Etiqueta: la película

  • Amor y música

    Amor y música

    JULIET, DESNUDA

    En estos tiempos, desde hace unos años más bien, con que una película entretenga y haga pasar un rato agradable, haciendo que el espectador se olvide de las miserias y los malos rollos del día a día y se divierta durante hora y media (o dos horas), ya nos podemos dar con un canto en los dientes. Y ahí, Juliet, desnuda, esta comedia romántica de la factoría Apatow, con los elementos habituales en las cintas que produce, con un humor adulto y explícito que aquí no está demasiado pasado de rosca.

    Annie y Duncan son una pareja cerca de los cuarenta. Él es profesor en la universidad y ella dirige un museo en una pequeña ciudad inglesa. Llevan juntos quince años y tienen una vida tranquila, demasiado tranquila. Annie quiere algo más de pasión en su vida, mientras Duncan dedica todo su tiempo libre a Tucker Crowe, un músico americano que desapareció tras publicar un único álbum dos décadas atrás. Pero cuando la relación empiece a hacerse añicos, Annie y Tucker comenzarán una inesperada relación a través de Internet.

    Reino Unido-Estados Unidos, 2018 (97′)
    Título original: Juliet, naked.
    Dirección: Jesse Peretz.
    Producción: Judd Apatow, Albert Berger, Barry Mendel, Jeffrey Soros, Ron Yerxa.
    Guión: Evgenia Peretz, Jim Taylor, Tamara Jenkins, basado en la novela de Nick Hornby.
    Fotografía: Remi Adefasarin.
    Música: Nathan Larson.
    Montaje: Sabine Hoffman, Robert Nassau.
    Intérpretes: Rose Byrne (Annie Platt), Ethan Hawke (Tucker Crowe), Chris O’Dowd (Duncan Thomson), Lily Brazier (Ros Platt), Megan Dodds (Carrie), Phil Davis (Alcalde Terry Barton), Lily Newmark (Carly), Azhy Robertson (Jackson), Ayoola Smart (Lizzie), Denise Gough (Gina), Georgina Bevan (Julie), Eleanor Matsura (Cat).

    Basada en una novela de Nick Hornby, Juliet, desnuda cuenta con un personaje que es habitual en las novelas del autor británico (al menos, en las adaptadas al cine): el del fanático (sea del fútbol o de los vinilos) que dedica tanto tiempo a su pasión que pone en peligro la relación con su pareja. Ocurría en Fuera de juego, en Alta fidelidad, y ocurre aquí. También hay personajes en crisis, la de la mediana edad, personajes que sienten que el tiempo se les acaba para introducir en sus vidas los cambios necesarios antes de que sea tarde.

    No hay en ello, pues, nada novedoso, no ofrece nada nuevo. Pero es divertida, sencilla, sin pretensiones, tiene un cierto encanto y está protagonizada por un triplete de intérpretes (y un puñado de secundarios que, salvo la hermana de Annie y el hijo de Tucker, tienen papeles muy cortos) que hace un trabajo más que solvente. Es este el gran acierto de una cinta que a veces peca de exceso de melodramática. Sin ellos (sobre todo Rose Byrne y un Ethan Hawke que este año ha sido olvidado y ninguneado en los Globos de Oro) la cinta hubiese pasado desapercibida.

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  • La danza de las brujas

    La danza de las brujas

    Suspiria

    Fueron muchos los fans de Dario Argento que se echaron las manos a la cabeza cuando saltó la noticia de que se iba a hacer una nueva versión de su mayor clásico, una de las obras cumbre del giallo, Suspiria. El argumento (lógico) era que una obra de culto como la de Argento no necesitaba una revisión, una moderna recreación de la misma si esta no hacía cambios sustanciales de aquella. Y si esto ocurría, si las modificaciones eran sustanciales, ¿no sería esta una película distinta y no un remake?

    Lo cierto es que lo que ha hecho el también italiano Luca Guadagnino (al que conocimos no hace demasiado por Call me by your name), si bien mantiene los cimientos de la cinta original (una base argumental, personajes con los mismos nombres…), presenta unas diferencias tan sustanciales que bien podría pasar por una película distinta.

    La historia se ubica en 1977 (año de estreno de la Suspiria original), en una Berlín en pleno conflicto entre las zonas oriental y occidental, en una prestigiosa academia de baile a la que llega una joven americana, Susie Bannion. Pronto demuestra unas aptitudes que hacen que se gane el afecto de una de las profesoras más importantes. La llegada de Susie coincide con la desaparición de Patricia, otra bailarina, hecho que investiga Sara, que entablará amistad con Susie. A medida que el vínculo entre esta y su profesora se va estrechando, se suceden desapariciones de otras bailarinas.

    A diferencia de la cinta de Argento, lo que allí era la sorpresa final (que la escuela está regentada por un aquelarre de brujas que buscan un cuerpo que sirva de recipiente para la líder, un ser centenario llamado Helena Markos), aquí se desvela ya al principio. Ello hace que la atención y el interés se vaya a otros asuntos, dedicándose a indagar en las relaciones entre las brujas, a mostrar sus interacciones, el proceso en la toma de decisiones, los diferentes bandos entre ellas, y a desarrollar un argumento mucho más complejo que la original, dándole también mayor peso (visual y para la trama, con escenas significativas y muy poderosas) a las secuencias de baile, que casi estaban ausentes en la versión de Argento.

    Italia-Estados Unidos, 2018 (152′)
    Dirección: Luca Guadagnino.
    Producción: Bradley J. Fischer, Luca Guadagnino, David Kajganich, Francesco Melzi d’Eril, Marco Morabito, Gabriele Moratti, William Sherak, Silvia Venturini Fendi.
    Guión: David Kajganich, basado en la personajes creados por Dario Argento y Daria Nicolodi.
    Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom.
    Música: Thom Yorke.
    Montaje: Walter Fasano.
    Intérpretes: Dakota Fanning (Susie Bannion), Tilda Swinron (Madame Blanc / Dr. Joseph Klemperer / Helena Markos), Mia Goth (Sara), Chloë Grace Moretz (Patricia), Angela Winkler (Miss Tanner), Malgosia Bela (Madre de Susie), Alek Wek (Miss Millius), Jessica Batut (Miss Mandel), Elena Fokina (Olga), Ingrid Caven (Miss Vendegast), Sylvie Testud (Miss Griffith), Olivia Ancona (Marketa), Majon van der Schot (Janine), Iaia Ferri (Judith).


    El aspecto visual es, del mismo modo, radicalmente opuesto. Si bien Guadagnino ha decidido mantener algunos elementos estilísticos (los zooms a los rostros de las protagonistas, algunos movimientos de cámara), hay planos largos, diálogos trufados de largos silencios que hacen incluso más contundentes las escenas de violencia (la primera de ellas, ese montaje paralelo entre la poderosa danza de Susie y la destrucción de una de las bailarinas disconformes, es brutal), y las tonalidades son más suaves, más apagadas, muy grises, en consonancia con la época en la que se desarrolla la historia.

    El concepto de remake queda pues muy desdibujado. Esta es la Suspiria de Guadagnino (¿debería, entonces, tener otro título? Puede ser). El director reinventa el título de culto de los setenta, dándole un nuevo punto de vista, un muy distinto estilo, modifica radicalmente algunos personajes (como el de Susie), dando pistas y dotando de significado la relevancia de su papel en la historia desde el principio (no es baladí que desde pequeña, aún viviendo en una comunidad amish de la América profunda, desee viajar a Berlín, a la famosa escuela de danza), y creando líneas argumentales que amplían el universo de la historia.

    Suspiria, con sus defectos, resulta ser una muy buena película, una cinta que hipnotiza y perturba, que atrapa al espectador (siempre que no pretenda ver una versión actualizada del clásico), una obra que tiene vida propia, fascinante en su mayor parte, un puzle en el que todo encaja.

    Entre las intérpretes, Dakota Fanning, sin elaborar una interpretación memorable, mejora sustancialmente su trabajo en la trilogía 50 sombras…Aunque son Tilda Swinton (en su triple papel) y Mia Goth, las que más destacan en un reparto casi completamente femenino. El ritmo irregular, alguna trama que no termina de encajar en el conjunto y que solo alarga la película demasiado, y un final que roza peligrosamente lo grotesco, hacen que el resultado global no sea aún mejor de lo que es.

  • El amor vengador

    El amor vengador

    MANDY

    Ocho años ha tardado Panos Cosmatos en dirigir su segunda película, esta extraña, onírica y desquiciada Mandy, que dividió a la crítica en Sundance y que le hizo ganar el premio al mejor director en el reciente Festival de Sitges que ganó Climax.

    El resultado es difícil de definir. Si bien el argumento es sencillo y hasta poco original (un descenso a los infiernos en busca de venganza), es en el apartado visual y estético donde la película brilla. Con un magnífico uso de la ambientación y del color, y unos planos bellos y sombríos, obra de Benjamin Loeb, y de una banda sonora que puntúa y acompaña a la perfección en todo momento (último trabajo de Jóhan Jóhansson antes de su repentina muerte), Mandy se disfruta o se odia.

    Red Miller (Cage) es un leñador que vive aislado del mundo en el bosque junto a su mujer, Mandy Bloom (Riseborough). Ella es espiritual, lee, dibuja, pasea por la naturaleza… Él, más terrenal, adora todo cuanto ella hace o dice. Viven felices, entregados el uno al otro, hasta que el líder de una secta satánica que tras cruzarse accidentalmente con Mandy, se obsesiona con ella, y ordena a sus secuaces raptarla. Decidido a vengarse, Red se lanza a la locura de perseguir a esta panda de salvajes con todas las consecuencias que ello atraiga.

    Estados Unidos-Bélgica-Reino Unido, 2018 (121′)
    Dirección: Panos Cosmatos.
    Producción: Nate Bolotin, Martin Metz, Daniel Noah, Adrian Politowski, Josh C. Walker, Elijah Wood.
    Guión: Panos Cosmatos, Aaron Stewart-Ahn.
    Fotografía: Benjamin Loeb.
    Música: Jóhan Jóhansson.
    Montaje: Bret W. Bachman.
    Intérpretes: Nicolas Cage (Red Miller), Andrea Riseborough (Mandy Bloom), Linus Roache (Jeremiah Sand), Ned Dennehy (Hermano Swan), Olwen Fouéré (Madre Marlene), Richard Brake (El Químico), Bill Duke (Caruthers), Line Pillet (Hermana Lucy), Clément Baronnet (Hermano Klopek), Alexis Julemont (Hermano Hanker), Stephan Fraser (Hermano Lewis).

    Cosmatos divide la película en dos partes. La primera hora es más contemplativa, onírica, poética incluso. Con largos planos fijos retratando la serena tranquilidad de la pareja en la cama, vemos cómo se susurran, cómo se miran, somos cómplices de ese amor sincero y puro. Es en la segunda parte, cuando ese líder siniestro (y un poco ridículo también) muestra aviesas intenciones hacia Mandy, cuando Red deja salir toda la ira que lleva en su interior, esa sed de venganza. Y la película se convierte en otra cosa, en una orgía de sangre.

    Pasamos así de una belleza (per)turbadora, de esa primera parte que se desarrolla de modo tranquilo y efectivo, a una segunda que funciona únicamente por acumulación, donde cada vez más se entra en el delirio y se alcanza el paroxismo. Cada vez más, cada vez más, hasta agotar, hasta resultar tan exagerada que termina aburriendo.

    Los personajes (todos) están conscientemente sobreactuados (todos, menos Mandy, claro); y Nicolas Cage, una vez más autoparódico (como ya vimos en Mom and dad) se lleva la palma. Esa mueca mirando a cámara del final no tiene precio.

    Hay elementos de cine de terror, mucha sangre, sectas mesiánicas, adrenalina, humor muy negro, una tonalidad rojiza infernal -incluso en exteriores- en momentos señalados; hay elementos de romance, de vida hogareña; y hay también cierto tono de crítica social, que queda difuminada por los excesos. Que es a lo que veníamos, sí, es verdad, pero también que Cosmatos se pasa de vuelta.

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  • Mercury, más allá del homenaje

    Mercury, más allá del homenaje

    BOHEMIAN RHAPSODY

    Auspiciada por el resto de los miembros de la banda, una de las bandas más grandes de la historia del rock (esto es más que una opinión, las cifras cantan), sobre todo por Brian May, esta Bohemian Rhapsody que ha tardado casi una década en ver la luz desde que el proyecto se puso en marcha, es todo un homenaje a la figura de Freddie Mercury, más allá de su egolatría, de su excentricidad, de su conflictividad. Tanto que por momentos abandona el nivel de biopic, hasta casi casi alcanzar la hagiografía en toda regla.

    El proyecto no ha estado exento de conflictos, siendo el más sonado, el despido por parte de la productora de su director, nada menos que un Bryan Singer que, no obstante, sigue apareciendo en los créditos (si bien ha sido eliminado de la nómina de productores). Singer, tras varios problemas con retrasos y enfrentamientos diversos con el protagonista, fue expulsado y sustituido por Dexter Fletcher, quien se limitó a dar los últimos retoques y atar los últimos flecos.

    Si Bohemian Rhapsody sobresale por encima del resto de biopics, es gracias a su protagonista. Rami Malek está más que convincente como Mercury, tanto que a veces te olvidas de que está interpretando y llegas a creerte que es el verdadero. Él es el que sustenta una película que, en lo que se refiere a guion, patina en diversos momentos.

    Reino Unido-Estados Unidos, 2018 (134′)
    Dirección: Bryan Singer.
    Producción: Jim Beach, Graham King.
    Guión: Anthony McCarten.
    Fotografía: Newton Thomas Sigel.
    Música: Queen.
    Montaje: John Ottman.
    Intérpretes: Rami Malek (Freddie Mercury), Lucy Boydon (Mary Austin), Gwylim Lee (Brian May), Ben Hardy (Roger Taylor), Joseph Mazzello (John Deacon), Aidan Gillen (John Reid), Allen Leech (Paul Prenter), Tom Hollander (Jim Beach), Mike Myers (Ray Foster), Aaron McCusker (Jim Hutton), Meneka Das (Jer Bulsara), Ace Bhatti (Bomi Bulsara), Priya Blackburn (Kashmira Bulsara).

    Falla sobre todo al no abordar con valentía algunos de los temas más conflictivos de su vida. Los responsables de la trama se han tomado, además, alguna que otra licencia al contar la historia del cantante. Algo que se antoja, cuanto menos, extraño. Es más que seguro que la vida de Mercury tuvo momentos mucho más intensos y memorables (que no se cuentan) que algunos de los que aparecen aquí. Se podría haber puesto, además, algo más de énfasis en los últimos años de vida del cantante, sobre los que decir que pasa de puntillas es decir mucho, ya que la historia se queda en 1985 y los posteriores se los ventilan con unos cuantos rótulos finales.

    Y es que aquí, la protagonista indiscutible es la música. Los fans de la banda se dan un verdadero festín. Conocemos las ideas que sirvieron para dar luz a muchas de sus creaciones (We will rock you, Love of my life, o la que da título a la película). Y todo está orientado al apoteósico final (también son los primeros momentos de la cinta), el mítico concierto que la banda dio en el Live Aid el 13 de julio de 1985, veinte minutos gloriosos para la Música de los que algo más de diez sirven para cerrar la película. Y aquí sí, la película se eleva como pocas.

    También hay en la cinta momentos divertidos, como el guiño que hace Mike Myers, que interpreta al productor Ray Foster, quien rechazó elegir como single Bohemian Rhapsody porque era un tema que no podía ser bailado por los jóvenes moviendo la cabeza, que es lo que él hace precisamente con esa canción al principio de Wayne’s world, quizás la escena más divertida de la película, y que el propio Freddie Mercury encontraba hilarante.

  • Una experiencia lisérgica

    Una experiencia lisérgica

    CLÍMAX

    Decir que un determinado libro o película no está hecha para el paladar de todos puede sonar pretencioso, considerarte superior al resto, que no han podido captar el mensaje ni disfrutar como tú lo has hecho. Pero lo cierto es que el cine del franco-argentino Gaspar Noé no es plato apropiado para cualquiera. De hecho, son más sus detractores que sus defensores. Incapaces de darle valor a la provocación desmedida de sus películas, a su estilo y estética visual, al estilo poderoso que rezuman sus obras.

    Esta Clímax, ganadora del reciente Sitges, sin ser la más radical de sus cintas, aunque sí quizás la más redonda, tiene mucho de su obra anterior, de eso que podríamos llamar su estilo. La cámara es un personaje más de la historia, estática o en continuo movimiento, con objetivos que deforman la realidad, que la vuelven del revés, sirve para dar mayor significado a lo que nos está contando. La estructura de la trama se deforma, colocando el final justo al principio, incluyendo los créditos finales en los primeros cinco minutos, para pasar después al meollo de la cuestión. Y vaya meollo.

    Basada en unos hechos reales que sobrecogieron a Francia a mediados de los 90, la historia sitúa a veinte jóvenes bailarines (de distintos sexo, raza, religión, orientación sexual…) en un internado abandonado en medio de un bosque. Llevan días preparando un tour por América. Como final de los ensayos, mientras fuera cae una gran nevada, dan una fiesta junto a una enorme fuente de sangría. A medida que avanza la noche comienzan a sentirse mal, a comportarse de manera extraña, llegando a la conclusión de que alguien ha echado algo a la bebida. Entonces comenzará el descenso a los infiernos, los delirios, las paranoias, y todos sacarán lo peor de sí mismos, perdiendo la razón y dejándose adueñar de sus peores y más violentos instintos.

    Francia, 2018 (95′)
    Escrita y dirigida: Gaspar Noé.
    Producción: Brahim Chioua, Richard Granpierre, Vincent Maraval, Edouard Weil.
    Fotografía: Benoît Debie.
    Montaje: Denis Bedlow, Gaspar Noé.
    Intérpretes: Sofia Boutella (Selva), Romain Guillermic (David), Souheila Yacoub (Lou), Kiddy Smile (Daddy), Claude-Emmanuelle Gajan-Maull (Emmanuelle), Giselle Palmer (Gazelle), Taylor Kastle (Taylor), Thea Carla Schott (Psyche), Sharleen Temple (Ivana), Lea Vlamos (Lea), Alaia Alsafir (Alaya), Kendall Mugler (Rocket), Lakhdar Dridi (Riley), Adrien Sissoko (Omar).

    Estructurada en tres actos, la cinta comienza con una larguísima toma aérea en la que vemos a una mujer ensangrentada agonizar en la nieve en busca de una salvación que se vislumbra improbable, tras la que aparecen los títulos de créditos finales. Arranca así, el primer acto, un plano estático de más de quince minutos en la que los bailarines se presentan a través de la pantalla de un viejo televisor rodeado de libros y películas que dan una idea de lo que va a venir después. Continúa con una escena de baile prodigiosa, inmenso plano secuencia que nos presenta el decorado y a los protagonistas en acción; un conjunto de escenas fragmentadas de diálogos, en las que los protagonistas conversan, con una intensidad que va en aumento, y en los que el espectador se va sintiendo incómodo, a la vez que subyugado, a medida que avanza el tiempo.

    Entonces todo empieza a torcerse. Cuando los personajes empiezan a sentirse mal, comienza la búsqueda del culpable, y se inicia una cacería humana con insultos, incitación al suicidio, sadismo, paranoias homicidas… Un éxtasis en el que los personajes no son conscientes de sí mismos y en el que hasta la cámara (como personaje que es) también pierde su norte y acaba por ponerlo todo patas arriba.

    Aunque también es cierto que Noé no pretende sólo epatar; siempre hay algún reflejo (crítico) hacia la sociedad, algunos temas de los que hablar. Se habla de la familia, de los hijos que lastran posibilidades de tener una carrera, del aborto (Noé, siempre partidario), de sexo (siempre presente en sus obras)… Pero quizás la historia sea lo de menos: no es necesario comprender todo lo que pasa en Clímax, hay que vivir la experiencia, sentirla, dejarse llevar.

    Clímax es un delirio, una cinta de terror en la que el director vuelve a seducir con los rasgos que le son conocidos, y crea con ellos la que quizás sea su película más redonda, su mejor obra. Incómoda, compleja, visualmente fascinante, polémica y, por supuesto, para nada plato para todos los paladares. Más críticas en happyphantomblog.wordpress.com.

  • Amor imposible en un tiempo gris

    Amor imposible en un tiempo gris

    COLD WAR

    El polaco Pawel Pawlikowski consiguió llamar la atención de la crítica mundial con su anterior obra, aquella Ida que recibió alabanzas y premios por allá por donde se proyectó, y que incluso ganó el Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

    Ahora, con esta Cold war, repite modos, estilismos, época, y (casi) equipo técnico para contarnos una apasionada historia de amor imposible que también ha conquistado a la crítica, a pesar de que no llega al nivel de su mayor éxito hasta la fecha.

    Polonia-Francia-Reino Unido, 2018 (88′)
    Título original: Zimna wojna.
    Dirección: Pawel Pawlikowski.
    Producción: Ewa Puszczynska, Tanya Seghatchian.
    Guión: Pawel Pawlikownski, Janusz Glowacki.
    Fotografía: Lukasz Zal.
    Montaje: Jaroslaw Kamisnki.
    Intérpretes: Joanna Kulig (Zula), Tomasz Kot (Wiktor), Borys Szyc (Kaczmarek), Agata Kulesza (Irena), Cédric Kahn (Michel), Jeanne Balibar (Juliette), Adam Woronowicz (Consul), Adam Ferency (Ministro).

    Poco después de que terminara la II Guerra Mundial, cuando las heridas del horror nazi aún no han abandonado al pueblo polaco, las nuevas autoridades comunistas deciden montar una coral que interpretará canciones del folcklore local que sirva para dar esperanzas al pueblo y levantar el ánimo a los más desfavorecidos del país (primero) y del resto del bloque oriental (después). Así, dos miembros del grupo, de carácteres enfrentados iniciarán una relación condenada al fracaso, que llevará a los protagonistas a escapar a Occidente en busca de la libertad. A lo largo de los años, el destino les empujará a encontrarse, aunque ello sea su perdición.

    Esta Cold War, que podría formar parte de un mismo total junto a Ida, está rodada en un hermoso y poderoso blanco y negro, con un formato casi televisivo. Tiene momentos hipnóticos, de extrema belleza, numerosos números musicales (algunos brillantes), y en la mayoría de escenas importa más lo que no se ve, lo que no se cuenta, que lo que Pawlikowski decide mostrar, con numerosos saltos en el tiempo e interrupciones abruptas de la acción.

    Pero, a pesar de ese poderío visual, del magnetismo de Joanna Kulig, de lo maravillosas que son (algunas de) las canciones, Cold War no llega al nivel de Ida. Entre otras cosas porque algunos personajes no terminan de estar bien perfilados; porque esa estructura construida en la interrupción hace que no termine de ser comprensible todo lo que quiere contar; y porque el final resulta absolutamente previsible, y no es tan intensa como pretende ser.

  • El encantamiento efímero

    Puede que suene políticamente incorrecto en los tiempos que corren pero, aún compartiendo la imperiosa necesidad de crear mejores papeles para las actrices, de darle mayor peso en las películas, más allá de la de ser mero acompañamiento del protagonista masculino de turno, de darle voz y mayor peso a realizadoras, escritoras, compositoras, directoras de fotografía y demás componentes del equipo técnico, no creo que el camino hacia ello sea el de hacer reboots, spin-offs, versiones varias de filmes que anteriormente estuvieron protagonizados por un grupo masculino y hacer ahora una versión femenina. (más…)

  • Drama y comedia de la guerra

    Sentimientos encontrados es lo que siente ante la mejor obra del actor Albert Dupontel como director. Su irregular obra (hasta ahora, al menos) tras las cámaras alcanza aquí su punto culminante, con la adaptación de la novela de claro cariz antibelicista de Pierre Lemaitre, que recibió (entre otros muchos premios) el prestigioso Goncourt en el 2013. (más…)
  • El lado oscuro de la maternidad

    Es esta la tercera colaboración entre el director Jason Reitman y la guionista Diablo Cody, tras esas grandes obras que eran Juno y Young adult. Ambas coinciden en desarrollar tramas protagonizadas por mujeres fuertes, metidas de lleno en procesos de crisis. (más…)

  • Dulce que no empalaga

    Thomas es un joven pastelero que regenta un comercio en Berlín. Allí, Oren, un ingeniero israelí que viaja a la ciudad con recurrencia por motivos de trabajo, se enamora de él. Ambos inician una relación que parece marchar viento en popa, a pesar de que en Israel a Oren le esperan esposa e hijo. (más…)