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  • Entrevista a Antonio M. Martínez

    Antonio Manuel Martínez Ortiz

    Presidente de la A.VV. J.R. Jiménez y Tapones del Sur

    {xtypo_quote_left}Me da mucha satisfacción cuando puedes ayudar a la gente con tu trabajo{/xtypo_quote_left}

    El viernes, día 14, a las 17:00 horas, el teatro acoge el espectáculo ‘El mundo mágico de los tapones’ con el cartel de no hay localidades. Una iniciativa de la asociación Tapones Solidarios del Sur al frente de la cual se encuentra Antonio Manuel Martínez Ortiz. A sus 39 años, combina esta labor con la de presidente de la A.VV. Juan Ramón Jiménez, el más joven del movimiento vecinal.

    ¿Qué le llevó a ponerse al frente de una asociación vecinal siendo tan joven?
    Siempre he estado muy vinculado a la asociación de vecinos, ya que me he criado y vivo actualmente en la barriada de Las Torres.  Yo trabajaba en el bar de la asociación y ayudaba a su antiguo presidente a organizar las fiestas. Fue precisamente él, Antonio Delgado, quien vino en mi búsqueda para que me hiciera cargo.

    ¿Cómo se lleva el ser el presidente más joven de una asociación vecinal?
    Yo lo llevo bien y he hecho amistades con muchos presidentes de otras entidades, pero al principio me costó integrarme y que me hicieran un hueco por ese choque generacional.  Pero poco a poco se han ido viendo las cosas que hemos ido haciendo y Raúl Gil, delegado de Participación Ciudadana y Salud está muy contento con mi papel de presidente.

    ¿Cómo ha cambiado la entidad desde su llegada a finales de 2010?
    Se le ha dotado nuevamente de vida, ya que estuvo prácticamente cerrada un año, y somos la única entidad de la ciudad que no cobra a sus socios las actividades y talleres que se organizan, sólo las cuotas. Además de volverse a hacer notar el nombre de la A.VV. Juan Ramón Jiménez en los actos a los que acudimos organizados por el Ayuntamiento.

    El hecho de que esté al frente de la asociación una persona joven, ¿ha logrado involucrar a más gente joven?
    En estos momentos somos tres personas jóvenes los que estamos al frente de la asociación, junto con el vicepresidente y la secretaria. Gente que hemos vivido las fiestas del barrio y que veíamos que se estaban apagando. Además se ha movilizado a muchos niños y niñas de la zona a través de Sonríe, el grupo de animación de la asociación.

    ¿En qué proyecto a corto o medio plazo trabaja como presidente de la asociación?
    Estamos trabajando mucho para poder tener una Bolsa de Acogida en la asociación y el convenio de limpieza con el Ayuntamiento, con lo que poder ayudar a la gente que más lo necesita con alimentos y trabajo.

    Si no tuviera poco con esto, también eres presidente de la asociación Tapones Solidarios del Sur. ¿Cómo surgió esto?
    Cuando se rompió la anterior junta directiva, me pidieron ayuda para reflotarla en el mes de agosto, porque yo colaboraba con ellos como lo hago con otras asociaciones.  A día de hoy ya somos 141 asociados al corriente, muchos voluntarios y hemos repartido contenedores para la recogida de tapones por todas las asociaciones vecinales y clubes sociales, además de por comercios de la ciudad. Cumpliendo con nuestro objetivo inicial de llenar un camión al mes.

    ¿En qué proyecto solidario trabaja la asociación en este momento?
    Queremos ayudar a una niña de 8 meses de Dos Hermanas que necesita un fisioterapeuta especial. Nuestra intención es abonarle un año de terapia, para lo que también estamos organizando un festival solidario que tendrá lugar en el teatro municipal el próximo mes de febrero. Además estamos en contacto con el programa de televisión Entre Todos, de TVE, para recaudar fondos. Asímismo, para la recogida de tapones queremos conseguir una furgoneta para facilitarnos el transporte.

    Una labor en la que será muy importante la colaboración o implicación de la gente.
    Sí y por eso quiero aprovechar para agradecer a todas las personas que colaboran con nosotros, en especial a Carmen Gómez Busto, presidenta del Club David Rivas, Marta Caro, de la Delegación de Cultura, Raúl Gil, delegado de Participación Ciudadana y Salud, y su técnico, Fran Sosa.

    ¿Cómo es el día a día de una persona con esta implicación social?
    Muy esclavizado,  pero me gusta y me da muchas satisfacciones, sobre todo cuando puedes ayudar a la gente y en mi barriada hay muchas necesidades.

     

  • La alegría

    Una familia sin alegría, me atrevo a asegurar que no es familia. ¿Cómo es la alegría en tu casa? Ustedes saben bien; la verdadera alegría que se disfruta en familia, no es algo superficial, no viene de las cosas, de las circunstancias favorables. La verdadera alegría viene de la armonía profunda entre las personas, que todos experimentamos en nuestro corazón y que nos hace sentir la belleza de estar juntos, de sostenerse mutuamente en el camino de la vida.

    Y la base de este sentimiento de alegría profunda está en la presencia de Dios en la familia, está su amor acogedor, misericordioso, respetuoso hacia todos. Y, sobre todo, un amor paciente. Sólo Dios sabe crear la armonía de las diferencias. Si falta el amor de Dios, también la familia pierde la armonía, prevalecen los individualismos, y se apaga la alegría. Por el contrario, la familia que vive la alegría de la fe, la comunica espontáneamente, es sal de la tierra y luz del mundo, es levadura para toda la sociedad.

    El Papa Francisco nos hace respirar el Evangelio, porque los Evangelios no han pasado de moda.
    San Jose María nos aconsejaba meternos en  los Evangelios como un personaje más, al leerlos y meditarlos, poder comprobar su actualidad. Los hombres de todas las épocas, de todos los países, somos parecidos.

    Jesús nos urge a vivir en paz unos con otros, a querernos, a comprenderno y a corregirnos cuando haga falta. Todos somos mejorables. Todos estamos en edad de aprender. Jóvenes y menos jóvenes.

    La alegría, el ejemplo, la amabilidad, la generosidad, y tantas y tantas virtudes, valores en decadencia actualmente, por desgracia y que harían que esa paz que buscamos, está en nuestro interior, si en él la hay, y será esa luz, esa sal, esa levadura, que trasformarán nuestro alrededor, y a través de él a toda la sociedad.

     

  • El aire que exigimos

    (Lucas 15,11-31) Como el pan de cada día, como el aire que exigimos trece veces por minuto, como la luz del Sol, son tan necesarios el amor y el perdón para nuestra vida.

    Falsamente creemos, algunas veces, que nuestra libertad es la que nos permite amar verdaderamente a los demás; y que, por tanto, la libertad es la que hace posible el amor. Pero es el amor, que nos tienen y nos han tenido, el que hizo y hace posible nuestra libertad. Somos en el amor y los cuidados que nos prodigaron, somos por la acogida y el perdón que incondicionalmente nos han regalado. El amor es condición indispensable para que podamos elegir en libertad.

    Todos necesitamos comenzar desde el principio más de una vez. Que se olviden nuestros errores; que quien nos quiere mire a otro lado o nos devuelva nuestra “metedura de pata” con una sonrisa cómplice y burlona, que nos haga ver que somos más que nuestras equivocaciones. Pero lo que ocurre en nuestra vida es quizás un poco más: aceptar nuestra  debilidad, reconocer nuestros errores, dejarnos vencer en nuestra vulnerabilidad por el amor de quien nos ama nos hace humanos. Con Dios es igual. Fue su Hijo quien nos lo hizo ver.

    No es su poder imperativo el que nos transforma; ni su sabiduría abismal lo que nos conmueve; son su perdón y su misericordia las que consiguen tocar las cuerdas más profundas de nuestro ser. Inmenso poder de Quien perdona; inmensa sabiduría de Quien acaricia nuestra libertad con manos que desbordan lo que solemos llamar amor.

     

  • Luz y Oscuridad

    Somos tiniebla y luz, somos sombras y claridad, somos ríos de agua fresca que en algunos recodos se remansa acumulando hojas muertas y suciedad que emerge. Somos frágiles personas excelsas y contradictorias. El sufrimiento y la entrega nos asustan; la vulnerabilidad de nuestra piel y nuestro corazón nos harían cerrarnos en nosotros mismos, si no fuera porque nuestra necesidad del otro es más grande que nuestro miedo. Somos débiles personas.

    Más el Padre quiso que pudiéramos reconocer en nuestra propia fragilidad y nuestra vulnerabilidad, en nuestra naturaleza necesitada y contradictoria la huella luminosa de su mano. Por eso nos envió a su Hijo, llama que ilumina a cada hombre que viene a este mundo desde la humildad de una carne humana, de una historia, que podría haber sido como otra de tantas.

    Pero Jesús hizo de su vulnerabilidad su fuerza; hizo de su fragilidad camino de entrega. Subió al monte Tabor y allí asumió consciente y voluntariamente su pasión. Contemplando la vida de Elías y de Moisés, en diálogo profundo con el Padre, decidió que tenía que entregarse por todos para en todos poder mostrar la fuerza del amor del Padre.
    “Dos hombres hablaban con él, eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban con él de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén”.

    ¿Qué experiencia profunda del Padre vivió Jesucristo en este monte?, ¿cómo se vivió a sí mismo desde ese momento?, ¿qué claridad profunda desveló desde entonces para los discípulos?

     

  • Visión de la discapacidad en los colegios

    1101La Asociación de Enfermedades Neuromusculares de Sevilla ASENSE ha venido desarrollando durante el pasado mes de diciembre una serie de talleres de sensibilización sobre la discapacidad en centros de educación primaria.

    Bajo el título de Somos diferentes, somos iguales, los talleres han constado de tres partes: la visualización de un video o narración de un cuento, una charla-coloquio y un circuito exterior realizado con sillas de ruedas y gafas de simulación de distintos tipos de visión.

    Los colegios en los que se han realizado estos talleres han sido: Valme Coronada , con la participación de 322 personas, entre alumnado de 2º y 3º ciclo de Primaria, docentes y miembros del AMPA; y Federico García Lorca, con un total de 135 personas participantes, alumnado de 2º ciclo de Primaria, docentes y madres voluntarias.

  • Simplicidad

    (Marcos 12,28-34) A VECES queremos mirar al otro sin que Dios esté presente, sin tener en cuenta el abismo de amor que nos constituye. Así nos engañamos y buscamos impunidad al manipularlo, al explotarlo, al destruirlo. Otras veces buscamos una relación con Dios, o con lo sagrado, sin que los otros estorben nuestras peticiones, nuestras sensaciones; lo queremos para nosotros solos, para pedirle, para sentirlo, para que nos salve.

    Pero el Dios de Jesucristo no es así. La religión cristiana–religación con la realidad en la que nos configuramos como seres con libres  y con dignidad de hijos—no es así. Jesucristo nos enseña que la fe en Dios nos enrumba hacia el hermano, sobre todo cuando sufre o está en debilidad; querer relacionarnos con el otro al margen de Dios, supone correr el serio riesgo de endiosarlo o cosificarlo, de ponerlo a nuestro servicio o buscar servilmente su aprobación. Sin mirar a los ojos al hermano no podemos dejarnos mirar por Dios. Sin levantar nuestros ojos a Dios, no podemos intentar mirar limpiamente a nuestro hermano.

    No, no somos complicados; nuestra vida es simple en sobremanera: “Amarás al Señor sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

    No son dos mandamientos, son uno y el mismo. No es del todo cierto que Dios nos mande amar y ayudar al hermano. No es del todo cierto que amar al hermano sólo lo podamos hacer desde Dios. La verdad más cierta es que Dios es amor, y que sólo en ese amor nosotros somos. Muchas veces queriendo pensar a Dios lo dejamos fuera de nuestras ideas y conceptos.

    No lo pienses, ama y déjate llevar.

     

  • ¿Es de los míos?

    decía san agustín, en frase tan citada como controvertida: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Quería decir el santo que sin Cristo, de quien la Iglesia es sacramento, no es posible vivir plenamente nuestra humanidad. Sin el perdón de Cristo, en medio de nuestras pequeñas o grandes traiciones, nunca viviremos en paz; sin injertar nuestra vida en su amor de entrega, no podremos decir que nuestro amor es verdadero; sin mirarnos a nosotros mismos con sus ojos –ojos de acogida y de llamada— no podremos saber quién somos de verdad. Cristo es nuestra única y definitiva salvación.
    El verdadero ser de la Iglesia es anunciar a Jesucristo, el Señor. Un Señor siempre más grande de lo que hasta ahora puede imaginar y pensar; un Señor que llama a un amor más profundo y hermoso del que hasta ahora ha vivido. Un Señor que siembra en el corazón de toda persona, dentro y fuera de la comunidad cristiana, la luz de su verdad y el calor de su presencia.
    Muchas veces, para ser fiel a su misión, la Iglesia ha tenido que mirar hacia fuera para aprender todo lo bueno, lo noble y lo justo que Jesucristo siembra en la humanidad. Cuando se apartó de la inviolable libertad de la persona en sus ideas y creencias, la aprendió de los irreverentes ilustrados. Cuando se olvidó del sacrosanto valor de la justicia social, la recordó de los anticlericales de izquierda. Cuando se olvidó de la importancia de leer la Biblia, otras iglesias cristianas se la mostraron.
    Los cristianos somos de Cristo –perdonad la perogrullada. Toda la santidad que Cristo siembra en la humanidad, los cristianos hemos de reconocerla como propia. ¿Quién dijo que, en algún momento, podíamos dejar de ser discípulos?

    (Marcos 9,38-48) Decía san agustín, en frase tan citada como controvertida: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Quería decir el santo que sin Cristo, de quien la Iglesia es sacramento, no es posible vivir plenamente nuestra humanidad. Sin el perdón de Cristo, en medio de nuestras pequeñas o grandes traiciones, nunca viviremos en paz; sin injertar nuestra vida en su amor de entrega, no podremos decir que nuestro amor es verdadero; sin mirarnos a nosotros mismos con sus ojos –ojos de acogida y de llamada— no podremos saber quién somos de verdad. Cristo es nuestra única y definitiva salvación.

    El verdadero ser de la Iglesia es anunciar a Jesucristo, el Señor. Un Señor siempre más grande de lo que hasta ahora puede imaginar y pensar; un Señor que llama a un amor más profundo y hermoso del que hasta ahora ha vivido. Un Señor que siembra en el corazón de toda persona, dentro y fuera de la comunidad cristiana, la luz de su verdad y el calor de su presencia.

    Muchas veces, para ser fiel a su misión, la Iglesia ha tenido que mirar hacia fuera para aprender todo lo bueno, lo noble y lo justo que Jesucristo siembra en la humanidad. Cuando se apartó de la inviolable libertad de la persona en sus ideas y creencias, la aprendió de los irreverentes ilustrados. Cuando se olvidó del sacrosanto valor de la justicia social, la recordó de los anticlericales de izquierda. Cuando se olvidó de la importancia de leer la Biblia, otras iglesias cristianas se la mostraron. Los cristianos somos de Cristo –perdonad la perogrullada. Toda la santidad que Cristo siembra en la humanidad, los cristianos hemos de reconocerla como propia. ¿Quién dijo que, en algún momento, podíamos dejar de ser discípulos?

  • El signo de la oración

    (Juan 15, 1-8) OTRO DE de los signos de la resurrección de Jesucristo en la comunidad cristiana es el signo de la oración. La experiencia de intimidad serena con Jesucristo, en la que le expresamos todo lo que somos y vivimos, y en la que él nos acoge y nos renueva, es uno de los signos más importantes para creer que Jesucristo, no sólo ha resucitado, sino que es la Fuente de la Vida Plena.

    Sin oración personal no hay vida cristiana. La oración es índice de nuestra fe. Quien no reza no tiene fe o acaba por abandonarla. Cuando una comunidad cristiana puede invitar a vivir momentos profundos de oración, ofrece un ámbito privilegiado para encontrarse con Jesucristo e iniciarse en su seguimiento. Sin embargo, nuestras parroquias no siempre son lugares de oración. No siempre hay silencio en los templos antes y después de la celebración; no hay muchos momentos de oración comunitaria, verdaderamente comunitaria; hay pocos ofrecimientos de procesos de iniciación a la oración. Los sacerdotes no siempre podemos decir que somos maestros de oración…

    Quizás la oración no se haya valorado lo suficiente porque se ha vinculado a grupos sin incidencia pastoral; con formas y maneras poco actuales, más preocupadas por el ritual que por iniciar en el misterio gratuito de bondad que es Dios; y porque los cristianos no nos vemos nunca rezar unos a otros.

    “El que permanece en mí y yo en él dará fruto abundante”, esa es también tu experiencia: cada vez que has pasado tu vida por el corazón del Padre, has salido tan renovado de esa experiencia que te has encontrado con más ganas que nunca de amar, de comprometerte con tu fe, y de renovar tu seguimiento de Cristo.

     

  • Fe apostólica

    (Marcos 1, 29-39)LA PALABRA “apostólica” tiene en la teología cristiana honda resonancia. Nuestra fe es apostólica porque procede del testimonio de los apóstoles de que Jesucristo es el Señor, y de su resurrección de entre los muertos.

     

    También, nuestra fe es apostólica porque no brota de una idea o sentimiento, sino de la experiencia de vida de quien nos la entregó. La fe no se entrega de “cabeza a cabeza”, sino de “vida  a “vida, a través del testimonio personal. Pero esta expresión tiene otro sentido igual de importante. Una experiencia de fe es apostólica cuando no se vive pietista e individualmente, sino que se comunica a los otros, para que también ellos puedan acoger la gracia de que somos hijos de Dios, y compartir el reto de vivir como hermanos. Una fe expresada en oración y reflexión, por muy importantes que estas sean, pero sin compromiso cristiano con la evangelización y con la transformación del mundo, no es apostólica. 

    No tuvimos la oportunidad de creer porque los apóstoles organizaran bellas oraciones en Jerusalén o Galilea, ni porque cada día tuvieran un rato de oración personal. Creemos porque sintieron la llamada, del propio Jesucristo, a comunicar a toda persona que en la debilidad del crucificado estaba presente la fuerza y la sabiduría de Dios; porque sintieron la llamada a acercarse a todo el que sufriera, en su cuerpo o en su espíritu, y ofrecerle un signo de la ternura del Dios de la Vida.

    Hoy, y siempre, faltan apóstoles que vivan con fuerza la llamada de Jesucristo a extender la bienaventuranza del Reino, a proclamar con su vida y con su palabra que no somos esclavos sino hijos; que no tenemos que ganarnos el cariño, sino que nos quieren por lo que somos; que en nuestra debilidad y sufrimiento somos testigos de lo que, ahora, no podemos ni imaginar.

  • Fe apostólica

    (Marcos 1, 29-39)LA PALABRA “apostólica” tiene en la teología cristiana honda resonancia. Nuestra fe es apostólica porque procede del testimonio de los apóstoles de que Jesucristo es el Señor, y de su resurrección de entre los muertos.

     

    También, nuestra fe es apostólica porque no brota de una idea o sentimiento, sino de la experiencia de vida de quien nos la entregó. La fe no se entrega de “cabeza a cabeza”, sino de “vida  a “vida, a través del testimonio personal. Pero esta expresión tiene otro sentido igual de importante. Una experiencia de fe es apostólica cuando no se vive pietista e individualmente, sino que se comunica a los otros, para que también ellos puedan acoger la gracia de que somos hijos de Dios, y compartir el reto de vivir como hermanos. Una fe expresada en oración y reflexión, por muy importantes que estas sean, pero sin compromiso cristiano con la evangelización y con la transformación del mundo, no es apostólica. 

    No tuvimos la oportunidad de creer porque los apóstoles organizaran bellas oraciones en Jerusalén o Galilea, ni porque cada día tuvieran un rato de oración personal. Creemos porque sintieron la llamada, del propio Jesucristo, a comunicar a toda persona que en la debilidad del crucificado estaba presente la fuerza y la sabiduría de Dios; porque sintieron la llamada a acercarse a todo el que sufriera, en su cuerpo o en su espíritu, y ofrecerle un signo de la ternura del Dios de la Vida.

    Hoy, y siempre, faltan apóstoles que vivan con fuerza la llamada de Jesucristo a extender la bienaventuranza del Reino, a proclamar con su vida y con su palabra que no somos esclavos sino hijos; que no tenemos que ganarnos el cariño, sino que nos quieren por lo que somos; que en nuestra debilidad y sufrimiento somos testigos de lo que, ahora, no podemos ni imaginar.