Etiqueta: evangelio

  • Esperando en adviento

    Esperando en adviento

    Mc 13,33-37

    • ENTONCES, JOSÉ, ¿para cuándo esperáis al niño?
    • Muy pronto faltan solo algunas semanas.
    • Ya estaréis nerviosos preparándolo todo. Tener un hijo es una ilusión grande. Yo creo que verdaderamente más grande no hay otra.
    • Sí; estamos muy ilusionados, pero a la vez preocupados. Tener un hijo es una responsabilidad, y cuando son tan pequeñitos y tan frágiles, y sin saber decirte lo que les pasa o dónde les duele si se ponen malitos…
    • Bueno, bueno; quizás es peor cuando ya saben hablar y salen y entran solos… Oye, ¿cuándo os mudáis al piso? Porque vivir en la habitación de un piso compartido y con un niño pequeño tiene que ser un lío.
    • Ya estamos mudándonos. El piso es pequeño, pero por lo menos tendremos una cocina y un cuarto de baño para nosotros solos. La verdad es que lo estamos preparando todo con mucha ilusión. María y yo hemos hablado con su madre y le hemos pedido que no fume en el piso cuando se quede cuidándonos al niño, que no es bueno que el pequeño se críe con esos vicios a su alrededor. Yo ya lo he dejado. También hemos decidido dejar de hablarnos en un tono tan alto. Tú ya sabes las voces que doy yo para cualquier cosa. Y me dice María que el niño, en su vientre, se pone nervioso cuando escucha voces grandes… Intentaremos ser unos buenos padres.
    • Vais a ser unos padres magníficos. María y tú os queréis mucho y sois muy buenas personas. Ya verás como todo va muy bien. ¿Qué nombre habéis elegido para el niño?
  • Un grito hondo

    Un grito hondo

    (Mt 25,31-46) El sufrimiento del pobre, del inocente maltratado, del que sufre provoca en nosotros un grito hondo que nuestro corazón no puede dejar de escuchar. Ese grito, silente y ensordecedor, nos hace personas.

    La revelación bíblica ha mostrado siempre que el clamor del pobre llega a los oídos de Dios. Y Dios llama a hombres y mujeres para que sean sus manos de misericordia y sus labios de consuelo. Así hizo con Moisés cuando desde la zarza ardiente lo envió a liberar a su pueblo que sufría esclavitud en Egipto. Así lo hizo con los profetas cuando clamaban contra la injusticia y la impiedad de los poderosos de Israel. La plenitud de la revelación, el Verbo hecho carne, Jesucristo lleva hasta lo inaudito esta verdad: “Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; estuve enfermo o en la cárcel y vinisteis a verme”. Jesucristo nos revela su presencia real en la persona sufriente, la presencia real de Dios en quien necesita de nuestra ayuda y consuelo.

    ¿Qué manera de ser tiene Dios para identificarse real y personalmente con el que sufre? ¡Qué distinto el Dios verdadero de aquellos ídolos, que quieren suplantarlo, y en nombre de los cuales se maltrata o se asesina!

    Manos y ojos misericordiosos por toda la eternidad, ese es el Dios verdadero, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Permítenos, Señor, acercarnos a ti, al pobre humildemente.

  • Amor o nada

    Amor o nada

    (Mt 22, 34-40) ¿Qué te ofrece quién te dice: “Te quiero”? ¿Qué acoges cuando ese sentimiento es mutuo y su declaración de amor te llega al alma?

    En principio nada. Ninguna cosa nos da el amor, ni bienes materiales, ni prestigio, ni siquiera placer. Si buscamos el amor por cualquiera de esas cosas, no sería amor. Y, sin embargo, cuando nos sentimos amados se nos ofrece “un mundo”, la experiencia de vivir en plenitud, de ser más que nosotros mismos, un rincón vital en el que estar con quien amamos, habiendo perdido todo lo demás su importancia. Así lo viven los enamorados, así lo vive la madre que amamanta a su hijo, así lo vive quien reza, así lo vive quien mira a los ojos al que sufre. El mandamiento “amarás al Señor con todo el corazón y al prójimo como a ti mismo” contiene la Ley entera y los profetas. Todo está dicho en él: lejos de la impiedad y la mentira, lejos de la marginación y la injusticia, toda bondad verdadera mana de esa fuente.

    Pero para que no nos engañáramos y viviéramos una versión románticamente edulcorada del amor, el Señor nos dio el mandamiento nuevo: “Amaos unos a otros como yo os he amado”. En el amor de Cristo podremos vivir, incluso nuestras luchas con la alegría del Espíritu Santo. El Espíritu nos permite vivir en el amor toda dificultad, toda circunstancia, y decir: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza”.

  • Motivo de Perdón

    Motivo de Perdón

    (Mateo 5, 38-48) Motivos para guardar rencor a quien nos hizo mal todos tenemos. Sentimos que no nos trataron con justicia en aquella ocasión concreta, ya que éramos mejores que todos los demás. Sentimos que se nos clava todavía en el alma aquella palabra o aquel gesto de desprecio, o aquel silencio o la ausencia de un gesto de aprecio. Nos hicieron daño y nos “recreamos” una y cien veces en aquella maldad que sufrimos. Pero tenemos también muchos motivos para el perdón, y nos es tan necesario vivir desde la reconciliación…

    Se nos ha regalado la vida y el amor con que nos han amado y nos aman los nuestros. El don continuo de poder acoger y entregar un amor profundo puede, y debe, relativizar toda oscuridad en nuestra vida. Es más, nos da poder para iluminar la oscuridad de quien necesita imponerse a los otros, o ser más que nadie, para poder aceptarse a sí mismo. Cuando tienes “lo más” no te debe importar lo que “no tiene peso”.

    El mayor motivo para vivir reconciliados y ofreciendo reconciliación es el reconocer Quien nos ha ofrecido esos dones de la vida y del amor. No, no se deben a tu bondad; tampoco a la bondad de quien te quiere o de a quien tú quieres. El amor es un misterio hondo profundo que no se explica desde la naturaleza. El amor que cada uno vivimos es regalo personal de la fuente misma del amor. Dios es amor. ¿Cómo no vivir ofreciendo perdón si Dios, al que ni los cielos pueden contener, se ha hecho hombre para colmar de amor nuestra vida?

  • Espíritu Ruah

    Espíritu Ruah

    (Jn 20, 19-23) ESPÍRITU en hebreo se dice Ruah, una fuerza que era fuente de vida y movilizaba a los profetas para que cumplieran la misión que Dios les encomendaba. La “ruah” es el aire que respiramos y nos permite vivir; es símbolo de la presencia del Dios que siempre está con su pueblo.

    Sutil como la brisa que refresca y alegra en verano. Invisible como el aire que impulsa los veleros en el mar. Irresistible como la ráfaga que, en otoño, te vuelve el paraguas del revés. Así es el Espíritu de Dios en nuestra vida. Siempre una sutil invitación a tu libertad para que vivas desde el amor. Invisible conjunción de las cosas que hace que sabes qué rumbo has de tomar en la vida. Irresistible poder de Dios ante el que sabes que tu vida depende de acoger con humilde obediencia su voluntad.

    Ruah, en la gramática hebrea, es una palabra femenina. La Ruah tiene esa sabiduría femenina, maternal, de saber antes que nadie lo que te ocurre, lo que estás sintiendo, lo que te conviene de verdad; también, como los varones podéis imaginar, es imposible de descifrar.

    Dejarse llevar por el Espíritu de Dios es siempre la mayor aventura de amor y de plenitud que puede vivir una persona, una familia, una comunidad cristiana. El Espíritu romperá tus rutinas y tus expectativas, para compensarte te dará una luz distinta en la mirada, como cuando una brisa limpia la niebla del horizonte.

  • Creer sin ver

    Creer sin ver

    CREER SIEMPRE es una apuesta, una aventura; como amar; como crear. La fe no es mera credulidad; quien cree en Dios encuentra todo su ser comprometido en esa confianza. Deja a un lado la superficie de la vida y se adentra en lo profundo de su propia humanidad.

    Hay razones para creer en Dios. Pero hay ocasiones en las que todas esas razones se oscurecen; y todo lo que eran luces se convierten en sombras ante la tiniebla que segó la vida de quien amamos. La muerte del marido, de un hijo… convierte en absurda toda palabra de esperanza, en burla toda frase de consuelo. Eso le ocurrió al apóstol santo Tomás. Los otros le hablaban de que Jesús había resucitado, pero tanto era su sufrimiento que no pudo sino expresarse con la violencia de su dolor: “Si no meto mis dedos en sus yagas, no creo.”

    Todas las comunidades cristianas contamos con el testimonio de personas que han perdido a quien más querían; y que, con todo su sufrimiento, se agarraron a la fe en Cristo muerto y resucitado; y sin comprender, y con el apoyo de los compañeros de la comunidad, comenzaron a sentir el bálsamo que necesitaba su herida, a recorrer el camino nuevo que la vida les había deparado, a encontrar fuerzas para seguir respirando; y han llegado a vivir la bienaventuranza de los que creen sin ver.

  • Con la Iglesia hemos dado, Sancho

    Con la Iglesia hemos dado, Sancho

    (Mateo 25, 14-30) BUSCABA DON QUIJOTE de la Mancha, entre las sombras de la noche, el inexistente palacio de la bella Dulcinea del Toboso. Cuando ve la sombra de un edificio alto y robusto, piensa que había tenido éxito. Al clarear el día se dio cuenta que no era palacio ninguno sino la torre de iglesia. Desilusionado, pronunció esta sentencia que ha pasado a nuestro refranero como crítica a un poder institucional al que ni razones ni presiones consiguen mover.

    La Iglesia sigue mostrando, a veces, un inmovilismo que justifica el dicho. Cuando mostramos recelo y rechazo contra toda novedad, cuando buscamos los defectos de todo movimiento social y lo juzgamos con dureza, cuando se pretende imponer a toda la sociedad normas morales que solo han de acogerse en la libertad de la experiencia de fe, parece que el refrán tiene razón.
    Y el hecho es que no faltan entre los discursos eclesiásticos condenas indiscriminadas de la filosofía moderna y de los movimientos sociales que han conseguido avanzar la democracia y la libertad.

    Para que se nos escuche con empatía, y nuestras razones sobre la persona y la sociedad tengan eco, San Pablo nos ofrece un camino adecuado: el reconocimiento de las propias debilidades, y vivir con humildad la tarea de anunciar la verdad del Evangelio.

    Del mismo modo, Jesús tuvo que aceptar que sus paisanos no creyeran en él, sin que ello le impidiera anunciar el Reino. También nosotros, aceptando la libertad y la diversidad de la sociedad, tenemos que denunciar con humildad las ideologías y los comportamientos que deshumanizan, que cercenan la vida, y anunciar la misericordia de un Dios que es Padre y que siempre espera nuestra conversión.

  • El poder de lo pequeño

    El poder de lo pequeño

    (Marcos 4,26-34) PARECE QUE A DIOS le gusta servirse de lo pequeño para hacer sus obras más grandes. La vida de las personas, comienza por ser una pequeña célula, insignificante, impotente, en el vientre de una mujer. Y ese pequeño embrión irá creciendo, desarrollándose hasta dar lugar a una persona con capacidad de ser libre y de amar, de ser amado y de crear.

    Nos dicen los astrofísicos que el universo también comenzó por una explosión de energía inimaginable que ocupaba un espacio pequeñísimo; y que fue expandiéndose y desarrollándose hasta dar lugar al cielo estrellado que, a nosotros, nos admira en las noches de verano, y a los científicos en cada nuevo descubrimiento que hacen.

    A Dios le gusta lo pequeño, lo aparentemente insignificante, para realizar su obra. Por eso le gustas tú. No son tus virtudes y capacidades lo que más ama el Padre de ti. ¡Claro que también las ama! ¡Si él mismo te las ha regalado! Pero lo que lo enamora es tu pequeñez y tu humildad, la gracia de tu espontaneidad, cuando no pretendes ser nada ante nadie, tu servicio y tu sonrisa transparentes, la belleza de tu interior.

    El mundo está lleno de personas que quieren ser grandes, y que se empujan y se desplazan unas a otras. Y, como dice el refrán africano: «Cuando los elefantes se pelean quien sufre es la hierba». Semilla que se siembra en el surco del mundo, eso hemos de ser. Si es semilla de vid o de trigo, que no crece sino unos centímetros desde el suelo, darás pan y vino; si es semilla de palmera, que despide los últimos rayos de sol, darás dátiles dulces y sabrosos.
    No pretendas ser ni más ni menos de lo que eres: un hijo queriendo agradecer a su Padre su bondad, dando los frutos para los que está hecho.

  • Benditos de mi Padre

    MÁS DE 3.000 PERSONAS han muerto en el Mediterráneo en lo que va de año. En Libia, un país sin estado, los traficantes de inmigrantes están vendiendo hombres a 400 o 500 euros la «pieza», según denuncia un reportaje de la CNN, sin que se sepa cuál es su destino. Hombres, mujeres y niños sufren condiciones tan indignas de vida que se embarcan en manos de desalmados que los lanzan por la borda en cuanto se acerca la guardia civil, 3 murieron hace unos días cerca de Ceuta… (más…)

  • Sabiduría que no sapiencia

    ENCUENTRA UNO la sabiduría en quien menos espera, en los pobres y los sencillos.
    Hay quien es tremendamente inteligente en su profesión, inteligentes estudiosos, brillantes conferenciantes, admirados profesores, pero que en su vida personal viven atenazados por el juicio que de él hacen los otros, buscando constantemente una aprobación y una estiman que ellos no descubren en sí mismos. Son inteligentes, pero no tienen sabiduría. (más…)