangelio a todo el pueblo de Israel y a toda la humanidad.  Es una invitación a  pensar qué tenemos que cambiar en nuestra comunidad para que el Evangelio llegue a todos, a los más pobres, a los más alejados.

  • Hasta otra ocasión

    (Lucas 4,1-13) POR SI fuera poco mostrar en el Evangelio que Jesucristo fue tentado, el evangelio de San Lucas acaba el relato de las tentaciones con esta frase: “el tentador se retiró hasta otra ocasión”. La vida de Jesucristo, como la de cualquier persona, estuvo jalonada de tentaciones. En el relato de este domingo se nos proponen tres: no confiar en que el Padre iba a cuidar de él, de su vida, de sus necesidades primordiales como persona; desconfiar de la humildad y la lentitud del crecimiento del Reino; querer imponer los proyectos propios sin respetar la libertad de los demás.

    Eran tentaciones sutiles, pero corrosivas. Bajo apariencia de bien, la desconfianza, la soberbia y el orgullo, no podían ser los caminos para que cada persona descubriera en Dios a un Padre.

    Este es uno de los peligros de nuestra vida personal y social, el mal aparece siempre con apariencia de bien. Os propongo algunos discursos que pueden destruirnos, y corromper nuestra vida social y personal, a ver qué os parecen:
    “Yo soy libre, y nadie tiene que decirme qué tengo que hacer ni cómo tengo que comportarme. Mi cuerpo es mío; mi vida es mía; yo soy el único dueño de mi destino…”

    “Yo tengo que luchar por los míos, si no lo hago yo, ¿quién lo va a hacer? Si cada uno mira por su propio interés, ya todos irán avanzando…”

    “Aunque haya engañado a su mujer y a sus hijos, la vida personal no tiene nada que ver con su integridad pública…”

     

  • Más Vida

    (Juan 2, 1-11) EN EL EVANGELIO de San Juan el primer gesto que da a conocer la salvación que Jesucristo trae al mundo es la conversión del agua en vino en las bodas de Caná. En medio de la celebración se quedan sin vino y Jesús manda llenar unas tinajas de agua, y de ellas sacan el vino nuevo, incomparablemente mejor que el antiguo: el vino del amor de Dios en nuestra vida, que trae alegría para todos.

    A veces buscamos a la salvación de Dios en momentos difíciles de nuestra vida. Pero Dios está también a nuestro lado en los momentos de alegría y de felicidad; en los proyectos en los que sentimos que nuestra vida tiene sentido y que nuestros esfuerzos van logrando su objetivo.

    En esos momentos Jesús pone más Vida en nuestra vida. Nosotros ponemos un poco de esfuerzo, y Él convierte nuestro esfuerzo en testimonio de un mundo nuevo. Nosotros ponemos un poco de cariño y de ilusión, y Él nos hace vivir como hijos de Dios. Nosotros ponemos lo poco que somos, con nuestra ambigüedad y nuestros pecados, y Él hace de todo eso semilla del Reino.

    También en tu vida hay mucho que ofrecer, mucho que dar. En todo ello Jesucristo puede poner Vida en tu vida. Puede convertir el agua del trabajo rutinario, de las dificultades que tienes que afrontar, de los sinsabores que exige muchas veces nuestra vida, en vino nuevo de amor de Dios. Orar es hacer pasar nuestra vida por el corazón de Dios; y al contemplar a Dios nos contemplamos como Él nos ve.

    A propósito: ¿cómo crees que te contempla el Jesucristo?