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  • Skin: Camino de redención

    Skin: Camino de redención

    Basada en hechos reales, Skin nos cuenta la vida de Bryon, un joven que desde niño fue criado por unos líderes supremacistas blancos que han provocado en su corazón un profundo odio, marcado también en su piel y en su rostro, plagados de tatuajes con símbolos y lemas de extrema derecha. Cuando se enamora de Julie, madre soltera de tres niñas, decide abandonar ese círculo de odio y violencia en el que está inmerso, aunque su ‘familia’ no se lo pondrá nada fácil.

    Guy Nattiv, director de la cinta, es también el autor de un cortometraje homónimo, que trata el mismo tema aunque la historia sea distinta, y que ganó el Oscar al mejor cortometraje de ficción hace dos años. En ambas obras se habla de la problemática en torno a la subcultura racista y extremista de los cabezas rapadas, aunque el punto de vista es radicalmente opuesto.

    Estados Unidos, 2018 (118′)
    Título original: Skin.
    Escrita y dirigida: Guy Nattiv.
    Producción: Dillon D. Jordan, Oren Moverman, Jaime Ray Newman, Celine Rattray, Guy Nattiv, Trudie Styler.
    Fotografía: Arnaud Potier.
    Música: Dan Romer.
    Montaje: Lee Percy, Michael Taylor.
    Intérpretes: Jamie Bell (Bryon Widner), Danielle Macdonald (Julie Price), Daniel Henshall (Slayer), Bill Camp (Fred ‘Hammer’ Krager), Vera Farmiga (Shareen), Mike Colter (Daryle Jenkins), Louisa Krause (April), Zoe Colletti (Desiree), Kylie Rogers (Sierra), Colbi Garnett (Iggy), Mary Stuart Masterson (Agente Jackie Marks), Russell Posner (Gavin).

    El proceso por el que un neonazi se desengancha de su grupo y acaba renegando de ellos ya ha sido tratado anteriormente en otras películas. Aquí, Nattiv se centra más en el proceso por el que un adolescente, normalmente de procedencia pobre y desarraigada, llega a enrolarse en estos grupos. El deseo de sentirse parte de una causa, de tener una familia en la que sentirse queridos, y que son utilizados por sus líderes para sus planes de asesinar a las minorías a las que achacan todos los males de la sociedad. Así, cuando un joven es captado por la asociación como nuevo integrante, es cuando el protagonista (un muy convincente Jamie Bell, en uno de los mejores papeles de su carrera) empieza a ver cómo sus ideales se van desmoronando y empieza a buscar una salida a su situación.

    Nattiv se sirve del muy doloroso proceso de eliminación de los tatuajes que decoran la piel del protagonista para vincularlo al arduo proceso de separación de la banda. Aunque el guion de Skin, a pesar de sus muy buenas intenciones, peca en muchos momentos de reiterativo y, sobre todo, de no tomar todos los riesgos que debería y que habrían ayudado mucho a la película.

    Al trabajo de Bell, creíble en su proceso de cambio, habría que sumar a la siempre solvente Vera Farmiga y a una estupenda Danielle Macdonald, que ya estaba en el corto homónimo y que es la luz que alumbra el oscuro camino del protagonista.

  • Queen & Slim: Bonnie & Clyde, black and naïf

    Queen & Slim: Bonnie & Clyde, black and naïf

    En Queen & Slim, una pareja de jóvenes afroamericanos, en su primera cita, son detenidos sin motivo aparente por un policía blanco que, en el pasado, ya tuvo problemas por razones semejantes. Cuando en el forcejeo, matan accidentalmente al policía, ambos se ven obligados a emprender una huida desesperada atravesando gran parte de los Estados Unidos, buscando una escapada que saben difícil, y con las autoridades siguiéndoles los talones.

    Queen & Slim es el debut de la directora Melina Matsoukas, que bebe indudablemente de un clásico como Bonnie y Clyde, revisionándolo en formato black-power, y dotando a la historia de una poderosa estética, un aspecto visual decididamente admirable, que esconde una historia verdaderamente aburrida, que se alarga innecesariamente hasta más allá de las dos horas, en las que la trama se sustenta a base de añadir una tras otra pequeñas subtramas, mínimas historias con los personajes que se van encontrando por el camino y que tratan de ayudarles (unos más que otros) como buenamente pueden. A pesar de que los protagonistas tienen todas las papeletas para acabar mal, muy mal.

    Canadá-Estados Unidos, 2019 (132′)
    Título original: Queen & Slim.
    Dirección: Melina Matsoukas.
    Producción: Pamela Abdy, Andrew Coles, James Frey, Michelle Knudsen, Melina Matsoukas, Lena Waithe, Brad Weston.
    Guión: Lena Waithe.
    Fotografía: Tat Radcliffe.
    Montaje: Pete Beaudreau.
    Intérpretes: Daniel Kaluuya (Slim), Jodie Turner-Smith (Queen), Bokeem Woodbine (Tío Earl), Chloë Sevigny (Sra. Shepherd), Flea (Sr. Shepherd), Sturgill Simpson (Oficial de policía Reed), Indya Moore (Diosa), Benito Martínez (Sheriff Edgar), Jahi Di’Allo Winston (Junior)..

    Matsoukas ha creado una cinta irregular, en la que no todas las pequeñas historias funcionan del mismo modo y consiguen el mismo resultado. Algunas, como la del mecánico y su hijo, son poderosas y ayudan significativamente en el mensaje que pretende dar la cinta. Otras, bastantes, parecen estar metidas con calzador, más por darle un pequeño papel a intérpretes que apoyan la causa, pero donde el guion hace aguas peligrosamente.

    Los protagonistas se ven envueltos en una atmósfera de paz, soledad y tranquilidad (casi siempre), y visualmente hay un trabajo hermoso en la creación de imágenes. Pero la narración es plana, monótona. Es una lástima que la historia no termine de enganchar, aunque ello, en realidad, se debe a que tampoco aporta nada nuevo. Es una historia convencional que sorprende en pocos momentos, y aunque funciona en su aspecto de denuncia del racismo, podía haber arriesgado más en su discurso, en vez de dejarse llevar por un tono visual que, en cierto modo, suaviza lo que quiere denunciar.

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  • Manhattan sin Salida: El bloqueo de las ideas

    Manhattan sin Salida: El bloqueo de las ideas

    A cualquiera que haya visto un puñado de thrillers policiales le resultará (quizá excesivamente) fácil anticiparse a todos y cada uno de los pasos que la trama de Manhattan sin salida vaya a dar en su poco más de hora y media de duración.

    Predecible y repleta de los clichés del género que ya hemos visto cien veces, mil veces, la película, sin embargo, puede llegar a enganchar por su empaque visual, y por el realismo sucio con que su director, Brian Kirk, dota a las imágenes, con la crudeza de la violencia para con los policías, y en cómo se maneja el suspense en cuanto a imágenes, no así en cuanto a sus diálogos, que en algunos momentos llegan a sonrojar.

    Andre Davis es un ex-policía, reconvertido en investigador, que arrastra un trauma y que tiene fama de violento con los violentos, al que le encargan la investigación del asesinato de varios policías.  Estos habían llegado en mal momento a una vinería que era una tapadera de tráfico de drogas, y que estaba siendo atracada por una banda rival que pretendía robar la cocaína.

    Durante la búsqueda contra el reloj de los responsables, antes de que puedan desaparecer, se decide cerrar todos los puentes de acceso a Manhattan, aparte de bloquear las estaciones de bus, tren y metro de la isla, dejándola aislada y encerrada en sí misma. Davis descubre una conspiración, lo que le obligará a discernir entre aquellos a los que caza y los que están tratando de cazarle a él.

    Estados Unidos, 2019 (99′)
    Título original: 21 bridges.
    Dirección: Brian Kirk.
    Producción: Chadwick Boseman, Logan Coles, Mike Larocca, Gigi Pritzker, Anthony Russo, Joe Russo, Robert Simmons.
    Guión: Adam Mervis, Matthew Michael Carnahan.
    Fotografía: Paul Cameron.
    Música: Alex Belcher, Henry Jackman.
    Montaje: Tim Murrell.
    Intérpretes: Chadwick Boseman (Andre Davis), Sienna Miller (Frankie Burns), J.K. Simmons (Capitán McKenna), Stephan James (Michael), Taylor Kitsch (Ray), Keith David (Jefe Ayudante Spencer), Alexander Siddig (Adi), Louis Cancelmi (Bush), Victoria Cartagena (Yolanda), Gary Carr (Hawk), Morocco Omari (Subalcalde Mott), Chris Ghaffari (Brad Gales).

    El principal problema de Manhattan sin salida es que se toma a sí misma demasiado en serio. Quiere hablar de la corrupción policial, de que ni los buenos son tan buenos ni los malos tan malos, pero la trama parece escrita con prisas, recopilando ideas de mil sitios y encadenándolas unas detrás de otras. Todo suena a ya visto, todo resulta predecible, no hay sorpresas. Y lo que es peor, si no fuera por la violencia seca de algunas escenas, resultaría risible. Y digo de algunas porque en otras ocasiones, sí, la situación llega a resultar involuntariamente cómica.

    No ayuda el hecho de que la historia esté articulada con dos tramas que discurren paralelas: las del policía y la de los ladrones, llegándose a dar la paradoja de no saber quién es el héroe de la película, a quién estamos siguiendo. Pero, hay muchos más agujeros en un guion que hace trampas y que se contradice a sí mismo, ¿cómo si no explicar que un metro en el que se suben perseguidor y perseguido salga puntualmente, con todos los policías en las cercanías y con la isla bloqueada?

    En fin, un entretenimiento fácil, que se parece a muchas cosas como para tener personalidad propia, y que se olvida tan fácilmente como se ve.
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  • El escándalo: Las cloacas del poder

    El escándalo: Las cloacas del poder

    Aunque Jay Roach es conocido principalmente por su faceta de director de comedias (en su haber están la saga del agente británico con más sex-appeal (con el permiso de Bond), Austin Powers, y la ‘serie’ de Los padres de ella), en las ocasiones en las que se ha metido en temas más serios (basados siempre en hechos reales), como hizo con Trumbo: La lista negra de Hollywood, el resultado ha sido más que aceptable. En esta ocasión, El escándalo sirve para acercar al gran público unos hechos que removieron la conciencia del país, y sirvieron para derrumbar un imperio televisivo.

    En una época en la que el movimiento #MeToo empezaba a recibir la repercusión que merecía debido (sobre todo) al caso Harvey Weinstein, otro escándalo en los medios audiovisuales sirvió para destapar el de Roger Ailes, todopoderoso director de la Fox News, que durante años había aprovechado su posición para comportarse como un verdadero depredador sexual y llevarse a la cama a decenas de mujeres que trabajaron para él.

    Estados Unidos-Canadá, 2019 (109′)
    Título original: Bombshell.
    Dirección: Jay Roach.
    Producción: A.J. Dix, Aaron L. Gilbert, Robert Graf, Michelle Graham, Beth Kono, Charles Randolph, Margaret Riley, Jay Roach, Charliza Theron.
    Guión: Charles Randolph.
    Fotografía: Barry Ackroyd.
    Música: Theodore Shapiro.
    Montaje: Jon Poll.
    Intérpretes: Charlize Theron (Megyn Kelly), Nicole Kidman (Gretchen Carlson), Margot Robbie (Kayla Pospisil), John Lithgow (Roger Ailes), Allison Janney (Susan Estrich), Malcolm McDowell (Rupert Murdoch), Kate McKinnon (Jess Carr), Connie Britton (Beth Ailes), Liv Hewson (Lily Balin), Brigette Lundy-Paine (Julia Clarke), Mark Duplass (Doug Brunt).

    A través del relato de tres mujeres (dos reales, Megyn Kelly y Gretchen Carlson, interpretadas por Charlize Theron y Nicole Kidman, y una inventada que es un compendio de varias jóvenes que también testificaron contra Ailes, a la que da vida Margot Robbie), la película permite demostrar que era todo un sistema, un grupo de hombres los que se aprovechaban de su poder. La trama bascula pasando de una a otra, y muestra a la perfección cómo la estrategia de los poderosos funcionaba a la perfección, no solo abusando de las mujeres que se ponían en su camino, sino separándolas y aislándolas, haciendo que estas se sintieran rivales entre sí, imposibilitando así que se produjera la sororidad y se asociaran para enfrentarse a ellos y a sus métodos.

    A parte de este mensaje central sobre el que orbita la historia, también hay que destacar la trama política (quizá tratada más superficialmente), en la que la Fox fue determinante para llevar a la presidencia a un tipo como Donald Trump (que ahora incluye a dicha entre sus -muchos- enemigos).
    Roach acierta al comenzar El escándalo rompiendo la cuarta pared al hacer que la protagonista (magnífica Theron) nos muestre dónde se suceden los tejemanejes, dónde se mueve el poder, pero después parece olvidarse de este recurso y plantea una narración más convencional, perdiendo la trama en el camino la fuerza de un poderoso arranque.

    A pesar de la magnífica interpretación de Theron, que modifica su aspecto y su voz para asemejarse a la persona que interpreta hasta fundirse con ella, así como de la de John Lithgow, cuya caracterización de Ailes logra que sintamos el terror ante su sola presencia, y del interés innegable de la historia, Roach pierde la oportunidad de hacer sangre de verdad, y se quede sin mordiente a mitad del camino.

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  • Aguas oscuras: David contra Goliat, otra vez

    Aguas oscuras: David contra Goliat, otra vez

    En estos tiempos, donde la lucha medioambiental por salvar el planeta está en boca de todo el mundo, una película como Aguas oscuras puede resultar necesaria. Pero el nuevo trabajo de Todd Haynes huele a encargo desde lejos, lo cual en sí mismo no es malo, aunque parece hecha con prisas, para adecuarse al momento que vivimos, y por ello, a pesar de su buen empaque visual, de su buena puesta en escena, esas prisas y cierta desgana en su director, se notan en muchos momentos.

    Basada en hechos reales, narra la lucha (casi en solitario) de un abogado que se enfrentó contra la multinacional DuPont, un imperio de agroquímicos, cuando descubrió que había provocado enfermedades, contaminación y muerte masiva de ganado en el pueblo de Parkersburg, y que sirvió para sacar a la luz los peligros del uso del teflón tanto para el medio ambiente como para la salud humana, poniendo en riesgo en el camino su trabajo, su familia y su salud.

    Estados Unidos, 2019 (126′).
    Título original: Dark waters.
    Dirección: Todd Haynes.
    Producción: Pamela Koffler, Mark Ruffalo, Jeff Skoll, Christine Vachon.
    Guión: Matthew Michael Carnahan, Mario Correa, basado en el artículo de Nathaniel Rich.
    Fotografía: Edward Lachman.
    Música: Marcelo Zarvos.
    Montaje: Affonso Gonçalves.
    Intérpretes: Mark Ruffalo (Robert Bilott), Anne Hathaway (Sarah Bilott), Tim Robbins (Tom Terp), Bill Pullman (Harry Dietzler), Bill Camp (Wilbur Tennant), Victor Garber (Phil Donnelly), Mare Winningham (Darlene Kiger), William Jackson Harper (James Ross), Louisa Krause (Karla), Kevin Crowley (Larry Winter).

    Aguas oscuras tiene una estructura clásica, y (lo que es peor) una historia que suena a ya vista. Una historia de David contra Goliat que ha aparecido en multitud de películas antes, como Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000), Acción civil (Steven Zaillian, 1998) o, en cierto modo, Tierra prometida (Gus van Sant, 20012). Así las cosas, Haynes parece romper con su trayectoria anterior realizando un filme muy convencional, lejos de la provocación a la que nos tenía acostumbrados en su filmografía.

    La historia se desarrolla sin grandes excesos, sin fuerza, con momentos clave que uno ve venir desde lejos (aunque no conozca la historia original en la que se basa), sin dar ninguna sorpresa, y en donde se puede destacar (si acaso) la fotografía de Edward Lachman.

    El reparto está lleno de nombres conocidos y de prestigio, pero todos ellos resultan infrautilizados, siendo el caso más sangrante el de Anne Hathaway, quizás el secundario más desdibujado de la trama, reducida a mera comparsa que no aporta absolutamente nada al desarrollo de la historia, y muy poco al del personaje protagonista, un flojo Mark Ruffalo sobre el que se centra la trama y que está en pantalla casi perpetuamente.

  • Jojo Rabbit: Contra el fanatismo

    Jojo Rabbit: Contra el fanatismo

    Ha sido vista por algunos como una especie de actualización de La vida es bella (Roberto Benigni, 1997). Jojo Rabbit, la nueva película de Taika Waititi (al que conocimos gracias a la descacharrante Lo que hacemos en las sombras) es una película que llega a desconcertar en algunos momentos, pero que siempre resulta fascinante.

    Waititi ha hecho una lectura de la Alemania nazi colorista y divertida, que visualmente recuerda por momentos al cine de Wes Anderson, y en la que los nazis parecen bufones, con situaciones que provocan la carcajada a pesar de la negrura y lo afilado de su humor, pero en la que, en determinados momentos, la realidad se impone para darnos una bofetada, encogernos el corazón y el estómago, y dejarnos casi sin aire.

    Jojo es un niño tímido y solitario de diez años que pertenece a las Juventudes Hitlerianas. Antisemita convencido, más por lo que le han contado otros que por conocimiento propio, y fanático seguidor de Hitler, imagina que este es su amigo y que le da consejos de vida. Su mundo se pone patas arriba cuando descubre que su madre esconde en el ático a Elsa, una adolescente judía. Jojo duda entonces si denunciarla o no, ya que los que alojan a los perseguidos también serían duramente castigados.

    EE.UU.-República Checa-Nueva Zelanda, 2019 (108′)
    Escrita y dirigida: Taika Waititi, basado en la novela de Christine Leunens.
    Producción: Carthew Neal, Taika Waititi, Chelsea Winstanley.
    Fotografía: Mihai Malaimare, Jr.
    Música: Michael Giacchino.
    Montaje: Tom Eagles.
    Intérpretes: Roman Griffin Davis (Jojo), Thomasin McKenzie (Elsa), Scarlett Johansson (Rosie), Taika Waititi (Adolf), Sam Rockwell (Capitán Klenzendorf), Rebel Wilson (Fraulein Rahm), Alfie Allen (Finkel), Stephen Merchant (Deertz), Archie Yates (Yorki).

    Película que sorprende

    A pesar de que es un tema que se ha tratado en multitud de películas, Waititi consigue que todo nos sorprenda y no nos suene (demasiado al menos) a ya visto. La Alemania nazi, en el último año de la guerra, cuando el fin del Reich es inminente, es sin embargo un lugar donde el conflicto no se nota. O no en principio. Hay colorido, hay alegría, hay diversión. A pesar de que haya también cadáveres de prisioneros ejecutados por las calles. La novedad en Jojo Rabbit radica en que el punto de vista desde el que vemos todo es el de los niños, los de Jojo en concreto.

    Jojo Rabbit trata de indagar en qué fue lo que pudo ocurrir en las mentes de millones de personas, muchas de ellas adolescentes, para que vieran en la figura de Adolf Hitler alguien a quien idolatrar, equiparable al nivel en que hoy se adoran a las figuras de la música pop-rock. Por ello arranca, inteligentemente, con la versión alemana del I wanna hold your hand de The Beatles, sobre imágenes reales de masas de jóvenes jaleando al dictador al modo en que ocurría con la banda de Liverpool.

    Un reparto magnífico, con trabajos destacables de los jóvenes Roman Griffin Davis y Archie Yates, de Thomasin McKenzie, y de Sam Rockwell, Rebel Wilson y Scarlett Johansson (que recibe por este papel una de sus dos nominaciones al Oscar de este año), da lustre a una película que puede pasar por ser una cinta pequeña, pero que lleva detrás mucho más bagaje del que podría aparentar.

    Estilo infantil y luminoso de Jojo Rabbit

    El estilo es conscientemente infantil y luminoso (no en vano lo vemos desde la perspectiva de un niño), pero el tema de la barbarie nazi no está suavizado y vemos la crueldad por la calle, nos impacta y nos destroza en el momento más inesperado. Jojo busca identificarse, busca compañeros, y es feliz con su madre y su mejor amigo (el adorable Yorki). Hasta que su mundo imaginario en el que los judíos son monstruos demoníacos se viene abajo al conocer a esa Elsa en la que no parece ver todos los males que le atribuyen.

    Bajo esa apariencia casi naif, Waititi consigue trasladar su mensaje principal, que es imprescindible conocer al diferente para comprenderle y hasta para quererle. Algo que, en los complicados momentos actuales, resulta más necesario que nunca.

  • 1917: Una experiencia inmersiva en las salas de cine

    1917: Una experiencia inmersiva en las salas de cine

    El debut como director de cine de Sam Mendes, que en aquellos momentos era ya un muy afamado director teatral, fue la fantástica American beauty, en 1999, película que acabaría llevándose cinco Oscar, entre ellos los de mejor película y mejor dirección. Tras ella, seis películas más (alguna magnífica, otras no tanto), hasta esta obra magna que es 1917, con la que tiene probabilidades de repetir este año el mismo éxito en los premios más famosos del planeta, gracias a sus diez nominaciones.

    Mendes ha creado una película que, más allá del prodigio técnico que significa el contar una historia en un plano secuencia (evidentemente falseado, de hecho hay al menos un par de cortes más que evidentes) de dos horas, supone una experiencia inmersiva, una experiencia cinematográfica de primer nivel en la que consigue el logro de, sin cortar la toma, cambiar de escenario, modificar el ritmo de la trama, moverse entre géneros… 1917 es una auténtica joya del cine bélico en la que lo que menos importa es la guerra en sí.

    Cuando la entonces conocida como Gran Guerra se encuentra en su momento más duro, el ejército alemán se retira de la primera línea. Todo es, en realidad, una estratagema para pillar por sorpresa al ejército británico. Por ello, el Alto Mando inglés envía a dos soldados, Schofield y Blake, para avisar a la primera línea de su ejército, que desconoce la trampa porque los germanos han cortado las comunicaciones en su huida. Para ello, deben atravesar territorio enemigo, ignorando quiénes y dónde se esconden, para entregar el mensaje que evite la masacre de cientos de soldados, entre ellos el propio hermano de Blake.

    Reino Unido-Estados Unidos, 2019 (119′)
    Dirección: Sam Mendes.
    Producción: Pippa Harris, Callum McDougall, Sam Mendes, Brian Oliver, Jayne-Ann Tenggren.
    Guión: Sam Mendes, Krysty Wilson-Cairns.
    Fotografía: Roger Deakins.
    Música: Thomas Newman.
    Montaje: Lee Smith.
    Intérpretes: Dean-Charles Chapman (Cabo Blake), George MacKay (Cabo Schofield), Daniel Mays (Sargento Sanders), Colin Firth (General Erinmore), Pip Carter (Teniente Carter), Andy Apollo (Sargento Miller), Paul Tinto (Suboficial Baker), Billy Postlethwaite (Suboficial Harvey), Mark Strong (Capitán Smith), Claire Duburcq (Lauri), Benedict Cumberbatch (Coronel Mackenzie).

    Las elipsis en 1917 están creadas de modo sublime. Apenas se perciben, por el magnífico tratamiento del tiempo de Mendes (en las dos horas de la película transcurre un día completo). A pesar de que la cámara no abandona en ningún momento a los protagonistas, a los que vemos sufrir los estragos de una guerra (en el paseo por el campo de batalla podemos sentir el hedor de los cadáveres, el fango en nuestros pies, la tensión por el miedo), el tiempo pasa sin que te des cuenta, y llega la noche. Es entonces cuando vivimos una de las escenas más emotivas, si no la que más, de la cinta: la del encuentro con la joven francesa escondida con un bebé, y que ayuda a transmitir el verdadero mensaje de la cinta, el del sinsentido de la guerra, el antibelicismo, la fragilidad humana y la generosidad en los momentos de mayor necesidad.

    1917 funciona en todos sus aspectos. Sobre todo en su aspecto técnico, con un trabajo sublime de Roger Deakins en la cámara, con la magnífica banda sonora de Thomas Newman, con una puesta en escena en la que sentimos el barro, la sangre, las balas… En el apartado actoral, los dos jóvenes actores mantienen el tipo rodeados de pesos pesados del cine británico (Firth, Strong, Cumberbatch…)

    Mendes nos regala una obra fastuosa, todo un logro inmersivo en el que consigue que vivamos en nuestra propia piel las alambradas que se clavan en la mano, el olor de los muertos, las aguas heladas que nos arrastran, las ratas y que se nos encoja el estómago y el corazón en los momentos duros que toda guerra acarrea. 1917 es una obra inmensa. Todo gracias, o a pesar de, el aparato visual que supone el haberla rodado en un (falseado, sí) plano secuencia magnífico.

  • Richard Jewell: Héroe y villano

    Richard Jewell: Héroe y villano

    La carrera del (muy) veterano Clint Eastwood se ha decantado en su última etapa por retratar la vida de héroes de carne y hueso, personas reales que llevaron a cabo hechos que salvaron vidas, pero cuya actuación fue considerada controvertida por los medios o las autoridades. Así, esta Richard Jewell se viene a unir a sus recientes El francotirador, Sully y 15:17 Tren a París.

    El Richard Jewell que da título a la cinta es un guardia de seguridad que trabaja en los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996. Un día descubre una mochila abandonada en medio de un concierto y le resulta sospechosa, por lo que consigue que evacuen la zona, logrando así salvar decenas de vidas cuando se produjo la consecuente explosión. Jewell fue considerado un héroe, y todas las televisiones se rifaban sus apariciones. Pero pronto, por diversas circunstancias superfluas, pasó a ser el principal sospechoso, siendo investigado por el FBI y acosado por los mismos medios que lo ensalzaron, haciendo de su vida un infierno.

    Estados Unidos, 2019 (131′)
    Dirección: Clint Eastwood.
    Producción: Jennifer Davisson, Leonardo DiCaprio, Clint Eastwood, Jonah Hill, Jessica Meier, Kevin Misher, Tim Moore.
    Guión: Billy Ray, basado en el artículo de Marie Brenner.
    Fotografía: Yves Bélanger.
    Música: Arturo Sandoval.
    Montaje: Joel Coxn.
    Intérpretes: Paul Walter Hauser (Richard Jewell), Sam Rockwell (Watson Bryant), Olivia Wilde (Kathy Scruggs), Mike Pniewski (Brandon Walker), Jon Hamm (Tom Shaw), Ian Gomez (Dan Bennet), Nina Arianda (Nadya Light), Kathy Bates (Bobi Jewell), Charles Green (Dr. Ray Cleere).

    Eastwood huye de teorías conspiranoicas y se dedica a retratar la vida íntima del protagonista, un pobre perdedor, un tipo sencillo y honrado (al que da vida de manera sobresaliente Paul Walter Hauser) obsesionado con la ley y el orden, pero demasiado obeso como para ser aceptado en la policía, a la vez que hace un retrato feroz contra las autoridades, que quieren resolver demasiado pronto los hechos y dirigen sus pasos en la búsqueda de un cabeza de turco que cargue con el muerto, y hasta con la prensa, representada sobre todo por una periodista sin escrúpulos que tarda poco en poner en el foco al pobre Jewell.

    La película ha tenido aquí su principal polémica, al insinuar que la periodista consiguió el soplo de parte de un agente a cambio de sexo. Además demoniza al personaje (interpretado por Olivia Wilde) al que no deja precisamente en buen lugar. Lo cierto es que, vista la película, esta situación no es tal como la planteaban. Ignora la historia, además, que la periodista y el agente en realidad mantenían ya una relación previa, y que incluso llegaron a vivir juntos. Richard Jewell tiene un ritmo implacable, a la par que un estilo sobrio y clásico, que hace que la película sea una buena obra de cine, si bien está lejos de los mejores filmes de Eastwood.

  • Mujercitas: Gerwig y el clásico feminista

    Mujercitas: Gerwig y el clásico feminista

    Con tan solo dos películas, la muy interesante Ladybird, y esta Mujercitas, nueva versión del clásico de la literatura del que se acaban de cumplir 150 años, Greta Gerwig se consolida como una de las realizadoras con más potencial (entre ellas y ellos) y cuya carrera conviene seguir muy de cerca. Para esta su nueva película, la directora y guionista vuelve a contar con Saoirse Ronan y Thimotée Chalamet como protagonistas (como parte de un elenco que incluye muchos nombres conocidos, pero donde los que destacan no son precisamente los más populares).

    La historia narrada en Mujercitas es de sobras conocida (no en vano se han hecho ya otras cinco versiones cinematográficas sobre las obras semiautobiográficas de Louise May Alcott): Jo, Meg, Amy y Beth son cuatro hermanas adolescentes que tratan de salir adelante al cuidado de su madre, mientras el padre de familia y todo el país se hallan sumidos en plena guerra civil. A la vez que intentan explotar sus inquietudes artísticas, descubrirán el amor y las relaciones familiares y románticas.

    Gerwig, a pesar de que este era un proyecto basado en un encargo, se ha apoyado en la profunda pasión que siente por la autora y por la obra, para hacer una película con una fuerza arrolladora y que, en el fondo, guarda parecido con su primera película, al centrarse ambas en el crecimiento de una adolescente que tiene una ambición que no cabe en el entorno en el que les ha tocado vivir.

    La Mujercitas de Gerwig es una cinta que va de menos a más, y su fuerza reside (entre otros puntos) en la estructura que la directora le ha otorgado. Acierta al mezclar las dos líneas temporales que ya tenía la historia, comenzando por el final (o casi) para estar constantemente yendo hacia el pasado y hacia el presente, mostrando diversos paralelismos y enriqueciendo así una trama en la que el tema principal es el paso del tiempo. Ambas, además, rodadas con distinta iluminación y tonalidad cromática, pasando de los cálidos y anaranjados del pasado, cuando todo era felicidad, y los fríos, lúgubres y azulados de un presente más sombrío. Ello sin contar con que explota y desarrolla mucho más el profundo enfoque feminista de la obra de Alcott.

    Mucho más moderna que cualquier otra adaptación hasta la fecha, Gerwig también homenajea a Alcott de un modo que hasta ahora no se había hecho. La cinta utiliza un toque ciertamente metalingüístico, en el que dudamos (por el modo consciente en el que la directora-guionista nos cuenta la historia) de si estamos ante la historia que cuenta Alcott o la que cuenta Jo en el libro que escribe. Una ficción dentro de otra ficción en la que se cuentan unos hechos reales, que nunca terminamos de identificar del todo.

    En el apartado interpretativo, sobre todos los protagonistas de renombre, destaca el trabajo de una inmensa Florence Pugh, que da vida a Amy, el personaje más denostado de las versiones anteriores, y que tiene las frases más demoledoras de toda la película, comiéndose a todos sus compañeros en cada escena en la que aparece. Por contra, tanto Emma Watson como Timothée Chalamet están desaprovechados y por debajo de lo acostumbrado. La banda sonora, aunque sea de un clásico como Alexandre Desplat, satura por su presencia (casi) perpetua.

    Greta Gerwig ha creado con Mujercitas una película poliédrica, con una intensidad que va en aumento a medida que el metraje avanza, con alguna que otra escena en exceso melodramática, con un profundo mensaje feminista y una fuerza arrolladora gracias a su estructura, a su escritura, a su autoreferencialidad, y unas interpretaciones (Florence Pugh, recuerden este nombre) en general magníficas.

    Estados Unidos, 2019 (134′)
    Escrita y dirigida: Greta Gerwig, basado en la novela de Louisa May Alcott.
    Producción: Denise di Novi, Amy Pascal, Robin Swicord.
    Fotografía: Yorick Le Saux.
    Música: Alexandre Desplat.
    Montaje: Nick Houy.
    Intérpretes: Saoirse Ronan (Jo March), Emma Watson (Meg March), Florence Pugh (Amy March), Eliza Scanlen (Beth March), Laura Dern (Marmee March), Thimotée Chalamet (Theodore ‘Laurie’ Laurence), Tracy Letts (Sr. Dashwood), Bob Odenkirk (Padre March), James Norton (John Brooke), Louis Garrel (Friedrich Bhaer), Jayne Houdyshell (Hannah), Chris Cooper (Sr. Laurence), Meryl Streep (Tía March).

  • Star Wars El ascenso de Skywalker: Un mal cierre para una saga

    Star Wars El ascenso de Skywalker: Un mal cierre para una saga

    Aunque, en un principio, se habló de una cuarta trilogía, finalmente la saga termina aquí con Star Wars El ascenso de Skywalker. Lo hace después de nueve películas de la trama principal (aparte de alguna que otra serie y otras dos cintas que ampliaban la historia, creadas sobre todo desde que la todopoderosa Disney se hizo con los derechos de la saga y decidió sacarle el mayor partido posible).

    Y visto los resultados de esta entrega final, agradecemos que se termine. El ascenso de Skywalker es un batiburrillo aturullado de referencias en las que las cosas pasan por que sí, sin que importe mucho si tiene lógica o no, y que se preocupa más por la pirotecnia visual (es verdad, magnífica) y por agradar a los fans con guiños a las primigenias que por dar un cierre de altura a una historia que comenzó con éxito hace más de 40 años.

    Después de la muy criticada entrega anterior, que dirigió Rian Johnson, J.J. Abrams vuelve a la saga para cerrar contentando a los fans. Para ello, retoma la historia un año después de los hechos narrados en Los últimos Jedi, cuando lo poco que queda de la Resistencia se prepara para dar el golpe definitivo a la Primera Orden. Mientras Rey entrena para convertirse en Jedi, y Kylo Ren va camino de convertirse en el sucesor de Palpatine, que ha creado en secreto la Orden Final, para acabar con los seguidores de la Generala Leia y con todos los Jedi de una vez por toda, y que los Sith gobiernen en la galaxia.

    Estados Unidos, 2019 (141′)
    Dirección: J.J. Abrams.
    Producción: J.J. Abrams, Kathleen Kennedy, Michelle Rejwan.
    Guión: Chris Terrio, J.J. Abrams, basado en los personajes creados por George Lucas.
    Fotografía: Dan Mindel.
    Música: John Williams.
    Montaje: Maryann Brandon, Stefan Grube.
    Intérpretes: Daisy Ridley (Rey), Adam Driver (Kylo Ren), Mark Hamill (Luke Skywalker), Carrie Fisher (Leia Organa), John Boyega (Finn), Oscar Isaac (Poe Dameron), Anyhony Daniels (C-3PO), Naomi Ackie (Jannah), Domhnall Gleeson (General Hux), Richard E. Grant (General Pryde), Lupita Nyong’o (Maz Kanata), Keri Russell (Zorii Bliss), Joonas Suotamo (Chewbacca), Kelly Marie Tran (Rose Tico), Ian McDiarmid (Emperador Palpatine), Billy Dee Williams (Lando Calrissian).

    Abrams comete muchos errores. Aunque el principal es querer cerrar absolutamente todas las tramas. Y comenzar a contar mil cosas, claro. Quiere abarcar tanto que todo resulta enrevesado y superficial. Además, para que no haya que pensar mucho, todo resulta muy evidente, y muchas de las situaciones carecen de sentido, ocurren porque sí, porque deben ocurrir, sin pies ni cabeza.

    Star Wars El ascenso de Skywalker es además un claro homenaje a los seguidores más antiguos de la saga, con la aparición de (casi) todos los personajes de la trilogía original. Aunque es precisamente originalidad lo que no le sobra a la El ascenso de Skywalker, ya que los embrollos principales terminan resolviéndose del mismo modo. ¿Recordáis aquel famoso “Yo soy tu padre”?. Pues básicamente más de lo mismo, ya que en esta última trilogía el conflicto que más interesaba a la protagonista era precisamente conocer sus orígenes.

    La película avanza atropellándose a sí misma, sin saber hacia dónde se dirige, subrayando exageradamente y hasta el ridículo todo “descubrimiento” (ese “Yo soy el espía” que desvela alguien es uno de los ejemplos más claros), con batallas que visualmente son tan espectaculares como confusas, y enfrentamientos psíquicos (los de Kylo y Rey) que de tanto repetirse llegan a aburrir y exasperar. La película funciona por acumulación, hasta llegar a un final apoteósico (no es un piropo) que recuerda al de otra gran saga, el de Vengadores: EndGame.

    Es una lástima que el tono feminista de convertir en la salvadora del universo a una mujer quede eclipsado por una narración que se excede en temas y los zanja de modo simplista, que no sabe cómo enganchar y embarulla todo, con mil personajes y con mil sinsentidos, que hace que todo quede lejos de ser ese broche de oro que se pretendía con Star Wars El ascenso de Skywalker.