Etiqueta: ¿quién?

  • Entrevista a Francisco J. González

    Francisco José González Romero, exaltador de la Juventud de Gran Poder

    Exaltador de la Juventud de Gran Poder

    {xtypo_quote_right}Espero saber reflejar todos mis sentimientos a Jesús del Gran Poder {/xtypo_quote_right}

    Francisco José González Romero, a sus 23 años, trabaja en la empresa familiar dedicada al barnizado y lacado de la madera. Desde su nacimiento pertenece a la Hermandad de Gran Poder, con la que le unen grandes lazos familiares. Actualmente forma parte  de la Junta de Gobierno como diputado de Gobierno adjunto a Formación y Juventud.

    ¿Qué le ha supuesto su designación como Exaltador de la Juventud de Gran Poder?
    Ha sido una gran alegría para mí el ser elegido como exaltador de Jesús del Gran Poder, al mismo tiempo supone  una gran responsabilidad.

    ¿Quién lo va a presentar en esta labor y por qué?
    Me presentará mi hermano Santiago. Lo hará él porque es quién mejor me conoce y estoy muy unido a él.

    ¿Cuáles son las líneas maestras sobre las que va a discurrir su exaltación?
    Me basaré en mis experiencias en la vida de hermandad y sobre todo en torno al Señor. Estará lleno de vivencias y de espiritualidad.

    ¿Qué papel tiene la juventud en la vida cofrade, podría ser mayor su implicación?
    Tiene un papel importantísimo ya que los jóvenes son el futuro de nuestras hermandades, son ellos quienes deben ir formándose para llegar a vivirlas y dirigirlas, totalmente preparados. Tras unos años de menor número de jóvenes en este ámbito, creo que de nuevo en la actualidad han aumentado en participación e implicación.

    ¿Qué significado tiene Jesús del Gran Poder en su vida y cuál va a ser su reflejo en la exaltación?
    Es el epicentro de mi vida, muy importante en ella, pues siempre lo tengo presente. Espero saber reflejar todos mis sentimientos hacia Él en la exaltación.

    ¿Cómo le ha resultado la experiencia de elaborar este pregón?
    Me costaron los principios, pero poco a poco fui cogiendo soltura a la hora de plasmar lo que quería en el papel. Es una experiencia muy satisfactoria pues a la vez  que escribo para transmitir mis sentimientos y vivencias, ahondo en los primeros y recuerdo con nostalgia las segundas.

  • Hablando a solas

    (Mateo 18, 15-20) ¡Qué difícil es hablar a solas con alguien! Incluso con alguien a quien quieres. En nuestras conversaciones hay tantos “acompañantes indeseables” que perturban nuestra comunicación… Las historias del pasado, los comentarios de la gente, lo que creo que el otro va a sentir, lo que creo que debería yo decir por ser quien soy, lo que pienso que va a pasar cuando acabe aquella conversación… todos estos son personajes indeseables en nuestras conversaciones que malean y perturban para hablar a solas con alguien.
    Todavía es más difícil cuando buscamos hacer ver a quien queremos algún error que está cometiendo, alguna actitud personal suya que está perjudicando la convivencia, que lo está perjudicando a él. Entonces vienen otros “acompañantes indeseables” a quienes nosotros invitamos: el “pues tú también”, el “yo tengo derecho”, el “tú no sabes nada”… Y no es la otra persona sola la que aporta personajes indeseables, también nosotros.

    ¿Habremos hablado alguna vez, con quien queremos, a solas de verdad? Puede ser que no; y puede ser que nunca lo consigamos; así de limitados somos. Pero el amor no se para en dificultades, y quien ama de verdad a su hijo, a su esposo o a su esposa, a su madre o a su amigo buscará una y otra vez la forma de hablar con él sinceramente, buscando la verdad, acogiendo sus sentimientos y sus razones, expresando con dulzura y autenticidad lo que pensamos y sentimos.

    Por último una pregunta, si me permites: ¿con quién tendrías que hablar en este momento a solas y con sinceridad?; o  también, ¿de quién aceptarías que quisiera hablar a solas contigo?

  • Milagros de la fe

    (Mateo 1,18-24) Cuentan los chinos, en una de sus muchas historias, que hace mucho tiempo, un niño travieso y atrevido en vez de asistir a clase dedicó toda una tarde a hacer novillos. Entretenido con una y otra cosa vio a una anciana que estaba sacando punta a una gavilla de hierro, afilándola en una piedra grande: “¿Qué hace, señora?” –preguntó el chiquillo-. La anciana, gastándole una broma le dijo: “Ya ves, estoy afilando esta gavilla hasta que se convierta en una aguja para coser”.

     

    El niño, todo extrañado, se fue a jugar, pero aquello lo dejó cavilando: “Si esta anciana puede convertir una gavilla de hierro en una aguja, yo si me esfuerzo podré llegar a ser un hombre de letras…”. Desde aquel día no dejó de estudiar y se convirtió en el poeta más famoso de toda la historia de China: Li Bai. Tus amigos chinos conocerán este dicho:磨杵成针.

    La anciana sabía que lo que le dijo al chiquillo era imposible, y nosotros también. Y es que hay cosas que son imposibles para los hombres, pero tan necesarias para nuestra vida y nuestra felicidad que Dios las hace posible. Nuestro esfuerzo es necesario para acoger el don de Dios, pero todo lo importante en la vida es don y lo que hacemos para conseguirlo nada en comparación con lo que se nos otorga. Los creyentes sabemos que no nos salvan nuestros esfuerzos, sino la gracia y la fe que Dios suscita en nuestra vida. ¿Quién puede forzarse a amar? ¿Quién puede violentar lo profundo de su corazón? ¿Quién puede ser feliz si no ama?

    Le costó alguna noche sin dormir, pero cuando el cansancio le hizo conciliar el sueño, José descubrió porqué aquel niño no era fruto de la virilidad de ningún hombre, sino del poder del amor de Dios.

  • ¿Es de los míos?

    decía san agustín, en frase tan citada como controvertida: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Quería decir el santo que sin Cristo, de quien la Iglesia es sacramento, no es posible vivir plenamente nuestra humanidad. Sin el perdón de Cristo, en medio de nuestras pequeñas o grandes traiciones, nunca viviremos en paz; sin injertar nuestra vida en su amor de entrega, no podremos decir que nuestro amor es verdadero; sin mirarnos a nosotros mismos con sus ojos –ojos de acogida y de llamada— no podremos saber quién somos de verdad. Cristo es nuestra única y definitiva salvación.
    El verdadero ser de la Iglesia es anunciar a Jesucristo, el Señor. Un Señor siempre más grande de lo que hasta ahora puede imaginar y pensar; un Señor que llama a un amor más profundo y hermoso del que hasta ahora ha vivido. Un Señor que siembra en el corazón de toda persona, dentro y fuera de la comunidad cristiana, la luz de su verdad y el calor de su presencia.
    Muchas veces, para ser fiel a su misión, la Iglesia ha tenido que mirar hacia fuera para aprender todo lo bueno, lo noble y lo justo que Jesucristo siembra en la humanidad. Cuando se apartó de la inviolable libertad de la persona en sus ideas y creencias, la aprendió de los irreverentes ilustrados. Cuando se olvidó del sacrosanto valor de la justicia social, la recordó de los anticlericales de izquierda. Cuando se olvidó de la importancia de leer la Biblia, otras iglesias cristianas se la mostraron.
    Los cristianos somos de Cristo –perdonad la perogrullada. Toda la santidad que Cristo siembra en la humanidad, los cristianos hemos de reconocerla como propia. ¿Quién dijo que, en algún momento, podíamos dejar de ser discípulos?

    (Marcos 9,38-48) Decía san agustín, en frase tan citada como controvertida: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Quería decir el santo que sin Cristo, de quien la Iglesia es sacramento, no es posible vivir plenamente nuestra humanidad. Sin el perdón de Cristo, en medio de nuestras pequeñas o grandes traiciones, nunca viviremos en paz; sin injertar nuestra vida en su amor de entrega, no podremos decir que nuestro amor es verdadero; sin mirarnos a nosotros mismos con sus ojos –ojos de acogida y de llamada— no podremos saber quién somos de verdad. Cristo es nuestra única y definitiva salvación.

    El verdadero ser de la Iglesia es anunciar a Jesucristo, el Señor. Un Señor siempre más grande de lo que hasta ahora puede imaginar y pensar; un Señor que llama a un amor más profundo y hermoso del que hasta ahora ha vivido. Un Señor que siembra en el corazón de toda persona, dentro y fuera de la comunidad cristiana, la luz de su verdad y el calor de su presencia.

    Muchas veces, para ser fiel a su misión, la Iglesia ha tenido que mirar hacia fuera para aprender todo lo bueno, lo noble y lo justo que Jesucristo siembra en la humanidad. Cuando se apartó de la inviolable libertad de la persona en sus ideas y creencias, la aprendió de los irreverentes ilustrados. Cuando se olvidó del sacrosanto valor de la justicia social, la recordó de los anticlericales de izquierda. Cuando se olvidó de la importancia de leer la Biblia, otras iglesias cristianas se la mostraron. Los cristianos somos de Cristo –perdonad la perogrullada. Toda la santidad que Cristo siembra en la humanidad, los cristianos hemos de reconocerla como propia. ¿Quién dijo que, en algún momento, podíamos dejar de ser discípulos?

  • Abrir el futuro

    (Marcos 5, 21-43) El evangelio de este próximo domingo nos habla de dos mujeres. Una es una niña que vio truncada su vida antes de poder abrirse a la fecundidad.

    Otra, una mujer madura, que una enfermedad impedía quedar embarazada y poder, así, dar vida. Jesús toma de la mano a la niña y la levanta en medio del estupor de los que llorando la rodeaban. Rodeado por la multitud siente que una fuerza curativa ha salido de él, y que alguien ha curado por la fe con que ha tocado su manto.

    Los evangelios trenzan, sin solución de continuidad, la historia de Jesucristo, lo que materialmente pasó, y el sentido profundo que la vida de Jesús abre para quien a él se acerca.

    A veces tenemos la tentación de pensar que nuestra vida ya ha dado su fruto, que nuestro tiempo ha pasado; incluso peor, que nuestra vida no tiene sentido más allá de lo que cada uno goce o sufra. No es así. Nuestras vidas no son ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Nuestras vidas son semillas que pueden dar, en su momento de sazón, el fruto de su esperanza.

    Creer en Jesucristo no es mero asentimiento de cabeza. Creer en Jesucristo es saber que nuestros esfuerzos cotidianos por alentar la justicia, que los sacrificios, que nos dignifican, por construir un mundo nuevo, llegado el momento, darán fruto. La esperanza no es más que una fe, que desde la íntima certeza en la fuerza de la resurrección de Cristo, nos anima a entregar al amor nuestra vida. No lo dudes, Cristo a todos nos enriquece con su pobreza.

    Sin esperanza nuestra fe está muerta, porque somos nosotros los que ya estamos moribundos. ¿Quién puede vivir sin esperanza? ¿Quién puede luchar sin esperanza? ¿Hay alguien que sin esperanza no sea más que una sombra de sí mismo?

    Por tu fe, tu vida será fecunda.

     

  • Un hombre entregado

    (Pasión según san Marcos) JESUCRISTO fue un hombre feliz, profundamente feliz. Pero cuando tuvo que sufrir no se echó atrás, afrontó la cruz.

    La cruz de Cristo es, para nosotros, símbolo de todos nuestros sufrimientos; de toda clase de sufrimientos. Pero es también signo de salvación. La cruz es signo del discípulo de Cristo.

    Un amor que no asume la cruz es un amor inmaduro, egoísta; el amor de quien sólo se busca a sí mismo. Sin disposición de cargar con la cruz no hay capacidad de perdón, ni de compromiso duradero y eficaz. De quien no tiene disposición para asumir la cruz no podemos fiarnos. Puede parecerte una expresión dura, pero es verdad.

    En nuestras debilidades, en la enfermedad, en las dificultades de nuestra misión hemos de cargar con nuestra cruz y seguir a Jesucristo. Eso es ser cristiano.
    La cruz es también la salvación, la gloria. Ahonda los cimientos de nuestra persona como ninguna otra experiencia puede hacerlo. Es fuente de paz, cuando conscientemente la asumimos, como no lo puede ser ningún ejercicio de relajación impostada. Por su capacidad de sacrificio glorificamos a Dios por las personas que nos han dado la vida.

    Quien retrocede ante la cruz cuenta, como mucho, con nuestra comprensión. Quien se mantiene fiel en ella se convierte en referente para todos los que lo conocen.
    ¿Quién merecerá tu sacrificio? ¿Quién te hará crecer hasta la gloria de la entrega? ¿Qué tarea, qué misión, qué servicio, qué vocación te hará entregar la vida hasta hacer de ti una persona plena, auténtica, verdadero discípulo de Cristo?

  • En volandas

    (Marcos 2,1-13) Hay veces que la vida se nos pone cuesta arriba. Parece que nos exige más de lo que podemos dar, y que la angustia, el sufrimiento y las dificultades nos van a desbordar. Todavía lo pasamos peor cuando hay quien depende de nosotros. Muchos estáis viviendo la angustia del paro. Otros quizás la de la enfermedad. Problemas familiares que pesan como una losa, más pesada con cada pequeño contratiempo.

    Es verdad que siempre hay alguien con un problema mayor que el nuestro, y que a veces pensamos que no nos debemos quejar. Pero a cada uno le duele lo suyo, y cada uno de nosotros tiene que afrontar su propia existencia. Es muy importante que no sumes dolor al dolor; rencor a la inseguridad; angustia al propio miedo. No son las dificultades que tienes en tu vida la que te quitan la paz. Muchas veces somos nuestros peores enemigos.

    La angustia, ante el mal que todavía no ha llegado, nos paraliza; el no agradecer, lo que los nuestros han hecho por nosotros, nos hace desgraciados; el sentirnos solos, sin reconocer la presencia de aliento y de perdón del Padre, nos hace sentirnos víctimas…

    Al final de todo lo que estás viviendo, aunque ahora no lo creas del todo, te darás cuenta de que te han llevado en volandas, hacia una madurez personal más grande, hacia un amor más pleno. Te darás cuenta que los que te quieren, y Quien te quiere también, te ha estado sosteniendo, guiando, impulsando.

    Ya sé que te estarás preguntando: “Y mientras tanto, ¿qué?”. Mientras tanto cuéntale a Quien te escucha todo lo que te pasa, una, diez, cien veces. Niégate a rumiar lo que te está destruyendo en vano, son engaños del mal. Y, en lo peor, aprieta los dientes y repite: “Yo sé de quién me he fiado.Yo sé de quién me he fiado”.

     

  • Salón del Cristina

    A mi amigo y compañero Miguel García-Posada recientemente fallecido.    

    Hay pocos solitarios urbanos en el salón. Muchos  estresados circulan alrededor ignorantes de que la paz existe. Las hojas, alborotadas y dispersas, alargan el otoño y tapizan el suelo con una alfombra ocre naturaleza. Desde aquí se avista sobre el hotel Cristina una elevación con vocación de pérgola, una simulación de  alero en la terraza, lugar de veladas y de charlas interminables.

    Ya en tierra, a modo de ruinas de colonos griegos, nueve columnas dóricas sostienen flores inexistentes. Al otro lado, el metropolitano se ha instalado con fuerza y  exactitud por donde en otro tiempo no hubiera sino un arroyo que alegre discurría hacia el Guadalquivir, tal vez  sustituido hoy por la rampa con fuente y deslizarse de aguas.  

    Un par de ciudadanos, de esos de caminar y pensamientos lentos. Una paloma de vetas beige vestida, con sus andares oscilantes ha venido a visitarme. No hay flores sino setos y árboles esperando pacientes el esplendoroso arco iris y la riqueza densa, maciza de juventud y primavera. Un murmullo de motores me separan del río.
    Sin salir de los jardines, próximo a la Puerta imaginaria del camino de Jerez, un merendero ofrece a paseantes techo y aposento y el buen divertimento del ir y venir  de las gentes. Los faroles son luces  de gas que un oficial artesano del gremio de faroleros, ahora invisible, enciende cada noche. Las farolas, más coquetas, lucen una trinidad de ostentosas luminarias.

    Desde el Palacio de Oriente ha llegado un cortejo principal al hotel Alfonso XIII. Engreído, envanecido, colonial, con música de charlestón, lánguidas poses de clientes y primitiva edición minifaldera de los veinte, entre el ajetreo de personal uniformado casi en militar estilo, abotonados y cubiertos.

    Los sargentos cabezones, que en el parque adornan la glorieta de Luisa Fernanda,  tienen aquí sus parientes vecinos, jarrones blancos sobre ladrillo limpio como columnas. La paloma, más andariega que voladora, continúa con su deambular cercano, en esta tarde de sol y otoño perezoso, de brisas del río, de peatones periféricos.

    Intemporal pervive la vitrina del Coliseo. Sabor a café. El sol inicia su despedida. Desfilan los árboles y por los  huecos del ramaje se adivina el palacio con el oficio de políticos al uso. Tiene San Telmo todas las ventanas cerradas, con un aspecto límpido y abandonado.

    Colegio de mercaderes, escuela de mareantes, universidad literaria. Acrobáticos célibes de rojo y negro, en un sueño, están saliendo por la puerta de Palos de Moguer en hilera larguísima, trentina y renacentista. Cuatro torres, la verja con flor de lys y el tejado abuhardillado y balconcillos franceses.

    Un platanero lanza sus ramas desnudas al cielo en protesta permanente por una Sevilla cuidada y respetada. Simulan las manos altas de indignados que reivindican pacientes el honor y la justeza, la buena gobernanza sin ambages. Otros inclinan sus bellas testas, según sus posiciones.  

    ¿Quién puso hojas muertas sobre el albero para que  el caminar fuera musical? ¿Quién el pequeño estanque, gorriones y palomas, serenando las miradas y hablándonos del misterio? ¿Quién las yedras jugando con las palmeras enanas y las malvas?

    Por un momento todos los coches han parado, silenciado su ajetreo y desde la capilla del Buen Aire ha sonado el ángelus de la tarde. El Sol se acuesta, la noche nace.

  • Salón del Cristina

    A mi amigo y compañero Miguel García-Posada recientemente fallecido.    

    Hay pocos solitarios urbanos en el salón. Muchos  estresados circulan alrededor ignorantes de que la paz existe. Las hojas, alborotadas y dispersas, alargan el otoño y tapizan el suelo con una alfombra ocre naturaleza. Desde aquí se avista sobre el hotel Cristina una elevación con vocación de pérgola, una simulación de  alero en la terraza, lugar de veladas y de charlas interminables.

    Ya en tierra, a modo de ruinas de colonos griegos, nueve columnas dóricas sostienen flores inexistentes. Al otro lado, el metropolitano se ha instalado con fuerza y  exactitud por donde en otro tiempo no hubiera sino un arroyo que alegre discurría hacia el Guadalquivir, tal vez  sustituido hoy por la rampa con fuente y deslizarse de aguas.  

    Un par de ciudadanos, de esos de caminar y pensamientos lentos. Una paloma de vetas beige vestida, con sus andares oscilantes ha venido a visitarme. No hay flores sino setos y árboles esperando pacientes el esplendoroso arco iris y la riqueza densa, maciza de juventud y primavera. Un murmullo de motores me separan del río.
    Sin salir de los jardines, próximo a la Puerta imaginaria del camino de Jerez, un merendero ofrece a paseantes techo y aposento y el buen divertimento del ir y venir  de las gentes. Los faroles son luces  de gas que un oficial artesano del gremio de faroleros, ahora invisible, enciende cada noche. Las farolas, más coquetas, lucen una trinidad de ostentosas luminarias.

    Desde el Palacio de Oriente ha llegado un cortejo principal al hotel Alfonso XIII. Engreído, envanecido, colonial, con música de charlestón, lánguidas poses de clientes y primitiva edición minifaldera de los veinte, entre el ajetreo de personal uniformado casi en militar estilo, abotonados y cubiertos.

    Los sargentos cabezones, que en el parque adornan la glorieta de Luisa Fernanda,  tienen aquí sus parientes vecinos, jarrones blancos sobre ladrillo limpio como columnas. La paloma, más andariega que voladora, continúa con su deambular cercano, en esta tarde de sol y otoño perezoso, de brisas del río, de peatones periféricos.

    Intemporal pervive la vitrina del Coliseo. Sabor a café. El sol inicia su despedida. Desfilan los árboles y por los  huecos del ramaje se adivina el palacio con el oficio de políticos al uso. Tiene San Telmo todas las ventanas cerradas, con un aspecto límpido y abandonado.

    Colegio de mercaderes, escuela de mareantes, universidad literaria. Acrobáticos célibes de rojo y negro, en un sueño, están saliendo por la puerta de Palos de Moguer en hilera larguísima, trentina y renacentista. Cuatro torres, la verja con flor de lys y el tejado abuhardillado y balconcillos franceses.

    Un platanero lanza sus ramas desnudas al cielo en protesta permanente por una Sevilla cuidada y respetada. Simulan las manos altas de indignados que reivindican pacientes el honor y la justeza, la buena gobernanza sin ambages. Otros inclinan sus bellas testas, según sus posiciones.  

    ¿Quién puso hojas muertas sobre el albero para que  el caminar fuera musical? ¿Quién el pequeño estanque, gorriones y palomas, serenando las miradas y hablándonos del misterio? ¿Quién las yedras jugando con las palmeras enanas y las malvas?

    Por un momento todos los coches han parado, silenciado su ajetreo y desde la capilla del Buen Aire ha sonado el ángelus de la tarde. El Sol se acuesta, la noche nace.

  • Salón del Cristina

    A mi amigo y compañero Miguel García-Posada recientemente fallecido.    

    Hay pocos solitarios urbanos en el salón. Muchos  estresados circulan alrededor ignorantes de que la paz existe. Las hojas, alborotadas y dispersas, alargan el otoño y tapizan el suelo con una alfombra ocre naturaleza. Desde aquí se avista sobre el hotel Cristina una elevación con vocación de pérgola, una simulación de  alero en la terraza, lugar de veladas y de charlas interminables.

    Ya en tierra, a modo de ruinas de colonos griegos, nueve columnas dóricas sostienen flores inexistentes. Al otro lado, el metropolitano se ha instalado con fuerza y  exactitud por donde en otro tiempo no hubiera sino un arroyo que alegre discurría hacia el Guadalquivir, tal vez  sustituido hoy por la rampa con fuente y deslizarse de aguas.  

    Un par de ciudadanos, de esos de caminar y pensamientos lentos. Una paloma de vetas beige vestida, con sus andares oscilantes ha venido a visitarme. No hay flores sino setos y árboles esperando pacientes el esplendoroso arco iris y la riqueza densa, maciza de juventud y primavera. Un murmullo de motores me separan del río.
    Sin salir de los jardines, próximo a la Puerta imaginaria del camino de Jerez, un merendero ofrece a paseantes techo y aposento y el buen divertimento del ir y venir  de las gentes. Los faroles son luces  de gas que un oficial artesano del gremio de faroleros, ahora invisible, enciende cada noche. Las farolas, más coquetas, lucen una trinidad de ostentosas luminarias.

    Desde el Palacio de Oriente ha llegado un cortejo principal al hotel Alfonso XIII. Engreído, envanecido, colonial, con música de charlestón, lánguidas poses de clientes y primitiva edición minifaldera de los veinte, entre el ajetreo de personal uniformado casi en militar estilo, abotonados y cubiertos.

    Los sargentos cabezones, que en el parque adornan la glorieta de Luisa Fernanda,  tienen aquí sus parientes vecinos, jarrones blancos sobre ladrillo limpio como columnas. La paloma, más andariega que voladora, continúa con su deambular cercano, en esta tarde de sol y otoño perezoso, de brisas del río, de peatones periféricos.

    Intemporal pervive la vitrina del Coliseo. Sabor a café. El sol inicia su despedida. Desfilan los árboles y por los  huecos del ramaje se adivina el palacio con el oficio de políticos al uso. Tiene San Telmo todas las ventanas cerradas, con un aspecto límpido y abandonado.

    Colegio de mercaderes, escuela de mareantes, universidad literaria. Acrobáticos célibes de rojo y negro, en un sueño, están saliendo por la puerta de Palos de Moguer en hilera larguísima, trentina y renacentista. Cuatro torres, la verja con flor de lys y el tejado abuhardillado y balconcillos franceses.

    Un platanero lanza sus ramas desnudas al cielo en protesta permanente por una Sevilla cuidada y respetada. Simulan las manos altas de indignados que reivindican pacientes el honor y la justeza, la buena gobernanza sin ambages. Otros inclinan sus bellas testas, según sus posiciones.  

    ¿Quién puso hojas muertas sobre el albero para que  el caminar fuera musical? ¿Quién el pequeño estanque, gorriones y palomas, serenando las miradas y hablándonos del misterio? ¿Quién las yedras jugando con las palmeras enanas y las malvas?

    Por un momento todos los coches han parado, silenciado su ajetreo y desde la capilla del Buen Aire ha sonado el ángelus de la tarde. El Sol se acuesta, la noche nace.