Etiqueta: vivimos

  • Una de demonios

    (Marcos 1,29-39) UNAS VECES nos sentimos tan responsables de todo, que en cuanto algo sale mal nos echamos encima una culpabilidad que nos aplasta. Otras veces es algo del pasado lo que nos angustia y paraliza, una experiencia o un pecado, que se hace tan presente hoy como hace treinta años.

    Otras veces es el odio y el rencor que nos impiden ser felices e, incluso, vivir mínimamente en paz. Vivimos complejos de inferioridad que nos amargan cada instante de nuestra existencia porque cada instante necesitamos compararnos con los demás y salir ganando, cuando siempre hay alguien mejor que nosotros. Vivimos con los ojos vendados, obcecados en lo negativo, sin valorar todo lo bueno que han puesto en nuestra vida. Vivimos estresados en una actividad frenética, cansados de no poder descansar, nerviosos cuando podemos hacerlo. Nos enfrenta y nos hace despreciar a muchos la propia ideología, política o religiosa, que ponemos por encima de las personas.

    Nos come la propia identidad, la lascivia, siempre mezclada con impotencia, de querer usar al otro para satisfacer unas ansias que son como barril sin fondo. Nos come el afán desmedido por tener más y más, sabiendo que nada nos llevaremos a la tumba. Nos arruina la vida el competir con los demás en lo que somos y valemos; si nos vencen, nos amargamos; si vencemos, nos quedamos solos en la cumbre de una montaña pelada. Otras veces es el demonio del rencor resabiado que nos impide perdonar de verdad a quien queremos y descansar por fin.

    ¿Quieren ustedes que les señale más demonios que nos arruinan la vida? Más hay.

    Quien se encuentra con Jesús y se ve libre de sus demonios sabe con certeza que es presencia del Dios de la Bondad y de la Vida.

  • Invitados

    (Mateos 24,1-14) CUANDO VIVIMOS desde la verdad profunda de ser hijos de Dios y que Dios es Padre y nos acoge y nos protege, vivimos de una manera distinta, como invitados a un banquete. Eso nos dice el Evangelio.

    Podemos quedarnos con una mirada superficial sobre lo que vivimos y nos pasa. Entonces la enfermedad será sólo un problema serio; la crianza de los niños, una tarea exigente; hasta la amistad la viviremos con distancia porque sabemos que nadie es completamente fiel…

    Pero podemos asumir una mirada distinta, la mirada de la fe. Desde esa mirada cada amanecer se convierte en un regalo; el gesto amable y cada caricia de quien nos aprecia en una llamada de Dios mismo a vivir en amor y alegría; cada dificultad que se nos presenta en un reto, en una oportunidad para superarnos, para mantenernos firmes, para mostrar que nos sentimos hijos de Dios, o para acogernos a su bondad si nuestras fuerzas flaquean.

    Sin esa mirada de profundidad en la que descubrimos los ojos de Alguien que nos mira y se nos entrega con cariño, nada es bastante bueno, nada es suficiente, nada nos satisface. Nuestro mundo está entretejido con hilos de limitación y pobreza, pero esos mismos hilos mirados con perspectiva, resaltan el arcoíris que se dibuja en cada trozo del paño.
    Hemos de aprender a vivir sin alienarnos en la inmediatez de lo que sentimos, ni de lo agradable ni de lo desabrido. Vivir desde la fe convierte nuestra vida en una invitación inesperada e inmerecida a un banquete. Esto nos lo dice quien sabe de dificultades y problemas; quien sabe de ellas es quien lo dice con más convicción.

  • Tarde te amé

    (Mateo 20,1-16)  “Tarde te amé, Hermosura tan antigua y siempre nueva”, decía San Agustín en sus Confesiones, haciendo una oración sentida y llena de verdad.

    “Me llamaste y clamaste, y se rompió mi sordera; brillaste y resplandeciste, y me curaste de mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abraso en tu paz”.
    Los creyentes tenemos la tentación de comprender nuestra respuesta de fe, en lo concreto de nuestra vida, como un compromiso hecho desde nosotros mismos. Y cuando vienen dificultades y problemas, cuando las fuerzas nos faltan para afrontar aquello que decidimos, nos asalta una pregunta: ¿para qué me habré metido yo en este asunto?

    Otras veces vivimos ciertos aspectos de nuestra rectitud moral como exigencias exteriores a nosotros mismos, como leyes que se nos imponen desde lo alto. Y nos cansamos de cumplirlas, y nos sentimos atados y esclavos de algo que no tenemos asumido del todo.  En esos momentos nos muerde un sentimiento sordo: si no fuera cristiana tendría una vida más feliz. En vez de vivir la fe como encuentro y como amor, la vivimos como ley y compromiso. No es extraño que queramos renegar de ella en muchos momentos. La grandeza y la hermosura de Jesucristo son un océano que rodea al creyente. Que nada te robe esa experiencia honda de vivir respondiendo al Amor, con amor; a la Paz, con bondad; a la Bondad, trabajando humildemente por los pobres y los que sufren allí donde estés.

  • Podemos contra tenemos

    La esperanza es el motor de la historia. El corazón humano está hecho de tal manera que en lo más profundo es esperanza de un mundo más humano y fraterno. Sin esperanza nuestro espíritu muere. Los pecados contra la esperanza  son siempre mortales y asesinos porque hacen que nos conformemos con las injusticias que vivimos. Cuando nos conformamos con el “tenemos que…” y no abrimos nuestra mirada hacia una trascendencia más justa y luminosa, acabamos conformándonos con toda clase de opresiones y de injusticias que “tenemos que” aceptar.
    Los cristianos somos profundamente realistas, y sabemos de la debilidad del espíritu de todos los hombres y mujeres, comenzando por nosotros mismos. Sabemos que el corazón humano es voluble como torrente de tormenta. Pero también sabemos que lo único que nos mueve hacia el bien es la esperanza. Cuando los sacrificios no se asumen desde el amor y la esperanza, llenan de una tristeza que paraliza o se hace violenta.
    Los cristianos sabemos que será difícil conseguir que jóvenes y niños tengan un futuro más humano, pero creemos que podemos conseguirlo si en nuestra acción está presente la lúcida honradez que Cristo nos pide. Los cristianos sabemos que es difícil conseguir que la valla de Ceuta y todos los muros que los hombres levantamos sean inútiles e innecesarios, pero creemos que podemos conseguirlo si nos une la experiencia profunda de la fraternidad, que vivimos los creyentes. Sabemos que revertir el desarrollo consumista y alienante, que se nos vende como el único posible, en un verdadero desarrollo del trabajo, la paz y la gratuidad, será difícil; pero a esa vocación somos llamados por un Dios, que nos promete más de lo que nos atrevemos a desear.

    (Mateo 11,25-30) La esperanza es el motor de la historia. El corazón humano está hecho de tal manera que en lo más profundo es esperanza de un mundo más humano y fraterno. Sin esperanza nuestro espíritu muere. Los pecados contra la esperanza  son siempre mortales y asesinos porque hacen que nos conformemos con las injusticias que vivimos. Cuando nos conformamos con el “tenemos que…” y no abrimos nuestra mirada hacia una trascendencia más justa y luminosa, acabamos conformándonos con toda clase de opresiones y de injusticias que “tenemos que” aceptar. 

    Los cristianos somos profundamente realistas, y sabemos de la debilidad del espíritu de todos los hombres y mujeres, comenzando por nosotros mismos. Sabemos que el corazón humano es voluble como torrente de tormenta. Pero también sabemos que lo único que nos mueve hacia el bien es la esperanza. Cuando los sacrificios no se asumen desde el amor y la esperanza, llenan de una tristeza que paraliza o se hace violenta.Los cristianos sabemos que será difícil conseguir que jóvenes y niños tengan un futuro más humano, pero creemos que podemos conseguirlo si en nuestra acción está presente la lúcida honradez que Cristo nos pide.

    Los cristianos sabemos que es difícil conseguir que la valla de Ceuta y todos los muros que los hombres levantamos sean inútiles e innecesarios, pero creemos que podemos conseguirlo si nos une la experiencia profunda de la fraternidad, que vivimos los creyentes. Sabemos que revertir el desarrollo consumista y alienante, que se nos vende como el único posible, en un verdadero desarrollo del trabajo, la paz y la gratuidad, será difícil; pero a esa vocación somos llamados por un Dios, que nos promete más de lo que nos atrevemos a desear.

  • Gracia, sabiduría y prudencia

    (Marcos 6, 7-13) LAS PERSONAS no vivimos de lo que aprendemos intelectualmente; eso, sin dejar de ser importante, no es lo trascendental en nuestras vidas. Las personas vivimos de lo que se nos entrega, día a día, en la vida de las personas con quien convivimos. Como se dice tantas veces: los niños no hacen lo que sus padres le dicen, sino lo que ven que sus padres hacen.

    Jesucristo es, para nosotros, un tesoro de gracia, sabiduría y prudencia. Y, sólo, mirando y remirando su vida, sólo contemplándolo día tras día, podemos participar de su bondad y su plenitud. Ni un día ha de pasar sin que contemplemos su sensibilidad hacia los pobres; su capacidad de decir la verdad, desnuda de intereses; su constante perdón hacia los pecadores; su confianza en que sus discípulos –hoy, nosotros—podemos colaborar con su misión para la humanidad.
    Todavía sin mucha preparación, sin mucha sabiduría, sin tener todavía su Espíritu, Jesús envía a los discípulos para proclamar y extender su reino. Y ellos van intentando hablar como Jesús lo hacía, intentando mirar como Jesús miraba, intentando vivir al modo de Jesús. Aprendemos de nuestros aciertos y errores; viviendo y reflexionando sobre lo que vivimos.

    En este primer intento, como es natural, los apóstoles no aciertan del todo. Se ponen a ungir a los enfermos con aceite, como ellos veían a los curanderos, pero nunca habían visto a Jesús. Predican sólo la conversión de los pecados; mientras que Jesús anunciaba una buena noticia de esperanza… Pero cuando lleguen, no les regañará; los acogerá con cariño, los invitará a ir a un lugar apartado para descansar, valorará todo lo bueno que han hecho, y, con mucha sabiduría y prudencia, les volverá a hablar de la gracia, del amor que el Padre tiene para todos. Signo claro de asertividad. El verano, tiempo propicio para cultivarla.

     

  • Rebélate

    La juventud debe demostrar que es el futuro, en palabras de Miguel Hernández: “La juventud siempre avanza, la juventud siempre vence y la solución de España de la juventud depende”

    Por ello, la abstención no es una solución válida, al contrario, es el primer paso al fin de la democracia. La juventud debe acudir a las urnas exigiendo más democracia y de mejor calidad.

    Vivimos en una democracia en la que tanto PSOE como PP han regalado la soberanía del pueblo a los poderosos. Una democracia que para garantizar la resignación del pueblo nos educan en el analfabetismo político, en un bipartidismo que cada día nos hunde un poco más.

    Esta gran depresión nos está expulsando a los jóvenes del sistema, a la miseria: Somos la generación mejor preparada de la historia del país y ahora vivimos peor que nuestros padres. Y con el “Pensionazo” viviremos peor que nuestros abuelos.
    Estas son algunas razones para que el día 20 llenemos las urnas de rebeldía, que nos enfrentemos al sistema para darle la vuelta hacia contenidos y propuestas que realmente necesitamos y no hacia aquello que “necesitan” los mercados.
    Es necesaria una lucha seria contra el paro y por el empleo digno juvenil, con la derogación de las reformas laborales, el control de las becas para evitar enmascaramientos de puestos de trabajo o un salario mínimo de 1100 euros.

    Reconocer realmente el derecho a la vivienda, con parques públicos de alquiler o la regulación de la dación en pago. Respecto a la educación se debe garantizar un sistema educativo 100% público, desde la educación infantil, primaria y secundaria, pasando por el bachillerato y FP hasta la universidad. Es en esta última, en la universidad, donde exigimos la inmediata paralización tanto del Espacio Europeo de Educación Superior como de la Estrategia Universidad 2015 que adaptan las carreras a las demandas de los mercados, la privatizan y la mercantilizan.

    Estos son algunos de los puntos, quizás los principales, que de no aplicarse nos lastrarán aún más. Somos una fuerza imparable, que salimos a la calle y que hemos decidido comprometernos con nuestro tiempo y no resignarnos. La meta es el 20 de noviembre, o quizás, el principio.

     

  • Silencio hecho grito

    (Lucas 1,39-45) Mucho tiempo estuvo Dios hablando en el silencio del corazón de cada hombre. Desde el principio de la creación su voz ha resonado en la hermosura y en la libertad que vivimos. Pero quiso que su palabra se hiciera carne y que su presencia se hiciera grito, canto, anuncio, protesta, manifestación y poema.

    El silencio elocuente de Dios tomó carne en el cuerpo de una mujer e hizo suya todas las causas verdaderamente humanas. Hizo suya la causa de los pueblos que viven sin libertad y la grita y la exige cada día. Hizo suya la causa de los que vienen buscando pan y paz a nuestro mundo y conmueve el corazón de cada persona para que vea en el inmigrante a un hermano. Hizo suya la causa de los que viven todavía en el vientre de sus madres y protesta y llora cuando se quiere hacer pasar por inocuo lo que es la eliminación de una vida humana. Hizo suya la causa de los que adocenados por el consumismo y la superficialidad viven, vivimos, sin color, sin esperanza, sin ilusión la vida.

    El silencio de Dios en tu vida quiere también hacerse grito, como en Isabel y María en el evangelio de esta semana. Como en el niño que al nacer necesita llorar para llenar de vida sus pulmones, tu fe y tu vida necesitan una causa a la que entregarse, unas personas a las que mirar y saber que tu vida tiene sentido. El grito de Dios, ahora, vuelve a ser silencioso. Se necesitan altavoces.

  • Silencio hecho grito

    (Lucas 1,39-45) Mucho tiempo estuvo Dios hablando en el silencio del corazón de cada hombre. Desde el principio de la creación su voz ha resonado en la hermosura y en la libertad que vivimos. Pero quiso que su palabra se hiciera carne y que su presencia se hiciera grito, canto, anuncio, protesta, manifestación y poema.

    El silencio elocuente de Dios tomó carne en el cuerpo de una mujer e hizo suya todas las causas verdaderamente humanas. Hizo suya la causa de los pueblos que viven sin libertad y la grita y la exige cada día. Hizo suya la causa de los que vienen buscando pan y paz a nuestro mundo y conmueve el corazón de cada persona para que vea en el inmigrante a un hermano. Hizo suya la causa de los que viven todavía en el vientre de sus madres y protesta y llora cuando se quiere hacer pasar por inocuo lo que es la eliminación de una vida humana. Hizo suya la causa de los que adocenados por el consumismo y la superficialidad viven, vivimos, sin color, sin esperanza, sin ilusión la vida.

    El silencio de Dios en tu vida quiere también hacerse grito, como en Isabel y María en el evangelio de esta semana. Como en el niño que al nacer necesita llorar para llenar de vida sus pulmones, tu fe y tu vida necesitan una causa a la que entregarse, unas personas a las que mirar y saber que tu vida tiene sentido. El grito de Dios, ahora, vuelve a ser silencioso. Se necesitan altavoces.