Categoría: Memoria DH

Conoce la historia de Dos Hermanas

La memoria de la ciudad nazarena contada capítulo a capítulo. En esta sección encontrarás una gran recopilación de artículos. Estos artículos echan la vista atrás, de manera que en cada uno de ellos podemos descubrir cosas nuevas de nuestro pasado.
Además, en cada artículo podrás ver imágenes de antaño, acordes al tema del artículo en cuestión. Curiosidades, datos, costumbres… Descubre cómo era tu ciudad en el pasado.

  • Réquiem por unos reyes

    Réquiem por unos reyes

    Capítulo importante y a destacar en el Antiguo Régimen era el del ceremonial que se desarrollaba tras la muerte de un monarca. Un ceremonial que alteraba la vida cotidiana de los súbditos y, al mismo tiempo, estaba encaminado a exaltar el poder de la Monarquía. Tras el fallecimiento del rey (o de la reina) se anunciaba la luctuosa noticia con trompetas y tambores en las poblaciones y las campanas de iglesias y catedrales, a lo largo y ancho de todos los reinos y señoríos, tañían en señal de duelo.

    En los grandes templos se levantaban monumentos para honrar al monarca. Memorable fue el gran túmulo que se levantó en 1598 tras la muerte de Felipe II en la catedral de Sevilla, cuyo montaje duró cincuenta días. Sus autores fueron Juan de Oviedo y Andrés García de Udías, participando en su realización numerosos artistas sevillanos. Constaba de tres cuerpos más el remate, y contó con esculturas (como la que representaba a San Lorenzo) y pinturas alegóricas (la Liberalidad, la Paz, la Moderación o la Clemencia, entre otras).
    Varios autores se hicieron eco de tamaño monumento, como Francisco Jerónimo Collado o el mismísimo Miguel de Cervantes, que dedicaría uno de sus poemas más recordados. Bajo el título “Al Túmulo del Rey Felipe II que se hizo en Sevilla”, Cervantes escribiría: “¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza / y que diera un doblón por describilla!; / porque ¿a quién no suspende y maravilla / esta máquina insigne, esta braveza? […]”.

    La celebración de las exequias reales y su coste dependían, claro está, de la economía de los concejos (antecesores de los ayuntamientos) que, como representantes políticos del monarca, eran los encargados de organizarlas. Así, en Sevilla, centro económico de la Monarquía Hispánica, “Puerto y Puerta de las Indias”, “Roma triunfante en ánimo y riqueza”, se celebraban con grandioso lujo, como en el caso que hemos citado de 1598, mientras que en Dos-Hermanas, donde su concejo siempre anduvo corto en ingresos, las exequias reales fueron siempre modestas.

    Aquí, tenía lugar una misa mayor. Eso sí, con gran solemnidad en honor al monarca en la iglesia parroquial de Santa María Magdalena. La falta de actas capitulares o de cualquier tipo de crónica nos impide saber cualquier detalle protocolario, pero es muy probable que en el presbiterio o crucero de la parroquia se colocara un sencillo catafalco o túmulo cubierto con un paño fúnebre acompañado por cuatro o más candelabros. Asistiría el concejo en pleno, con los alcaldes ordinarios (o corregidor si lo hubiese) a la cabeza, el clero parroquial y el resto de instituciones de la villa.

    Las primeras exequias reales de las que se tienen constancia documental en Dos-Hermanas fueron las que se celebraron en 1611 tras la muerte de la reina doña Margarita de Austria. La esposa de Felipe III murió el 3 de octubre de 1611 en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial y pocos días después llegó la noticia a Dos-Hermanas. En el cabildo celebrado por los capitulares nazarenos el 14 de aquel mes “tratóse de cómo la Reina nuestra señora es muerta y pasada desta presente bida y que la ciudad de Sevilla mandó pregonar que generalmente todos se pusiesen lutos, como de pregón consta a que se refirieron, y ansí combiene quel cavildo de la dicha villa se ponga luto. Y ansímismo haga y mande hazer las honras de la yglesia con misa mayor, diácono y subdiácono y que en ella se diga sermón en una conformidad”.

    Y a continuación, se trató el tema del sufragio de los gastos: “y para ese efeto porquel concejo de la dicha villa y propios dél no tienen de presente ningún dinero acordaron que se tome prestado a Juan Ruiz Sánchez a cuio cargo las rentas del bino y aceite desta dicha villa de lo procedido o que procediere de la dicha renta setecientos reales, los quales sirban para que los oficiales del dicho concejo hagan lutos por la Reyna nuestra señora”. Tenemos ahí lo que costarían las exequias: 700 reales, la cual era una cifra más que modesta.

    Y casi diez años después, el 31 de marzo de 1621 moriría en el alcázar de Madrid, a los 42 años, el rey Felipe III, cuyo corto reinado estuvo marcado por la llamada “Pax Hispanica” e inicio de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), la expulsión de los moriscos (1611), los cambios de sede de la Corte, pero sobre todo, por la figura todopoderosa del duque de Lerma.

    Muy pocos días después llegó la noticia a Dos-Hermanas, y en esta ocasión, al no conservarse las actas capitulares de 1621, desconocemos más detalles al respecto. Lo único que sabemos sobre los funerales del monarca lo encontramos en los protocolos notariales nazarenos. Así el 16 de abril de 1621, los alcaldes ordinarios de la villa Juan Vázquez Monje, Hernando Fernández, el alguacil Alonso Prieto, los regidores Bernabé Ponce, Andrés Hurtado, Diego Martín Santiago y Andrés Martín Cordero y el escribano del concejo Juan de Poza (que también era escribano público), otorgaron poder a Luis Sarmiento, mayordomo del concejo (es decir, quien llevaba las finanzas consistoriales), para que comprase en Sevilla, hasta 120 varas de bayeta “para los lutos que este concejo a de hazer y traer por la muerte del Rey don Felipe Tercero, nuestro Señor que sea en gloria”. La bayeta es una especie de tejido de lana muy flojo y afelpado por una parte o mejor, de dos varas de ancho (poco más de medio metro), que en España gozó de gran popularidad, convirtiéndose en la tela humilde por excelencia y en tejido de luto, como bien refiere la profesora Elena Varela Merino. Tanto los trajes de luto, las tapicerías y demás ornamentos funerarios eran confeccionados con bayeta. De ahí que los capitulares nazarenos decidieran comprar ese tejido “para los lutos”.

    Las siguientes exequias reales que hemos podido documentar, las de la reina Isabel de Francia, primera esposa de Felipe IV, generaron polémica en Dos-Hermanas y fueron tratadas en esta misma página en diciembre de 2019 (bajo el título “A la muerte de una reina”). Y de las que tuvieron lugar en la segunda mitad del siglo XVII, sobre todo las de los monarcas Felipe IV y su hijo y sucesor Carlos II, no nos han llegado testimonio alguno debido nuevamente a las lagunas documentales del archivo municipal.

  • Un franciscano y Dos-Hermanas

    Un franciscano y Dos-Hermanas

    Pocos personajes han tenido tanta trascendencia en la Historia de Dos-Hermanas como un franciscano del siglo XVIII que pasó gran parte de su vida tras los muros de dos conventos sevillanos. Y esa trascendencia se la otorgó, cosas de la vida, lo contenido en su única obra publicada que lleva el pomposo título de “Relación del descubrimiento de la imagen de Santa Ana que se venera en Altar de esta capilla, una cruz, y otras alhajas, que se hallaron, ocultas debajo de tierra”. Es en esa obra donde se dan los nombres de las dos hermanas que, según la tradición (la Historia va por otros derroteros), “fundaron” nuestra ciudad, que nos ha llegado hasta la actualidad y que todos utilizamos cada vez que alguien foráneo nos pregunta por aquellas: Elvira y Estefanía Nazareno. Y es en esa obra donde se las vincula (sin más prueba que la propia imaginación de este fraile) con Gonzalo Nazareno, uno de los muchos adalides de las tropas de Fernando III El Santo que conquistaron Sevilla en 1248.

    Pero, ¿qué sabemos de este fraile que ocupa un lugar tan destacado en la Historia nazarena? Poco, bien poco, pues su biografía nunca ha sido atrayente a los ojos ni de sus contemporáneos ni de las siguientes generaciones. Por nuestra parte, en este artículo no pondremos nuestra atención en su obra y su repercusión (que, dicho sea de paso, da para uno o varios artículos), y sí pasaremos a recoger lo que se conoce de su vida.

    Nació en Dos-Hermanas en abril de 1724, siendo el cuarto hijo de Juan Baltasar de Castro y de Leonor Criado, siendo bautizado en la parroquia nazarena el día 6 de aquel mes por Alonso José Ruiz, cura de la villa. Recibió los nombres de Isidoro, Ricardo y José, y actuó de madrina Francisca Ortiz Treviño. Su padre fue una de las principales personalidades de la villa de aquella época, siendo de oficio mercader de paños, aunque también se dedicó a otros negocios agrícolas. Juan Baltasar de Castro ocupó diversos cargos en el consistorio y perteneció a las cofradías del Santísimo Sacramento, de las Benditas Ánimas y de Señora Santa Ana. En esta última desempeñó los cargos de mayordomo receptor (1731), alcalde (1735) y escribano (1761). Entre sus propiedades estaban varias casas: una en la calle Amaro (que heredó de su padre Domingo de Castro), otra en la calle Real y otra en la ciudad de Sevilla. También tomó en arrendamiento del convento de la Merced de Sevilla entre 1732 y 1735 el cortijo de Benacazón, en el término de Las Cabezas de San Juan, y terminaría fundando su propia capellanía en la iglesia de Santa María Magdalena.

    Desde joven, Isidoro de Castro sintió inclinación por la vida religiosa, y así lo vemos en el grupo de jóvenes que, en abril de 1734, formó en Dos-Hermanas un rosario o corona (especie de congregación) en torno al pendón de la imagen de la Divina Pastora que el fraile capuchino fray Luis de Oviedo depositó en esta villa durante la misión apostólica que desarrolló el 6 de diciembre del año anterior. Entre aquellos jóvenes se encontraban Juan de Rivas, Mateo Baena, Matías Rivas, Francisco de Rivas y, como ya hemos dicho, nuestro biografiado, todos ellos pertenecientes a las principales familias pudientes de la localidad. Esa pertenencia a la corona de jóvenes fortaleció la decisión de dedicarse a la religión, pero, a diferencia de su hermano Juan Domingo de Castro que realizaría la carrera eclesiástica, siendo ordenado sacerdote, Isidoro de Castro se decantó por la vida ascética y monacal. Así, en fecha que no hemos podido averiguar, aunque debió ser en torno a 1745, ingresó en la orden de San Francisco. Muy probablemente las predicaciones en Dos Hermanas de los frailes capuchinos (una de las ramas de la orden franciscana), fray Isidoro de Sevilla y el mencionado fray Luis de Oviedo influyeran en su elección.

    En el testamento de sus padres, fechado en septiembre de 1762, aparece mencionado como “el mui reverendo padre frai Isidoro de Castro”, religioso (no se expresa si tenía algún cargo) en el convento Casa Grande de San Francisco de Sevilla. Y andado el tiempo, en 1777, se encontraba en Carmona, en el convento franciscano de San Sebastián. Allí era guardián, quien se encargaba de escuchar las confesiones de sus compañeros frailes y predicar en el territorio que tenía asignado ese cenobio. Más tarde, en 1794-1795 lo vemos de vuelta a la Casa Grande de San Francisco de Sevilla ejerciendo como custodio (superior de cierto número de frailes). Es en este convento sevillano donde pasaría sus últimos años de vida. Durante su estancia en él pudo acceder con facilidad a la documentación conservada en el archivo del consistorio hispalense, pues, recordemos, las casas consistoriales (donde se encontraba el citado archivo) estaban prácticamente integradas en el conjunto monumental del convento franciscano. De esta forma, pudo consultar una copia del Libro del Repartimiento de Sevilla, donde se menciona al adalid Gonzalo Nazareno, y en la biblioteca del cenobio un ejemplar de la “Historia del Real Monasterio de Sahagún” (1782), de fray José Pérez, corregida y aumentada por fray Romualdo Escalona, monje de Sahagún. Pues bien, fray Isidoro de Castro se valió de ambos libros para escribir la que sería su obra con más repercusión (si no la única): la ya citada “Relación del descubrimiento de la imagen de Santa Ana que se venera en Altar de esta capilla, una cruz, y otras alhajas, que se hallaron, ocultas debajo de tierra”, impresa en Sevilla en la casa de los Herederos de José Padrino, en la calle Génova. Sólo se imprimieron dos ejemplares, que fueron colocados solemnemente en la capilla de Señora Santa Ana el 26 de julio de 1795.

    Un año antes, en diciembre de 1794, su hermano don Juan Domingo de Castro otorgó su primer testamento ante el escribano público de Dos-Hermanas Francisco José de Rivas (cuñado, por cierto, de nuestro biografiado). En él dejó establecido, entre otras cosas, que se entregase a su hermano fray Isidoro de Castro la cantidad de 400 reales para que diese limosna “a las personas que les tenía comunicadas”.
    Sin embargo, a partir de 1795 dejamos de tener noticias suyas. No aparece mencionado en el segundo testamento de don Juan Domingo de Castro, de febrero de 1801, por lo que debió fallecer en los últimos años del XVIII, quizá en 1798, ignorándose el lugar de enterramiento. La fama de su versión de la leyenda de las dos hermanas sobrepasó con creces a su autor, que ha permanecido en la penumbra hasta ahora.

  • La casa de mi morada

    La casa de mi morada

    A lo largo de su Historia, Dos-Hermanas ha tenido varios tipos de viviendas, aunque bien es cierto que no encontramos aquí las grandes casas palacios que sí se dieron en otras poblaciones cercanas como Utrera o Alcalá de Guadaíra. En nuestra entonces villa proliferaron las casas más sencillas, reflejo, claro está, de la sociedad nazarena conformada en su mayoría por grupos sociales humildes y de muy corta fortuna (salvo algunas excepciones). En esta ocasión nos vamos a interesar por cómo eran las viviendas de la Dos-Hermanas del siglo XVI, centrándonos en una casa en especial, la de Ana Hernández, por haberse conservado su alzado y planta entre las escrituras públicas de nuestra ciudad.

    En ese siglo XVI, el caserío nazareno fue siempre bastante modesto, incluso aquel que era propiedad de labradores o hacendados sevillanos. Su valor, por aquellas fechas rondaba los diez ducados de oro, esto es, unos 3.750 maravedíes, muy lejos de lo que costaba una vivienda en la ciudad de Sevilla, donde el valor medio de una casa sencilla en aquel siglo estaba entre los 150.000 y los 250.000 maravedíes.

    La mayoría de la población nazarena, constituida por humildes braceros con bajos ingresos, no era propietaria de viviendas, por lo que vivía en régimen de alquiler. En el lado opuesto, los labradores y hacendados sevillanos poseían no sólo la casa de su morada (es decir, su residencia), sino también otras casas cuyo número dependerá de su capacidad económica. El escribano Francisco Sánchez “el Viejo” o don Luis Díaz de Toledo, por poner sólo unos ejemplos, tenían más de tres casas repartidas por la localidad.

    Desde finales del siglo XV y en todo el Quinientos, en líneas generales, encontramos en Dos-Hermanas dos tipos de vivienda: la que podemos denominar como “casa común”, y la “casa modesta”. Ambas presentan un punto en común: absoluto descuido decorativo en el exterior, siguiendo la costumbre heredada de los musulmanes. La “casa común” estará en manos de las capas más humildes de la localidad. Solía ser de una sola planta y era cubierta con bayunco, palma u otro tipo de ramaje. Asimismo, se utilizaba exclusivamente el tapial para los muros.

    En cuanto a la “casa modesta”, será propiedad del grupo más pudiente de Dos-Hermanas. Y para poder apreciar mejor el aspecto que solía tener, prestaremos nuestra atención en la ya citada casa de Ana Hernández, ama de don Hernando Díaz de Ayala. Gracias a la escritura de obligación de obra de Miguel Pérez, albañil encargado de construir esa vivienda, fechada el 25 de noviembre de 1545, sabemos que se emplearon para edificarla piedra, ladrillo, madera, cal y arena, elementos estos característicos de este tipo de vivienda. La piedra (material, por cierto, bastante caro dada su escasez en Sevilla) se utilizó para los cimientos, sobre los que se levantaron los muros de ladrillo, que tenían cuatro varas de altura (3,36 metros).

    Se trataba de una casa de dos plantas, cada una de ellas con una única estancia, amplia y espaciosa. En la planta baja estaría el espacio público de la casa, donde se desarrollaba la vida diaria, y en la superior se encontraría el aposento privado, destinado al descanso. En la planta baja no podía faltar la chimenea, donde se encontraba lo que se conocía como el “fuego del hogar”, que era llana con ventanillas y blanqueada. En ella es donde se cocinaba y donde se reunía la familia en la noche y en la época de frío.

    Para la techumbre (en este caso a dos aguas), se colocaron vigas de madera, poniéndose tejas árabes en el exterior. Y en cuanto al exterior, la única decoración se concentraba en la puerta principal, realizada en este caso en piedra (aunque se podía construir en ladrillo), y compuesta por un arco carpanel (muy popular en el XVI). Sobre el citado arco se abría una ventana geminada o ajimez, única apertura que daba luz a la estancia superior. El pilar central que sostendría los arcos de medio punto del ajimez, sería, según se apunta en el referido documento, preferiblemente de mármol o, en su defecto, de ladrillo. La casa contaba, asimismo, con patio y corral.

    En cuanto al mobiliario presente en este tipo de casas, lo conocemos gracias a los inventarios postmortem y las cartas de dote. Todos ellos registran muebles y utensilios humildes, que mejorarán, obviamente, a medida que suba la escala económica de los dueños.

    Pongamos dos casos. El mobiliario de la casa del matrimonio formado por Alonso Rodríguez Romero y Luisa Mateos, de modesto caudal, estaba compuesto en 1539 por «un colchón de lienço blanco lleno de lana blanca nueva», dos sábanas, dos almohadas, una banquilla de cama, dos bancos y un cañizo de cama, una bancaleja de lienzo pintada, tres paños de cama con figuras pintadas, «un paño pintado para un çielo», «un paño pintado de las Yndias para çercadura», tres pañuelos de mesa, una mesa de cuatro pies (valorada en tres reales), un arca vieja (de cuatro reales) y otra fresada (con un valor de un ducado y medio), dos sillas de costillas nuevas, una caldera usada, un lebrillo amarillo grande, una canasta y una espuerta de palma de media fanega. Es llamativo que sólo existieran dos sillas en toda la casa, pero tiene su explicación. Todavía en el siglo XVI era costumbre (en todos los grupos sociales) sentarse en el suelo, para lo cual se disponía un estrado o tarima de madera y sobre él alfombras, esteras y cojines para aislarse del frío. Lo mismo, dicho sea de paso, ocurría en el interior de las iglesias.

    Mucho más extenso era el de la casa de Bartolomé Martín y Francisca Ortiz, de esos mismos años, constituido por dos colchones blancos llenos de lana, una colcha, seis sábanas (dos de ellas de rúan), cuatro almohadas (dos labradas de grana y otras dos realizadas en seda), dos sillas grandes, un sobre-estrado, dos bancos, un cañizo, dos lebrillos, dos cojines, una caldera, una paila, un acetre, una alcuza de hoja de Milán (esto es, hojalata), cuatro asadores, tres candiles, unas parrillas, un trébede, una paleta de hierro, dos sillas de costillas, una mesa de cadena con su banco, dos candeleros de azófar (latón), una estera de junco y una caja de madera con cerradura.

    Con el paso del tiempo, las casas irán adaptándose a las nuevas necesidades de los nazarenos, aunque conservarán muchos elementos del Quinientos.

  • Pedro Hernández Caxa: Entre telas y retales

    Pedro Hernández Caxa: Entre telas y retales

    Poco se ha escrito de los oficios presentes en Dos-Hermanas durante el Antiguo Régimen y que, indudablemente, jugaron un papel importante en la vida cotidiana y quehacer diario de los nazarenos de aquella época. Olleros, panaderos (y en especial, panaderas), cogederas, confiteros, herreros, zapateros (de ópera prima o remendones), aguardenteros, jaboneros… La lista es bien larga, y, sin embargo, hoy vamos a prestar nuestra atención a uno indispensable: el de sastre.

    En Dos-Hermanas, a diferencia de las grandes urbes como la vecina Sevilla, no formaban un gremio, por la sencilla razón de que sólo existía un único sastre, que al tiempo de abrir su tienda en la población otorgaba escritura de obligación ante el escribano público por la que se comprometía a dar «buena cuenta y razón y entrega de los vestidos que cortare y le entregaren y dieren a hacer, los quales a de dar bien acabados y puestos en perfizión como buen ofiçial examinado que es y no yrá ni ausentará con bestido ninguno ni ropa que le fuere entregada». Es decir, este único sastre sería el encargado de confeccionar y vender en Dos-Hermanas, en exclusiva, todos los vestidos que los nazarenos consumiesen. Cabe recordar, en este punto, que una persona, a lo largo de su vida, solía comprar y utilizar tan sólo una vestimenta (más de una si tenía posibilidad económica).

    En esta ocasión nos vamos a acercar a la biografía de uno de los primeros sastres del que se tiene constancia documental en nuestra ciudad: Pedro Hernández Caxa, nacido en los últimos años del Quinientos.

    En noviembre de 1600, terminando el siglo XVI, establecería su tienda de sastre en Dos-Hermanas Juan Rodríguez, actuando como su fiador el herrero Juan Hernández. A él le sucedería en el oficio nuestro biografiado, que hacia 1607 fija su residencia en esta villa. Por ese año, toma en arrendamiento una casa que era propiedad de don Fernando Enríquez de Ribera, esposo de doña Margarita de Peralta, y situada en la plaza pública de la villa (actual Plaza de los Jardines), que lindaba con la cárcel pública. Allí establecería su primera tienda-taller y su morada, hasta que en febrero de 1609 subarrienda la vivienda al zapatero Diego Martín. Dos años más tarde, en abril de 1611, Hernández Caxa compró a Juan Ruiz, ollero y vecino de esta villa, por 70 ducados un aposento cubierto de teja con parte de un corral en la calle Real, donde quedaría también su tienda-taller. Aquí ejercerá su oficio hasta 1616, y durante esos años tuvo negocios con Alonso Márquez, que era el que le proporcionaba las telas que utilizaría para la confección de los vestidos que realizaba. También compraba tejidos y piezas a Sebastián de Toro Asenjo y Guillén Vicente, mercaderes segovianos residentes en Sevilla, dedicados a la compraventa tanto de telas como de vestidos (ambos los vemos presentes en la famosa feria de la Seda de Los Molares en 1613). Así, en julio y agosto de 1612, Hernández Caxa se obligó a pagar a los susodichos segovianos 210 reales que les adeudaba por diez varas de paño arenoso de Segovia, y 386 reales de plata por tres vestidos de horquillas pardos que les compró.

    Hernández Caxa estuvo especializado en la confección de vestidos masculinos, compuestos por las siguientes piezas: calzón, ropilla (pieza que se llevaba sobre el jubón) y ferreruelo (una capa corta con cuello y sin capilla), soliendo cobrar entre 10 y 28 ducados por cada vestido (dependiendo, claro está de la calidad del paño o tela utilizados).

    Firma de Pedro Hernández Caxa.

    Estaría ejerciendo su oficio de sastre hasta mayo de 1616 en que abandona Dos-Hermanas, sin que sepamos las razones que le llevaron a abandonar la villa. En esa fecha sería sustituido por el sastre Francisco Rodríguez, «que a el presente a puesto tienda en esta villa». Unos meses más tarde, en octubre de 1616, Luis de Medina Morán, presbítero y mayordomo de la fábrica parroquial, declararía que las casas de la calle Real donde solía vivir Pedro Hernández, maestro de sastre, estaban en ese momento caídas y arruinadas, y que nuestro biografiado se encontraba ausente, sin especificar motivos. En enero de 1618, volvería de manera puntual a Dos-Hermanas para declarar en el pleito que se abrió sobre la propiedad de las referidas casas de la calle Real.

    Pero no será hasta enero de 1623 cuando vuelva de manera definitiva a nuestra entonces villa. El día 17 de ese mes, Hernández Caxa se obligó a confeccionar vestidos y darlos «bien acabados y puestos en perfizión como buen ofiçial examinado que es y no yrá ni ausentará con bestido ninguno ni ropa que le fuere entregada». Actuó como su fiador Zenón García de Rivas, uno de los vecinos más acaudalados de Dos-Hermanas y miembro de la conocida familia hidalga de los Rivas.

    A partir de 1623 y hasta 1626, último año del que tenemos constancia documental de su actividad, Hernández Caxa confeccionó y realizó numerosos vestidos de hombre, de los que se conservan las correspondientes cartas de pago. En esta segunda etapa no sabemos en qué calle residió y tuvo su tienda-taller, aunque es muy probable que estuviera en la ya citada calle Real que, no lo olvidemos, era la verdadera arteria de la localidad, por donde transitaban no sólo vecinos del lugar, sino también mercaderes, aristócratas y clérigos, entre otros, que iban y venían de Sevilla y Utrera.

    En cuanto a los paños y telas que utilizó para la elaboración de sus vestidos, se encontraban paños veintecuatrenos (su urdimbre constaba de veinticuatro centenares de hilos) de Córdoba, paños dieciochescos de Baeza, paños de Londres (lo que no deja de ser llamativo, teniendo en cuenta las difíciles relaciones entre la Monarquía Hispánica e Inglaterra), y rajas (paño grueso y de baja calidad) de Albuquerque. Estas últimas se las proporcionaba Juan de Olmedo, tundidor vecino de Sevilla, en color azul celeste y arenoso (entre beige y crema).

    Pedro Hernández Caxa contrajo matrimonio con Sebastiana María, sin que sepamos si tuvo descendencia. Tampoco sabemos qué fue de este matrimonio a partir de 1626, fecha en la que se pierde su presencia en los protocolos históricos notariales de Dos-Hermanas. Y en el padrón de vecinos de 1631, aparece ya Miguel López como sastre, ejerciendo su oficio en la calle Real. Y como curiosidad (así concluimos esta breve biografía), diremos que en su primera etapa en nuestra villa no firmó las escrituras públicas por no saber escribir. Sin embargo, en el tiempo que estuvo fuera de la localidad aprendió lo necesario para poder estampar su firma. Sólo hay que ver la imagen de su refrendo que se incluye en este artículo, para percatarse de la tosquedad de la ejecución de cada una de las letras que componen su nombre (que aparece abreviado) y apellidos.

  • Dos-Hermanas guadalupana

    Dos-Hermanas guadalupana

    En más de un artículo hemos expuesto y dado a conocer la intensa huella que la Nueva España dejó en nuestra ciudad desde el siglo XVI hasta principios del XIX. Huella que es muy visible en ciertos casos, siendo la más evidente el propio Santísimo Cristo de la Vera Cruz, que procesiona por las calles de Dos-Hermanas cada Jueves Santo y es titular de la hermandad de penitencia más antigua de esta ciudad.
    Pero aprovechando que estamos en diciembre, mes en que se celebra la festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de México y “Emperatriz de las Américas”, vamos a centrarnos en otra de esas manifestaciones de la huella novohispana en Dos-Hermanas, concretamente en varios cuadros de aquella importante advocación mariana conservados aquí.

    Como es bien sabido, entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531 tuvieron lugar, según cuenta la tradición, las cuatro apariciones de la Virgen al indígena Juan Diego (1474-1548) (llamado antes de su bautizo Cuauhtlatoatzin y canonizado en 2002) en el cerro del Tepeyac y el milagro de la estampación de la imagen de la Virgen en la tilma de Juan Diego ante Juan de Zumárraga, obispo de México, y que hoy se venera en la nueva Basílica situada al pie del citado cerro. La devoción a la Virgen de Guadalupe fue creciendo y arraigando en el virreinato de la Nueva España, principalmente entre la población indígena. Para mediados del XVII esa fuerte devoción está presente ya en la península a través de Sevilla, que en esas fechas era “Puerto y puerta de las Indias”. En Dos-Hermanas, las primeras referencias a la devoción a Nuestra Señora de Guadalupe se remontan precisamente a los años centrales de ese siglo XVII. Y aunque hay noticias sobre la devoción a Guadalupe en 1556, para esa fecha es más que probable que se refieran a la imagen mariana homónima de Extremadura, de donde es patrona.

    A finales del XVII y principios del siguiente siglo, fue costumbre traer en los navíos de la flota de la Nueva España en el viaje de vuelta a Sevilla cuadros de la Virgen de Guadalupe para así poner las embarcaciones bajo su protección, y tener así garantizado un buen trayecto. Llegada la flota a Sevilla, esos cuadros eran entregados a iglesias o conventos de la capital hispalense y su tierra, en acción de gracias por haber llegado sanos y salvos al puerto hispalense. Igualmente, podían ser vendidos a particulares.

    En Dos-Hermanas hemos localizado y documentado cuatro cuadros de la Virgen de Guadalupe mexicana. El primero de ellos no se conserva y aparece mencionado en el testamento de Isabel Rodríguez, fechado el 17 de octubre de 1753. En él, declara que es dueña de dos cuadros: uno de Nuestra Señora de la Soledad sin moldura, y otro de Nuestra Señora de Guadalupe con moldura y sin dorar. A pesar de sus tres matrimonios, no tuvo descendencia, por lo que el cuadro pasó a manos de alguno de sus sobrinos, perdiéndose la pista de esta obra pictórica.

    El segundo cuadro se conserva en la iglesia parroquial de Santa María Magdalena, concretamente en su sacristía, junto a la puerta del despacho del párroco. Se trata de un óleo sobre lienzo de 1,65 ms. de alto y 90 cms. de ancho. Fechado entre 1700 y 1730, el historiador de Arte Francisco Montes González apunta que es de autor anónimo y que procede de la Nueva España. Bien pudo ser uno de aquellos cuadros que venían en las flotas para protegerlas. Responde a la iconografía tradicional de Nuestra Señora de Guadalupe de México, que no es más que una adaptación de la Inmaculada Concepción: mirada baja, manos entrelazadas, media luna a sus pies, con un ángel-atlante recogiendo el cabo de la túnica y manto de la Virgen. Lleva corona abierta, aureola de ráfagas y resplandores, túnica rosa y manto azul de estrellas. Este cuadro es mencionado por primera vez en el inventario de 1885, y posee un interesante marco de madera dorada de la misma época que el lienzo.

    Por su parte, el tercer cuadro histórico de Nuestra Señora de Guadalupe conservado en Dos-Hermanas pertenece a una colección particular y es mucho más interesante que la anterior. De grandes dimensiones (es ligeramente más grande que el cuadro de la parroquia), muestra a la Virgen de Guadalupe de México rodeada por cuatro pequeñas cartelas que representan las cuatro apariciones de la Virgen a Juan Diego. Las cartelas se encuentran en las cuatro esquinas del lienzo, presentando un mal estado de conservación las dos inferiores. Podría fecharse en la transición del XVII al XVIII.

    Por último, en la iglesia de Nuestra Señora de la Oliva de nuestra ciudad se conserva junto al altar mayor un cuadro que reproduce la imagen guadalupana, junto a otro que representa a San Juan Diego, colocados en ese lugar hace unos años por un grupo de fieles devotos nazarenos. Estos cuadros cierran otra huella novohispana en Dos-Hermanas.

  • La mujer mercader

    La mujer mercader

    Continuando con la serie de grandes y destacados personajes de la Historia de Dos-Hermanas, en esta ocasión vamos a poner nuestra atención en una mujer que, por sus numerosas fincas a lo largo del término municipal y sus negocios relacionados con Dos-Hermanas, ocupó un lugar preeminente en la sociedad nazarena del siglo XVI. Se trata de doña Leonor de Azamar, una mujer de carácter que estuvo ligada a la figura de uno de los mercaderes más influyentes de la Sevilla del Descubrimiento, Bernardo de Grimaldo. Ambos recibirían sepultura en la capilla de Señora Santa Ana, conservándose en la actualidad su sepultura.

    Nació doña Leonor de Azamar en la ciudad de Sevilla en el último tercio del Quinientos, hija del jurado Fernando de Azamar (que fallecería hacia 1490) y de doña Elvira Rodríguez de Contreras, vecinos en la collación de San Miguel. Tuvo cuatro hermanas más, una de las cuales, Isabel de Azamar, fue monja en el convento sevillano de Santa Paula. Otra, Inés de Azamar, casó con Alonso Cherino, de origen genovés, con el que tuvo numerosos problemas maritales.

    Tampoco doña Leonor estaría exenta de problemas: en marzo de 1492 pidió amparo a los Reyes Católicos porque “se teme e reçela que Alonso Ortiz, vezino de la dicha çibdad y otros algunos caualleros y personas destos nuestros Reynos e Señoríos que ante vos las dichas Nuestras Justiçias entienden nonbrar e declarar por sus nonbres por odio e mal querençia que con ella tiene la ferirán o matarán o farán o mandarán fazer otros males y desaguysados algunos en su presona e bienes”. Por tal razón, los monarcas mediante carta de amparo “tomamos e resçibimos a la dicha Leonor de Azamar e a sus criados e criadas y apaniguados (esto es, sirviente de una casa que recibía habitación, alimento y salario) e a sus bienes dellos y a cada vno dellos”. Desconocemos, en cualquier caso, cuál fue la relación que mantuvo con aquel Alonso Ortiz, pero del documento se deduce que para esa fecha, doña Leonor se encontraba bien situada económicamente.

    Muy poco antes de ese hecho, en 1491 inicia una relación sentimental con Bernardo de Grimaldo, un comerciante genovés que se estableció en Sevilla hacia 1488 y que estaba casado desde años atrás con su pariente Violante de Grimaldo, con quien tenía tres hijos. De aquella unión extramatrimonial (no hay constancia de que las autoridades eclesiásticas o civiles, que perseguían de manera severa el amancebamiento o la bigamia, se hubiesen manifestado al respecto), nacieron dos hijos: Polo (Paolo) de Grimaldo (c.1493-c.1521), que llegaría a ser canónigo de la catedral de Sevilla e hizo sus pinitos, sin éxito, en el mundo de la poesía, y Juan Bautista de Grimaldo (c.1505-1556), que siguió los pasos de su padre y fue un destacado mercader. Andado el tiempo, cuando Grimaldo quedó viudo (en torno a 1520), la pareja contrajo matrimonio, acabando así con una situación sentimental que no era lo que socialmente estaba establecido como normal.

    Por otra parte, doña Leonor tuvo numerosos negocios que le reportaron grandes beneficios. Bernardo de Grimaldo llegó a afirmar en su testamento de 1511 que “ella con su yndustria e trabajo ha fecho muchos de los bienes muebles e atavío de casa que yo oy día tengo e con trabajo de su persona e de sus esclauos los ha multiplicado e fecho”. Esa fortuna le permitió comprar unas casas principales en Dos-Hermanas, donde pasaría largas temporadas desde 1508, aproximadamente. A ellas se unirían una casa-mesón en la calle Real, un pedazo de tierra donde plantó un rosal, una sembradura ubicada junto a la anterior, dos fincas en el camino de Sevilla, un pedazo de tierra en Pozo Bermejo, y una viña. También tuvo sus actividades como prestamista (por ejemplo, prestó a Juana de Astorga ocho ducados sobre una pieza de oro que costaba diez ducados en torno a 1506) y comerció con las Indias, enviando mercaderías a Santo Domingo de la isla Española a Jerónimo de Grimaldo (pariente de su marido) y a Antonio Italián. Asimismo, doña Leonor dio poder en marzo de 1511 a Juan López de Recalde, contador de la Casa de la Contratación, para que recibiese y cobrase las mercaderías y dinero que había enviado a Santo Domingo. Por todo ello, doña Leonor de Azamar se convirtió en una de las mujeres más poderosas de la Sevilla de principios del siglo XVI.
    Nuestra biografiada, que vivió sucesivamente en las collaciones de San Miguel, Santa María y San Lorenzo, otorgó tres testamentos. En los dos primeros, fechados en 1511 y 1516, ordenó ser enterrada en la iglesia sevillana de San Vicente, “en la sepoltura onde está enterrado el dicho jurado Fernando de Azamar, mi padre”. Una cláusula curiosa contenida en su primer testamento es la que manda que “mis fijos ni ninguno dellos so pena de mi bendición nin mis criados nin otras personas nin personas algunas non pongan nin traygan luto por mí porque esta es mi determinada voluntad”.

    Pero sus años en Dos-Hermanas hicieron que creciera en ella un especial cariño y devoción a Señora Santa Ana, y el hecho de que su marido Bernardo de Grimaldo dispuso ser enterrado (como así ocurrió) en la capilla de la Patrona, hizo que abandonara su idea de recibir sepultura en la iglesia de San Vicente y dispuso en su último testamento de 1537 ser enterrada “en la yglesia de Señora [San]tana deste lugar de Dos hermanas, en la sepoltura que deten[go] don my señor Bernaldo de Grimaldo está enterra[do]”.
    Finalmente, murió en la ciudad de Sevilla en 1537, siendo conducido su cuerpo hasta la capilla de Señora Santa Ana del entonces lugar de Dos-Hermanas. Allí fue enterrada en la sepultura de su marido, cubierta con una lápida de mármol gris que posee la siguiente inscripción en caracteres góticos: “Aquí está el noble cavallero / Bernaldo de Grimaldo, vno de las qvatro principales / casas de Génova, la devoción / del qual escojo esta perpetua en ocho de agosto de / IUDXXXI años, y el noble / cavallero Juan Baptista de Grimaldo, / su hijo, / falleció viernes XVII de / enero año de IUDLVI, / sus ánimas sean / en Gloria.”

    La lápida no la menciona, pero la documentación de la época no guarda silencio y gracias a ella nos ha llegado su vida y su legado.

  • El voto de 1800

    El voto de 1800

    Se cumple este año el CCXV aniversario del Voto que tanto el pueblo como el clero de Dos-Hermanas hicieron a Nuestra Señora de Valme con motivo de la terrible epidemia de fiebre amarilla desatada en el año 1800. Entiéndase “voto” como una promesa que se hace a Dios o a la Virgen en gratitud por haber obtenido una determinada gracia. En aquellas lejanas épocas era frecuente este tipo de prácticas. Recordemos si no, el caso del conocido como “Rocío Chico” de Almonte, que no es más que la renovación anual del voto que la villa almonteña hizo a la Virgen del Rocío en 1813 en acción de gracias por haberse librado esa localidad onubense del castigo de las tropas napoleónicas. A diferencia del voto de Almonte, que todavía hoy se celebra, el que hicieron nuestros antepasados cayó pronto en el más absoluto de los olvidos. Ni la escritora Cecilia Böhl de Faber, “Fernán Caballero”, tan meticulosa a la hora de registrar cuantas tradiciones y costumbres existían en Dos-Hermanas, especialmente en torno a sus imágenes más devocionales, supo de su existencia, ni la hermandad de la Celestial Protectora tras sus varias reorganizaciones en el siglo XIX tuvo la intención de recuperar aquel trascendental Voto, único caso que se ha dado en la Historia de Dos-Hermanas.

    Un hecho trascendental ocurrido en el referido 1800 provocaría el Voto a la Virgen de Valme: la grave epidemia de fiebre amarilla, llamada así por el color amarillento que toman los enfermos a causa de la ictericia. Del desarrollo de esta enfermedad, conocida también como vómito negro o plaga americana, en Dos-Hermanas hablamos de manera extensa en un artículo publicado en la revista “Romería” en 2016, por lo que a él nos remitimos. No obstante, diremos que antes de traer la imagen de la Virgen de Valme desde su ermita de Cuartos, el 8 de septiembre “se celebró una fiesta en culto y veneración de Señora Santa Ana, María Santísima del Rosario y Señor San Sebastián con misa cantada, vestuarios, sacramento y sermón por la mañana y proseción en la tarde por las calles del pueblo con las dichas Ymágenes y Su Magestad manifiesto en la custodia”. Como se puede observar, se hizo todo con la mayor solemnidad para así conseguir la clemencia de Dios (no olvidemos que las epidemias eran consideradas castigos divinos por los pecados cometidos por la humanidad).

    Pero fue en vano, pues la epidemia, lejos de remitir, continuaba imparable ante la impotencia de las autoridades locales, que no acertaban a combatirla. El número de muertos y contagiados continuó siendo alto, falleciendo entre otras personalidades el escribano público de la villa Francisco José de Rivas y su esposa, el cura don Martín Ruiz Durán, el arcediano de la catedral hispalense, Rodrigo de Sierra e Illanes, y el hacendado sevillano don Antonio Maestre y Tous. Lo que son las cosas, estos últimos se habían trasladado desde Sevilla huyendo, precisamente, de la enfermedad.

    En ese estado de verdadera desesperación, se recurrió al traslado de la imagen de la Virgen de Valme. Dicho traslado se verificó el 12 de octubre de 1800, y a partir de ese día se dijeron diez misas dedicadas a la Virgen por la pronta recuperación de varios vecinos de la villa, misas que sirvieron de prólogo para la importante procesión que tuvo lugar el día 5 de noviembre de 1800. Años más tarde, “Fernán Caballero” se hizo eco de esta procesión con las siguientes palabras: “Refieren que había treinta y seis agonizantes en el lugar cuando en él entró la Virgen y que al pasar por las puertas de sus casas clamando cada cual lleno de fervor y de confianza: “¡Señora, Valme!” instantáneamente se aliviaron, sanando todos a poco, como lo atestigua la devota copla que aún hoy día cantan los moradores de aquel lugar: “En el día dos de noviembre / entró la Señora en su procesión / repartiendo do sí una fragancia / que a todo el enfermo la salud dio”. En la coplilla aparece claramente el día 2 de noviembre, cuando en realidad, la procesión se celebró tres días más tarde.

    En cualquier caso, tras la solemne procesión por las calles de la población, la epidemia comenzó a remitir y muy probablemente a mediados del mes de noviembre de 1800 el Concejo, en representación de los vecinos de la villa, el clero y la hermandad de Valme efectuaron el referido Voto a Nuestra Señora de Valme, Voto que consistiría en traer la imagen a la villa cada año por el mes de octubre o noviembre para celebrar una solemne función principal en acción de gracias y una procesión por las calles de la población, para después llevarla nuevamente a su ermita de Cuartos. La función, por cierto, sería costeada, en principio, por el consistorio nazareno, aunque luego no fue así.

    De todas formas, es difícil fijar la fecha exacta en que se hizo el mencionado Voto, dada la nula existencia de información al respecto. Ni en el libro de enterramientos que hemos examinado, ni en las actas capitulares de 1800 y mucho menos entre la documentación notarial de ese año existe acta o testimonio del Voto. Esto se debió, posiblemente, a la inexistencia en la villa de un escribano público que diera fe de los hechos. Recordemos que el que había, Francisco José de Rivas, falleció en octubre de ese mismo año a consecuencia, precisamente, de la epidemia. Tampoco existía notario apostólico alguno y el que de manera interina se hizo cargo de las escribanías pública y del cabildo, José Rubio-Barbero, apenas desempeñó sus funciones. El nuevo escribano público, Juan Nepomuceno Muñoz, accedió a las escribanías nazarenas en diciembre de 1800, poco tiempo después de hacerse el solemne Voto.

    En los siguientes años, el Concejo, clero y hermandad de Valme debían renovar, en teoría, el Voto a la Virgen. Sin embargo, los diversos avatares que se produjeron a principios del siglo XIX (la Guerra de la Independencia, crisis agrícolas, nuevas epidemias, dificultades políticas de toda índole) hicieron que aquel se celebrase de manera intermitente y sin la solemnidad que requería: 1801, 1802, 1804, 1805, 1806, 1813 y 1814.

    Ese 1814 sería el último año que se renovó el Voto a la Virgen de Valme, y tuvo lugar no en noviembre, sino el día 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción de María, siendo otra vez sufragada por la hermandad de la Celestial Protectora de Dos-Hermanas. A partir de entonces ni el consistorio nazareno contó con fondos suficientes para pagar los gastos que ese culto originase, ni la hermandad de Valme se encontraba en una situación mejor. Y sin estos dos pilares fundamentales, el Voto de 1800 estaba condenado a desaparecer, como por desgracia ocurrió.

  • Luis Cornejo: un escribano peculiar

    Luis Cornejo: un escribano peculiar

    La Historia de nuestra ciudad está cargada, ciertamente, de personas muy llamativas, muchas de las los cuales han acabado en el más absoluto de los olvidos. Pero que hoy no sean de dominio público no quiere decir que en su momento no ejercieran un papel destacado o relevante en la vida pública nazarena. La lista de personajes más o menos influyentes es bastante larga, y en esta primera parte de esta nueva temporada de “Memoria DH” abordaremos la biografía de varios de ellos. Así, en esta ocasión vamos a traer, brevemente, la vida de un escribano público que causó cierto revuelo en el pueblo debido a sus actuaciones un tanto “complicadas”. Se trata de Luis Cornejo.

    Nació en la vecina villa de Alcalá de Guadaíra en los últimos años del siglo XVI o primeros de la siguiente centuria, y allí contraería matrimonio, de cuya unión hubo al menos un hijo llamado Francisco Cornejo (1627-¿?). En 1637 recala en nuestra localidad para hacerse cargo de manera interina de su escribanía pública, pues parece ser que su titular, Juan de Arquellada, tenía serios problemas de salud y no podía atenderla. Al frente de la escribanía pública estaría hasta 1644, tocándole vivir la compra de la jurisdicción y oficios de Dos-Hermanas por parte del capitán don Pedro de Pedrosa, con los problemas que acarrearía para la escribanía pública nazarena tal acontecimiento.
    En cualquier caso, en los años que permaneció en Dos-Hermanas causó polémica. Así, por ejemplo, en el juicio de residencia que se hizo en 1644 a todos los componentes del concejo de la villa, entre ellos Cornejo (además de escribano público también lo era del concejo), el testigo Domingo Merino manifestó que Luis Cornejo había estado en la cárcel cinco o cuatro días por estar ausente de esta villa, que despachaba mal los asuntos «ezeto con sus conpadres y amigos y esto es notorio» (tráfico de influencias al fin y al cabo) y que no respetaba el arancel real, por lo que cobraba la cantidad que a él le parecía mejor. Por su parte, Francisco de Plana, portero del concejo, dijo que Luis Cornejo desde hacía año y medio metía en los cabildos a Luis Sarmiento, oficial de su escribanía, «para que escribiese lo que hacía», con el beneplácito de los capitulares, algo que no estaba permitido, pues sólo el escribano titular podía levantar acta de las reuniones del cabildo.

    Por si todo esto no era suficiente, el testigo Francisco Rotal declaró que Cornejo estaba amancebado con cierta mujer, lo que causaba evidente escándalo en la villa. En esa fecha, Cornejo estaba ya viudo y, lejos de volverse a casar, decidió vivir con su pareja sin pasar antes por la vicaría. Debemos recordar en este punto que el convivir sin estar casado (lo que se conocía como amancebamiento) no estaba bien visto ni por la sociedad ni mucho menos por la Iglesia. Es más, era algo perseguido no sólo por esa institución, sino también por la Justicia Real. Asimismo, siguiendo el testimonio de Merino, Rotal afirmó que Cornejo favorecía de manera ostentosa a los ricos y poderosos de la población, recibiendo a cambio dinero y regalos, y que llevaba demasiados derechos por las escrituras públicas, no respetando, de este modo, el arancel real.

    Por último, Jacinto Mateos, que también había sido oficial en la escribanía de Cornejo, y por tanto, conocía bien su proceder, declaró que vio «en munchas ocaçiones tomar las escripturas que otorgauan las partes en membrete y después de muchos días llenarlos y haçer que las partes que sauían firmar las firmasen en blanco». También apunta que cobraba excesivos derechos: «lo saue por la notiçia que dello tiene y auer asistido en su ofiçio y auer leýdo el aranzel real y auer visto los derechos que le an dado y ser muy desoruitantes para en razón de lo que dize el dicho aranzel y deue lleuar». Por desgracia, no conocemos las sentencias de ese juicio de residencia, con lo cual, ignoramos si tuvo castigo por ese comportamiento.

    En ese mismo año de 1644, tuvo problemas con Juan Antonio de Oliver, corregidor y alcalde mayor de Dos-Hermanas. Sobre este particular nos remitimos al artículo que escribimos en esta sección bajo el título “A la muerte de una Reina” (18-XII-2019).
    Y no fue Oliver el único que tuvo problemas con Cornejo. Existieron, asimismo, serios desencuentros con don Pedro de Pedrosa, personaje de fuerte carácter y nula paciencia, que lo terminaría apartando del oficio de escribano de Dos Hermanas en 1644, provocando la protesta airada de Cornejo.

    Ante esa situación, nuestro personaje volvió a su villa natal, Alcalá de Guadaíra, poniéndose al frente de una de sus escribanías públicas entre 1645 y 1650, y ocupando, al mismo tiempo, la escribanía del cabildo de esa población sevillana. Con él, marcharía el antes mencionado Luis Sarmiento “el Mozo”, que sería oficial mayor de la escribanía de Cornejo, pero terminaría volviendo a Dos-Hermanas en la década de 1660.

    Curiosamente, poco después de su marcha, el 26 de julio de 1646, Pedrosa, tras una fuerte discusión con Juan de Arquellada, reconsideró aquella destitución de Cornejo y lo volvió a nombrar escribano público de Dos-Hermanas, durando muy poco dicho nombramiento, pues fue revocado el 28 de noviembre de ese mismo año. No obstante, en esos meses Cornejo no despachó ningún asunto en nuestra localidad.
    A partir de 1650, perdemos la pista a este curioso personaje, que debió fallecer en Alcalá de Guadaíra en torno a 1651.

    luis cornejo
  • Una herencia novohispana

    Una herencia novohispana

    La relación de Dos-Hermanas con el virreinato de la Nueva España es profunda en numerosos aspectos y ha dejado una huella en nuestra ciudad que hoy en día sigue siendo visible. Ahí están, si no, la venerada imagen del Santo Cristo de la Vera Cruz, el cuadro de Nuestra Señora de Guadalupe o el propio dorado del retablo mayor de la capilla de Señora Santa Ana, por citar unos ejemplos. Por no hablar de los numerosos nazarenos que se establecieron en la Nueva España desde que en 1537 Fernando Gómez fijara su residencia en la ciudad de México. Hace un tiempo, en enero de 2021 dedicamos este espacio a la biografía de José García de Terreros, un nazareno que pasaría a la Nueva España donde sería alcalde ordinario y alguacil mayor de Santiago de Querétaro. Y en esta ocasión nos centraremos en otro nazareno que destacó en aquellas tierras: el capitán don Diego Alonso de Salinas.

    Nació Salinas en Dos-Hermanas en noviembre de 1636, siendo hijo de Diego Alonso y de Ana Gutiérrez, naturales asimismo de esta villa. Siguiendo la costumbre de la época, fue bautizado a los pocos días de nacer, el 29 de dicho mes en la iglesia de Santa María Magdalena, oficiando la ceremonia el bachiller don Juan de Poza, cura párroco. Fue su padrino Juan López Pachón. Hacia 1680 se estableció en Cádiz, y durante su estancia gaditana otorgó testamento el 28 de septiembre de 1682. Tras abonar a la Corona 4.000 pesos, consiguió el 30 de marzo de 1687 el nombramiento de corregidor de la ciudad de Antequera de Oaxaca (actual Oaxaca de Juárez), en la Nueva España, sustituyendo al corregidor Alonso García de Andrade. Y el 11 de junio de ese mismo año consiguió del Consejo de Indias la licencia necesaria para pasar al continente americano. Pero no tomó posesión del cargo y el 26 de junio de 1692 terminaría traspasándolo a Juan Núñez de Villavicencio, corregidor de la ciudad de México, por 6.000 pesos.

    Falleció posiblemente a mediados de 1700 en la referida Antequera de Oaxaca, y en su último testamento, otorgado el 19 de mayo de 1700 ante Diego Benayas, escribano real y público de Oaxaca, mandó dar una sustanciosa cantidad de dinero a sus familiares nazarenos. En diciembre de 1702, nada más conocer la noticia del deceso, esos familiares (sobrinos, primos hermanos y primos segundos, cuya lista es tan extensa que obviamos el incluirla) presentaron ante las Justicias de Dos-Hermanas la información necesaria para demostrar su parentesco con Salinas y poder así acceder al cobro de la sustanciosa manda testamentaria. Casi dos años más tarde, el 27 de septiembre de 1704, los herederos de Salinas dieron poder a Juan de Ecuestre y José de Aguirre y Elisendo, vecinos de Cádiz y residentes en México, y a Sebastián de Landeta, vecino de Oaxaca, para cobrar a los albaceas de Salinas todas las cantidades de dinero que les correspondía de la herencia que les dejó, y lo entregasen a Andrés Martínez de Murguía, caballero de Santiago y vecino de Cádiz, «para que lo tenga en nuestra orden». Tomás Rubio Gutiérrez, primo de nuestro biografiado y uno de sus herederos, dejó establecido en su testamento de diciembre de 1704 que si llegase la cantidad que le correspondía «se le dé a Juana Rodríguez, mi sobrina, muger de Juan Prieto, dozientos reales de vellón, y a Bartolomé Pérez Garçía, mi sobrino, zien reales de vellón, y la restante cantidad entre en poder de la dicha doña Ana Bernal, mi muger, para que junto con Andrés Gutiérrez, mi hermano, lo gozen como lo demás». Sin embargo, para abril de 1706, la herencia todavía no se había cobrado. Hubo que esperar a 1709 para que los herederos de Salinas dieran poder a Juan Pérez Cebador y a Diego Alonso Cebador para cobrar al referido Andrés Martínez de Murguía los 4.500 reales de plata que les correspondía de la herencia del capitán Diego Alonso de Salinas y que el susodicho cobró en nombre de los otorgantes al capitán Rodrigo de la Chica, vecino de Oaxaca y uno de los albaceas y tenedor de los bienes de Salinas. Aquella cantidad fue enviada a España en la flota que llegó al puerto de Pasajes de la provincia de Guipúzcoa. La herencia se cobró de manera efectiva entre el 14 de junio y el 25 de junio de 1709.

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    Pero la herencia dio ciertos problemas. Así, en 1710 Juan del Ángel, notario apostólico y marido de Ana Ximénez Cebador, una de las herederas, entabló pleito ante las Justicias de la villa contra Manuela Gutiérrez Ponce, vecina de Sevilla y otra de las herederas de Salinas, «sobre si le toca a la susodicha un legado de trezientos y nuebe pesos escudos que ynvió don Diego Alonso de Salinas desde los Reynos de las Yndias», cantidad que quedó embargado en la persona de Pérez Cebador, recordemos, uno de los encargados de recibir la herencia. El pleito concluirá con el auto definitivo de José de Vieta, corregidor de Dos-Hermanas, con el parecer del licenciado don Jacobo Sánchez Samaniego, abogado de la Real Audiencia de Sevilla, el 19 de mayo de 1710. Mediante dicho auto, el corregidor mandó que se le entregasen a Manuela Gutiérrez los referidos 309 pesos escudos del legado. Y al año siguiente, el 12 de agosto de 1711, los herederos de Salinas dieron poder a Manuel López Pintado, capitán de mar y guerra vecino de Sevilla, para comparecer ante el Rey y proceder contra el ya mencionado de la Chica y los demás albaceas por la cobranza de todas las cantidades que les pudiera pertenecer. Y cobrado todo, lo enviase en la nao capitana y almiranta de la flota del general Andrés de Arriola. Unos días después, los mismos herederos dieron nuevo poder esta vez a Diego Alonso Cebador y a Juan del Ángel para tomar prestado dinero con el fin de pagar los despachos necesarios que había que enviar a las Indias para demostrar nuevamente la filiación con Salinas.

    Hasta aquí las noticias de esta herencia indiana. O más bien, de una parte de esa herencia, porque el capitán Diego Alonso de Salinas dejó otra herencia, pero no a un familiar, sino a una institución nazarena: la cofradía de Señora Santa Ana. Pero de ese legado hablaremos en otro momento.

  • Al sitio de Gibraltar

    Al sitio de Gibraltar

    En agosto de 1704 llegó a Gibraltar una escuadra anglo-neerlandesa al mando del príncipe de Hesse-Darmstadt y del almirante Rooke, quienes exigieron al gobernador de la plaza gibraltareña, Diego de Salinas, su entrega incondicional al rey «Carlos III» (el archiduque austríaco, pretendiente al trono español frente a Felipe V, que luego sería emperador con el nombre de Carlos VI). Pero Salinas se mostró fiel al primer Borbón y tres días después comenzó el asedio de la plaza de Gibraltar, que se encontraba mal defendida. Tanto es así, que las autoridades terminaron capitulando y entregando Gibraltar. Buena parte de su población abandonó la plaza y se estableció en el cercano cerro de San Roque, fundando en 1706 la actual localidad de San Roque.

    Poco después, en octubre de 1704, comenzó el que sería el primer asedio de Gibraltar por parte de las tropas de Felipe V, con el intento de recuperar la plaza. Formaban parte del citado ejército soldados de Andalucía, Extremadura y de Francia. Los soldados españoles estaban al mando del marqués de Villadarias, capitán general de Andalucía, mientras que los galos estaban bajo las órdenes del conde de Tessé.
    Pero el asedio duró más de lo esperado. A principios de 1705, se envió un destacamento para reforzar las tropas acampadas ante Gibraltar. Dicho destacamento pasó por Dos-Hermanas en la segunda mitad del mes de enero. De ese paso sólo hemos encontrado algunas referencias en uno de los libros de enterramientos de la parroquia de Santa María Magdalena. De esta manera, sabemos que el 15 de enero de 1705, se enterró en la parroquia nazarena a un soldado, del que no se sabía su nombre, «que se murió en casa de Juan de Rivas, que vino malo en la marcha que pasó a Gibraltar». En este punto debemos recordar la obligación y deber que los vecinos de la villa tenían de alojar soldados en sus casas, y más si se encontraban enfermos. Ante esto no había excusa alguna. El paso de soldados por la villa causaba numerosas molestias y agravios.

    Pero lo más grave ocurrió días más tarde. El 24 de enero se enterró a un joven llamado Esteban que «estaba en seruiçio de Francisco Moreno, que murió de una estocada que le dio un soldado de los que pasaron francés». No sabemos la edad que tenía, pero a juzgar de su apelativo «mozo», no debía sobrepasar los 18 años. Tampoco sabemos qué hizo este nazareno para recibir la estocada que resultó fatal, pues no existen más datos al respecto. En cualquier caso, nada justificaría tal acción perpetrada por el «anónimo» soldado galo.
    Esa tropa que pasó por Dos-Hermanas llegó a las puertas de Gibraltar el 8 de febrero de 1705. Y en los meses siguientes continuó el tránsito de soldados por nuestra ciudad. Lo único destacable que nos ha llegado es el entierro, el 30 de abril de aquel año de otro joven, llamado Serafín «que estaba en seruiçio del Maese de Canpo, que se ahogó en el río de Guadalquivir».

    Asimismo, Dos-Hermanas también aportó hombres a aquel asedio, formando una compañía al mando del capitán don Juan de Medina. Compañía que estaba encuadrada en el regimiento de Utrera y su partido, a la cabeza del cual se encontraba el coronel don Pedro Manuel de Pedrosa y Casaus, II marqués de Dos-Hermanas, y uno de los más destacados militares sevillanos que participaron en la Guerra de Sucesión española a favor de Felipe V.

    En aquella compañía nazarena jugaría un papel importante el alférez Juan Ximénez Albarrán, que moriría en el propio asedio de Gibraltar. Gracias al poder que otorgó su viuda doña Catalina de Rivas a favor de don Francisco López Rubio, natural de Dos-Hermanas y alférez de la compañía de Lebrija (que formaba también parte del ya mencionado regimiento de Utrera), sabemos cual fue la participación del alférez Ximénez Albarrán en el sitio de Gibraltar. Según declaró doña Catalina, su marido fue sargento y alférez en la compañía de Dos-Hermanas desde 1685, «asistiendo a todas las funciones, marchas y campañas como fueron al socorro del Puerto, Puntal y Matagorda (es el ataque angloholandés de 1702), y en la de Portugal (se refiere a las acciones de 1703, enmarcada en la Guerra de Sucesión) y del sitio del Campo de Jibraltar, donde murió en la destrucción del molino de viento que se boló». Ahí tenemos el episodio que acabó con la vida del alférez. En octubre de 1704, el ejército español se centró en despejar la zona del istmo gibraltareño, por lo que procedió a la destrucción de un viejo molino para poder construir las primeras líneas de ataque. En la voladura del molino falleció el alférez nazareno, dejando viuda y seis hijos «de hedad el mayor de catorze a quinze años y el menor de dos meses», sumidos todos en la pobreza. Esa fue la razón por la que doña Catalina de Rivas dio poder al alférez lebrijano: solicitar al ya mencionado marqués de Villadarias el pago de lo que se le adeudaba a su marido en concepto de salario y además, una ayuda económica para poder sustentar a sus hijos.

    No sabemos en qué quedó este asunto de la ayuda económica. Lo que sí es conocido es que el asedio concluyó en mayo de 1705, sin conseguir tomar la plaza gibraltareña.