Etiqueta: dios

  • Shi ru po zhu

    (Lucas 1,26-38) TODA UNA época de la historia de China se llama la época de los Reinos Combatientes. Como os podéis imaginar las guerras se sucedían año tras año. El Emperador estaba decidido a unir en su mano los tres reinos que entonces conformaban la extensa meseta china. La oportunidad vino cuando el Reino del Sur y el Reino de Wu se estaban desangrando mutuamente. Inició una campaña victoriosa en la que ciudad tras ciudad iban cayendo en su poder.

    La época de las lluvias comenzaba en el sur, y las enfermedades y el calor amenazaban con hacer enfermar a la tropa. La mayoría de los comandantes de su ejército se manifestó contrario a continuar con la campaña. Sólo uno de ellos, el gran Duyu decidió proseguir hasta conseguir la victoria. Su argumento ha pasado a la cultura china: Una vez que el bambú está abierto hay que seguir hasta el final, lo difícil está hecho (Shi ru po zhu).

    El bambú es una planta durísima y fibrosa en su tallo, que ciertamente una vez que la hoja del machete ha abierto una brecha, se desliza abriéndolo con facilidad.

    Nuestra historia ya ha comenzado a abrirse al Reino de Dios. La brecha fue abierta por su Hijo, gracias a la fe y la entrega de la Mujer que acogió su plan de salvación para toda la humanidad. Una vez que el bambú de la historia está abierto, a nosotros sólo nos queda continuar la tarea de anunciar con nuestra vida y nuestras palabras la verdad del amor de Dios. La Navidad, irrupción irrevocable de Dios en la historia del hombre, resuena a las puertas. Que las dificultades con las que te enfrentas cada día no te impidan ver la luminosa verdad de que Dios sigue impulsando la historia y a cada persona hacia su amor.

     

  • 水清无鱼

    (Juan 1,6-28) En la frontera china de la ruta de la seda, en la provincia de Xi Yu, en el tiempo de la dinastía Han, a Ban Chao, un funcionario famoso por su diplomacia, le llegaba la hora de la jubilación. Le sustituyó el joven Ren Shang.

    Haciendo gala de humildad y sabiduría, fue a pedirle consejo al viejo diplomático. Paseando por el embarcadero del río, Ban Chao le dio un solo consejo: “Estas tierras fronterizas, lejos del rey y la cultura de la ciudad, son abruptas y primitivas. Si quiere evitar problemas grandes, no sea demasiado estricto con las pequeñas infracciones que puedan cometerse en el territorio encomendado. La severidad le privará de los amigos que podrían avisarte de los peligros serios. Mire aquí el agua, como es poco profunda y clara no hay peces grandes (shui qing wu yu). En la vida lo mismo. Si eres demasiado estricto en lo pequeño, no podrás percatarte de los asuntos importantes”.

    Ren Shang volvió a su casa un poco decepcionado. Aquel consejo no le pareció ni adecuado ni digno de un sabio. Pero su actuación trajo graves problemas militares a la región.

    En nuestra vida lo mismo. No debemos obsesionarnos con las imperfecciones pequeñas que a veces tenemos que sobrellevar. Eso quizás nos impedirá descubrir el “pez gordo” que es el amor de Dios en nuestra vida. Seamos comprensivos, con nosotros y los demás, en lo pequeño; y démosle importancia a lo importante tanto malo como bueno; a lo malo, que nos deshumaniza, para erradicarlo; al amor de Dios, para corresponderlo con nuestro amor.

  • ¿A mi hermano Alonso, en su memoria

    Se nos ha ido Alonso, después de dos largos años de sinsabores y de ilusiones. Agradecemos profundamente todas las muestras de amistad y condolencia que hemos recibido en estos días. No tenemos palabras para dar las gracias por ello.

    De las miradas y pesar de los amigos que nos han acompañado estos días, se desprende el cariño y la amistad que sienten por Alonso. Es como si no nos hubieran dado el pésame a su mujer, Marina y a su familia, sino que nos acompañaran para darse el pésame a sí mismos, porque con la pérdida de Alonso, todos hemos sufrido de alguna forma la pérdida de una parte de nosotros mismos.

    Miro hacia atrás y me acuerdo del cuadro de Valdés Leal “In Ictu Oculi”, porque en un abrir y cerrar de ojos vemos lo pronto que pasa la vida y en un abrir y cerrar de ojos, la rapidez con que llega el final del camino.

    La vida es un don que da Dios y que imbuidos en nuestra ignorancia no reconocemos, y lo mismo que nos da la vida, nos la quita. Alonso supo quitarse el velo de ignorancia que nos cubre, y reconoció muy pronto que la vida es una bendición de Dios y que esos dones que Dios nos da, tenemos que compartirlos con los demás y con toda vida.

    Alonso heredó de nuestra madre, Maruja, un don que sólo tienen los elegidos, el don de la simpatía y del señorío. Cualquiera que lo haya conocido puede dar fe de ello. Fue una persona que se dio a querer y muy querida por todos los que tuvieron la suerte de relacionarse con él. Marcó huella allá donde estuviere, ya sea en el equipo de balonmano, en la Caja Rural o con los seguros, pero sobre todo en su Hermandad del Rocío, a la que hizo grande en todos los aspectos y a los hechos me remito.

    ¡Ay esas olas mensajeras de los amores perdidos… de tu coro infantil que paristes y alegrastes! ¡Ay esas niñas de poco más de diez años que fueron tan felices gracias a tí y que hoy, ya con más de treinta años, has dejado huérfanas y desconsoladas, queriéndote y recordándote!

    En el camino de su vida fue dejando amigos, allá por donde pasó, siempre con la sonrisa en los labios, siempre con sus bromas y siempre con esos golpes de ingenio que se le ocurrían.

    En el equipo de balonmano bautizó a todo el mundo, todos teníamos un mote, porque mote que ponía, mote que se quedaba pa los restos.

    Cuando le comenté que me habían propuesto para dar el Pregón de Valme de este año, a uno como yo ajeno a esos menesteres, me dijo: «Quillo, a esto hay que echarle cojones y hay que darlo, por tu padre y por tu madre, que son los míos». Esos dos pares multiplicados por cien son los que él le estaba echando a una enfermedad, que desde hacía dos años vino a visitarlo, de la que nunca se quejó ni se rasgó las vestiduras por ello y que con la ayuda de su mujer, Marina, afrontó con una gallardía y entereza sin límites. Lo que no sabía en ese momento, es que toda esa bendita aventura del pregón, la hice por él.

    Se quedó con las ganas de presentarme. Me dijo que lo primero que iba a decir, si me presentaba, es que «he tenido la suerte de contar en estos dos últimos años con dos miembros más, agregados en nuestra familia: uno se llama Tomás y otra se llama Carmen». Ahí lo dejo, porque así lo quiso y con mi abrazo y agradecimiento para ambos y para todos los que, como nosotros, quisimos, queremos y querremos profundamente a una persona maravillosa que responde al nombre de Alonso y… «por la magistral lección de dignidad, fe y coraje que a todos nos ha dado». Descanse en la paz de Dios.

    ¡Qué pronto anocheció la noche!
    ¡Qué pronto llegaste, madrugada!
    Uno nunca espera tal fin,
    aunque las sombras revolotearan.
    Se va perdiendo el pulso,
    la noche está callada.
    Lágrimas de impotencia, caen,
    poco a poco se nos va su mirada.
    Me quedé mudo y frío
    apenas me salían las palabras.
    Se me va un trozo de mí,
    una parte de mis entrañas.
    Una noche triste de noviembre
    se me fue mi hermano del alma.
    ¡Ay el vacío que dejaste!…
    lo llenaré con mis lágrimas,
    con la esperanza de verte algún día
    cuando la noche llame a mi casa.

  • Afrontando la vida

    (Mateo 25, 14-30) TIENES una vida en la que puedes desarrollar todo el potencial que tienes dentro; si no lo haces, lo pierdes para siempre; nuestra realidad es así, y no nos la podemos inventar.

    Hubo un tiempo en el que nuestra cultura estaba impregnada de un fatalismo que paralizaba todas las fuerzas de renovación que surgían. La vida campesina constataba la impotencia de nuestros esfuerzos ante la fuerza de lo imprevisible. Pero hoy la mentalidad que dispersa nuestras fuerzas y dilata nuestras decisiones hasta paralizarnos es justo la contraria; pensamos que todo es posible y siempre; que cuando queramos la vida cambiará con la decisión de nuestra voluntad. Hasta que la vida nos muestra que las oportunidades que se pierden no vuelven. Y nos lo muestra con una contundencia y una inexorabilidad que nos dejan mudos y derrotados.

    No nos podemos inventar la vida y perdemos el amor que no hemos amado, la esperanza que no dejamos que nos impulsara, la fe que escondimos por cobardía.

    Y es que lo que más nos esclaviza es el miedo. Miedo que parasita en nuestra falta de fe en que Dios es Padre, y nos quiere como sus hijos; miedo que se alimenta cuando juzgamos a los demás, condenándonos a nosotros mismos, porque no somos tan diferentes de ellos. Miedo que nos vence cuando, en vez de ver la hermosura de lo creado, rumiamos insatisfacciones, fracasos, o nuestros propios pecados.

    El evangelio nos invita a dejar de rumiar el fruto amargo de la mediocridad y a vivir lo que somos: hijos de Dios Padre, ungidos del Espíritu, hermanos pequeños de Jesucristo.

     

  • En el Dios de la Vida

    (Mateo 22, 23-30) Muchas religiones creen en la continuidad de la vida de las personas después de la muerte. Nuestro cuerpo, dicen los budistas, es como un vestido viejo del que el alma se despoja al morir. Los musulmanes también creen en un paraíso al que van los justos. A decir verdad, el primer rasgo de humanidad que constatan los antropólogos son los restos arqueológicos de tumbas, en las que siempre aparecen ofrendas que el difunto necesitará en la otra vida.

    Cuando se busca la secularización de la vida política y social, surge la necesidad de “honrar la memoria de los que han fundado la nación”; unas honras que en poco se distinguen del culto a los difuntos.

    Los cristianos no creemos en la supervivencia de nuestra alma cuando el cuerpo muere. La fe cristiana no se basa en el deseo humano de pervivir a la muerte, sino en la experiencia de la resurrección de Cristo. Por el testimonio de los apóstoles creemos que Jesús, muerto en la cruz, resucitó y se convirtió en fuente de vida para los que creen en él. Por esa fe sabemos que nuestros difuntos viven en él; que el amor que vivieron sigue vivo, porque él es amor y quiere que su amor sea eterno.

    Por nuestra fe los cristianos sabemos que nuestros difuntos viven de la presencia y la bondad del Dios de la Vida. Dios es Vida, y en su presencia la muerte se desvanece. En su presencia hasta nuestra mezquindad retorna al impulso del que nació: la necesidad de ser protegido y amado; y en su presencia se ve colmado.

  • En el Dios de la Vida

    (Mateo 22, 23-30) Muchas religiones creen en la continuidad de la vida de las personas después de la muerte. Nuestro cuerpo, dicen los budistas, es como un vestido viejo del que el alma se despoja al morir. Los musulmanes también creen en un paraíso al que van los justos. A decir verdad, el primer rasgo de humanidad que constatan los antropólogos son los restos arqueológicos de tumbas, en las que siempre aparecen ofrendas que el difunto necesitará en la otra vida.

    Cuando se busca la secularización de la vida política y social, surge la necesidad de “honrar la memoria de los que han fundado la nación”; unas honras que en poco se distinguen del culto a los difuntos.

    Los cristianos no creemos en la supervivencia de nuestra alma cuando el cuerpo muere. La fe cristiana no se basa en el deseo humano de pervivir a la muerte, sino en la experiencia de la resurrección de Cristo. Por el testimonio de los apóstoles creemos que Jesús, muerto en la cruz, resucitó y se convirtió en fuente de vida para los que creen en él. Por esa fe sabemos que nuestros difuntos viven en él; que el amor que vivieron sigue vivo, porque él es amor y quiere que su amor sea eterno.

    Por nuestra fe los cristianos sabemos que nuestros difuntos viven de la presencia y la bondad del Dios de la Vida. Dios es Vida, y en su presencia la muerte se desvanece. En su presencia hasta nuestra mezquindad retorna al impulso del que nació: la necesidad de ser protegido y amado; y en su presencia se ve colmado.

  • Sociedad civil

    (Mateo 22, 15-22) La comprensión que Jesús de Nazaret tiene de la sociedad es profundamente realista, liberadora y actual. Sus parábolas nos muestran una mirada penetrante y crítica a los problemas que golpeaban a los más pobres e indefensos, y una gran libertad para señalar a quienes les hacían sufrir.

    Una de las intuiciones más fecunda y actual de esta comprensión es la no confusión entre el ámbito religioso y el político: “dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios” –escucharemos el próximo domingo-.

    Ningún gobierno, ningún grupo político, ningún legislador va a responder plenamente a las exigencias de la justicia; como ninguno de nosotros respondemos plenamente a las exigencias de la bondad. Todos estamos llamados por Dios –creyentes y no creyentes- a construir un mundo más humano y más justo; todos hemos de colaborar con su construcción.
    Los creyentes, desde la fe, acogemos la luz de la bondad de Dios Padre, y buscamos los caminos que nos lleven a un mundo más fraterno; en pie de igualdad con el resto de los hombres y mujeres de nuestra sociedad: sin imponer, sin arrinconarnos.

    Sin imponer porque la fe no se impone, y porque las que consideremos leyes justas, también tendrán elementos ambiguos y podrán ser causa de marginación y sufrimiento. Sin arrinconarnos, como algunos querrían, entretenidos en asuntos de sacristía y procesiones. La luz de la fe nos permite vivir en la esperanza de un mundo nuevo, y nos da fuerza para impulsarlo con humildad, con sacrificios, también con  alegría.

  • Estreno en liga desde casa

    El conjunto juvenil de División de Honor del Real Betis FSN arranca, este sábado a las 17:00 horas, frente al SD Jerez 93, la competición en el grupo 8 de la máxima categoría nacional de juveniles. Será en el Francisco de Dios Jiménez, donde David Fernández, entrenador del conjunto nazareno, se estrena en el cargo en partido oficial, ya que el equipo de Dos Hermanas ha disputado numerosos amistosos.

     

  • Invitados

    (Mateos 24,1-14) CUANDO VIVIMOS desde la verdad profunda de ser hijos de Dios y que Dios es Padre y nos acoge y nos protege, vivimos de una manera distinta, como invitados a un banquete. Eso nos dice el Evangelio.

    Podemos quedarnos con una mirada superficial sobre lo que vivimos y nos pasa. Entonces la enfermedad será sólo un problema serio; la crianza de los niños, una tarea exigente; hasta la amistad la viviremos con distancia porque sabemos que nadie es completamente fiel…

    Pero podemos asumir una mirada distinta, la mirada de la fe. Desde esa mirada cada amanecer se convierte en un regalo; el gesto amable y cada caricia de quien nos aprecia en una llamada de Dios mismo a vivir en amor y alegría; cada dificultad que se nos presenta en un reto, en una oportunidad para superarnos, para mantenernos firmes, para mostrar que nos sentimos hijos de Dios, o para acogernos a su bondad si nuestras fuerzas flaquean.

    Sin esa mirada de profundidad en la que descubrimos los ojos de Alguien que nos mira y se nos entrega con cariño, nada es bastante bueno, nada es suficiente, nada nos satisface. Nuestro mundo está entretejido con hilos de limitación y pobreza, pero esos mismos hilos mirados con perspectiva, resaltan el arcoíris que se dibuja en cada trozo del paño.
    Hemos de aprender a vivir sin alienarnos en la inmediatez de lo que sentimos, ni de lo agradable ni de lo desabrido. Vivir desde la fe convierte nuestra vida en una invitación inesperada e inmerecida a un banquete. Esto nos lo dice quien sabe de dificultades y problemas; quien sabe de ellas es quien lo dice con más convicción.

  • Codicia

    (Mateo 21, 33-43) Nada hay tan creativo como el afán humano de superación. Las personas tenemos un impulso innato por superarnos y crecer, por llegar a cotas más altas y elevadas. Ser persona es trascender, ir más allá. Ese impulso es admirablemente creativo y revolucionario. Es capaz de inventar medicinas nuevas, de convertir el desierto en una huerta, de crear fuentes de riqueza y trabajo, de hacer surgir la belleza de la madera o el barro. Pero, como todo lo humano, ambiguo y necesitado de ser guiado y encauzado.

    En nuestros tiempos, ese afán de superación se ha convertido, demasiadas veces, en codicia, en afán por tener más y más. La codicia, omnipresente como la polución, lo está contaminando todo.

    Nace del afán de superación humana y es capaz de inventarlo todo, de replantearlo todo. Pero, ha convertido al Dinero en su dios, y acaba pervirtiéndolo y corrompiéndolo todo. Es capaz de dejar morir a personas por seguir rentabilizando una medicina; de especular hasta con la producción de alimentos –con el hambre de los pobres–; es capaz de destruir puestos de trabajo y condenar a familias enteras, por  unos puntos en el balance empresarial; es capaz de provocar asesinatos y guerras. La codicia es la fuerza más destructiva de la historia.

    En su enfrentamiento con las autoridades de Jerusalén, Jesús desvela cuál es el pecado que les llevará a asesinarlo: la codicia. Querrán quedarse con lo que no es suyo, y no dudarán en asesinar al Hijo de Dios. La codicia, que está matando a los hijos de Dios, crucificó a su Hijo Único, Jesucristo.