Categoría: Memoria DH

Conoce la historia de Dos Hermanas

La memoria de la ciudad nazarena contada capítulo a capítulo. En esta sección encontrarás una gran recopilación de artículos. Estos artículos echan la vista atrás, de manera que en cada uno de ellos podemos descubrir cosas nuevas de nuestro pasado.
Además, en cada artículo podrás ver imágenes de antaño, acordes al tema del artículo en cuestión. Curiosidades, datos, costumbres… Descubre cómo era tu ciudad en el pasado.

  • Siete escalones…

    Siete escalones…

    Siete escalones estrechos conducen hasta la pequeña cueva u oquedad donde, según cuenta la tradición, las dos hermanas (Elvira y Estefanía Nazareno, María y Ana o Teodora y Ángela, según la versión que tomemos) encontraron la imagen de Señora Santa Ana, Patrona de nuestra ciudad.

    Se trata de una oquedad situada en el lado del Evangelio de la capilla de Santa Ana, muy próxima al presbiterio, que mide unos 2,31 metros de longitud, 1,47 metros de ancho y tan solo 1,26 metros de alto, y desde antiguo ha llamado la atención a propios y extraños. Y aun así, no son muchos los testimonios documentales conservados de la que podemos considerar, desde el punto de vista de la tradición, como el origen, la «piedra fundacional» de Dos Hermanas.

    De todas formas, la primera mención que se hace de la cueva de Santa Ana la encontramos en un documento notarial. Concretamente aparece en el segundo codicilo que Ordoño de Urresti otorgó el 7 de enero de 1558, para modificar algunas disposiciones de su testamento, otorgado el año anterior. Este Urresti era un carpintero vizcaíno asentado en Dos Hermanas desde la década de 1540, y dado su oficio, se encontraba entre los «hombres buenos» del lugar, esto es, la élite social de nuestra localidad. Casado con Juana Martín Duarte, fueron los padres de María Ibáñez (esposa del piloto de navío Santiago de Ucín), de tanta vinculación con la hermandad de la Santa Vera Cruz de nuestra ciudad. Dada la importancia que aquella mención tiene, la transcribimos íntegra a continuación: «Y mando que no se dé ninguna limosna a la obra de Señora Santana deste dicho lugar, por quanto yo le tengo dado en limosna vna puerta para poner ençima de la cueva donde se halló la Ymajen de Señora Santa (sic), en lugar del dicho ducado que yo le mandava de limosna en mi testamento, porque así es mi última y postrimera voluntad». La obra a la que hace referencia es una intervención que se le hizo al templo de la Patrona en los años centrales del siglo XVI, del que apenas tenemos noticias de su alcance. El párrafo no sólo nos aporta la primera mención a la cueva de Santa Ana, al mismo tiempo nos evidencia que ya en 1558 estaba conformada la leyenda o tradición del hallazgo de la imagen de la Santa Abuela de Cristo por las dos hermanas («donde se halló la Ymajen de Señora Santa (sic)»). Hasta ahora, la fecha más antigua de la existencia de dicha tradición no iba más allá de los últimos años del siglo XVI o primeros de la siguiente centuria, que es cuando presumiblemente se redactó la versión del licenciado Juan Ponce de León. Por tanto, esa cláusula del codicilo de Urresti tiene una gran transcendencia histórica.
    Andado un poco el tiempo, en la década de 1620, el célebre clérigo utrerano Rodrigo Caro pudo visitar la cueva, dejando escrito en sus «Antigüedades y Principado de la Ilustrísima Ciudad de Sevilla» (1634) lo siguiente: «[…] Hallóse en el mismo sitio en una cueva, debaxo de tierra, una venerable imagen de Santa Ana, de madera, y una campana pequeña, y vna Cruz de bronce de media vara, reliquias de los Christianos perseguidos de los Moros, que ganaron a España: hallaron las dos hermanas muy virtuosas, a quien dizen nuestro Señor les reveló, que allí hallarían estas reliquias, para las quales edificaron una Ermita, donde oy dentro del lugar se guardan, teniendo mucha devoción con la santa Imagen de la señora santa Ana, de la qual yo admiré mucho, que en el sitio donde se halló (que es muy húmedo) se pudiese conservar tanto tiempo cosa de madera (se refiere a la imagen de la Santa) [….]».

    No serían estas las únicas menciones que se hicieran de la cueva. En 1787, el entonces párroco de Santa María Magdalena, don Juan Vázquez Soriano, en sus respuestas al interrogatorio de Tomás López, nos dice que existía «una baranda de fierro zercando un pozo con escalera que baja a la cueva de la tradición», colocada, con toda probabilidad, para preservar el lugar y evitar las visitas de «curiosos». No dice nada de la puerta donada por Urresti, aunque puede que tal omisión se deba a un despiste del autor. Por su parte, Fernán Caballero en «La Familia de Alvareda» (1856) también menciona esa verja de hierro que rodeaba la entrada a la cueva. En cualquier caso, la verja se retiró a finales del siglo XIX o principios del XX, pues en las primeras fotografías que existen del interior de la capilla (que datan de la década de 1940) no hay ni rastro de ella.

    Por otra parte, parece ser que en tiempos pasados (al menos desde el siglo XIX) los vecinos de la villa, pensando que este sitio era milagroso por ser el escenario del hallazgo de la imagen de la Patrona, sacaban tierra de la cueva, y la echaban en pequeñas cantidades en la bebida de los enfermos para sanarlos. También se sacaba tierra para dársela a los matrimonios que no podían tener hijos, práctica que todavía hoy en día se realiza.

    Además de Rodrigo Caro y Fernán Caballero, visitaron la cueva el erudito francés Antoine de Latour y don Antonio de Orleáns, duque de Montpensier (ambos en 1856 y según relató el propio Latour, tanto el duque como él, bajaron «conmovidos a la cueva de Santa Ana»), y ya en el siglo XX el rey don Juan Carlos I en los años en que sólo era Príncipe de Asturias para los monárquicos españoles y visitaba a su tía materna doña María Dolores de Borbón-Dos Sicilias en la Huerta de la Princesa.

    Terminamos este artículo con una curiosa anécdota que fue recogida en el boletín que publicó la hermandad de Santa Ana en el año de su 475 aniversario, y que tiene la cueva como protagonista. La escena tuvo lugar en Cuba a finales del siglo XIX, en el contexto de la guerra de independencia cubana (1895-1898). Parece ser que tres soldados españoles que se encontraban en aquella isla se acercaron a un puesto para comprar un melón. El tendero, al oírles hablar les dijo: «Vosotros sois españoles… y además de Andalucía». Los soldados respondieron que sí, añadiendo que eran de Dos Hermanas, un pueblo próximo a Sevilla. El vendedor entonces les preguntó: «Si efectivamente sois de allí, decidme: ¿Cuántos escalones tiene la cueva de Santa Ana?».

  • El asesinato de Puerto Parra

    El asesinato de Puerto Parra

    Ya hemos hecho mención en una entrega anterior al carácter violento no sólo de la sociedad nazarena, sino de la propia sociedad sevillana y castellana (que podríamos ampliar a otros niveles, claro está), razón por la cual, era muy común el portar armas blancas de todo tipo (espadas, estiletes, dagas, puñales…). Y el llevarlos implicaba, en la mayoría de los casos, su utilización en peleas y discusiones, por lo que el final era el que podemos suponer: heridas leves o graves.

    Son muchos los casos documentados de peleas con armas blancas de por medio en la Dos-Hermanas del Siglo de Oro. En esta ocasión nos centraremos en uno de esos altercados que terminaron con la muerte de un nazareno: Francisco Domínguez, hijo de un destacado labrador de la villa, Juan Domínguez Montero. Y tuvo lugar en el puerto de Parra, un cargadero o embarcadero situado en los llanos de Tablada, en el término municipal nazareno, del que ya hablamos en mayo de 2018.

    En dicho embarcadero se cargaba en naos gran cantidad de cereal, aceite y vino procedentes de las haciendas y cortijos de Dos-Hermanas con destino a las Indias y a otros puertos europeos. Por tanto, el trasiego de personas en este punto era considerable, y las trifulcas estaban servidas.

    En marzo de 1639 atracó en el embarcadero la nao nombrada “Nuestra Señora del Rosario”, “que de presente está de partida para las Yndias del Rey Nuestro Señor, probinzia de Tierra Firme, de que es dueño y capitán Francisco Peláez”. Iba a ser cargada con pipas de aceite y vino traídas a aquel lugar por varios carreteros, entre los que se encontraba el ya mencionado Francisco Domínguez. Hijo del también referido Juan Domínguez Montero (c.1565-1650) y de su segunda esposa, Ana Martín, estaba en esas fechas casado con Isabel García, y tenía una hija de su primer matrimonio con Francisca Molina, llamada María Molina o Domínguez.

    Por motivos que desconocemos (no se conserva el proceso judicial), hubo una acalorada pelea entre Domínguez y varios marineros de aquella nao que terminó con la muerte del nazareno. Al poco se personaron en el puerto de Parra los cuadrilleros de la Santa Hermandad de Dos-Hermanas (recordemos que el embarcadero estaba bajo la jurisdicción de nuestra villa), quienes apresaron a diez marineros que fueron trasladados a la cárcel pública de esta villa. El día 30 de ese mes de marzo, Isabel García, viuda de Domínguez, otorgó carta de perdón a favor de nueve marineros presos, al tiempo que declararía que contra ellos “e seguido causa y se prendieron los susodichos y se enbargaron bienes y se les tomó sus confesiones y se reçiuió la causa a prueua y se les hizo cargo con çierto término, e yçieron çiertos descargos los dichos reos y está el pleito concluso y para sentençiar, según y como por él pareçe que pasa ante don Rodrigo de Salinas y Pineda, alcalde de la Santa Hermandad en el estado noble y ante Luis Cornexo, escribano público y del conçexo desta uilla a que me refiero”. Acto seguido, dispuso que “porque a mí me consta de la poca culpa que en la dicha muerte tienen los dichos Leonardo Juan, Manuel Hernández, Juan Veltrán, Lorenço Ramos, Manuel Váez, Manuel Fernández, Seuastián Rodríguez, Lorenço Ramos, grumete, y Domingo Díaz, y aunque la tengan como sauidora que soy de mi derecho y de lo que en este caso me conuiene hazer, la quiero perdonar qualquier culpa que en ella tengan”, como así hizo. También los perdonó “por seruiçio de Dios Nuestro Señor y por el Santo tiempo de Quaresma en que estamos y ruego e ynterçesión de buenas personas que me lo an pedido”.

    Muy poco después, el 2 de abril, Juan Domínguez Montero, padre del asesinado, “como abuelo y lixítimo administrador de la persona y bienes de María Domínguez, donzella mi nieta, yxa lixítima de Francisco Domínguez, mi hixo, su padre, que fue muerto término desta villa”, otorgó asimismo una carta de perdón a favor de los referidos marineros, “por amor de Dios Nuestro Señor, y porque perdone el alma del dicho mi hixo”, pero sobre todo “por causa de zinquenta ducados que los susodichos dan a la dicha mi nieta para ayuda a sus alimentos, todo lo qual es de su utilidad por ser como es pobre y no tener con qué seguir el dicho pleyto y porque los verdaderos matadores son los demás presos y ausentes”. Igualmente, se hizo información de la veracidad de lo manifestado por Juan Domínguez (en relación a la pobreza de su nieta), presentándose por su parte varios testigos, entre los que se encontraban Bartolomé Mateos, Diego Martín de Santiago y el licenciado Sebastián Gayoso, presbítero y vecino de Sevilla y de Dos-Hermanas. Tales testigos avalaron lo referido por Juan Domínguez.

    No obstante, el pleito continuó contra los marineros Jácome Rodríguez y Gaspar de los Reyes, presos, y contra los demás marineros ausentes. Y pocos días después, el 7 de abril de 1639, el ya citado Gaspar de los Reyes, Manuel Hernández, Bartolomé Rodríguez, Manuel Báez, Manuel Fernández Mayo, Lorenzo Ramos, Lorenzo Ramos, grumete, Juan Beltrán y Domingo Díaz, estantes en Dos-Hermanas y marineros de la antes mencionada nao, se obligaron a pagar al capitán del referido navío, Francisco Peláez, 5.000 reales de plata, que son los mismos “que por nos azer merced y buena obra, el susodicho nos a prestado para el apresto y abío de nuestro biaje y para los costos y despacho de la causa porque estamos presos en esta villa en razón de la muerte de Francisco Domínguez, vezino que fue della”.
    Con esto se puso fin a parte del caso del asesinato. No sabemos en qué quedó el pleito contra Gaspar de los Reyes y Jácome Rodríguez, pues por desgracia no se conserva el proceso judicial que se siguió ante la Real Audiencia sevillana.

  • Una lámpara ‘ducal’ para Santa Ana

    Una lámpara ‘ducal’ para Santa Ana

    Muchas han sido las donaciones que ha recibido la imagen de Señora Santa Ana, patrona de nuestra ciudad, a lo largo de los tiempos, y que no fueron sino claro reflejo de la importancia que adquirió su devoción, especialmente en los siglos XVI-XVII. Ahí están, por poner unos ejemplos, los tributos que donó el licenciado don Pedro de Bohórquez, clérigo de Villafranca de la Marisma, aunque de ascendencia nazarena. O las dos lámparas de plata que el sevillano Diego de Nofuentes entregó a la capilla de Santa Ana, y que el escribano público Juan de Poza se encargó de mantenerlas siempre encendidas, para así alumbrar en todo momento a la imagen de la patrona.

    En esta ocasión nos centraremos en una de esas donaciones que, curiosamente, fue también una lámpara de plata. Y lo haremos no tanto por el propio objeto, aunque estuviese realizado en metal noble, sino por la donante, perteneciente a una de las familias más destacadas de la aristocracia hispalense. Nos estamos refiriendo a doña Catalina Enríquez de Ribera y Cortés (c.1568-1635), duquesa consorte de Osuna.
    Esta distinguida dama era la tercera de los hijos de don Fernando Enríquez de Ribera, II duque de Alcalá de los Gazules, y de doña Juana Cortés Ramírez de Arellano, hija del famoso Hernán Cortés, marqués del Valle y conquistador de México-Tenochtitlán. Siendo una niña y durante sus primeros años de juventud, doña Catalina pasó largas temporadas acompañando a sus padres en el heredamiento de Villanueva del Pítamo, término de Dos-Hermanas y propiedad de los Enríquez de Ribera. Y durante sus estancias, en más de una ocasión pasó a nuestra villa donde conocería la devoción a Santa Ana.

    Mucha sería la devoción que sentiría por la Santa Abuela de Cristo que poco después de contraer matrimonio con don Pedro Girón de Velasco, III duque de Osuna (conocido como «el Gran Duque de Osuna»), donó a la imagen de Santa Ana de Dos-Hermanas una lámpara de plata, con la expresa condición de «que agora n[i ningún] tienpo del mundo la confradía que ay de Señora Santa Ana en su capilla ni confrades della ni legados arzobispa[les] ni el prior de las hermitas ni otra ninguna persona ni dignidad ni perlado tenga parte ni señorío en ella ni la pueda quitar para ninguna nezesidad que la dicha confradía ni ermita pudiere tener ni para otra ninguna cosa», porque era intención de la duquesa que la lámpara «arda para sienpre jamás delante d[e la I]magen de Señora Santa Ana en la e[rmita] que tiene en esta villa». Y en caso de que intentaran apoderarse de la lámpara, ésta sería retirada por la duquesa o por su hermano don Fernando Enríquez de Ribera.
    Qué motivó tal donación es algo que desconocemos, aunque es probable que fuera una forma de agradecer el que llegasen a buen puerto las negociaciones de su matrimonio en 1594 con el citado duque, sobre todo teniendo en cuenta el fracaso de su anterior matrimonio con el V duque de Alba, que acabó en anulación un año antes.

    Por fortuna, se conserva el acta de entrega de la lámpara, que tuvo lugar el 5 de noviembre de 1595. Fue Francisco de Trejo y Sobremonte, camarero del duque de Osuna y estrecho colaborador de la duquesa, el encargado de entregar la lámpara a Luis Carrillo «el Viejo», un sevillano de la collación de San Pedro, afincado en Dos-Hermanas pues era mayordomo [1594-1611] de doña Leonor de Ayala, otra distinguida dama hispalense, cabeza del linaje de los Díaz de Toledo, que tanta importancia tuvo en la Dos-Hermanas del siglo XVI, y emparentado con los Enríquez de Ribera, razón por la cual fue Carrillo el encargado de recibir la lámpara, como representante en Dos-Hermanas de los Díaz de Toledo.

    En ese acta de entrega se menciona que la lámpara está realizada en plata «con todo su aderezo, que pesa mill reales poco más o menos», y que en ella «está[n] dibujadas las armas de los Jirones y Riberas, que son dos escudos en blanco y vno dondestán dibujadas las dichas armas que son vn castillo y vn león y unos jirones abajo con vn cavallo por coronel y vnas bandas atravesadas con l[os] dichos». El acta, levantada por el ya citado Juan de Poza, recoge que Luis Carrillo «puso la dicha lánpara en la dicha capilla de Señora Santa Ana, alumbrando su Ymajen», siendo testigos de todo ello Diego Hernández, maestro barbero y cirujano de la villa, Sebastián de Góngora, y Francisco de Poza, maestro carpintero, todos ellos vecinos de Dos-Hermanas.

    Sin embargo, no sabemos cuál es el paradero actual de la lámpara, ni cuándo se perdió su pista, pues en las siguientes décadas no existe mención alguna a esta pieza. No sabemos si la cofradía o la autoridad eclesiástica hizo uso de ella, si la casa ducal de Osuna la retiró, o si alguien se apoderó de ella. Nada se sabe…

  • La reforma de una plaza

    La reforma de una plaza

    La actual plaza de la Constitución es uno de los espacios públicos más emblemáticos de nuestra ciudad y, al mismo tiempo, el más antiguo, pues hunde sus raíces en los mismos orígenes de la población allá por los años finales del siglo XIV. A lo largo de su ya dilatada existencia ha visto variar su aspecto e incluso su disposición, pues, de seguir un eje este-oeste en sus inicios, ha pasado a tener un eje norte-sur después de la profunda reforma de 1938, que seguía las trazas del arquitecto regionalista Juan Talavera Heredia.

    Pero en esta ocasión nos vamos a detener en otra reforma que también supuso un cambio radical en el aspecto de una plaza (la única que tuvo Dos-Hermanas hasta la creación de la Plazoleta), que desde el siglo XVI era el lugar donde se alzaban los dos grandes poderes que regían los destinos de la villa: el civil (representado por las casas del cabildo) y el religioso (por la iglesia parroquial de Santa María Magdalena). Nos estamos refiriendo a la reforma que emprendió el concejo nazareno en el último tercio del Quinientos, y primeros años de la siguiente centuria.
    En agosto de 1594, Pedro López de Párraga, en nombre del concejo de Dos-Hermanas, elevó una petición al asistente de la ciudad de Sevilla, que entonces era Pedro Carrillo de Mendoza, IX conde de Priego, en la que le exponía que el consistorio tenía “nezesi[dad] de engrandezer la plaza junto a la yglesi[a] y los ynteresados deste particular son todos los veçinos del dicho lugar y los que por allí pasan, y por ser la obra de su naturaleza de tanta piedad” el capitán Pedro Martínez de Oñate había determinado “dar de su mesma haçienda un pedaço de sitio y solares en que abrá vna aranzada de tierra con que queda la plaza hecha en perfeçión y el lugar muy ylustrado y es beneficio público y vnibersal para todos los veçinos y no veçinos”. A cambio, Martínez de Oñate solicitaba se le diese “vna calleja que linda con sus casas, que tiene en el dicho lugar de anchura de diez y ocho pies y el largo de toda la trauesía de su casa, ques mucho menos tierra y menos ynportante porque la calleja no será de ningún efeto aviendo plaza y está la dicha calleja en sitio que no aprouecha y pide ansimesmo otro pedazillo de solar que está linde con el solar del dicho capitán”. Por esa referida petición, se solicitaba al conde permiso para que se hiciese información de lo expuesto, e iniciar así el procedimiento de trueque. Debemos recordar que Dos-Hermanas se encontraba bajo la dependencia de Sevilla, y todas las decisiones que aquí se tomaban debían contar con el visto bueno del cabildo hispalense. El asistente dio luz verde a la información, determinándose que era de utilidad pública el referido trueque. Y en el mismo mes de agosto de 1594, el conde de Priego “aviendo visto lo pedido por el conzejo de la uilla de Dos Hermanas y la ynformaçión dada y el cabildo abierto que se hiço en la dicha uilla sobre lo pedido por el dicho conzejo = Dixo que le daua e dio liçençia a el dicho concejo para que pueda hazer el trueque contenido en su pedimiento con el dicho capitán Pedro Martínez de Oñate”. La escritura de trueque se otorgó ante Juan de Poza, escribano público y del concejo de la villa, el 12 de octubre de 1594. Formaban parte del concejo nazareno Pedro Ramírez y Pedro Vázquez de Córdoba, alcaldes ordinarios, y los regidores Luis Carrillo, Alonso Franco, don Luis Manuel Gudiel, don Pedro de Pineda y Juan de la Moneda.

    Con la demolición de las casas y allanado de los solares que fueron de Martínez de Oñate, la plaza quedó ampliada en su parte oriental, quedando mucho más visible la fachada principal de la parroquia de Santa María Magdalena. Ganaba así la plaza en espacio y prestancia.
    Tiempo después, en la segunda década del XVII, en el marco de varias actuaciones encaminadas a mejorar el trazado urbano de la villa, se procedió nuevamente a la ampliación de la plaza pública, en esta ocasión en la zona occidental. Según se expuso, “el concejo que fue desta villa en años pasados, queriendo hazer la plaça que ay en esta villa adonde están las casas del ayuntamiento, allanó y derribó ziertas casas que estavan labradas y edificadas en lo que agora es plaça ”. Dichas casas estaban gravadas con un tributo que se pagaba al ya mencionado don Luis Manuel de Gudiel, destacado sevillano que ejerció numerosos cargos de relevancia en el primer tercio del XVII. El 9 de octubre de 1611 se firmó escritura de trueque por la que el concejo daba a don Luis Manuel “vn pedaço de sitio del corral de las dichas carnezerías enfrente del hastial de las dichas casas, conforme a la anchura del dicho hastial e azia la dicha plaça que haze esquina en el dicho corral de las carnezerías” y a cambio el concejo se quedaba con el tributo (y lo que se le debía de él) que le pertenecía al dicho don Luis Manuel. Gracias a esta escritura pública sabemos que esta segunda ampliación daría el aspecto que finalmente tuvo la plaza pública hasta que en los inicios del siglo XX se procedió a su nuevo exorno y en 1938 se realizó su última reforma que le ha dado la fisonomía que hoy posee.

  • La Virgen del Soterraño y su devoción en Dos-Hermanas

    La Virgen del Soterraño y su devoción en Dos-Hermanas

    Aspecto relevante de la Dos-Hermanas del Siglo de Oro es, cómo no, el de las devociones y creencias religiosas. Máxime teniendo en cuenta que Dios estaba presente en cada rincón, en cada detalle y aspecto de la vida cotidiana. Mucho se ha escrito sobre las principales devociones de los nazarenos del XVI-XVII, como eran las de Santa Ana (Patrona de la villa), el Santo Cristo de la Vera-Cruz, Nuestra Señora del Rosario y Nuestra Señora de la Soledad, por citar las más destacadas. Pero poco se ha escrito de las llamadas “devociones menores”, aquellas que, aun siendo relevantes, no alcanzaron el grado de importancia de las anteriores. Nos estamos refiriendo, principalmente, a las devociones que venían de fuera de la villa, como las del Santo Cristo de San Agustín de Sevilla o Nuestra Señora de Consolación de Utrera.

    En esta ocasión nos vamos a centrar en una devoción que ha pasado desapercibida hasta ahora. Una devoción que fue traída a la entonces villa en los años finales del XVI y principios de la siguiente centuria desde el sur de las tierras extremeñas: la de la Virgen del Soterraño.

    La Virgen del Soterraño (deformación fonética de Subterráneo) es una bella imagen medieval cuya festividad se celebra en septiembre, venerada en la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Soterraño de Barcarrota (Badajoz), de donde es patrona. Alcanzó una gran importancia en época Moderna, llegando a numerosas poblaciones del sur de la actual provincia de Badajoz. Y según parece, fue traída a Sevilla por influencia de don Juan Portocarrero y Cárdenas y doña María de Osorio, marqueses de Villanueva del Fresno y señores de Moguer (dueños desde 1539 de la jurisdicción de Barcarrota), que residían en la collación sevillana de San Nicolás, donde se encuentra una imagen bajo la misma advocación de Virgen del Soterraño. Aunque una tradición dice, en cambio, que hacia 1492 apareció esa talla bajo los cimientos de la iglesia de San Nicolás.

    Pero, ¿cómo una devoción extremeña, concretamente de Barcarrota, llegó a Dos-Hermanas? Buena parte de la “responsabilidad” recae en la destacada comunidad extremeña presente en nuestra ciudad, al menos, desde el primer tercio del siglo XVI. El primer extremeño documentado que residió aquí, concretamente en el heredamiento de Quintos, fue Diego Sánchez Cordero, natural de Monesterio, en el maestrazgo de Santiago, que otorgaría testamento en 1536.

    Además de éste, pertenecieron a esa comunidad extremeña en Dos-Hermanas numerosas personas procedentes de Magacela, Don Benito, La Zarza, Llerena, Alcántara y.… Barcarrota, siendo esta comunidad la más importante de la entonces villa tras el grupo de portugueses. Estos extremeños trabajaron en las diversas haciendas que a lo largo de los siglos XVI-XVII fueron apareciendo en el término municipal nazareno.
    Fue el caso de Pedro Rodríguez, capataz y mayordomo (en 1623) de la hacienda de doña Francisca Francisco, viuda de Gonzalo Fernández de Herrera y vecina de Sevilla. Pero también hubo muchos extremeños pertenecientes a lo que se conocía en aquella época como “gentes del mal vivir” y que pululaban por tierras de la Serrezuela. Pero ese es otro tema…

    En cualquier caso, fueron estos extremeños los que trajeron la devoción a la Virgen del Soterraño a Dos-Hermanas, bien a través de Sevilla (de la referida parroquia de San Nicolás) o directamente desde tierras pacenses. Y dicha devoción aparece reflejada en numerosos testamentos del primer tercio del siglo XVII. Ahí están los casos de Jerónimo Moriano (1611), Luis Mateos (1611), Zenón de la Cruz (1616), Alonso Muñoz (1616), Marina Ximénez (1618), Francisco de Rivas (1618) y Juan del Río (1619), quienes mandaron que se dijese una misa de ánima (la que se dedica al eterno descanso del alma del difunto) a Nuestra Señora del Soterraño.

    Asimismo, en la difusión de esta devoción en nuestra ciudad jugarían un papel destacado Gabriel Rodríguez y su esposa Juana de la Cruz, vecinos precisamente de Barcarrota y residentes en Dos-Hermanas, donde el referido Rodríguez trabajó en la casa hacienda que Juan Hidalgo, jurado y veinticuatro de Sevilla, tenía en la calle Real.

    Sin embargo, a partir de mediados del XVII comenzó a decaer, de tal forma que ya no encontramos ninguna mención a la Virgen del Soterraño en los testamentos y últimas voluntades de los nazarenos. La paulatina disolución de la comunidad extremeña en nuestra villa, que sería sustituida por los muchos gallegos que se establecieron en Dos-Hermanas a partir de las décadas finales de aquella centuria (y sobre todo a lo largo del XVIII), llevó consigo la “desaparición” de esta devoción mariana en nuestra localidad.

  • Dos-Hermanas, ¿una villa tranquila?

    Dos-Hermanas, ¿una villa tranquila?

    Hay un pueblo de cielo siempre azul y sonriente, cuya vida deslízase tranquila y sosegada; los perfumes de sus jardines siempre llenos de verdor hacen embriagador el ambiente; al caer de la tarde, y vistos a lo lejos, parecen sus hogares blancas palomas que levantan el vuelo en busca de sus nidos; los pajarillos trinan en sus enramadas y huertas saludando con sus gorjeos a la aurora cuando con rosáceos tintes colora los cielos…”. Leyendo estas dulces líneas debidas a la excelente pluma del presbítero Rafael Rodríguez García, hijo de este pueblo, da la impresión de que Dos-Hermanas, en el pasado, fue un remanso de paz, una población tranquila nadando en “la suave paz del campo”, expresión acuñada por “Fernán Caballero”, que también se encargaría de dar una imagen idílica (y casi aburrida) de nuestra entonces villa. Pero nada más lejos de la realidad.

    Desde finales del siglo XV tenemos constancia de innumerables sucesos que perturbaban la tranquilidad y la vida cotidiana de los vecinos de Dos-Hermanas. Robos, asesinatos, trifulcas y discusiones subidas de tono estaban a la orden del día. De esos innumerables casos pondremos unos cuantos ocurridos en el siglo XVI y en la propia localidad (a un lado dejaremos los sucesos que ocurrían en los extensos campos que rodeaban al municipio, donde tampoco reinaba la paz, precisamente). Todos ellos son una pequeña muestra de la “Crónica Negra nazarena” que aún está sin escribir.

    Comencemos por un suceso ocurrido en 1535. Entonces, Melchor Díaz se querelló contra Catalina de Moya, esposa de Francisco Lorenzo, porque “el día de San Sevastyán que agora pasó, la dicha Catalyna de Moya ynjuryó de palabras a su muger deste querellante que los testigos declararán las palabras que fueron”. Y en enero de un año más tarde, Alonso Martín de la Mercadilla manifestó ante las Justicias del lugar que “vn harriero que pasa por este lugar, que non sabe su nonbre, el martes o miércoles desta semana que agora pasó, estando a su puerta vna podenca (perro de caza) suya, el dicho harriero e otros con él se la mataron en su puerta, estando echada con sus mulos”, al tiempo que pidió mandamiento para que el alguacil u otra persona competente “tomen e enbarguen (a los arrieros) vna bestya de las que truxeren o vna prenda que valga tres ducados que valýa la dicha podenca, hasta tanto que estén a Justiçia con él”.

    Los perros, motivos de problemas en Dos-Hermanas

    Los perros, por cierto, también podían originar problemas y daños en Dos-Hermanas. Es lo que ocurrió en ese año de 1536 cuando Hernando de Deza acudió al alcalde ordinario del lugar para querellarse contra Diego Gómez Duque, vecino del lugar, porque un perro de este último le causó muchos daños, pues le mató muchas gallinas. Antes de acudir a las Justicias, Deza le había pedido a Gómez Duque que atase o matase al perro, lo cual no hizo. El alcalde mandó llamar al querellado, y preguntado si algún perro suyo había entrado en casa de Deza a matar o llevar alguna gallina, respondió que “non lo sabe más de quanto ha visto otros podencos e perros de por ahí saltar por esas paredes en el corral del dicho Fernando de Deza continuamente”, de esta manera, eludía responsabilidades. Juana de la Concha, mujer de Diego Gómez Duque, también testificó y manifestó que el perro que Deza le requirió que matase o lo atase, fue muerto por su marido. También dijo que “vna muger que posa en su casa desta declarante falló en el trascorral de su casa desta declarante vna pollita pequeña e otra más chiquita muertas degolladillas como sy fueran de golladas de comadreja o de hurón, e que no sabe de dónde pueden ser e la mostró ante el dicho alcalde vna pollita e el dicho alcalde dixo que le parecía que no tenía dentellada de perro”. Acto seguido, el alcalde ordinario dio por finalizada la querella, al verse que los causantes de las muertes de las gallinas fueron unos hurones y no el perro.

    Asimismo, los mesones y tabernas solían ser lugares habituales de altercados. Por ejemplo, en 1531 Juana Vélez, hija de una mesonera, declaró que estando en un mesón (no se dice cuál) “plegando vna camysa, que vyno su madre de fuera, y que estando ryñiendo con ella, que vn gallego aserrador que está aquí en este lugar, que tomó vn garrote y le dio de palos a la dicha su madre, e que dyó con ella atordyda en el suelo e que luego el dicho gallego como le dio echó a fuyr e metióse en la yglesia”. Uno de los testigos de los hechos, Hernando de Deza declararía que “el dicho gallego salió de mandado de la casa de la dicha ofendida huyendo, e se metió en la yglesia, e que este testigo fue corriendo allá y la halló tendida syn habla e que oyó decir que el dicho gallego le avýa dado con vn palo”.

    Visto todo lo anterior, se puede comprobar que era muy normal el portar armas blancas (espadas, dagas, broqueles, cuchillos, etc.), de ahí que, por ejemplo, en las antiguas Reglas de las cofradías se incluía la prohibición de portar armas en los cabildos, prohibición que también vemos en la celebración de los cabildos del concejo de Dos-Hermanas.

  • Los arcos de Dos-Hermanas

    Los arcos de Dos-Hermanas

    Dos-Hermanas, a diferencia de otras localidades de su alrededor como Utrera o de la propia Sevilla, por poner unos ejemplos, careció de un recinto amurallado que la protegiese. Ni siquiera contó con una cerca como sí la tuvo Madrid durante toda la Edad Moderna. Y esto se debe, principalmente, a que fue fundada a finales del siglo XIV, cuando el peligro musulmán en esta zona había prácticamente desaparecido. Pero este es otro tema del que tendremos ocasión de hablar más adelante. Por tanto, si no hubo murallas, como es lógico, no hubo puertas o postigos monumentales. Sin embargo, sí encontramos en varios lugares de la ciudad y su término algunos arcos y portadas que son nuestras particulares “puertas”. Hagamos un breve recorrido por ellas.

    En las Casas Baratas

    La más llamativa es, sin duda, la que se halla en la barriada “Nuestra Señora de Valme”, las populares “Casas Baratas”, presidida por un artístico retablo cerámico en el que vemos a la Protectora de la ciudad, que da nombre a la barriada. Retablo cerámico que fue pintado por el prestigioso pintor ceramista sevillano Alfonso Chaves Tejada en la fábrica de Ramos Rejano de Sevilla a mediados del siglo XX. El arco fue construido a principios de la década de los años 50, a la vez que se edificaron las casas de esa barriada. Es de dos cuerpos. En el inferior se encuentra un gran arco de medio punto y en el superior una espadaña en cuyo centro se encuentra el citado retablo cerámico custodiado por dos faroles de forja.

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    En el Palmarillo

    En la zona del Palmarillo vemos un doble arco que da acceso a la plaza del Instituto. Son dos arcos de medio punto coronados por almenas. Sobre uno de esos arcos, el que da a la calle Muñoz Seca, vemos un interesante azulejo que representa al Sagrado Corazón de Jesús, mientras que en el otro arco existe otro azulejo de la Virgen de los Reyes. Ambos arcos fueron construidos a mediados de la década de 1940, cuando se levantó el grupo de viviendas a la que pertenece, la barriada “Coca de la Piñera”.

    La portada de Doña María

    Ya fuera de la población, no podemos dejar atrás el que es el arco más representativo y popular de Dos-Hermanas y que, por fortuna, todavía sigue en pie, a pesar de los profundos cambios que ha sufrido esa zona del término: la portada de Torre de Doña María. Era la puerta de entrada a la finca donde se ubica la hacienda de la Torre de Doña María, desde la Carretera Vieja. Construida en el contexto de la remodelación de la citada hacienda, que tuvo lugar a finales de la década de 1920 (quizá en 1927), en el marco de los años previos a la Exposición Iberoamericana de 1929, y siguiendo el proyecto del arquitecto sevillano José Gutiérrez Lescura. Se trata de una portada formada por tres arcos de herradura tumidos, siendo el central de mayor anchura y altura que los laterales, estos últimos cerrados con una verja fija. Coronan los arcos laterales almenas, y el central merlones. Y sobre el arco central, un rótulo cerámico que dice “Torre de Doña María”, en grafías góticas. Debido a un accidente de tráfico ocurrido en 1998, la parte izquierda del arco quedó destruido, siendo reconstruida al poco tiempo.

    puertas

    Bujalmoro

    La última portada que vamos a mencionar es la más reciente y también se encuentra fuera de la localidad, en este caso al pie de la carretera N-IV en dirección a Los Palacios y Villafranca: es la portada de Bujalmoro. Construida en los años finales del pasado siglo, sigue el esquema de la portada principal de la histórica hacienda de Bujalmoro. En la parte inferior se abre un gran arco carpanel, mientras que en la superior vemos almenas, siendo la central de mayor altura y rematada por una cruz de forja con veleta.

  • Un crucifijo de cristal

    Un crucifijo de cristal

    Ya hemos tenido ocasión de mencionar el hecho de que la parroquia de Santa María Magdalena de nuestra ciudad nunca ha sido “rica” en patrimonio ni en rentas, como sí lo fueron otras parroquias de su entorno más cercano, como las de la villa de Utrera o las de la ciudad de Sevilla. Siempre fue un templo humilde que si bien poseía innumerables tributos a favor, éstos eran pagados por jornaleros que a duras penas llegaban a final de mes.

    Esa situación la puso de manifiesto en 1837 el entonces mayordomo de fábrica, Francisco de Paula Vigil, a la autoridad eclesiástica, en los siguientes términos: “Este es todo el caudal que tiene la fábrica de la yglecia de la villa de Dos Hermanas: los tributos y este manchón y adgregación de los diezmos que no valen nada, y los tributos incobrables por estar todos en poder de pobretones llenos de miserias, que ni el señor general Espartero con toda su Divición de soldados si biene a cobrar los dichos tributos se va sin cobrarlos, porque no tienen los pobres, esto es una verdad y es la causa por donde está la fábrica tan empeñada con sus pobres ministros como se puede ver”.

    No obstante, atesora ciertas piezas que son dignas de destacarse. Ya hicimos referencia a algunas de ellas en esta misma publicación, y en esta ocasión nos detendremos en un pequeño crucifijo de cristal, de finales del siglo XVII y de gran valor histórico, que ha pasado desapercibido, entre otras cosas por desconocerse su dueño y en qué momento llegó a la parroquia. A estas dos incógnitas pudimos dar solución gracias, una vez más, a la documentación notarial.

    Así, sabemos que perteneció al licenciado don Alonso Martínez del Pozo, uno de los curas de la parroquia entre los años 1660 y 1677 y capellán de varias capellanías. Nació en torno a 1641, en Columbrianos, un pequeño pueblo de El Bierzo (obispado de Astorga), siendo hijo de Gonzalo Martínez y de Beatriz Durán. Llegó a Dos-Hermanas en 1660 donde su tío el licenciado don Francisco Rodríguez del Pozo era cura beneficiado para ayudar al párroco en los quehaceres diarios. Tiempo después, en octubre de 1676 dio poder cumplido a Francisco de Toledo, residente en la villa y Corte de Madrid, para que en su nombre compareciera ante el Nuncio de España y “pídale se me despachen letras para conpulsar los autos del clericato que tengo yntentado ante el Juez de la Santa Yglesia de la ciudad de Sevilla, y elevar los autos ante dicho Señor Nuncio para que probea en ellos lo que fuere Justicia y eleuados en mi nombre los siga, fenesca y acaue por todas instancias y sentencias que para ello le doy el poder”. Residió en unas casas con su bodega y atarazanas en la calle del Canónigo (dando el postigo de la bodega al matadero), que heredó de su tío el referido beneficiado.

    Pero centrándonos en el asunto que nos ocupa, en su mesa de escritorio tenía el crucifijo de cristal al que nos referimos del que desconocemos su autoría y procedencia, aunque presumiblemente lo adquiriría en Sevilla. Pues bien, en agosto 1694 redactaría un testamento cerrado, que no fue abierto hasta enero de 1710, muy poco después de su muerte (que acaeció a las cuatro de la tarde del 26 de ese mes y año). En dicho testamento, ordenó ser “amortajado con hornamentos de decir misa, con alua, amito, estola, manípulo y una casulla morada y bonete y un cáliz de plata en las manos”. De esta manera seguía la vieja costumbre de los sacerdotes de ser amortajado no con los hábitos de órdenes monásticas (de los carmelitas o franciscanos, por ejemplo), como hacía el pueblo llano, sino con las vestiduras eclesiásticas.

    Al mismo tiempo, mandó dar “de limosna a la fábrica desta uilla un relicario de plata y una cruz de cristal con los cauos y guarnición de plata sobredorada y una Ymagen del Señor crucificado en medio, y una casulla y dos albas, la una con soles y la otra con puntas, un misal, unos corporales mui ricos y una custodia en que se encierra el Señor el Viernes y Jueves Santo, un caxón nuevo que es el que oy tiene la cofradía del Santísimo y una casulla rica, que casulla y alba de soles están en mi poder”, a lo que añadió que era su voluntad “que la casulla y alba se le dé a la fábrica con calidad que dicha fábrica tenga obligación de darme un amito y alba, cíngulo usado o biexo para amortajar mi cuerpo, y la casulla viexa morada que tiene dicha fábrica porque es mi voluntad enterrarme con ella que aunque no la puedo pedir por Justiçia por auerlo dado a mi Yglesia, por vía de vienechor, lo suplico al beneficiado y cura que son o fueren”.

    Por tanto, fue así (vía testamentaria) como aquel “cruz de cristal con los cauos y guarnición de plata sobredorada y una Ymagen del Señor crucificado en medio” llegó a manos de la parroquia en enero de 1710, y desde entonces se encuentra en ella, sin que se le haya dado una utilidad ni protagonismo, razón por la cual, insistimos, ha pasado desapercibido. Pero, indudablemente, estamos ante una de las joyas más destacadas del patrimonio nazareno, por su antigüedad y lo peculiar de su material.

    Mirador

    FOTO DEL MES La fotografía que traemos este mes fue publicada en la Revista de Feria de 1979, y en ella vemos parte del mirador que se encontraba en el cruce de las calles Santa María Magdalena y del Canónigo. Un mirador que fue construido en los últimos años del siglo XVIII y que perteneció a la pequeña hacienda de Francisco José de Rivas y Arquellada, escribano público y del cabildo que falleció en 1800 víctima de la epidemia de fiebre amarilla. Por desgracia, el mirador y el resto de la primitiva hacienda fueron destruidos en la década de 1970.

  • El artesonado de San Sebastián

    El artesonado de San Sebastián

    Uno de los templos más antiguos de Dos-Hermanas es la capilla o ermita de Señor San Sebastián, construida, como ya hemos tenido ocasión de escribir, en los años centrales del siglo XVI. Y en sus más de cuatro siglos de existencia ha sufrido varias reconstrucciones, siendo la primera de la que se tiene constancia la llevada a cabo en la década de 1620.

    Por el codicilo de Juan de Torres, fechado en febrero de 1602, sabemos que la hermandad de la Santa Vera-Cruz se encontraba establecida nuevamente en la “capilla de Señora Santa Ana desta villa”, donde había sido fundada en 1544, y años después en la parroquia de Santa María Magdalena. De ese hecho deducimos, asimismo, que la ermita de San Sebastián presentaba un estado ruinoso.

    La economía de la cofradía en esos primeros años del XVII no permitía su reconstrucción. Sin embargo, para 1622 la situación había cambiado. Entonces, la hermandad había conseguido sanear sus cuentas, y en cabildo de 26 de junio de aquel año los oficiales de la cofradía decidieron vender el solar que María Ibáñez había donado en 1567 (junto a un guadamecil y un “crucifijo grande”), y costear por sí misma la memoria de misas que fundó la susodicha. Con lo recaudado de la venta del solar se pudo, al fin, reconstruir la ermita de San Sebastián.

    De esa reconstrucción sólo sabemos que comenzó en 1622 y que terminaría tres años más tarde. Y poco más. Pero entre los protocolos históricos notariales de Dos-Hermanas (fuente inagotable de información de lo más valiosa) hemos podido localizar una curiosa carta de obligación, otorgada el 10 de marzo de 1624 ante Juan de Poza, escribano público y del cabildo de la villa. Mediante esta escritura pública, Francisco de Poza, maestro carpintero vecino de la villa (y miembro de una de las familias más poderosas de Dos-Hermanas), se obligó a “enmaderar la hermita de San Sebastián, que está enrazada de tapería”, a lo que añade, “y la e de enmaderar de madera de pino de la tierra de la misma manera y forma que está enmaderada la hermita de Señora Santa Ana en esta dicha billa”. Es decir, Poza se obliga a realizar el artesonado de la ermita de San Sebastián, que se encuentra en reconstrucción, tomando como modelo el artesonado de reminiscencias mudéjares de la cercana ermita de la Patrona, y para ello utilizaría madera procedente de los pinares que rodeaban al municipio (de ahí la expresión “pino de la tierra”), y que sería adquirida por él, por lo que la cofradía de la Santa Vera-Cruz (que según se indica en el documento, “está çita en la yglesia perroquial desta billa”) se desentendería de la compra de la madera. El precio de la obra quedó fijado por ambas partes en 120 ducados, que serían pagados en reales de esta manera: 455 reales “luego de contado para comprar la dicha madera”, y el resto “conforme se fuere haziendo la dicha obra, que acabada la dicha obra se me acabe de pagar lo que así se me debiere”.

    Y en el mismo documento, Juan Ximénez y Sebastián Rodríguez, alcaldes de la cofradía, y Fabián Romero y Francisco Ligero, mayordomos de la misma, se obligaron a pagarle a Poza los mencionados 120 ducados.

    El resultado fue el artesonado que hoy en día podemos admirar, compuesto por seis sencillos tirantes y numerosos nudillos, con una decoración muy sencilla. Aunque bien es cierto que ha sufrido diversos cambios en los siglos XVIII y XX.

    Tras esta primera reconstrucción, la cofradía de la Santa Vera-Cruz volvió a su histórica capilla de Señor San Sebastián, si bien seguiría trasladando a sus imágenes titulares a la parroquia de Santa María Magdalena para celebrar allí sus cultos más solemnes y sus procesiones, lo que produciría ciertos enfrentamientos con el clero parroquial. Pero esa es ya otra Historia…

    Foto del mes
    Traemos en esta ocasión una fotografía de un edificio que, sin encontrarse en Dos-Hermanas, se encuentra muy vinculado a nuestra ciudad. Se trata de la fachada principal de las casas principales de los Marqueses de Dos-Hermanas, dueños de la jurisdicción de la villa del mismo nombre desde que en 1639 la comprara el capitán Pedro de Pedrosa, y hasta que en 1812 quedaron abolidas las jurisdicciones señoriales. Las casas principales fueron adquiridas a principios de la década de 1620 por el citado Pedro de Pedrosa, destacando su artística portada, atribuida a Juan de Oviedo.

  • El patronazgo de Señora Santa Ana

    El patronazgo de Señora Santa Ana

    En el marco de la celebración del Quinto Centenario de la redacción y constitución de las primitivas Reglas de la hermandad de Señora Santa Ana, y en este mes, septiembre, cargado de actos y actividades para conmemorar tan importante efeméride, hemos querido centrar nuestra atención en un aspecto importante de la devoción a la Santa Abuela de Cristo en la localidad: su patronazgo sobre la ciudad (anteriormente, villa) de Dos-Hermanas.

    Su nombramiento como “Patrona de la villa de Dos-Hermanas” no fue sino el resultado de la especial e intensa devoción que sintieron los nazarenos hacia la Madre de María. No en vano, desde al menos el siglo XV fue la principal de la población, junto al culto al Santísimo Sacramento. Es cierto que a lo largo del Quinientos hubo otras devociones importantes en Dos-Hermanas, como las de la Santa Vera-Cruz, Santa Catalina y, en menor medida, Santa María Magdalena (todas ellas con sus respectivas cofradías). Pero ninguna de ellas llegó a tener la fuerza y relevancia de la de Santa Ana, que se llegaría incluso a vincular con los orígenes de la propia población (el licenciado don Juan Ponce de León con su versión de la leyenda de Santa Ana y las dos hermanas de finales del Quinientos no hizo sino recoger esa tradición que ya existía en tiempos de sus abuelos).

    Pues bien, no sabemos en qué fecha tuvo lugar tal nombramiento oficial, si es que verdaderamente se produjo, de Señora Santa Ana como Patrona de la villa de Dos Hermanas. Tuvo que ser en los últimos años del XVI o principios de la siguiente centuria, aunque la primera alusión al patronazgo de la Santa Abuela de Cristo aparece recogida en el acta del cabildo celebrado por el concejo nazareno el día 13 de julio de 1611, y dice así: “En este cavildo de conformidad de todos acordaron que atento a que esta dicha uilla tiene por Patrona a Señora Santa Ana y que todos los años se a hecho y haze fiestas solenes (sic) […]”. A finales de la década de 1630, encontramos otras dos referencias al patronazgo. Una de ellas la vemos en el testimonio que en 1637 realizó el escribano público Luis Cornejo del depósito del cuerpo de doña Lucrecia de Figueroa, esposa de don Francisco de Guzmán y Rivera, corregidor de la villa [1636-1637], en la capilla de Santa Ana, y es ésta: “Estando en la yglesia de Señora Santa Ana, Patrona desta villa de Dos hermanas […]”. Y un año más tarde, la nazarena Ana Isidro Núñez otorga su testamento, mandando que se dijesen “otras quatro misas en la yglesia de Señora Santana, Patrona desta uilla”.

    Las siguientes referencias al patronazgo de Santa Ana son más conocidas, y aparecen en las actas de los cabildos celebrados por los capitulares nazarenos los días 30 de julio de 1662 y 20 de abril de 1664. Y habrá que esperar a las postrimerías del siglo XVII para localizar las últimas menciones al patronazgo de Santa Ana. Éstas se encuentran en la ejecución de sentencia fechada en 1681-1683 a favor de la Hermandad de Santa Ana, y contra los bienes de don Onofre de Claramonte. Concretamente son éstas: “Para Nuestra Señora Santa Ana, Patrona y Abogada desta villa de Dos Hermanas”, y “Tributo a Nuestra Señora Santa Ana, Patrona y Abogada de[sta] villa de Dos Hermanas”. Curiosamente, en estas dos referencias encontramos un nuevo título, el de “Abogada”, es decir, intercesora, mediadora, que raramente volverá a aparecer en siglos posteriores.

    Y otro título lo vemos en el poder para testar que el poderoso hidalgo nazareno Francisco Domínguez de Rivas otorgó en septiembre de 1724. En dicho documento citó a la Santa de esta manera tan curiosa: “a mi Señora Santa Ana, Su Madre, feliz Protectora de esta uilla”.
    A finales del siglo XIX, concretamente en mayo de 1897, vio “peligrar” su histórico patronazgo cuando el consistorio presidido por Francisco Ávila Ramos quiso otorgar tal distinción a la imagen de Nuestra Señora de Valme. Sin embargo, el intento no llegó a materializarse, conservando Santa Ana su título de “Patrona” y otorgándose a la talla fernandina el de “Celestial Protectora”.

    Andado ya el tiempo, en 1946, siendo alcalde Fernando Fernández Martínez y coincidiendo con la retirada del candelero y ropajes a la imagen de Señora Santa Ana y con su restauración a manos de Francisco Espinosa de los Monteros, el Ayuntamiento de Dos-Hermanas, en sesión de 13 de febrero de aquel año, ratificó el nombramiento de Santa Ana como Patrona de la localidad, decidiéndose colocar un azulejo de la Santa en la fachada principal del Ayuntamiento, azulejo que hoy luce en el patio de la capilla de Santa Ana.

    Foto del mes
    Es ésta una fotografía publicada por vez primera en la Revista de Feria de 1929. En ella vemos el estado que presentaban las obras de la entonces nueva plaza de abastos, cuya primera piedra fue colocada en la antigua huerta del Jerezano o del “Pachocho” en 1928, con asistencia del gobernador civil de Sevilla.
    En la imagen se aprecia parte del armazón de hierro que cubriría la parte central del edificio, obra de la prestigiosa fundición “San Antonio” de Sevilla, fundada por Narciso Bonaplata en el siglo XIX.