Etiqueta: jesucristo

  • ¿Conoces algún “trepa”?

    (Juan 10,1-10)En todos los ambientes, oficios y profesiones los hay; así que seguro que te has tropezado con alguno. “Trepa” es aquella persona que ha supeditado todo lo importante de su vida por una sola cosa: ir subiendo en su escalafón profesional o en la jerarquía de su organización.

    Para el trepa no hay amigos, ni valores de honradez o de justicia. Todo se “reinterpreta” para quedar bien ante quien tiene poder y le puede facilitar algún “ascenso”. Lo más desagradable de esta actitud es que no es eficaz si no se disimula, si no se camufla de “desvelo por la organización” o de “fidelidad a la institución”.

    No es que sean malas personas, sólo que les ha podido el afán por el poder, sólo que cifran su dignidad en el escalafón… Cuando vivimos para “trepar” nos convertimos en unas pobres personas, sin paz verdadera, sin poder disfrutar, de verdad, de la vida.

    Nadie que busque trepar es de fiar (ni tú mismo, ni yo mismo). Por eso dice Jesús que sólo el que entre por la puerta, que es Él, es de fiar. Jesús es la puerta por donde entramos a la vida. Él nunca buscó ascender. Disfrutó profundamente de la amistad con sus amigos; muchos de los cuales nunca podrían devolverle los favores que les hizo. Disfrutó de la inmensa paz que tiene el que dice lo que piensa, una vez que ha pensado lo que va a decir. Disfrutó de la brisa y del sol de la mañana, sin angustias ni desvelos por lo que ni pesa ni tiene sentido.

    Jesucristo fue de fiar. Nunca aduló, nunca despreció a nadie. Jesucristo es de fiar. No te promete sino lo que puede cumplir: si dejas de poner tu corazón en lo que no tiene peso, su amistad incondicional.

     

  • ¿A quién buscáis?

    (Pasión según san Juan) Era noche cerrada y el viento traía oscuros presagios. Jesús lo esperaba, los discípulos también; aunque no sabían el día ni la hora. Llegaron sigilosamente, pero ya no había motivo para el sigilo, estaban acorralados. La guardia pretoriana se acercó a ellos, y Jesús, poniéndose en pie, les pregunta: ¿A quién buscáis?

    También nosotros durante esta semana buscamos a Jesús. Aquellos romanos buscaban a un sedicioso. Y nosotros, ¿a quién buscamos? ¿Una manifestación cultural?, ¿una de nuestras tradiciones más antiguas?, ¿el bullicio y el ir donde todos están?

    Recuerdo que de pequeño ante las imágenes de Semana Santa muchos hombres y mujeres hacían la señal de la cruz, rezaban un quedo Padrenuestro, incluso, algunos, hincaban la rodilla en el suelo. Ellos, al ir a las procesiones, buscaban a Jesucristo.

    Contemplar a Jesucristo en su pasión, contemplarlo con profundidad religiosa, o incluso simplemente humana, no nos deja igual. Cuando interiorizamos la vida de aquel hombre sufriendo hasta la muerte por amar a todas las personas, especialmente a los más pobres, nuestro corazón se conmueve sensiblemente. Esa experiencia sensible debe llevarnos a acoger el amor y el perdón de Dios para nosotros, y la llamada a construir un mundo más justo y solidario.

    Pero quizás es pedir demasiado. No son las procesiones momento ni lugar para, en silencio, mirar al que traspasaron; reconocer nuestra limitación y nuestro pecado; ofrecerle a Dios nuestra vida, reconocerle en aquella persona concreta a quienes muchos desprecian; acoger la gracia de la conversión a la bondad y a la honradez que nos pide. Quizás no sea lugar apropiado, ¿o quizás sí?

  • ¿A quién buscáis?

    (Pasión según san Juan) Era noche cerrada y el viento traía oscuros presagios. Jesús lo esperaba, los discípulos también; aunque no sabían el día ni la hora. Llegaron sigilosamente, pero ya no había motivo para el sigilo, estaban acorralados. La guardia pretoriana se acercó a ellos, y Jesús, poniéndose en pie, les pregunta: ¿A quién buscáis?

    También nosotros durante esta semana buscamos a Jesús. Aquellos romanos buscaban a un sedicioso. Y nosotros, ¿a quién buscamos? ¿Una manifestación cultural?, ¿una de nuestras tradiciones más antiguas?, ¿el bullicio y el ir donde todos están?

    Recuerdo que de pequeño ante las imágenes de Semana Santa muchos hombres y mujeres hacían la señal de la cruz, rezaban un quedo Padrenuestro, incluso, algunos, hincaban la rodilla en el suelo. Ellos, al ir a las procesiones, buscaban a Jesucristo.

    Contemplar a Jesucristo en su pasión, contemplarlo con profundidad religiosa, o incluso simplemente humana, no nos deja igual. Cuando interiorizamos la vida de aquel hombre sufriendo hasta la muerte por amar a todas las personas, especialmente a los más pobres, nuestro corazón se conmueve sensiblemente. Esa experiencia sensible debe llevarnos a acoger el amor y el perdón de Dios para nosotros, y la llamada a construir un mundo más justo y solidario.

    Pero quizás es pedir demasiado. No son las procesiones momento ni lugar para, en silencio, mirar al que traspasaron; reconocer nuestra limitación y nuestro pecado; ofrecerle a Dios nuestra vida, reconocerle en aquella persona concreta a quienes muchos desprecian; acoger la gracia de la conversión a la bondad y a la honradez que nos pide. Quizás no sea lugar apropiado, ¿o quizás sí?

  • Religiosidad no evangélica

    (Mateo 5,13-16) En el nombre del Templo de Jerusalén se asesinó a Jesucristo. Y lo hicieron hombres que decían hacerlo en nombre de la religión verdadera. Jesús de Nazaret fue acusado de hereje y de blasfemo; la pena para esos delitos era la de muerte.

    No valoramos ahora los motivos verdaderos de su condena y asesinato; ni en cómo Jesús acoge y transforma el Espíritu de la Ley antigua; sino en señalar cómo no toda forma de religiosidad, aunque use nombres y símbolos cristianos, es auténticamente evangélica. Muchas veces podemos caer en una manipulación  más burda o más sutil de la fe cristiana.

    En el Templo de Jerusalén los pobres iban a hacer ofrendas a Dios para ganarse sus favores y beneficios. Junto con esto se les pedía que observaran una serie de normas y tradiciones religiosas. En el nombre de esta religiosidad se asesinó a Jesús.

    Jesucristo no se opuso sistemáticamente a la religiosidad de su pueblo, pero ofreció una experiencia de Dios radicalmente nueva. En él, Dios, como un hombre cualquiera, viene a ofrecer Vida a los pobres y desvalidos, a los pecadores y excluidos, sin esperar a cambio nada más que abran su corazón a esta buena noticia, desde la alabanza y la fraternidad.

    Nuestras Iglesias no pueden ser lugares donde los pobres van a pedir favores a Dios, a cambio de unas ofrendas; sino comunidades donde los pobres y pecadores queremos testimoniar la predilección del Padre por sus hijos más débiles, desamparados y sufrientes; comunidades en las que brota la alabanza al Dios de la Vida, hecho carne en Jesucristo.

  • Preguntas sobre el pecado

    (Juan 1, 29-34) Siempre me sorprendo cuando alguien me pregunta: “¿Porqué la Iglesia sigue insistiendo en eso del pecado?”. Y me sorprende porque el mal es una realidad, por desgracia, cotidiana y palpable en nuestro mundo.

    ¿Será que no queremos aceptar humildemente nuestras limitaciones para pedir ayuda a quién puede cambiar nuestro corazón? Pero es tan palpable, también, nuestra responsabilidad diaria ante el sufrimiento de los otros, y tan constante ante nuestro propio sufrimiento, que no me termino de explicar la pregunta.

    ¿Será que estamos confundidos, y pensamos que pecado es transgredir unas normas que no comprendemos, en vez de todo lo que deshumaniza nuestras vidas y le quita trascendencia? ¿Será que nos han presentado el pecado desde una auto-perfección inalcanzable y frustrante, en vez de asumirlo como falta de amor, como una ofensa a Quién es todo amor?

    Quizás es que hemos olvidado ir al Evangelio para preguntarle a Jesucristo qué piensa él qué es el pecado, qué es lo que rompe nuestra comunión con los hermanos, con nosotros mismos y con el Padre. Quizás es que le hemos dado más importancia a lo que nuestra cultura definía como debilidades, que a lo que Jesucristo considera como lo esencial.

    No lo dudes ve al Evangelio, allí te encontrarás con Jesucristo, él te explicará qué te está destruyendo; y con su perdón y su cariño te mostrará el camino nuevo, no para que seas “impecable”, sino para que vivas como hijo.

     

  • Tres madres

    (Lucas 23,35-43) EN EL MONTE  hubo tres cruces, la de Jesús y la de otros dos hombres que asesinaron con él, uno a su derecha y otro a su izquierda. En el monte calvario habría también tres madres a los pies de la cruz de sus hijos, María y esas dos mujeres anónimas de la que nadie nos ha hablado.

    El amor maduro y verdadero tiene la capacidad de apreciar lo que otros no ven, de querer gratuitamente, de reconocer las limitaciones de la persona querida sin juzgar, sin echar en cara.

    Aquellas tres madres bajaron consoladas del monte de la tortura y de la muerte por la actitud de Jesucristo. María, mejor que cualquiera de los discípulos, supo apreciar, tras las lágrimas y las quejas contenidas, cómo su hijo al entregar la vida actuaba como juez de vivos y difuntos. No pudo tener mayor consuelo que ver a Jesucristo, en el suplicio, entero y fiel a sí mismo, fiel a su Padre, consciente de que su vida entregada lo erigía en juez y abogado defensor de toda la humanidad.

    La madre de Dimas, así llama la tradición al buen ladrón, bajó del monte con el consuelo de que aquel hombre había llamado a su hijo, en verdad descarriado y en verdad delincuente, “compañero”. “Hoy entrarás a compartir el pan bendito del reino, conmigo”, le había dicho.

    La madre del otro ejecutado no quería que nadie llamara a su hijo pervertido, ni ladrón, ni asesino, ni corrupto, ni embustero… Era su mal genio y su mal pronto que lo traicionaban… También bajo sabiendo que el Nazareno acogería la bondad que ella reconocía en su hijo, sólo con que éste mirara a aquel Hombre.

  • La fe de un niño

    (Lucas 17,5-10) SI TUVIERAIS fe como un granito de mostaza, diríais a esa higuera: Arráncate de raíz y plántate en el mar; y os obedecería”—así responde Jesús a sus discípulos cuando estos le piden que les aumente la fe. No gusta a Jesús ser condescendiente, responder con verdades edulcoradas, tratar a los demás como personas inmaduras.

     

    “No me digáis auméntanos la fe, porque no tenéis ninguna”, parece decirles –decirnos. Pedir tener más fe es un contrasentido porque la fe te despoja de seguridades, de proyectos y de máscaras. “Soy esto, soy lo otro; tengo esto o lo de más allá”, cuánto necesitamos defendernos de la mirada del otro con títulos y nombres.

    Pero no dejéis la lectura sin haceros una pregunta: ¿qué experiencia de fe tendría Jesucristo para hacer esta afirmación tan tajante y radical? Él cambió el corazón de algunas personas, pero de otras no; hizo que unos cuantos trabajadores lo siguieran y lo admiraran, pero pocos más; tuvo el cariño de unas cuantas personas pobres a los que le ofreció el camino de una nueva vida, pero no curó a todos los enfermos de Israel. ¿A qué se referirá Jesucristo con esto de la higuera –planta de raíces tan profundas que es la más difícil de erradicar? ¿Qué experiencia suya, personal, nos quiere transmitir con esta metáfora? (…) Y para nosotros: ¿Cuál es la higuera que está levantando los cimientos de nuestra propia casa?
    Llamó el miedo a la puerta; abrió la fe, y ya no había nadie.

  • La verdad es sinfónica

    (Juan 10, 27-30) La verdad es sinfónica, no monocorde. No hay nada más aburrido, ni agobiante, que una música que repite machaconamente ritmo y melodía sin parar. La belleza de una pieza de música está en armonizar “frases” melódicas distintas y la diversidad sonora de distintos instrumentos musicales. Por muy bueno que sea el solista, aun si de Plácido Domingo se tratara, si no calla para que podamos escuchar los instrumentos de viento, o el coro de violines, o simplemente el silencio que ordena rítmicamente y va dando pauta a la composición, su voz sería monótona y cansina. ¿Por qué te empeñas, entonces, en hablar y hablar sin escuchar la interpelación que los otros te ofrecen?

    Jesucristo, el Señor, te habla al corazón. A veces desde los principios que te has amasado lenta y laboriosamente. A veces desde los más cercanos que te animan y te apoyan. Otras veces desde los más pobres, que no sólo son presencia de Dios que te pide conversión, sino sujetos de evangelización. Otras desde los que, sin estar de acuerdo contigo, plantean alternativas o, incluso te critican. El discípulo nunca se abroga la sabiduría del maestro. Y los cristianos somos siempre discípulos; todos. Por mucha experiencia y años que tengas en la vida; por mucha razón que tengas en muchas cosas.

    Mira qué hermoso lo que el propio Jesucristo dice de ti: “Mi discípulo escucha mi voz, y yo lo conozco, y me sigue, y yo le doy la vida plena y definitiva”. Es verdad que vendrán momentos duros, en los que tantos ruidos nuestros y de los demás nos dejarán sordos. Pero Cristo nos promete que nadie nos arrebatará de su mano, porque es Dios y nos quiere.

    Todos tenemos que aportar nuestra melodía a la sinfonía de la verdad, que nadie te calle; pero que tu silencio te permita escuchar la melodía de los otros, y sepas cuándo hace falta la dulzura de tu flauta travesera (o quizás seas un profundo violonchelo… o un brillante conjunto de trompetas).

  • No todo vale

    (Juan 2, 1-12) Algunas veces podemos pensar que para ser cristiano todo vale. Que la misericordia de Dios es tan grande que todo lo perdona y todo lo acepta. Que nunca va a enfadarse con nosotros y que siempre va a estar de nuestro lado. Como una abuela cariñosa que da todos los caprichos a sus nietos.

    Es cierto que la misericordia del Señor está siempre rodeándonos y fundamentando nuestra vida, siempre. Pero a Jesucristo le duele profundamente que nos destruyamos a nosotros mismos, que hagamos daño a los demás, que no les ayudemos en lo que necesitan, que tomemos su nombre en vano.

    Así que señoras y señores empingorotados que pensáis que ser cristiano es ir el domingo a lucir ropa cara a la misa. Eso, no vale. Así que, amigos y amigas que en vez de vivir el perdón y la reconciliación, cualquier momento es bueno para criticar y despotricar del vencino, del compañero. Eso, no vale. Así que, tú, que tomas la fe en Jesús tal y como te interesa y no buscas con sinceridad escuchar lo que Dios te pide. Eso no vale. Así que cristianos y cristianas que pensáis que una cosa es la religión y otra lo que yo haga con “mi” dinero, con “mi” negocio, con “mi” cuerpo, con “mi”… Eso no vale.

    Una religiosidad sin fe verdadera es como aquellas grandes tinajas vacías de las que nos habla el evangelio, si no se llena de vida acaba siendo nido de culebras. Jesucristo fue a una boda y, porque se lo pidió su madre, llenó las tinajas vacías de buen vino para alegrar la vida y convertirla en fiesta.

    ¿Es tu religiosidad como una tinaja vacía? ¿Es tu vida una fiesta sin vino?

  • ¿Y si te lo preguntan?

    (Lucas 3, 15-22)Imagínate que te preguntan quién es, o quién fue, Jesucristo. Imagínate que te lo pregunta alguien que nunca ha sabido nada de él, un inmigrante africano, asiático o de la Europa más secularizada. ¿Qué le dirías?
    No. No sigas leyendo este comentario. ¿Qué le dirías?

     

    No es fácil. En seguida podemos convertirlo en una figura milagrosa ante la que refugiarnos infantilmente en nuestros miedos. O en un sabio que ideó una magnífica doctrina moral para el mundo. O en un héroe de la justicia a favor de los más pobres. O en un místico que tenía delirios de ser Hijo de Dios. O en… Es difícil, ¿verdad? Es difícil hablar de Jesucristo sin reducirlo, sin manipularlo. Eso es lo que le tocó a los primeros cristianos cuando comenzaron a hablar de él en las sinagogas de los judíos y en las plazas de los paganos.

    Una visión deformada de Jesucristo nos hará verlo como juez y nuestra vida se convertirá en un juicio constante, en un infierno. O en un amigote que siempre nos da la razón; así, nuestra vida carecerá de profundidad humana y será un gran vacío. O en un sabio de profundas intuiciones y nuestros esfuerzos serán por ser sabios y entendidos, despreciando a quién no lo puede ser.

    Pero no te apures, nunca llegaremos a hablar de Jesucristo como es debido. Así que hazlo sin reparos; habla de tu experiencia de fe, de los momentos por los que has ido madurando tu visión de su persona; habla de cómo ha ido impulsando tu vida y de cómo te ha ayudado tantas veces, de cómo te acercó a los más pobres. Sólo hay una condición para hablar de Jesucristo, sólo una: hablar con Él, aunque sea de vez en vez.