Categoría: El evangelio del domingo

  • Opresión o autodeterminación

    (Juan 14, 15-21) NI si quiera en política los problemas pueden plantearse de forma maniquea, como si la realidad fuera blanca o negra; cuando, en verdad, se conforma con el sinfín de tonos que nos muestra el arco iris. Ni siquiera en política; mucho menos en la vida más compleja y rica en matices que es la vida personal.

    «O aceptas las normas, o vives en libertad», así podríamos expresar una disyuntiva falsa que se plantea en la inmadurez de la adolescencia, pero que sigue acompañando nuestra inmadurez toda nuestra vida. Y, de forma inmadura, interpretamos nuestra vida basculando entre lo que nos imponen las circunstancias o las personas con las que vivimos, y lo que hacemos imponiendo nosotros nuestra voluntad. La vida, entonces, se nos muestra como una guerra, en la que normalmente perdemos. Acto seguido buscamos compensaciones egoístas e individualistas, que, las más de las veces, no nos construyen, ni nos hacen bien, ni a nosotros ni a nuestras familias.

    La vida no es imponer o que me impongan. La vida es sembrarse con amor dónde y con quién Dios te llama, para ir dando fruto, o como poco, para ir oxigenando el aire. La vida es acoger el soplo del Espíritu que te lleva a entregarte por los que amas, por los que te necesitan. Como en el amor, vivir es decidir ponerte en manos de otro, sabiendo que la única manera de ser tú mismo; entregarte al otro como único camino de recuperarte.

    Envíanos, Señor, tu Espíritu, que nos defienda de nosotros mismos; de nuestra inmadurez, de nuestras cobardías. Haznos fuertes para afrontar nuestra vida plenamente, sin necesitar compensaciones que nos entristecen. Haznos sabios en la ciencia de nuestra propia vida.

  • Al estilo de Jesús

    (Juan 10, 1-10) SORPRENDE LA SOLEDAD en la que Jesús murió en la cruz y la rapidez con la que la iglesia naciente se va consolidando en Jerusalén y en toda Judea, y cómo se extiende por los caminos de oriente y las ciudades portuarias de occidente. Los mismos que habían condenado a Jesucristo sienten su corazón traspasado por las palabras de Pedro que los recriminaba en la verdad y los invitaba a vivir el perdón con amor. Una fuerza nueva está actuando en la vida y corazón de los discípulos y en los que los escuchan. Es el Espíritu.

    Un Espíritu que los hace vivir con la valentía y la sinceridad del Nazareno; un Espíritu que les permite evangelizar con la humildad y la capacidad de sufrimiento que Jesús había mostrado. Es el Espíritu del propio Jesús el que los impulsa.

    Jesucristo, su estilo de ser, de vivir y de creer, es la puerta por la que entramos en la comunidad cristiana, y es la puerta por la que hemos de salir a anunciar su Evangelio al mundo. En las lecturas del próximo domingo, Pedro dice unas palabras que nos pueden llenar de ánimo: «Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios. Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas». Hasta en el sufrimiento el estilo de Jesús ha de ser el nuestro: su pobreza, su valentía, su buen humor, su sinceridad, su capacidad de silencio ante el Padre, su oración, su libertad ante los poderes mundanos, su disponibilidad ante la misión que se le encomienda…

    Ya tenemos que comenzar a pedir al Padre que nos envíe el Espíritu de su Hijo para poder entrar y participar en su vida y salir para compartirla con nuestros hermanos.

  • Co-versación

    (Lucas 24, 13-35) LAS APARICIONES del Resucitado siempre serán un misterio. Los que van a ser testigos de la fe se ven sorprendidos por una experiencia que los sobrepasa y deja en su espíritu una certidumbre de la que ya nada los podrá hacer dudar.

    El resucitado siempre «aprovecha» una pequeña rendija de esperanza en el alma de aquellos que se veían ahogados en el dolor profundo. Aunque estaban desesperados, van corriendo ante la extraña noticia del sepulcro vacío; aunque tenían miedo, permanecían todos juntos en comunidad; aunque huían de Jerusalén no pueden dejar de conversar y discutir buscando un sentido  a lo que era el más grande de los absurdos.

    Dos discípulos iban de Jerusalén a Emaús. Parece que huyendo de la peligrosa situación que se había creado para los seguidores del Nazareno después de su muerte cruenta. Caminan, conversan y discuten de todo aquello: de si podían haber sido de otro modo las cosas, de si ellos podían haber actuado de otra manera; de por qué Jesús no había actuado de otra forma… El convidado oculto a toda conversación sincera es la verdad. Una verdad que muchas veces trasciende lo que dicen los que dialogan, pero que hace posible sus razones, que justifica sus sentimientos.

    Ensimismados en nuestros pensamientos no es raro que nos torturemos siempre con la misma idea. El diálogo, incluso la discusión -si no es exclusivamente autodefensiva- nos abre a la verdad. El texto de los discípulos de Emaús, que escucharemos el próximo domingo nos invita a conversar de las cosas importantes de nuestra vida con las personas con las que convivimos. Convivir, conversar… paradójicamente lo único que hacemos en estricta decisión personal es amar.

  • Crédito

    (Juan 20, 19-31) NI TÚ NI YO hemos visto a Cristo Resucitado como lo vieron los apóstoles; incluso Tomás, que fue bastante reticente a creer que el crucificado había resucitado, consiguió verlo. No lo hemos visto pero lo hemos experimentado de muchas maneras.

    Una de ellas es la valentía, la paz y la generosidad de muchos creyentes. Es verdad que no todos los que decimos creer en Jesucristo podemos acreditar siempre con nuestra vida la fe que profesamos. Pero muchas, muchas, personas de fe sencilla y de fe formada son testigos de una nueva forma de vida. Donde hay un cristiano verdadero -ya sea en el instituto, en la fábrica, en el barrio o en la parroquia-, hay dinamismo nuevo de vida.

    Las relaciones de la comunidad cristiana también invitan, muchas veces, a confiar en que el mensaje y la vida de Cristo están ratificados con el sello de la Vida, con mayúsculas.

    Nuestras parroquias y comunidades tienen todos los defectos del mundo, eso es evidente. Pero se sostienen gracias al perdón, la gratuidad, la comprensión, y la generosidad de quienes la componen. Y esto es signo de Quién las está sustentando.

    No nos faltan, tampoco, motivos personales para creer. En medio de nuestras cruces y sufrimientos, al rezar a Cristo, ha brotado una luz y una fuerza distinta, que nos ha permitido vivir con paz en medio de las dificultades, con fortaleza aun sintiendo la debilidad, y lo que es más difícil, con perdón en medio de los agravios.

    Todo esto podrá tener otra explicación. Pero nosotros damos crédito a quienes entregaron toda su vida por anunciar lo que habían visto y oído. Ellos dieron crédito a la Vida que desde la fe experimentaron; y el crédito que dieron fue entregar toda su vida.

  • De los Ramos al Gólgota

    Pasión según san Mateo

    EN LA VISIÓN de la vida de Jesús, esquematizada por la liturgia, se ha resumido la estancia de Jesús en Jerusalén a unos pocos días. No fue realmente así. No sabemos exactamente el tiempo que transcurrió de la entrada de Jesús en Jerusalén, aclamado por el pueblo, hasta su muerte en el monte Calvario. Pero en ese tiempo pasó de contar con el beneplácito de gran parte de la ciudad, a sufrir la indiferencia de la inmensa mayoría ante su muerte cruel e injusta. Jesús no respondió a las expectativas de muchos.

    Su negativa a encabezar una revuelta armada, su denuncia de la avaricia de los ricos, su propuesta de una fe verdadera y no sólo de ritos vacíos que buscan conseguir favores de la divinidad, su perdón a la adúltera en contra de «todas las personas de bien», su falta de condescendencia con la hipocresía y los intereses creados, fueron haciendo desertar a la mayoría de simpatizar con el Nazareno. Al final no quedaron ni los doce al completo. Y sólo Juan, su Madre y algunas mujeres se mantuvieron a su lado en el camino de la cruz, además de José de Arimatea y Nicodemo que se atrevieron a mostrarse cercano a él después de su muerte.

    ¡Qué frágiles son las voluntades que no se asientan en la fe verdadera cuando se aproximan las dificultades! Y, como sabemos, con mucho menos que lo del Nazareno, pocos se quedan al lado del que ha perdido el favor del poder o la simpatía de la mayoría.

    Esto nos plantea una pregunta inquietante: ¿Mis valores y mi vida cristiana se asientan en la experiencia profunda de la fe, o se mueve al pairo de las conveniencias y de los «aires que soplan»?

    Busquemos la Verdad en la que asentar nuestra vida.

  • No temas al olor

    (Juan 11, 3-45) LA POBREZA Y LA MARGINACIÓN huelen mal. Uno de los rasgos de todos los barrios que sufren la marginación es la suciedad y la basura que se ve por las calles, y el olor denso y sucio que desprenden en las tardes calurosas. La corrupción, por el contrario, sólo huele mal cuando se destapa.

    Mantenemos una apariencia digna y respetable, pero en nuestro interior se revuelven los más bajos instintos: el odio y el rencor, la lascivia y la avaricia, la cobardía y la violencia. La corrupción la mantenemos tapada y lejos de las miradas de los demás. Pero, si crece sin medida y se adueña de nosotros, comienza también a hacer daño a los demás; un daño que es hondo y cruel en muchas ocasiones.

    El mal olor de los barrios que sufren la marginación es causa de la falta de esperanza de los jóvenes, de la desestructuración de las familias, de que el paro y la falta de cultura se han hecho crónicas, de la falta de cariño de la personas por su propio barrio. El mal olor de la corrupción es el egoísmo enquistado de quien considera a todos como instrumentos a su servicio; un egoísmo que es capaz de asesinar los sentimientos de bondad, la amistad, el amor y hasta la propia fe.

    No podemos dejar que la corrupción se adueñe de nosotros y envenene todo lo que tocamos. No podemos dejar que nuestra corrupción nos haga insensibles e indiferentes ante la situación de pobreza y marginación de nuestro pueblo.

    ¡Abre, Señor, nuestros sepulcros y que entre el aire fresco de tu amor en nuestra vida! Sana nuestras corrupciones; da nueva vida a nuestra existencia. Sólo muriendo contigo podremos tener tu vida plena. Como a Lázaro, llámanos a vivir junto a ti.

  • Responder con la vida

    (Juan 9, 1-38) PARA SER misionero no hace falta ni tener muchas capacidades ni ser muy inteligente. Para ser misionero sólo hay que ser discípulo. Cuando piensas que lo más importante es que tú vas a ayudar a las personas, que tú las vas a salvar de esto o lo otro, no vas camino de la misión, te has detenido al borde de un lago mirando narcisistamente el reflejo de tu propia imagen.

    Créeme. Lo importante para ser misionero es saberte enviado, saber que tienes un encargo, que el Señor cuenta contigo para realizar su nueva creación. Así ni tu cansancio, ni tu falta de capacidad, ni los fracasos serán insalvables. Hay Alguien que te asegura en cualquier momento de zozobra y preocupación.

    Saberse enviado es trabajar descansado. No tienes que preocuparte del éxito o del fracaso de lo emprendido, sólo de intentar ser fiel; no tienes que procurar la aceptación de unos y otros, siempre voluble e incompleta, cuentas con la seguridad de un abrazo infinito; no tienes miedo a la factura que pasan los años o la enfermedad, tu capacidad de amar, también, en el sufrimiento multiplica la fuerza evangélica de tu vida.

    No todos tenemos la misma misión. Hay quien es enviado lejos de su casa, y quien tiene la misión entre los suyos; hay quien es enviado a ser signo en la comunidad cristiana del amor del Padre, y quien lo es a mostrar la justicia de Dios en favor de los pobres. Cada discípulo es mirado, acogido y enviado de un modo distinto y especial.

    Pero hay algunas cosas que compartimos los discípulos misioneros: conscientes a cada paso de nuestras pobrezas; obedientes al mandato recibido; postrados, cada mañana y cada tarde, ante el misterio de luz que nos llamó.

  • Hay preguntas y preguntas

    (Juan 4, 5-42) Hay muchas Ya sé que no te he contestado; la pregunta que me has hecho no deja de ser una mera curiosidad de adolescente que pasa de una cuestión a otra sin darse tiempo a acoger ninguna respuesta. Cuando preguntes por cuestiones importantes, tanto de la vida como de la fe, has de plantearte para ti mismo pregunta y respuestas; si no, no deja de ser el mero entretenimiento de incordiar un poco.

    En el Evangelio, Jesús, muchas veces más que responder preguntas, las suscita; hace profundizar a la persona con la que dialoga sobre su propia vida, sobre sus interrogantes y sus dificultades. Sólo en ese momento está en disposición de escuchar la verdad que necesita.

    Tú, ¿qué verdad necesitas en esta etapa de tu vida? Si lo tienes todo, no sigas preguntando. Si descubres en ti un ansia de amor que no sabes expresar; un amor que no sabes acoger de quienes te lo dan, que es como fuego que no se apaga en tu interior… Ese es un buen comienzo.

    No intentes ir a la fe desde preguntas pseudo-científicas, o desde críticas a la institución de la Iglesia, que yo no te voy a defender -para qué defenderme en un juicio en el que ya estoy condenado…–. Jesucristo es respuesta para tu vida, para esa dimensión profunda de ti que muchas veces acallas con ruidos y entretenimientos, pero que siempre emerge con tozuda persistencia. La pregunta humilde y sincera se convierte en fuente de agua que salta hasta la vida eterna.

    ¿Que no me entiendes? No te preocupes, la vida te irá planteando interrogantes verdaderos que podrás plantear al propio Jesús, como le ocurrió la samaritana en el brocal del pozo de Jacob.

  • Esperanzarse

    (Mateo 17, 1-9) SIN ESPERANZA no se avanza, por muy buenas intenciones que se tengan. Cuando patinas constantemente en algunas cosas en tu vida, tal vez te falte la esperanza de conseguir lo que te propones; y sin esa convicción íntima de que el esfuerzo merece la pena, de que conseguiremos lo anhelado, todo se vuelve problema, todo es motivo de desmotivación y parálisis.

    La esperanza es la virtud del que camina, decía San Agustín; y sin esperanza de llegar al destino deseado es fácil quedarse entretenido en cualquier albergue del camino, aunque sea zafio y sucio.

    Vivir con esperanza no está al alcance de nuestra voluntad; no podemos inventarnos, voluntaristamente, lo que puede motivar nuestra voluntad para seguir luchando, para seguir trabajando, buscando. Pero lo que sí hacemos muchas veces es dejar que se escurra por entre los dedos el deseo de alcanzar nuestros sueños, de responder a la llamada de Dios. Y eso lo hacemos bajando la cabeza, bajando la mirada y perdiendo de vista el horizonte luminoso que nos impulsó a iniciar la marcha. Las dificultades, los problemas, las incomprensiones suelen hacernos bajar los ojos, llenarnos de pesimismo y abandonar.

    Cuando Jesucristo, al final de su vida pública, ve acercarse dificultades, incomprensiones y violencia irracional contra él y su movimiento se lleva a tres de sus discípulos, Juan, Santiago y Pedro, y les muestra claramente la luz que ha de guiar su vida en los momentos oscuros. Esa luz no es un proyecto, ni una idea, ni una utopía; esa luz es su propia persona, que ilumina con la nitidez propia de Dios.

    Si quieres esperanzarte, mira a Jesús.

  • No es lo que parece

    (Mateo 4, 1-11) NO TODO ES lo que parece, te lo he dicho más de una vez, hijo. Hay situaciones, entre las que tenemos que elegir, que pueden ser engañosas. Queremos elegir la transgresión del orden establecido, una libertad que está por encima de las normas, el fruto prohibido por anacronismos sociales; y nos encontramos consecuencias indeseadas que lastran nuestra vida y nuestras relaciones.

    Tú no querías la situación que se ha creado, pero has puesto todo de tu parte para que se dé. Y ahora sólo cabe asumirla y seguir caminando. Ya de nada sirve añorar la esperanza y la armonía que vivías antes de aquel insulto, de aquel portazo, de tantos meses perdidos sin aprovecharlos, eso se perdió. Ahora tienes que afrontar tu vida de una forma distinta.

    No te voy a hablar de tus pecados, sino de los míos; los tuyos tienes tú que reconocerlos. Mi pecado ha sido, muchas veces, el conformismo. Que unas veces se revestía con desinterés de lo importante, como si aquello no fuera conmigo, como si las cosas pudieran arreglarse solas; otras me disfrazaba de rebelde sin causa, opuesto a todo, sin interés por avanzar. Pero lo que estaba tras todo eso era, simplemente, conformismo y miedo al esfuerzo.

    Otras veces me paralizó la preocupación por mi propia imagen. Las opiniones de mis amigotes pesaban tanto sobre mis decisiones que era incapaz de vivir al margen de sus comentarios hirientes sobre todo lo que traspasara sus cortas miras. Me he dejado paralizar por qué iban a decir de mí, mis padres, mis amigos, mis compañeros… Vivía mirando de reojo lo que otros iban a pensar de mí.

    Así que no te apures. Levántate y afronta tu vida con energía y lucidez nuevas; yo te entiendo y estoy contigo.