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  • La casa de mi morada

    La casa de mi morada

    A lo largo de su Historia, Dos-Hermanas ha tenido varios tipos de viviendas, aunque bien es cierto que no encontramos aquí las grandes casas palacios que sí se dieron en otras poblaciones cercanas como Utrera o Alcalá de Guadaíra. En nuestra entonces villa proliferaron las casas más sencillas, reflejo, claro está, de la sociedad nazarena conformada en su mayoría por grupos sociales humildes y de muy corta fortuna (salvo algunas excepciones). En esta ocasión nos vamos a interesar por cómo eran las viviendas de la Dos-Hermanas del siglo XVI, centrándonos en una casa en especial, la de Ana Hernández, por haberse conservado su alzado y planta entre las escrituras públicas de nuestra ciudad.

    En ese siglo XVI, el caserío nazareno fue siempre bastante modesto, incluso aquel que era propiedad de labradores o hacendados sevillanos. Su valor, por aquellas fechas rondaba los diez ducados de oro, esto es, unos 3.750 maravedíes, muy lejos de lo que costaba una vivienda en la ciudad de Sevilla, donde el valor medio de una casa sencilla en aquel siglo estaba entre los 150.000 y los 250.000 maravedíes.

    La mayoría de la población nazarena, constituida por humildes braceros con bajos ingresos, no era propietaria de viviendas, por lo que vivía en régimen de alquiler. En el lado opuesto, los labradores y hacendados sevillanos poseían no sólo la casa de su morada (es decir, su residencia), sino también otras casas cuyo número dependerá de su capacidad económica. El escribano Francisco Sánchez “el Viejo” o don Luis Díaz de Toledo, por poner sólo unos ejemplos, tenían más de tres casas repartidas por la localidad.

    Desde finales del siglo XV y en todo el Quinientos, en líneas generales, encontramos en Dos-Hermanas dos tipos de vivienda: la que podemos denominar como “casa común”, y la “casa modesta”. Ambas presentan un punto en común: absoluto descuido decorativo en el exterior, siguiendo la costumbre heredada de los musulmanes. La “casa común” estará en manos de las capas más humildes de la localidad. Solía ser de una sola planta y era cubierta con bayunco, palma u otro tipo de ramaje. Asimismo, se utilizaba exclusivamente el tapial para los muros.

    En cuanto a la “casa modesta”, será propiedad del grupo más pudiente de Dos-Hermanas. Y para poder apreciar mejor el aspecto que solía tener, prestaremos nuestra atención en la ya citada casa de Ana Hernández, ama de don Hernando Díaz de Ayala. Gracias a la escritura de obligación de obra de Miguel Pérez, albañil encargado de construir esa vivienda, fechada el 25 de noviembre de 1545, sabemos que se emplearon para edificarla piedra, ladrillo, madera, cal y arena, elementos estos característicos de este tipo de vivienda. La piedra (material, por cierto, bastante caro dada su escasez en Sevilla) se utilizó para los cimientos, sobre los que se levantaron los muros de ladrillo, que tenían cuatro varas de altura (3,36 metros).

    Se trataba de una casa de dos plantas, cada una de ellas con una única estancia, amplia y espaciosa. En la planta baja estaría el espacio público de la casa, donde se desarrollaba la vida diaria, y en la superior se encontraría el aposento privado, destinado al descanso. En la planta baja no podía faltar la chimenea, donde se encontraba lo que se conocía como el “fuego del hogar”, que era llana con ventanillas y blanqueada. En ella es donde se cocinaba y donde se reunía la familia en la noche y en la época de frío.

    Para la techumbre (en este caso a dos aguas), se colocaron vigas de madera, poniéndose tejas árabes en el exterior. Y en cuanto al exterior, la única decoración se concentraba en la puerta principal, realizada en este caso en piedra (aunque se podía construir en ladrillo), y compuesta por un arco carpanel (muy popular en el XVI). Sobre el citado arco se abría una ventana geminada o ajimez, única apertura que daba luz a la estancia superior. El pilar central que sostendría los arcos de medio punto del ajimez, sería, según se apunta en el referido documento, preferiblemente de mármol o, en su defecto, de ladrillo. La casa contaba, asimismo, con patio y corral.

    En cuanto al mobiliario presente en este tipo de casas, lo conocemos gracias a los inventarios postmortem y las cartas de dote. Todos ellos registran muebles y utensilios humildes, que mejorarán, obviamente, a medida que suba la escala económica de los dueños.

    Pongamos dos casos. El mobiliario de la casa del matrimonio formado por Alonso Rodríguez Romero y Luisa Mateos, de modesto caudal, estaba compuesto en 1539 por «un colchón de lienço blanco lleno de lana blanca nueva», dos sábanas, dos almohadas, una banquilla de cama, dos bancos y un cañizo de cama, una bancaleja de lienzo pintada, tres paños de cama con figuras pintadas, «un paño pintado para un çielo», «un paño pintado de las Yndias para çercadura», tres pañuelos de mesa, una mesa de cuatro pies (valorada en tres reales), un arca vieja (de cuatro reales) y otra fresada (con un valor de un ducado y medio), dos sillas de costillas nuevas, una caldera usada, un lebrillo amarillo grande, una canasta y una espuerta de palma de media fanega. Es llamativo que sólo existieran dos sillas en toda la casa, pero tiene su explicación. Todavía en el siglo XVI era costumbre (en todos los grupos sociales) sentarse en el suelo, para lo cual se disponía un estrado o tarima de madera y sobre él alfombras, esteras y cojines para aislarse del frío. Lo mismo, dicho sea de paso, ocurría en el interior de las iglesias.

    Mucho más extenso era el de la casa de Bartolomé Martín y Francisca Ortiz, de esos mismos años, constituido por dos colchones blancos llenos de lana, una colcha, seis sábanas (dos de ellas de rúan), cuatro almohadas (dos labradas de grana y otras dos realizadas en seda), dos sillas grandes, un sobre-estrado, dos bancos, un cañizo, dos lebrillos, dos cojines, una caldera, una paila, un acetre, una alcuza de hoja de Milán (esto es, hojalata), cuatro asadores, tres candiles, unas parrillas, un trébede, una paleta de hierro, dos sillas de costillas, una mesa de cadena con su banco, dos candeleros de azófar (latón), una estera de junco y una caja de madera con cerradura.

    Con el paso del tiempo, las casas irán adaptándose a las nuevas necesidades de los nazarenos, aunque conservarán muchos elementos del Quinientos.

  • Dos-Hermanas guadalupana

    Dos-Hermanas guadalupana

    En más de un artículo hemos expuesto y dado a conocer la intensa huella que la Nueva España dejó en nuestra ciudad desde el siglo XVI hasta principios del XIX. Huella que es muy visible en ciertos casos, siendo la más evidente el propio Santísimo Cristo de la Vera Cruz, que procesiona por las calles de Dos-Hermanas cada Jueves Santo y es titular de la hermandad de penitencia más antigua de esta ciudad.
    Pero aprovechando que estamos en diciembre, mes en que se celebra la festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de México y “Emperatriz de las Américas”, vamos a centrarnos en otra de esas manifestaciones de la huella novohispana en Dos-Hermanas, concretamente en varios cuadros de aquella importante advocación mariana conservados aquí.

    Como es bien sabido, entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531 tuvieron lugar, según cuenta la tradición, las cuatro apariciones de la Virgen al indígena Juan Diego (1474-1548) (llamado antes de su bautizo Cuauhtlatoatzin y canonizado en 2002) en el cerro del Tepeyac y el milagro de la estampación de la imagen de la Virgen en la tilma de Juan Diego ante Juan de Zumárraga, obispo de México, y que hoy se venera en la nueva Basílica situada al pie del citado cerro. La devoción a la Virgen de Guadalupe fue creciendo y arraigando en el virreinato de la Nueva España, principalmente entre la población indígena. Para mediados del XVII esa fuerte devoción está presente ya en la península a través de Sevilla, que en esas fechas era “Puerto y puerta de las Indias”. En Dos-Hermanas, las primeras referencias a la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe se remontan precisamente a los años centrales de ese siglo XVII. Y aunque hay noticias sobre la devoción a Guadalupe en 1556, para esa fecha es más que probable que se refieran a la imagen mariana homónima de Extremadura, de donde es patrona.

    A finales del XVII y principios del siguiente siglo, fue costumbre traer en los navíos de la flota de la Nueva España en el viaje de vuelta a Sevilla cuadros de la Virgen de Guadalupe para así poner las embarcaciones bajo su protección, y tener así garantizado un buen trayecto. Llegada la flota a Sevilla, esos cuadros eran entregados a iglesias o conventos de la capital hispalense y su tierra, en acción de gracias por haber llegado sanos y salvos al puerto hispalense. Igualmente, podían ser vendidos a particulares.

    En Dos-Hermanas hemos localizado y documentado cuatro cuadros de la Virgen de Guadalupe mexicana. El primero de ellos no se conserva y aparece mencionado en el testamento de Isabel Rodríguez, fechado el 17 de octubre de 1753. En él, declara que es dueña de dos cuadros: uno de Nuestra Señora de la Soledad sin moldura, y otro de Nuestra Señora de Guadalupe con moldura y sin dorar. A pesar de sus tres matrimonios, no tuvo descendencia, por lo que el cuadro pasó a manos de alguno de sus sobrinos, perdiéndose la pista de esta obra pictórica.

    El segundo cuadro se conserva en la iglesia parroquial de Santa María Magdalena, concretamente en su sacristía, junto a la puerta del despacho del párroco. Se trata de un óleo sobre lienzo de 1,65 ms. de alto y 90 cms. de ancho. Fechado entre 1700 y 1730, el historiador de Arte Francisco Montes González apunta que es de autor anónimo y que procede de la Nueva España. Bien pudo ser uno de aquellos cuadros que venían en las flotas para protegerlas. Responde a la iconografía tradicional de Nuestra Señora de Guadalupe de México, que no es más que una adaptación de la Inmaculada Concepción: mirada baja, manos entrelazadas, media luna a sus pies, con un ángel-atlante recogiendo el cabo de la túnica y manto de la Virgen. Lleva corona abierta, aureola de ráfagas y resplandores, túnica rosa y manto azul de estrellas. Este cuadro es mencionado por primera vez en el inventario de 1885, y posee un interesante marco de madera dorada de la misma época que el lienzo.

    Por su parte, el tercer cuadro histórico de Nuestra Señora de Guadalupe conservado en Dos-Hermanas pertenece a una colección particular y es mucho más interesante que la anterior. De grandes dimensiones (es ligeramente más grande que el cuadro de la parroquia), muestra a la Virgen de Guadalupe de México rodeada por cuatro pequeñas cartelas que representan las cuatro apariciones de la Virgen a Juan Diego. Las cartelas se encuentran en las cuatro esquinas del lienzo, presentando un mal estado de conservación las dos inferiores. Podría fecharse en la transición del XVII al XVIII.

    Por último, en la iglesia de Nuestra Señora de la Oliva de nuestra ciudad se conserva junto al altar mayor un cuadro que reproduce la imagen guadalupana, junto a otro que representa a San Juan Diego, colocados en ese lugar hace unos años por un grupo de fieles devotos nazarenos. Estos cuadros cierran otra huella novohispana en Dos-Hermanas.

  • Un Sandoval en Dos-Hermanas

    Un Sandoval en Dos-Hermanas

    Muchos son los personajes destacados de la sociedad sevillana y castellana que a lo largo del siglo XVI establecieron su residencia (más o menos estable) en Dos-Hermanas, y fijaron su interés en las tierras de su término municipal. Este hecho ayudará, y de qué manera, a la consolidación de nuestra antigua villa como municipio, habida cuenta que costó poblar Dos-Hermanas a lo largo de la anterior centuria. Personalidades como Bernardo y Juan Bautista de Grimaldo, Hernando de Lopera, Antonio de Vergara, el capitán Pedro Martínez de Oñate, don Luis Manuel de Gudiel, Pedro Sánchez Naveros, doña Margarita de Peralta, doña Leonor de Azamar, Diego López Dávalos, Hernando Díaz de Ayala o el canónigo Diego Godo Mexía (la lista es mucho más amplia) vieron clara la riqueza que ofrecían los campos nazarenos, por lo que adquirieron propiedades rústicas y pasaron largas temporadas en el municipio.

    A todos ellos hay que sumar la nobleza que terminaría estableciéndose (aunque no de manera permanente) en Dos-Hermanas. Ahí tenemos el caso de don Fernando Enríquez de Ribera, II duque de Alcalá de los Gazules, que entre 1571 y 1590 pasó temporadas en su heredamiento de Villanueva del Pítamo. O sus hijos, el IV marqués de Tarifa y la duquesa consorte de Osuna, que también estuvieron aquí presentes. Asimismo tenemos a don Miguel Martínez de Jáuregui, señor de las villas de Gandul y Marchenilla, que en 1596 lo vemos residiendo en Dos-Hermanas.

    Pero a finales del Quinientos llamó mucho la atención la presencia en nuestra villa de un importante aristócrata castellano, miembro de una de las familias más poderosas de la Castilla del momento: don Juan de Sandoval Rojas y Borja. Caballero de la orden de Calatrava, gentilhombre de la boca de Su Majestad, comendador de Carrión y del Moral, señor de Villamizar (ascendido a marquesado en 1599) y, andado el tiempo, virrey de Valencia, su poder y ascendencia creció al amparo de su hermano, don Francisco de Sandoval, I duque de Lerma y todopoderoso valido del rey Felipe III.

    Segundo hijo de don Francisco Gómez de Sandoval y Zúñiga, IV marqués de Denia, y de doña Isabel de Borja, era además, nieto por vía materna de San Francisco de Borja y, por tanto, descendiente del Papa Alejandro VI. Contrajo matrimonio con doña Bernardina Vicentelo de Leca y Corzo, distinguida dama sevillana (hija del rico mercader Juan Antonio Corzo) que anteriormente había contraído matrimonio con don Jorge Alberto Colón de Portugal y Fernández de Córdoba, III conde de Gelves y descendiente de Cristóbal Colón. De esta unión, don Juan de Sandoval no tuvo descendencia, por lo que su título nobiliario junto a sus otras preeminencias pasaría a manos del nieto de su hermano el duque de Lerma.

    La estancia de don Juan y su esposa en Dos-Hermanas está documentada desde el 23 de septiembre de 1595 hasta el 25 de enero de 1596, apenas cuatro meses en los que desconocemos en qué casa quedó establecido el matrimonio, aunque bien podría ser en la de los Díaz de Toledo, una de las más suntuosas de la localidad, que por esas fechas era propiedad de doña Leonor Díaz de Ayala. De sus acompañantes y servicio, sólo conocemos la identidad de un criado, llamado Antonio de Castro, y de una de sus doncellas sirvientes, doña Cristina de Insausti, hija de Pedro de Insausti y natural de Zaragoza, quien en octubre de 1595 otorgó poder en Dos-Hermanas a Martín de Ágreda, protonotario en el Consejo de Aragón y residente en la Corte de Madrid, para sacar copia del testamento de su padre y cobrar así lo que le correspondiese de la herencia.

    Dado que la estancia de don Juan de Sandoval fue breve y coincidió con el período del año en el que debido al mal tiempo Dos-Hermanas quedaba literalmente incomunicada con Sevilla, esto nos hace pensar que don Juan estuvo de paso en nuestra localidad y que el mal tiempo lo retuvo en ella. Su huella en la documentación notarial apunta a eso mismo, pues de las ocho escrituras públicas que otorgó ante Juan de Poza, escribano público y del cabildo de Dos-Hermanas, cinco son poderes (recordemos que éste es un tipo documental que se otorgaba cuando el interesado no podía realizar personalmente un asunto concreto). Entre esos poderes destaca el que en octubre de 1595 dio a Baltasar del Alcázar (el famoso poeta sevillano) para que cobrase a Rodrigo Jerónimo de Portocarrero, conde de Medellín, la importante cantidad de 1.610.260 maravedíes, o el que en enero de 1596 otorgó a Alonso de Córdoba, platero y mercader de perlas vecino de Sevilla y estante en esta villa, para comprar perlas, oro y plata hasta en cantidad de 30 ducados.

    Y poco más se sabe de la estancia de los Sandoval en Dos-Hermanas. Nuestra villa no debió parecerle a don Juan lo suficientemente atrayente desde el punto de vista económico como para adquirir propiedades en ella (o incluso su jurisdicción), por lo que a finales de enero de 1596, puso rumbo a la capital hispalense, sin que volviera a residir en Dos-Hermanas.

  • Una academia de música

    Una academia de música

    Capítulo importante y no del todo estudiado es el de la presencia y evolución de la música en Dos-Hermanas desde el Quinientos hasta la actualidad. Se conoce más o menos bien y se han publicado numerosos artículos y monografías sobre bandas, grupos y artistas nazarenos de los siglos XIX y XX, pero poco se sabe de una institución que podríamos considerar, aunque salvando mucho las distancias, el antecedente histórico del actual Conservatorio Elemental de Música «Maestro Andrés Segovia» de nuestra ciudad: la Academia Municipal de Música. En este presente artículo abordaremos la efímera vida de esta institución que quiso formar musicalmente a los niños nazarenos en tiempos difíciles.

    Y para ello, nos remontaremos a los inicios del siglo XX, durante el período en el que los carlistas estuvieron al frente del consistorio, la que podríamos denominar como «la Década Tradicionalista» (1899-1908). Regía los destinos del ayuntamiento el alcalde nazareno Manuel Rodríguez y Rodríguez [1899-1901], un verdadero apasionado de la música. Tanto es así que en 1876 fue nombrado organista de la iglesia de Santa María Magdalena, cargo que ocuparía hasta su muerte en 1929. También había sido entre 1878 y 1882 maestro auxiliar de la escuela pública nº 1 de esta villa, por lo que era consciente de la importancia de la música en la formación temprana de los niños.

    Ese especial interés por todo lo relacionado con el tema musical, quedaría patente en los años de su mandato como alcalde. Y es que gracias a su empeño, consiguió destinar en el presupuesto municipal para 1901 una considerable cantidad de dinero a la creación de una Academia Municipal de Música «donde gratuitamente se enseñe el arte a los niños y jóvenes de ambos sexos de la localidad». Así, en la sesión de 2 de enero de 1901, los capitulares nazarenos acordaron crear esta institución bajo varias proposiciones. En primer lugar, se nombró director de la Academia a Rufo Miranda Álvarez, natural de Alcalá de Guadaíra, «profesor acreditado y solvente», según se decía, a lo que habría que añadir que también era director de la Sociedad Filarmónica «La Alegría» de Dos-Hermanas desde su creación en 1898 hasta que en 1908, forzado por los acontecimientos políticos (caída de la coalición conservadora-tradicionalista que lo había apoyado), tuvo que marcharse de la villa.

    El horario de clase para las alumnas sería de doce del mediodía a dos de la tarde, mientras que para los alumnos sería de siete de la tarde a nueve de la noche. En definitiva, «horas distintas a las establecidas en las escuelas públicas». Asimismo, se aprobó el que se pusiese un «oficio a cada uno de los maestros de las escuelas públicas elementales para que inspiren en los niños el deseo de aprender el arte musical que tanto adorna y enaltece a los que lo poseen». Finalmente, en esa sesión se acordó que la inauguración tuviese lugar al día siguiente, 3 de enero de 1901.

    Nacía así la Academia Municipal, cuya sede, por desgracia, desconocemos dónde estaba situada, aunque es probable que se encontrara en alguna dependencia de las casas consistoriales.

    A finales de ese mismo mes tuvo lugar una muestra de los avances que iban teniendo los alumnos (cuyo número tampoco conocemos), para lo cual los carpinteros locales José Sánchez Rodríguez y Francisco González construyeron un tablero, cobrando por ello quince pesetas y veinticinco céntimos.

    Sin embargo, esta iniciativa del alcalde Manuel Rodríguez terminó naufragando meses más tarde. Días después de su marcha de la alcaldía (lo que tuvo lugar el 2 de octubre de 1901), en la sesión celebrada por los capitulares el 30 de ese mes, se dio cuenta de un escrito de Rufo Miranda, fechado ese mismo día, en el que decía lo siguiente: «Han resultado defraudadas las esperanzas de esa Corporación dignísima, creyendo que los padres habrían de aprovechar para sus hijos la enseñanza musical gratuita costeada por los fondos municipales. El que suscribe ha procurado corresponder a la confianza que el Cabildo le dispensó nombrándole Director de la Academia, poniendo de su parte celo, constancia y amabilidad para conservar y atraer alumnos; pero en vez de conseguir el pretendido fruto, poco a poco ha ido disminuyendo la concurrencia hasta el punto de no haber quedado ningún educando. Es notorio que las malhadadas divisiones políticas han traído esta indiferencia o despego al beneficio que se ofrece a los jóvenes y en esta situación, por decoro, el exponente declina el honor de seguir ocupando el cargo municipal y suplica al Ayuntamiento acepte su renuncia y la expresión de su gratitud».

    En el escrito, Miranda achaca el final de la Academia a los ataques políticos y a la dejadez de los padres. De lo primero no tenemos ninguna constancia documental, pues en las actas capitulares no se menciona crítica alguna hacia esta institución por parte de los dos grandes partidos de la Restauración (el Conservador y el Liberal), aunque es probable que los liberales indirectamente influenciaran para acabar con una institución fruto de la gestión carlista. De lo segundo, sería injusto culpar a los padres de aquellas fechas, teniendo en cuenta la situación económica por la que atravesaba la sociedad nazarena de aquellos momentos, compuesta mayoritariamente por jornaleros que muy a duras penas llegaban a fin de mes, por lo que claramente veían primordial que todos los miembros de la familia (incluidos niños) ayudaran al sostenimiento económico de la misma. Y el asistir a clases de música, en esas fechas, no estaba entre las prioridades de las familias más humildes.

    El caso es que los capitulares nazarenos, leído el escrito de Rufo Miranda, deliberaron sobre el tema, y acordaron finalmente por unanimidad aceptar la renuncia del director y suprimir la Academia de Música. Asimismo, se hizo llegar a Miranda que el Ayuntamiento quedaba satisfecho de sus servicios.

    De esta manera tan simple concluyó la breve vida de esta institución musical. La «aventura» apenas duró diez meses…

    Foto del artículo: Retrato de Manuel Rodríguez Rodríguez, alcalde de Dos-Hermanas desde 1899 hasta 1901. Colección de José Quintano Rodríguez.

  • La bula de la Santa Cruzada

    La bula de la Santa Cruzada

    La bula de la Santa Cruzada era un impuesto indirecto de carácter eclesiástico, concedido en 1509 por el Papa Julio II a los reyes españoles, pero cuyo beneficiario no era la propia Iglesia, sino el monarca hispano. Dichas bulas eran indulgencias que se vendían al inicio de cada año con la finalidad, al menos en teoría, de obtener fondos para costear la guerra contra los musulmanes (principalmente, los turcos), de ahí lo de “Santa Cruzada”. No obstante, con el paso del tiempo, sobre todo a partir de la batalla de Lepanto (1571), los conflictos con los musulmanes del Mediterráneo fueron desapareciendo, por lo que la bula pasó a ser un impuesto más, y como la gestión de la bula corría a cargo de los concejos, pronto se convirtió en una nueva carga concejil.

    En cualquier caso, muy poco se ha escrito sobre este impuesto en Dos-Hermanas, a pesar de que bien merece un estudio mucho más profundo. Quien suscribe tuvo la ocasión de estudiarlo de manera breve en la época de 1808-1814 en el libro “La villa en armas. Dos Hermanas durante la Guerra de la Independencia (1808-1814)”, publicado en 2012, al amparo de la celebración del Bicentenario de aquel episodio histórico. Y antes, en 1991, Antonio J. López Gutiérrez y Pedro Sánchez Núñez en su obra “La villa de Dos Hermanas en el siglo XVII” incluyeron una nómina de receptores de las bulas. Esto es lo único que se ha escrito sobre este tema hasta el momento.
    Pero volvamos al tema principal. Existían varios tipos de Bulas de la Santa Cruzada: la de vivos, cuyo número solía coincidir con el de habitantes de la población. Este dato proporciona una interesante información de carácter demográfico, dado que no se conservan demasiados padrones de vecinos en los siglos XVI-XVII; la de lacticinios, que permitía comer huevos y lácteos durante la Cuaresma; la de indulto de tercera clase, que autorizaba comer carne en ese mismo período; la de difuntos, que se colocaba a los muertos en las manos para conducirles a la salvación; la de composición, que se expedía a favor de los que poseían bienes ajenos cuando no constaba el dueño de ellos; y las de lacticinios de tercera y quinta clase, que permitían a los eclesiásticos el uso de aquellos manjares en ocasiones en los que estaban prohibidos por la ley canónica.

    La bula de la Santa Cruzada

    Para el reparto y venta de las bulas, siguiendo la normativa vigente, estaba el llamado receptor de bulas de la Santa Cruzada, que en el caso de Dos-Hermanas era nombrado bien por el marqués de Dos-Hermanas (dueño y señor de la jurisdicción de la villa) o por el propio consistorio al inicio de cada año, y solía coincidir con el de receptor del papel sellado. El cargo debía recaer siempre en persona que supiese leer, escribir y contar. Y también, algo fundamental, que contase con la suficiente solvencia económica para poder responder ante cualquier pérdida que se produjese. El receptor, al tomar posesión, tenía que prestar juramento y constituir fianza. La negativa de aceptar el puesto podía dar lugar a encarcelamiento. Por supuesto, el receptor debía otorgar escritura de obligación ante escribano público, para dejar constancia de aquella fianza y de que iba a ejercer su cargo con total honestidad.

    Los primeros receptores de los que se tiene constancia documental datan de principios del siglo XVII, y entre ellos encontramos siempre personas pertenecientes a los grupos más pudientes de la villa, como Juan Sarmiento, Diego Alonso Cebador o Pedro Sánchez de Arguijuela.
    En el mes de febrero de cada año, antes de comenzar la Cuaresma, un fraile predicador (fray Juan Macías, religioso de San Agustín, fue uno de ellos) que solía ser a su vez comisario de la Santa Cruzada, entregaba al receptor las bulas. La entrega solía hacerse en presencia del llamado alguacil receptor, para evitar cualquier incidencia. Una vez en su poder, el receptor de bulas las predicaba al por menor al final de los sermones de los días previos a la Cuaresma. La venta, por su parte, se hacía generalmente en el atrio de la puerta principal de la iglesia de Santa María Magdalena, a la salida de las misas dominicales (las más concurridas). Y a pesar de ser un impuesto, los vecinos de la villa no tenían la obligación de adquirirlas, aunque sí una obligación moral, con lo cual, casi todas las bulas eran compradas. Eso sí, estaban dispensados de comprarlas los pobres de solemnidad e impedidos, los jornaleros y los religiosos de la orden franciscana que no tuviesen bienes.

    Hacia el mes de agosto o septiembre el receptor debía entregar el importe de las bulas vendidas al consistorio. Y en caso de que hubiera pérdidas tenía que responder con su hacienda.

    La bula de la Santa Cruzada siguió emitiéndose en España hasta bien entrado el siglo XX (oficialmente hasta 1966, tras el Concilio Vaticano II, cuando Pablo VI suavizó las normas de ayuno), aunque en Dos-Hermanas dejamos de tener noticias a partir de la década de 1820.

  • Siete escalones…

    Siete escalones…

    Siete escalones estrechos conducen hasta la pequeña cueva u oquedad donde, según cuenta la tradición, las dos hermanas (Elvira y Estefanía Nazareno, María y Ana o Teodora y Ángela, según la versión que tomemos) encontraron la imagen de Señora Santa Ana, Patrona de nuestra ciudad.

    Se trata de una oquedad situada en el lado del Evangelio de la capilla de Santa Ana, muy próxima al presbiterio, que mide unos 2,31 metros de longitud, 1,47 metros de ancho y tan solo 1,26 metros de alto, y desde antiguo ha llamado la atención a propios y extraños. Y aun así, no son muchos los testimonios documentales conservados de la que podemos considerar, desde el punto de vista de la tradición, como el origen, la «piedra fundacional» de Dos Hermanas.

    De todas formas, la primera mención que se hace de la cueva de Santa Ana la encontramos en un documento notarial. Concretamente aparece en el segundo codicilo que Ordoño de Urresti otorgó el 7 de enero de 1558, para modificar algunas disposiciones de su testamento, otorgado el año anterior. Este Urresti era un carpintero vizcaíno asentado en Dos Hermanas desde la década de 1540, y dado su oficio, se encontraba entre los «hombres buenos» del lugar, esto es, la élite social de nuestra localidad. Casado con Juana Martín Duarte, fueron los padres de María Ibáñez (esposa del piloto de navío Santiago de Ucín), de tanta vinculación con la hermandad de la Santa Vera Cruz de nuestra ciudad. Dada la importancia que aquella mención tiene, la transcribimos íntegra a continuación: «Y mando que no se dé ninguna limosna a la obra de Señora Santana deste dicho lugar, por quanto yo le tengo dado en limosna vna puerta para poner ençima de la cueva donde se halló la Ymajen de Señora Santa (sic), en lugar del dicho ducado que yo le mandava de limosna en mi testamento, porque así es mi última y postrimera voluntad». La obra a la que hace referencia es una intervención que se le hizo al templo de la Patrona en los años centrales del siglo XVI, del que apenas tenemos noticias de su alcance. El párrafo no sólo nos aporta la primera mención a la cueva de Santa Ana, al mismo tiempo nos evidencia que ya en 1558 estaba conformada la leyenda o tradición del hallazgo de la imagen de la Santa Abuela de Cristo por las dos hermanas («donde se halló la Ymajen de Señora Santa (sic)»). Hasta ahora, la fecha más antigua de la existencia de dicha tradición no iba más allá de los últimos años del siglo XVI o primeros de la siguiente centuria, que es cuando presumiblemente se redactó la versión del licenciado Juan Ponce de León. Por tanto, esa cláusula del codicilo de Urresti tiene una gran transcendencia histórica.
    Andado un poco el tiempo, en la década de 1620, el célebre clérigo utrerano Rodrigo Caro pudo visitar la cueva, dejando escrito en sus «Antigüedades y Principado de la Ilustrísima Ciudad de Sevilla» (1634) lo siguiente: «[…] Hallóse en el mismo sitio en una cueva, debaxo de tierra, una venerable imagen de Santa Ana, de madera, y una campana pequeña, y vna Cruz de bronce de media vara, reliquias de los Christianos perseguidos de los Moros, que ganaron a España: hallaron las dos hermanas muy virtuosas, a quien dizen nuestro Señor les reveló, que allí hallarían estas reliquias, para las quales edificaron una Ermita, donde oy dentro del lugar se guardan, teniendo mucha devoción con la santa Imagen de la señora santa Ana, de la qual yo admiré mucho, que en el sitio donde se halló (que es muy húmedo) se pudiese conservar tanto tiempo cosa de madera (se refiere a la imagen de la Santa) [….]».

    No serían estas las únicas menciones que se hicieran de la cueva. En 1787, el entonces párroco de Santa María Magdalena, don Juan Vázquez Soriano, en sus respuestas al interrogatorio de Tomás López, nos dice que existía «una baranda de fierro zercando un pozo con escalera que baja a la cueva de la tradición», colocada, con toda probabilidad, para preservar el lugar y evitar las visitas de «curiosos». No dice nada de la puerta donada por Urresti, aunque puede que tal omisión se deba a un despiste del autor. Por su parte, Fernán Caballero en «La Familia de Alvareda» (1856) también menciona esa verja de hierro que rodeaba la entrada a la cueva. En cualquier caso, la verja se retiró a finales del siglo XIX o principios del XX, pues en las primeras fotografías que existen del interior de la capilla (que datan de la década de 1940) no hay ni rastro de ella.

    Por otra parte, parece ser que en tiempos pasados (al menos desde el siglo XIX) los vecinos de la villa, pensando que este sitio era milagroso por ser el escenario del hallazgo de la imagen de la Patrona, sacaban tierra de la cueva, y la echaban en pequeñas cantidades en la bebida de los enfermos para sanarlos. También se sacaba tierra para dársela a los matrimonios que no podían tener hijos, práctica que todavía hoy en día se realiza.

    Además de Rodrigo Caro y Fernán Caballero, visitaron la cueva el erudito francés Antoine de Latour y don Antonio de Orleáns, duque de Montpensier (ambos en 1856 y según relató el propio Latour, tanto el duque como él, bajaron «conmovidos a la cueva de Santa Ana»), y ya en el siglo XX el rey don Juan Carlos I en los años en que sólo era Príncipe de Asturias para los monárquicos españoles y visitaba a su tía materna doña María Dolores de Borbón-Dos Sicilias en la Huerta de la Princesa.

    Terminamos este artículo con una curiosa anécdota que fue recogida en el boletín que publicó la hermandad de Santa Ana en el año de su 475 aniversario, y que tiene la cueva como protagonista. La escena tuvo lugar en Cuba a finales del siglo XIX, en el contexto de la guerra de independencia cubana (1895-1898). Parece ser que tres soldados españoles que se encontraban en aquella isla se acercaron a un puesto para comprar un melón. El tendero, al oírles hablar les dijo: «Vosotros sois españoles… y además de Andalucía». Los soldados respondieron que sí, añadiendo que eran de Dos Hermanas, un pueblo próximo a Sevilla. El vendedor entonces les preguntó: «Si efectivamente sois de allí, decidme: ¿Cuántos escalones tiene la cueva de Santa Ana?».

  • La Historia de Dos Hermanas desde la prehistoria a la actualidad

    La Historia de Dos Hermanas desde la prehistoria a la actualidad

    Este miércoles, día 31, a las 20:00 horas, se presenta en el Centro Cultural La Almona el libro Historia de Dos Hermanas, una obra editada por el Ayuntamiento y que han realizado conjuntamente Pedro Sánchez Núñez y Antonio J. López Gutiérrez.

    La presente obra, explican sus autores, “tiene como objeto principal presentar un compendio de la historia de Dos Hermanas que cubra desde la Prehistoria hasta la actualidad”. Y es que han transcurrido 30 años de la última monografía que hacía relación a este tema y “creemos que ha llegado la hora de seguir avanzando en el conocimiento general de la historia de esta ciudad”. Se refieren al trabajo realizado por un grupo de investigadores de la ciudad que, bajo el colectivo de El Mirador, publicó en 1995 un volumen dedicado a geografía, arte e historia del municipio nazareno.

    En este nuevo trabajo han contribuido de forma esencial las numerosas investigaciones acerca de Dos Hermanas, que en forma de libro o artículo se han venido prodigando desde la década de los años ochenta. Destacando el papel de la Revista de Feria, conocida actualmente como Revista Cultural de Dos Hermanas.

    Tres categorías en el texto

    Cuando los autores trazaron las líneas maestras por las que iba a discurrir el contenido de Historia de Dos Hermanas, pensaron sobre todo en el público al que dirigirse y decidieron que la forma más práctica para interesar al mayor número posible de lectores era establecer tres categorías en el texto.

    La primera, explican, “es para aquellos que solo les interesa conocer superficialmente cualquiera de los 30 capítulos de los que se compone esta obra”. Para ellos, se ha colocado una sinopsis al comienzo de cada capítulo y un número relevante de fotos que complementan dicha visión.

    La segunda categoría acerca más al mundo de la investigación, mostrando multitud de ejemplos de documentos secundarios representados por una bibliografía específica de corta extensión, que acompaña a cada uno de los capítulos. En las páginas finales del libro se podrá encontrar una bibliografía general de Dos Hermanas en la que recogemos los libros y artículos de libros que tratan sobre ella.

    La tercera categoría piensa en aquellas personas interesadas en reconstruir el pasado de la ciudad y que cuentan con un compendio de información bastante relevante para poder iniciarse en la investigación científica.

  • Un crucifijo de cristal

    Un crucifijo de cristal

    Ya hemos tenido ocasión de mencionar el hecho de que la parroquia de Santa María Magdalena de nuestra ciudad nunca ha sido “rica” en patrimonio ni en rentas, como sí lo fueron otras parroquias de su entorno más cercano, como las de la villa de Utrera o las de la ciudad de Sevilla. Siempre fue un templo humilde que si bien poseía innumerables tributos a favor, éstos eran pagados por jornaleros que a duras penas llegaban a final de mes.

    Esa situación la puso de manifiesto en 1837 el entonces mayordomo de fábrica, Francisco de Paula Vigil, a la autoridad eclesiástica, en los siguientes términos: “Este es todo el caudal que tiene la fábrica de la yglecia de la villa de Dos Hermanas: los tributos y este manchón y adgregación de los diezmos que no valen nada, y los tributos incobrables por estar todos en poder de pobretones llenos de miserias, que ni el señor general Espartero con toda su Divición de soldados si biene a cobrar los dichos tributos se va sin cobrarlos, porque no tienen los pobres, esto es una verdad y es la causa por donde está la fábrica tan empeñada con sus pobres ministros como se puede ver”.

    No obstante, atesora ciertas piezas que son dignas de destacarse. Ya hicimos referencia a algunas de ellas en esta misma publicación, y en esta ocasión nos detendremos en un pequeño crucifijo de cristal, de finales del siglo XVII y de gran valor histórico, que ha pasado desapercibido, entre otras cosas por desconocerse su dueño y en qué momento llegó a la parroquia. A estas dos incógnitas pudimos dar solución gracias, una vez más, a la documentación notarial.

    Así, sabemos que perteneció al licenciado don Alonso Martínez del Pozo, uno de los curas de la parroquia entre los años 1660 y 1677 y capellán de varias capellanías. Nació en torno a 1641, en Columbrianos, un pequeño pueblo de El Bierzo (obispado de Astorga), siendo hijo de Gonzalo Martínez y de Beatriz Durán. Llegó a Dos-Hermanas en 1660 donde su tío el licenciado don Francisco Rodríguez del Pozo era cura beneficiado para ayudar al párroco en los quehaceres diarios. Tiempo después, en octubre de 1676 dio poder cumplido a Francisco de Toledo, residente en la villa y Corte de Madrid, para que en su nombre compareciera ante el Nuncio de España y “pídale se me despachen letras para conpulsar los autos del clericato que tengo yntentado ante el Juez de la Santa Yglesia de la ciudad de Sevilla, y elevar los autos ante dicho Señor Nuncio para que probea en ellos lo que fuere Justicia y eleuados en mi nombre los siga, fenesca y acaue por todas instancias y sentencias que para ello le doy el poder”. Residió en unas casas con su bodega y atarazanas en la calle del Canónigo (dando el postigo de la bodega al matadero), que heredó de su tío el referido beneficiado.

    Pero centrándonos en el asunto que nos ocupa, en su mesa de escritorio tenía el crucifijo de cristal al que nos referimos del que desconocemos su autoría y procedencia, aunque presumiblemente lo adquiriría en Sevilla. Pues bien, en agosto 1694 redactaría un testamento cerrado, que no fue abierto hasta enero de 1710, muy poco después de su muerte (que acaeció a las cuatro de la tarde del 26 de ese mes y año). En dicho testamento, ordenó ser “amortajado con hornamentos de decir misa, con alua, amito, estola, manípulo y una casulla morada y bonete y un cáliz de plata en las manos”. De esta manera seguía la vieja costumbre de los sacerdotes de ser amortajado no con los hábitos de órdenes monásticas (de los carmelitas o franciscanos, por ejemplo), como hacía el pueblo llano, sino con las vestiduras eclesiásticas.

    Al mismo tiempo, mandó dar “de limosna a la fábrica desta uilla un relicario de plata y una cruz de cristal con los cauos y guarnición de plata sobredorada y una Ymagen del Señor crucificado en medio, y una casulla y dos albas, la una con soles y la otra con puntas, un misal, unos corporales mui ricos y una custodia en que se encierra el Señor el Viernes y Jueves Santo, un caxón nuevo que es el que oy tiene la cofradía del Santísimo y una casulla rica, que casulla y alba de soles están en mi poder”, a lo que añadió que era su voluntad “que la casulla y alba se le dé a la fábrica con calidad que dicha fábrica tenga obligación de darme un amito y alba, cíngulo usado o biexo para amortajar mi cuerpo, y la casulla viexa morada que tiene dicha fábrica porque es mi voluntad enterrarme con ella que aunque no la puedo pedir por Justiçia por auerlo dado a mi Yglesia, por vía de vienechor, lo suplico al beneficiado y cura que son o fueren”.

    Por tanto, fue así (vía testamentaria) como aquel “cruz de cristal con los cauos y guarnición de plata sobredorada y una Ymagen del Señor crucificado en medio” llegó a manos de la parroquia en enero de 1710, y desde entonces se encuentra en ella, sin que se le haya dado una utilidad ni protagonismo, razón por la cual, insistimos, ha pasado desapercibido. Pero, indudablemente, estamos ante una de las joyas más destacadas del patrimonio nazareno, por su antigüedad y lo peculiar de su material.

    Mirador

    FOTO DEL MES La fotografía que traemos este mes fue publicada en la Revista de Feria de 1979, y en ella vemos parte del mirador que se encontraba en el cruce de las calles Santa María Magdalena y del Canónigo. Un mirador que fue construido en los últimos años del siglo XVIII y que perteneció a la pequeña hacienda de Francisco José de Rivas y Arquellada, escribano público y del cabildo que falleció en 1800 víctima de la epidemia de fiebre amarilla. Por desgracia, el mirador y el resto de la primitiva hacienda fueron destruidos en la década de 1970.

  • Jesús Barbero Rodríguez, historiador de Dos Hermanas

    Jesús Barbero Rodríguez, historiador de Dos Hermanas

    Se considera un devoto más de Santa Ana, siendo hermano de la corporación de la Patrona desde hace 25 años. Este viernes, día 28, a las 21:00 horas, en su capilla, el historiador Jesús Barbero Rodríguez presenta su libro La devoción a Señora Santa Ana en Dos Hermanas. Breve recorrido a través del tiempo, en el marco de los actos del V Centenario de esta corporación

    Tras su primera incursión en la historia de la Hermandad de Santa Ana, en un libro publicado en 2010, ¿Qué nos puede contar de su nuevo libro, La devoción a Santa Ana en Dos Hermanas. Breve Recorrido a través del tiempo?
    En aquel primer libro analicé la evolución de la Hermandad de Santa Ana como institución a lo largo de los siglos, encargada de velar y difundir la devoción a la Patrona. Y en este nuevo libro estudio precisamente esa devoción, que tanto significado ha tenido en la Historia de nuestra ciudad. Podemos afirmar que ambos libros se complementan.

    ¿Cómo ha sido para Jesús Barbero Rodríguez el proceso de creación de este libro: tiempo invertido y fuentes bibliográficas y personales a las que has acudido?
    Para la elaboración del libro es mucho el tiempo invertido, acudiendo principalmente a la documentación notarial de Dos Hermanas custodiada en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla, a los registros sacramentales de la parroquia de Santa María Magdalena (único templo que hubo en nuestra ciudad hasta mediados del siglo XX) y a las actas capitulares conservadas en el Archivo Municipal.

    ¿Qué cosas de interés vamos a descubrir en este libro, bien en datos, curiosidades o imágenes sobre la devoción a Santa Ana?
    El libro recoge todos los aspectos de esta más de cinco veces centenaria devoción. No debemos olvidar que está estrechamente ligada al propio origen del municipio, si nos atenemos a la tradición. Tantos siglos dan para mucho y ciertamente hay muchas anécdotas, como la que tuvo lugar en 1843, cuando la función principal en honor a Santa Ana no se celebró el día 26 de julio, sino el día 28 de agosto, debido al bombardeo de la ciudad de Sevilla por las tropas del general Espartero, que tuvo lugar entre el 18 y el 27 de julio. Asimismo, se recogen las biografías de los principales personajes relacionados con esta devoción (como fray Isidoro de Castro, el licenciado Juan Ponce de León o Enrique Sánchez), y la segunda parte del libro es una selección de fotografías que reflejan la devoción de un pueblo a su Patrona.

    «En este libro estudio la devoción a Santa Ana, que tanto significado ha tenido en la Historia de nuestra ciudad»

    ¿Qué imagen aparece en portada, cuántas páginas tiene el libro y cuántas imágenes se han incluido? ¿Quién lo imprime y cuántos ejemplares se van a editar?
    El libro tiene 125 páginas, siendo el autor de su portada José María Gordillo, un profesional de gran prestigio, quien además ha sido el encargado de la maquetación. Diseño Sur es la encargada de su impresión.

    ¿Dónde se podrá adquirir este libro?
    La Hermandad de Santa Ana será la encargada de poner a la venta los ejemplares de este libro, anunciándose próximamente los lugares donde se podrán adquirir.

    Este libro se enmarca en los actos del V Centenario de la Hermandad de Santa Ana, del que ya ha participado en la exposición que tuvo lugar en el Centro Cultural La Almona. ¿Cuál es la vinculación de Jesús Barbero Rodríguez con esta hermandad?
    Para mí fue un motivo de orgullo participar como comisario en la elaboración y organización de la exposición, que quiso, precisamente, poner en valor lo que supone hoy en día y lo que supuso en tiempos pasados la devoción a Santa Ana en Dos Hermanas. Me considero un devoto más de la Santa Patrona, perteneciendo a su hermandad desde hace poco más de 25 años.

    Como historiador local, ¿qué papel ha tenido la imagen de Santa Ana en Dos Hermanas a lo largo de estos 500 años de historia? ¿Ha sido una evolución regular o irregular?
    La devoción a Santa Ana ha jugado un papel muy relevante en el ámbito de la espiritualidad y religiosidad popular de la antigua villa de Dos Hermanas desde el principio. De hecho se encuentra estrechamente ligada a los orígenes del propio municipio. Recordemos que según cuenta la tradición (que ha pasado de generación en generación), fue el hallazgo de la imagen de Santa Ana por las dos hermanas el punto de arranque de nuestra ciudad. Y tanta devoción sintieron los nazarenos del pasado, que la llegaron a proclamar “Patrona de la villa”, manteniendo tal título en la actualidad. Y como cualquier otra devoción, ha tenido numerosos altibajos a lo largo de la Historia: momentos de esplendor (siglos XVI-XVIII) junto a otros de letargo y postración (buena parte del siglo XIX y del XX).

  • Catalina de Ribera protagoniza el nuevo libro de Loly López

    Catalina de Ribera protagoniza el nuevo libro de Loly López

    La escritora nazarena Loly López Guerrero presenta su séptima novela, la segunda histórica, con la figura de Catalina de Ribera como protagonista. De la mano de la editorial Diversidad Literaria, la puesta de largo de este libro será en la sala multiusos de la biblioteca en Huerta Palacios este jueves, día 22, a las 20:00 horas.

    La idea de esta novela, recuerda su autora, “surge cuando escribí sobre María Cerezo, la mujer de Américo Vespucio, ya que ambas eran de la misma época, siglo XVI, y se conocieron”. Por lo que, como ya ocurriera con su primera novela histórica, “me animé a escribir sobre ella porque hay muy poco publicado y me gusta visibilizar estos personajes femeninos de la historia”.

    Loly López Guerrero ha invertido en esta novela sobre Catalina de Ribera tres años de su vida, tanto en la documentación como en la escritura, contando con la ayuda de algunos historiadores. El resultado, apunta, “es una ucronía, que mezcla la realidad con la ficción”.

    Las personas que lean este libro van a conocer a una mujer “que se involucró mucho con la sociedad andaluza para ayudar a las mujeres y niños que estaban en la calle”. También de ser la impulsora del Hospital de las Cinco Llagas, conocido como Hospital de la Sangre. Además de estar vinculada con Dos Hermanas, ya que “la actual sede de Servicios Sociales era un inmueble de su familia”.