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  • La danza de las brujas

    La danza de las brujas

    Suspiria

    Fueron muchos los fans de Dario Argento que se echaron las manos a la cabeza cuando saltó la noticia de que se iba a hacer una nueva versión de su mayor clásico, una de las obras cumbre del giallo, Suspiria. El argumento (lógico) era que una obra de culto como la de Argento no necesitaba una revisión, una moderna recreación de la misma si esta no hacía cambios sustanciales de aquella. Y si esto ocurría, si las modificaciones eran sustanciales, ¿no sería esta una película distinta y no un remake?

    Lo cierto es que lo que ha hecho el también italiano Luca Guadagnino (al que conocimos no hace demasiado por Call me by your name), si bien mantiene los cimientos de la cinta original (una base argumental, personajes con los mismos nombres…), presenta unas diferencias tan sustanciales que bien podría pasar por una película distinta.

    La historia se ubica en 1977 (año de estreno de la Suspiria original), en una Berlín en pleno conflicto entre las zonas oriental y occidental, en una prestigiosa academia de baile a la que llega una joven americana, Susie Bannion. Pronto demuestra unas aptitudes que hacen que se gane el afecto de una de las profesoras más importantes. La llegada de Susie coincide con la desaparición de Patricia, otra bailarina, hecho que investiga Sara, que entablará amistad con Susie. A medida que el vínculo entre esta y su profesora se va estrechando, se suceden desapariciones de otras bailarinas.

    A diferencia de la cinta de Argento, lo que allí era la sorpresa final (que la escuela está regentada por un aquelarre de brujas que buscan un cuerpo que sirva de recipiente para la líder, un ser centenario llamado Helena Markos), aquí se desvela ya al principio. Ello hace que la atención y el interés se vaya a otros asuntos, dedicándose a indagar en las relaciones entre las brujas, a mostrar sus interacciones, el proceso en la toma de decisiones, los diferentes bandos entre ellas, y a desarrollar un argumento mucho más complejo que la original, dándole también mayor peso (visual y para la trama, con escenas significativas y muy poderosas) a las secuencias de baile, que casi estaban ausentes en la versión de Argento.

    Italia-Estados Unidos, 2018 (152′)
    Dirección: Luca Guadagnino.
    Producción: Bradley J. Fischer, Luca Guadagnino, David Kajganich, Francesco Melzi d’Eril, Marco Morabito, Gabriele Moratti, William Sherak, Silvia Venturini Fendi.
    Guión: David Kajganich, basado en la personajes creados por Dario Argento y Daria Nicolodi.
    Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom.
    Música: Thom Yorke.
    Montaje: Walter Fasano.
    Intérpretes: Dakota Fanning (Susie Bannion), Tilda Swinron (Madame Blanc / Dr. Joseph Klemperer / Helena Markos), Mia Goth (Sara), Chloë Grace Moretz (Patricia), Angela Winkler (Miss Tanner), Malgosia Bela (Madre de Susie), Alek Wek (Miss Millius), Jessica Batut (Miss Mandel), Elena Fokina (Olga), Ingrid Caven (Miss Vendegast), Sylvie Testud (Miss Griffith), Olivia Ancona (Marketa), Majon van der Schot (Janine), Iaia Ferri (Judith).


    El aspecto visual es, del mismo modo, radicalmente opuesto. Si bien Guadagnino ha decidido mantener algunos elementos estilísticos (los zooms a los rostros de las protagonistas, algunos movimientos de cámara), hay planos largos, diálogos trufados de largos silencios que hacen incluso más contundentes las escenas de violencia (la primera de ellas, ese montaje paralelo entre la poderosa danza de Susie y la destrucción de una de las bailarinas disconformes, es brutal), y las tonalidades son más suaves, más apagadas, muy grises, en consonancia con la época en la que se desarrolla la historia.

    El concepto de remake queda pues muy desdibujado. Esta es la Suspiria de Guadagnino (¿debería, entonces, tener otro título? Puede ser). El director reinventa el título de culto de los setenta, dándole un nuevo punto de vista, un muy distinto estilo, modifica radicalmente algunos personajes (como el de Susie), dando pistas y dotando de significado la relevancia de su papel en la historia desde el principio (no es baladí que desde pequeña, aún viviendo en una comunidad amish de la América profunda, desee viajar a Berlín, a la famosa escuela de danza), y creando líneas argumentales que amplían el universo de la historia.

    Suspiria, con sus defectos, resulta ser una muy buena película, una cinta que hipnotiza y perturba, que atrapa al espectador (siempre que no pretenda ver una versión actualizada del clásico), una obra que tiene vida propia, fascinante en su mayor parte, un puzle en el que todo encaja.

    Entre las intérpretes, Dakota Fanning, sin elaborar una interpretación memorable, mejora sustancialmente su trabajo en la trilogía 50 sombras…Aunque son Tilda Swinton (en su triple papel) y Mia Goth, las que más destacan en un reparto casi completamente femenino. El ritmo irregular, alguna trama que no termina de encajar en el conjunto y que solo alarga la película demasiado, y un final que roza peligrosamente lo grotesco, hacen que el resultado global no sea aún mejor de lo que es.

  • Mélanie Laurent hace las Américas

    Mélanie Laurent hace las Américas

    GALVESTON

    Después de escapar de una emboscada que le ha tendido su propio jefe y matar a los que iban a matarle a él, Roy (un sicario que acaba de saber que es enfermo terminal) escapa llevándose con él a Rocky, una joven a la que descubre cautiva en la casa que pretendidamente tenía que asaltar.

    Buscando refugio, acude a Galveston, donde nació, y donde debe encontrar la forma de que su jefe no dé con él mientras trata de escapar de sus demonios del pasado y de los de Rocky.

    Basada en la novela de Nic Pizzolatto (el autor de True Detective), y con un guion del propio escritor (bajo seudónimo), la actriz francesa Mélanie Laurent dirige por primera vez en Estados Unidos (después de otras tres películas en su idioma natal) con parte de su equipo habitual (por ejemplo, su director de fotografía es el mismo de todas las ocasiones). Y lo hace con una historia que resulta desoladora e implacable con sus personajes.

    Estados Unidos, 2018 (91′)
    Dirección: Mélanie Laurent.
    Producción: Tyler Davidson.
    Guión: Nic Pizzolatto, basado en su propia novela.
    Fotografía: Arnaud Potier.
    Música: Marc Chouarain, Eugénie Jacobson.
    Montaje: Joseph Krings.
    Intérpretes: Ben Foster (Roy Cady), Elle Fanning (Rocky), Anniston Price y Tinsley Price (Tiffany, niña), Adepero Oduye (Loraine), Robert Aramayo (Tray), María Valverde (Carmen), Beau Bridges (Stan), Lili Reinhart (Tiffany, adulta).

    Laurent, que ya había demostrado en obras anteriores cierto talento tras las cámaras (por ejemplo, en Respire), se maneja bien a la hora de tratar las dos vertientes de la historia, la parte criminal, la trama gangsteril y de thriller por un lado, y el drama íntimo de los personajes, con todo lo que arrastran tras de sí. En ello tienen también gran parte de culpa las interpretaciones de sus dos protagonistas, ambas magníficas, Ben Foster y Elle Fanning.

    Falla en desaprovechar algunos personajes que podrían dar más juego (la exnovia de Roy, actual pareja de su jefe, una María Valverde que aparece apenas un par de minutos, o el propio jefe, que tampoco llega a los cinco minutos en pantalla). Quizá es cierto que durante gran parte de la cinta, la trama parece que se deja llevar, transcurre sin estruendos, y es en su parte final donde Galveston se eleva, donde la oscuridad se adueña de la trama con situaciones de una dureza aterradora.

    Pero la dirección altamente solvente de Laurent (incluso en las escenas de acción, donde era novata), las interpretaciones, la fotografía y un guion potente, hacen que haya secuencias que permanezcan grabadas en la mente del espectador tiempo después de su finalización. Y todo ello, como decíamos, sin estruendos, sin grandes artificios visuales ni argumentales, centrándose en unos personajes unidos por la excepcionalidad de sus situaciones personales.

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  • Marcianada con mensaje

    Marcianada con mensaje

    JAULAS

    Película marciana donde las haya, el debú del sevillano Nicolás Pacheco es una cinta extraña, inclasificable, que va cambiando de género continuamente, y que (con sus peros y sus carencias, que también las tiene) deja un muy buen sabor de boca, sobre todo por unas interpretaciones potentes, una puesta en escena que tiene grandes logros, una banda sonora magnífica (y muy curiosa)…

    Inspirada (en su comienzo) por los hechos reales ocurridos en la barriada hispalense de Los Bermejales hace casi quince años, cuando el gobierno local pagara una ‘jugosa’ cantidad económica a las familias que vivían en un asentamiento chabolista para que dejaran el lugar y poder construir con evidentes intereses especulativos.

    Así arranca Jaulas, en un asentamiento anclado en el tiempo en el que sus habitantes dedican horas y dinero en competiciones en las que varios hombres realizan cantos de pájaros, cuando el ayuntamiento consigue convencer a los cabecillas de que se vayan de allí (cuantiosa cantidad económica mediante). Concha y su hija Adela, hartas del mal trato que reciben de su marido y padre, de estar encerradas en vida, deciden escapar arriesgándolo todo, en busca de la libertad.

    España, 2018 (96′)
    Escrita y dirigida por: Nicolás Pacheco.
    Producción: Antonio P. Pérez.
    Fotografía: Alejandro Espadero.
    Música: Pablo Cervantes.
    Montaje: Ana Álvarez Ossorio.
    Intérpretes: Estefanía de los Santos (Concha), Marta Gavilán (Adela), Belén Ponce de León (Rosa), Manuel Cañadas (Antoñito), Stefan Mihai (Vasile), Antonio Estrada (Canario), Antonio Dechent (Fermín), Manuel Tallafé (Casino), Manolo Caro (Platillo), Mila Fernández (Palomita), Carlos Tirado (Bienvenido).

    Pacheco debuta con un trabajo notable, que se mueve entre el costumbrismo (arranca con un tono folclórico que recuerda al cine de Kusturica), el drama, la comedia, el romance, un poco de thriller, de road movie, algo de tragedia… El arranque hace temer lo peor, pero poco a poco va ganando en interés, con algún altibajo (sobre todo en su resolución, algo convencional y débil), e incluso consigue unos resultados más que aceptables para ser una primera película, pequeña además.

    Cinta de mensaje eminentemente feminista, Jaulas habla de la falta de libertad, de las cárceles invisibles que suponen las relaciones tóxicas a las que muchas mujeres se ven sometidas. Hay otras tramas paralelas que complementan la historia principal, y que nos regala interpretaciones magníficas como la siempre solvente presencia de Antonio Dechent o Manolo Caro, aparte de la protagonista principal, una fantástica Estefanía de los Santos.

    Una historia que se podría desarrollar en un lugar cualquiera, en un tiempo cualquiera, porque habla de emociones universales. Notable debú con una película que, no obstante sus imperfecciones, tiene también numerosos logros.

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  • El amor vengador

    El amor vengador

    MANDY

    Ocho años ha tardado Panos Cosmatos en dirigir su segunda película, esta extraña, onírica y desquiciada Mandy, que dividió a la crítica en Sundance y que le hizo ganar el premio al mejor director en el reciente Festival de Sitges que ganó Climax.

    El resultado es difícil de definir. Si bien el argumento es sencillo y hasta poco original (un descenso a los infiernos en busca de venganza), es en el apartado visual y estético donde la película brilla. Con un magnífico uso de la ambientación y del color, y unos planos bellos y sombríos, obra de Benjamin Loeb, y de una banda sonora que puntúa y acompaña a la perfección en todo momento (último trabajo de Jóhan Jóhansson antes de su repentina muerte), Mandy se disfruta o se odia.

    Red Miller (Cage) es un leñador que vive aislado del mundo en el bosque junto a su mujer, Mandy Bloom (Riseborough). Ella es espiritual, lee, dibuja, pasea por la naturaleza… Él, más terrenal, adora todo cuanto ella hace o dice. Viven felices, entregados el uno al otro, hasta que el líder de una secta satánica que tras cruzarse accidentalmente con Mandy, se obsesiona con ella, y ordena a sus secuaces raptarla. Decidido a vengarse, Red se lanza a la locura de perseguir a esta panda de salvajes con todas las consecuencias que ello atraiga.

    Estados Unidos-Bélgica-Reino Unido, 2018 (121′)
    Dirección: Panos Cosmatos.
    Producción: Nate Bolotin, Martin Metz, Daniel Noah, Adrian Politowski, Josh C. Walker, Elijah Wood.
    Guión: Panos Cosmatos, Aaron Stewart-Ahn.
    Fotografía: Benjamin Loeb.
    Música: Jóhan Jóhansson.
    Montaje: Bret W. Bachman.
    Intérpretes: Nicolas Cage (Red Miller), Andrea Riseborough (Mandy Bloom), Linus Roache (Jeremiah Sand), Ned Dennehy (Hermano Swan), Olwen Fouéré (Madre Marlene), Richard Brake (El Químico), Bill Duke (Caruthers), Line Pillet (Hermana Lucy), Clément Baronnet (Hermano Klopek), Alexis Julemont (Hermano Hanker), Stephan Fraser (Hermano Lewis).

    Cosmatos divide la película en dos partes. La primera hora es más contemplativa, onírica, poética incluso. Con largos planos fijos retratando la serena tranquilidad de la pareja en la cama, vemos cómo se susurran, cómo se miran, somos cómplices de ese amor sincero y puro. Es en la segunda parte, cuando ese líder siniestro (y un poco ridículo también) muestra aviesas intenciones hacia Mandy, cuando Red deja salir toda la ira que lleva en su interior, esa sed de venganza. Y la película se convierte en otra cosa, en una orgía de sangre.

    Pasamos así de una belleza (per)turbadora, de esa primera parte que se desarrolla de modo tranquilo y efectivo, a una segunda que funciona únicamente por acumulación, donde cada vez más se entra en el delirio y se alcanza el paroxismo. Cada vez más, cada vez más, hasta agotar, hasta resultar tan exagerada que termina aburriendo.

    Los personajes (todos) están conscientemente sobreactuados (todos, menos Mandy, claro); y Nicolas Cage, una vez más autoparódico (como ya vimos en Mom and dad) se lleva la palma. Esa mueca mirando a cámara del final no tiene precio.

    Hay elementos de cine de terror, mucha sangre, sectas mesiánicas, adrenalina, humor muy negro, una tonalidad rojiza infernal -incluso en exteriores- en momentos señalados; hay elementos de romance, de vida hogareña; y hay también cierto tono de crítica social, que queda difuminada por los excesos. Que es a lo que veníamos, sí, es verdad, pero también que Cosmatos se pasa de vuelta.

    Más críticas en happyphantomblog.wordpress.com.

  • El talento invisibilizado

    El talento invisibilizado

    LA BUENA ESPOSA

    De no ser por la presencia de Glenn Close y (en menor parte) de Jonathan Pryce, que nos regalan (sobre todo ella, hay que recalcar) unas magníficas interpretaciones, donde lo que no se dice tiene tanta importancia, o más quizás, que lo que se verbaliza, unas actuaciones cargadas de matices, de miradas, de gestos, esta película de claro mensaje feminista habría quedado muy por debajo del resultado final.

    Y es que La buena esposa es en el fondo una película convencional. Con una estética sencilla y una factura a veces en exceso teatral, la historia es harto predecible, a veces hasta aburrida, y se pierde en ocasiones con subtramas innecesarias. A parte de que es una ficción que ya hemos visto en otras cintas basadas (éstas sí) en hechos reales, como la Big eyes que firmó Tim Burton.

    Joe Castleman es un reputado escritor que recibe de buena mañana la llamada que lleva tiempo esperando, la que le confirma que ha sido elegido como ganador del Nobel de literatura. Y como es sabido, detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Detrás de Joe esta Joan, esposa entregada que lleva cuarenta años sacrificando sus sueños y anhelos, perdonando infidelidades, en pos de mantener vivo su matrimonio. Pero ahora que Joe ha logrado su objetivo, y que se regodea de ello, Joan ha llegado a su límite, y está decidida a dejarlo todo atrás, abandonar a Joe y desvelar su mayor secreto.

    Reino Unido-Suecia-Estados Unidos, 2017 (100′)
    Título original: The wife.
    Dirección: Björn L Runge.
    Producción: Rosalie Swedlin, Meta Louise Foldager Sørensen, Piers Tempest, Jo Bamford, Claudia Bluemhuber.
    Guión: Jane Anderson, basado en la novela de Meg Wolitzer.
    Fotografía: Ulf Brantås.
    Música: Jocelyn Pook.
    Montaje: Lena Runge.
    Intérpretes: Glenn Close (Joan Castleman), Jonathan Pryce (Joe Castleman), Christian Slater (Nathaniel Bone), Max Irons (David Castleman), Harry Lloyd (Joe, joven), Annie Starke (Joan, joven), Elizabeth McGovern (Elaine Mozell), Johan Widerberg (Walter Bark), Karin Franz Körlof (Linnea), Richard Cordery (Hal Bowman), Jan Mybrand (Arvid Engdahl
    ).

    Lo interesante del filme, que no sirve para librarnos de sus carencias, es el reflejo de cómo el mundo literario ha ignorado a la mujer (o hayan recibido muchas más objeciones que los hombres). Algo, por cierto, que viene sucediendo desde los orígenes de la historia, donde las autoras se veían obligadas a ocultar su condición femenina, bien mediante el uso de iniciales (P.L. Travers, J.K. Rowling, E.L. James), bien usando como seudónimo un nombre masculino (así, Cecilia Böhl de Faber fue Fernán Caballero, Amantine-Lucile Dudevant firmaba como George Sand, Karen Blixen como Isak Dinesen, o las hermanas Brontë -Charlotte, Emily y Anne- como los hermanos Bell -Currer, Ellis y Acton-)

    La película está construida a base de flashbacks en los que vemos cómo Joe y Joan se conocen cuando ella es una prometedora alumna de sus clases de escritura, y cómo ella sucumbe a los encantos de él. Descubrimos que el ego del autor es enorme desde que era joven, que el talento de ella era muy superior desde ese mismo momento. Lo que no se alcanza a ver (o no se nos explica lo suficientemente claro para que lo entendamos) es qué pudo ver ella en él para enamorarse tan intensa y profundamente de un ser al que no se le aprecia valor positivo alguno.

    Una película sin estridencias, en la que guion, dirección, fotografía se plantean sin alardes y sin ofrecer nada nuevo. Simplemente se deja ver, aunque también se olvida pronto.

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  • Una experiencia lisérgica

    Una experiencia lisérgica

    CLÍMAX

    Decir que un determinado libro o película no está hecha para el paladar de todos puede sonar pretencioso, considerarte superior al resto, que no han podido captar el mensaje ni disfrutar como tú lo has hecho. Pero lo cierto es que el cine del franco-argentino Gaspar Noé no es plato apropiado para cualquiera. De hecho, son más sus detractores que sus defensores. Incapaces de darle valor a la provocación desmedida de sus películas, a su estilo y estética visual, al estilo poderoso que rezuman sus obras.

    Esta Clímax, ganadora del reciente Sitges, sin ser la más radical de sus cintas, aunque sí quizás la más redonda, tiene mucho de su obra anterior, de eso que podríamos llamar su estilo. La cámara es un personaje más de la historia, estática o en continuo movimiento, con objetivos que deforman la realidad, que la vuelven del revés, sirve para dar mayor significado a lo que nos está contando. La estructura de la trama se deforma, colocando el final justo al principio, incluyendo los créditos finales en los primeros cinco minutos, para pasar después al meollo de la cuestión. Y vaya meollo.

    Basada en unos hechos reales que sobrecogieron a Francia a mediados de los 90, la historia sitúa a veinte jóvenes bailarines (de distintos sexo, raza, religión, orientación sexual…) en un internado abandonado en medio de un bosque. Llevan días preparando un tour por América. Como final de los ensayos, mientras fuera cae una gran nevada, dan una fiesta junto a una enorme fuente de sangría. A medida que avanza la noche comienzan a sentirse mal, a comportarse de manera extraña, llegando a la conclusión de que alguien ha echado algo a la bebida. Entonces comenzará el descenso a los infiernos, los delirios, las paranoias, y todos sacarán lo peor de sí mismos, perdiendo la razón y dejándose adueñar de sus peores y más violentos instintos.

    Francia, 2018 (95′)
    Escrita y dirigida: Gaspar Noé.
    Producción: Brahim Chioua, Richard Granpierre, Vincent Maraval, Edouard Weil.
    Fotografía: Benoît Debie.
    Montaje: Denis Bedlow, Gaspar Noé.
    Intérpretes: Sofia Boutella (Selva), Romain Guillermic (David), Souheila Yacoub (Lou), Kiddy Smile (Daddy), Claude-Emmanuelle Gajan-Maull (Emmanuelle), Giselle Palmer (Gazelle), Taylor Kastle (Taylor), Thea Carla Schott (Psyche), Sharleen Temple (Ivana), Lea Vlamos (Lea), Alaia Alsafir (Alaya), Kendall Mugler (Rocket), Lakhdar Dridi (Riley), Adrien Sissoko (Omar).

    Estructurada en tres actos, la cinta comienza con una larguísima toma aérea en la que vemos a una mujer ensangrentada agonizar en la nieve en busca de una salvación que se vislumbra improbable, tras la que aparecen los títulos de créditos finales. Arranca así, el primer acto, un plano estático de más de quince minutos en la que los bailarines se presentan a través de la pantalla de un viejo televisor rodeado de libros y películas que dan una idea de lo que va a venir después. Continúa con una escena de baile prodigiosa, inmenso plano secuencia que nos presenta el decorado y a los protagonistas en acción; un conjunto de escenas fragmentadas de diálogos, en las que los protagonistas conversan, con una intensidad que va en aumento, y en los que el espectador se va sintiendo incómodo, a la vez que subyugado, a medida que avanza el tiempo.

    Entonces todo empieza a torcerse. Cuando los personajes empiezan a sentirse mal, comienza la búsqueda del culpable, y se inicia una cacería humana con insultos, incitación al suicidio, sadismo, paranoias homicidas… Un éxtasis en el que los personajes no son conscientes de sí mismos y en el que hasta la cámara (como personaje que es) también pierde su norte y acaba por ponerlo todo patas arriba.

    Aunque también es cierto que Noé no pretende sólo epatar; siempre hay algún reflejo (crítico) hacia la sociedad, algunos temas de los que hablar. Se habla de la familia, de los hijos que lastran posibilidades de tener una carrera, del aborto (Noé, siempre partidario), de sexo (siempre presente en sus obras)… Pero quizás la historia sea lo de menos: no es necesario comprender todo lo que pasa en Clímax, hay que vivir la experiencia, sentirla, dejarse llevar.

    Clímax es un delirio, una cinta de terror en la que el director vuelve a seducir con los rasgos que le son conocidos, y crea con ellos la que quizás sea su película más redonda, su mejor obra. Incómoda, compleja, visualmente fascinante, polémica y, por supuesto, para nada plato para todos los paladares. Más críticas en happyphantomblog.wordpress.com.

  • Amor imposible en un tiempo gris

    Amor imposible en un tiempo gris

    COLD WAR

    El polaco Pawel Pawlikowski consiguió llamar la atención de la crítica mundial con su anterior obra, aquella Ida que recibió alabanzas y premios por allá por donde se proyectó, y que incluso ganó el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

    Ahora, con esta Cold war, repite modos, estilismos, época, y (casi) equipo técnico para contarnos una apasionada historia de amor imposible que también ha conquistado a la crítica, a pesar de que no llega al nivel de su mayor éxito hasta la fecha.

    Polonia-Francia-Reino Unido, 2018 (88′)
    Título original: Zimna wojna.
    Dirección: Pawel Pawlikowski.
    Producción: Ewa Puszczynska, Tanya Seghatchian.
    Guión: Pawel Pawlikownski, Janusz Glowacki.
    Fotografía: Lukasz Zal.
    Montaje: Jaroslaw Kamisnki.
    Intérpretes: Joanna Kulig (Zula), Tomasz Kot (Wiktor), Borys Szyc (Kaczmarek), Agata Kulesza (Irena), Cédric Kahn (Michel), Jeanne Balibar (Juliette), Adam Woronowicz (Consul), Adam Ferency (Ministro).

    Poco después de que terminara la II Guerra Mundial, cuando las heridas del horror nazi aún no han abandonado al pueblo polaco, las nuevas autoridades comunistas deciden montar una coral que interpretará canciones del folcklore local que sirva para dar esperanzas al pueblo y levantar el ánimo a los más desfavorecidos del país (primero) y del resto del bloque oriental (después). Así, dos miembros del grupo, de carácteres enfrentados iniciarán una relación condenada al fracaso, que llevará a los protagonistas a escapar a Occidente en busca de la libertad. A lo largo de los años, el destino les empujará a encontrarse, aunque ello sea su perdición.

    Esta Cold War, que podría formar parte de un mismo total junto a Ida, está rodada en un hermoso y poderoso blanco y negro, con un formato casi televisivo. Tiene momentos hipnóticos, de extrema belleza, numerosos números musicales (algunos brillantes), y en la mayoría de escenas importa más lo que no se ve, lo que no se cuenta, que lo que Pawlikowski decide mostrar, con numerosos saltos en el tiempo e interrupciones abruptas de la acción.

    Pero, a pesar de ese poderío visual, del magnetismo de Joanna Kulig, de lo maravillosas que son (algunas de) las canciones, Cold War no llega al nivel de Ida. Entre otras cosas porque algunos personajes no terminan de estar bien perfilados; porque esa estructura construida en la interrupción hace que no termine de ser comprensible todo lo que quiere contar; y porque el final resulta absolutamente previsible, y no es tan intensa como pretende ser.

  • Familia maldita

    Familia maldita

    EL ESCÁNDALO TED KENNEDY

    En el año 1969, cuando el hombre estaba a punto de llegar a la Luna, el entonces senador Ted Kennedy era el único vivo de los hijos varones de la familia (después de las muertes en accidente o atentados de Joseph Patrick, John Fitzgerald y Robert Francis), y aspiraba a llegar más pronto que tarde a la presidencia del país. Su familia, una de las más poderosas en los Estados Unidos, y que parecía perseguida por una especie de maldición, estaba llamada a hacer algo grande.

    La carrera política del pequeño de los Kennedy iba viento en popa cuando, tras una fiesta en la isla de Chappaquiddick, el senador (por aquellos días, casado) tuvo un accidente automovilístico cuando conducía bebido, cayendo el coche a un lago, resultado del cuál murió la mujer que le acompañaba, una joven y comprometida Mary Jo Kopechne, que había sido secretaria de campaña de su hermano Bobby, y a la que pretendía convencer para que se uniera a su equipo. Ted huyó del lugar, mientras ella quedaba encerrada en el auto bajo el agua. Al día siguiente, una maquinaria de abogados y asesores se puso en marcha para limpiar su imagen y ocultar todo lo ocurrido. Porque todo hubiera sido distinto si no hubiese escapado, si hubiese avisado a la policía, en vez de esperar nueve horas, para informar de lo ocurrido.

    Estados Unidos-Suecia, 2017 (106′)
    Título original: Chappaquiddick.
    Dirección: John Curran.
    Producción: Mark Ciardi, Chris Cowles, Campbell G. McInnes.
    Guión: Taylor Allen, Andrew Logan.
    Fotografía: Maryse Alberti.
    Música: Garth Stevenson.
    Montaje: Keith Fraase.
    Intérpretes: Jason Clarke (Ted Kennedy), Kate Mara (Mary Jo Kopechne), Ed Helms (Joseph Gargan), Bruce Dern (Joseph Kennedy), Jim Gaffigan (Paul Markham), Olivia Thirlby (Rachel), Clancy Brown (Robert McNamara), Taylor Nichols (Ted Sorensen).

    Con El escándalo de Ted Kennedy, en contra de lo que sucedió en aquellos días, no se pretende hacer un retrato idílico del personaje, salvarlo de la quema, sino ser crítico con todas las actuaciones que se tomaron para apañar el conflicto que se había presentado al líder mediático que era el político. El problema es que lo consigue sólo en parte, ya que Kennedy tiene sentimientos encontrados, no ve del todo claro que deba hacer lo que le aconsejan para salvarse. Es decir, tiene corazón, sentimientos. Es el único que los tiene en una historia en la que todos quieren ayudarle a ser presidente porque sentía “lo mejor para el país”.

    La película tiene un tono que le acerca al biopic televisivo. Su director no se ha atrevido a ser lo suficientemente caustico. En unos hechos reales como estos, en los que aún hoy no está claro qué ocurrió realmente aquella noche, la dirección es plana, lineal, sin ponerle pasión, emoción, enfado, a lo que se está contando. Las imágenes no tienen fuerza, y únicamente la escena del ahogamiento de Mary Jo (Kate Mara) dentro del coche resultan desgarradoras y desasosegantes. El resultado es frío, y el espectador termina exasperado.

    Más críticas en este enlace.

  • Las cuentas pendientes

    Las cuentas pendientes

    TODOS LO SABEN

    El hecho de que un director como Asghar Farhadi, ganador en dos ocasiones del Oscar a la mejor película de habla no inglesa (por las fantásticas Nader y Simin, una separación y El viajante) se ponga tras la cámara para mostrar su modo de ver las relaciones humanas, los sentimientos y emociones que nos mueven, más allá de que esas historias sucedan en Bagdad o en un pueblito cercano a Madrid, es ya motivo más que suficiente para que el espectador cinéfilo acuda al cine a ver esta muy interesante (aunque no redonda) Todos lo saben.

    Laura regresa a su pequeño pueblo natal junto a sus dos hijos desde Buenos Aires, donde se mudó muchos años atrás. Viene a la boda de su hermana pequeña. Tras el reencuentro con su familia y con viejos conocidos, tiene lugar la celebración, durante la cuál sucede un apagón. Cuando la luz vuelve, la hija joven y enfermiza de Laura ha desaparecido. Es entonces cuando llega el drama. Y en la tensa espera, secretos del pasado enterrados hace mucho tiempo, que saldrán a la luz para sacudir la vida de todos los implicados.

    Farhadi se mueve como pez en el agua en el tema de mostrar los sentimientos humanos, como elementos universales que funcionan y que son reconocibles independientemente de donde se desarrollen sus películas. Aunque no hable el idioma en el que rueda (su español es casi nulo). Porque las emociones (aquí el dolor y la pérdida) no entienden de lenguaje.

    Ficha ténica y artística

    España-Francia-Italia, 2018 (132′)
    Escrita y dirigida: Asghar Farhadi.
    Producción: Álvaro Longoria, Alexandre Mallet-Guy.
    Fotografía: José Luis Alcaine.
    Música: Javier Limón.
    Montaje: Hayedeh Safiyari.
    Intérpretes: Penélope Cruz (Laura), Javier Bardem (Paco), Ricardo Darín (Alejandro), Bárbara Lennie (Bea), Inma Cuesta (Ana), Carla Campra (Irene), Eduard Fernández (Fernando), Sara Sálamo (Rocío), Elvira Mínguez (Mariana), Roger Casamajor (Joan), Ramón Barea (Antonio), José Ángel Egido (Jorge).

    Todos lo saben comienza casi como un retrato costumbrista. El retrato de la vida en el pueblo (quizá demasiado fuera de la actualidad), en la que Farhadi sabe crear una pequeña sociedad endogámica con una atmósfera claustrofóbica, iluminada a la perfección por el maestro José Luis Alcaine, para pasar (después del giro fundamental de la trama) a algo muy cercano al thriller. Aunque, como es también habitual en el iraní, lo que importa es otra cosa. Son las relaciones, son los sentimientos, y aquí también es la huella que deja el pasado, los secretos que guardamos, y las cuentas pendientes que ellos ocasionan.

    En conseguir que todo ello traspase la pantalla y llegue al espectador tienen papel importante los intérpretes. Un reparto estelar en el que prácticamente todos brillan. Por supuesto, Penélope Cruz (inexplicable que siga habiendo quien diga que no es buena actriz), y Javier Bardem. Ambos nos regalan unas actuaciones casi impecables. Pero sería injusto dejar atrás las magníficas interpretaciones de Elvira Mínguez, Ramón Barea o Bárbara Lennie, quienes, con papeles que se prestan menos al lucimiento, dan cuerpo y verosimilitud a una historia a la que le sobran algunos giros.

    Porque a pesar de todo, el conjunto no llega a la perfección que podrían suponer la suma de las partes. La trama toma algunos rumbos poco creíbles, la puesta en escena del pueblo en algunos momentos parece viajar a tiempos más antiguos de en los que se desarrolla la historia. Su final, tras un desenlace del secuestro que no termina de convencer, deja abierta la puerta a una nueva historia, y el espectador se pregunta qué ocurrirá ahora con esos personajes, con esa familia, con esos nuevos secretos que (posiblemente, como los que desencadenan los hechos que aquí vemos) volverán a ser una pesada carga para algunos durante años.

  • Las amistades ficticias

    Las amistades ficticias

    LAS DISTANCIAS

    Del mismo modo que el roce hace el cariño, como dicen, también es cierto que la lejanía, la separación que se alarga en el tiempo, puede provocar la ruptura, el enfriamiento de una relación. Que se apague la chispa. Esta es la idea que subyace bajo la trama (mucho más compleja, obvia decirlo) de la película con la que Elena Trapé vuelve a la dirección de ficción ocho años después de Blog.

    Las distancias, película que arrasó en el último Festival de Cine Español de Málaga, donde se llevó los premios a mejor película, mejor dirección y mejor actriz (una fantástica Alexandra Jiménez), es un muy interesante retrato generacional de los primeros milennials, unos jóvenes que se topan con que la realidad de ser adulto no es la maravilla que se habían imaginado cuando eran jóvenes.

    Olivia, Guille, Eloy y Anna son un grupo de amigos de la universidad que viaja a Berlín para visitar por sorpresa a otro miembro del grupo, Comas, que cumple 35 años. El recibimiento es mucho más frío de lo que esperaban, y Comas pronto desaparece de escena. Durante el fin de semana, aflorarán las contradicciones, la falta de entendimiento, y los amigos se irán distanciando poco a poco, deambulando por la ciudad, cuestionando el sentido de su amistad, y afrontando la decepción de que la realidad no es la que soñaban.

    España, 2018 (99′)
    Título original : Les distàncies.
    Dirección: Elena Trapé.
    Producción: Marta Ramírez.
    Guión: Josan Hatero, Miguel Ibáñez Monroy, Elena Trapé.
    Fotografía: Julián Elizalde.
    Montaje: Liana Artigal.
    Intérpretes: Alexandra Jiménez (Olivia), Miki Esparbé (Comas), Isak Férriz (Guille), Bruno Sevilla (Eloi), María Ribera (Anna).

    Cuando uno es niño hace amigos con facilidad en la escuela. Después, esos amigos se van perdiendo, pero son sustituidos por los de la universidad, más afines en principio. Pero con el paso de los años, uno descubre que los amigos ya no son lo que eran, que cada uno tiene su vida, y que los demás de la pandilla no tienen porqué formar parte de ella. La película habla de ello, de esa ‘crisis de los treinta’, y la película lo refleja a la perfección, con personajes con los que el espectador se puede sentir perfectamente identificado.

    Trapé acierta de pleno en el tratamiento de la historia. Aunque al inicio parece que vamos a asistir a una comedia, con un grupo de amigos que conversan sobre el pasado, los buenos años de facultad, pronto descubrimos que el Berlín donde se desarrolla la película no es lo único gris de la historia, y la crudeza, el miedo al vacío, el descubrimiento del abismo del futuro, toman el control para dirigir la trama.

    Con una ausencia total de banda sonora (únicamente un par de canciones que suenan en alguna radio cercana), la atención se centra en los personajes, en cómo se relacionan, y en cómo se enfrentan, sin aspavientos, sin estridencias. A pesar de su ritmo pausado, el modo en el que guión y dirección narran la historia, el modo en el que los personajes (el reparto está magnífico), huyendo de clichés, con un tono crudo e intimista, consiguen que sea muy fácil mantener el interés durante todo el metraje.