Etiqueta: virtud

  • Agradecer

    (Mc 9, 2-10) Hay palabras que crean en el mero pronunciarse. Palabras que realizan incluso lo inesperado, lo que ni buscábamos siquiera. Así es la palabra que da las gracias.

    Quien da las gracias reconoce la bondad que con él han hecho; re-acoge el don que se le hizo; re-valora el bien que se le entregó. Quien da las gracias hace crecer el don, la bondad y el bien. A veces los dones que recibimos nos parece que ya nos lo merecíamos, y no les hacemos aprecio. Disfrutamos lo que se nos da, pero no nos recreamos en ello, ni nos recreamos en el amor o la bondad de la persona que nos los entrega. Quien da las gracias se recrea en el amor y en el bien con el que lo miran; re-disfruta, espiritualmente, aquel gesto de bondad material que se le dio. Pudo ser un favor pequeño, una hora de tiempo, un largo recorrido de amistad, o toda una vida que nos entrega y en la que se nos entrega quien nos quiere. Esto es mucho, pero es sólo lo que en la misma persona agraciada sucede.

    Quien da las gracias crea también gracia en los demás; ofrece el don de su sonrisa; entrega un bien de sí mismo, de su propia vida, al dejar a un lado lo recibido para mirar a los ojos a quien lo agració. Quien da las gracias alegra, recrea, enamora.

    Ser agradecido es la virtud más importante de un cristiano. Dar las gracias, cotidiana constantemente, llena nuestro corazón de alegría. Quien no es capaz de agradecer nunca tiene bastante, nunca está contento, nunca vive lleno de gracia; deja el agua correr sin que empape su vida. Quien da las gracias reconoce que el Donante es el verdadero don. ¿Cómo no agradecerte tu Hijo entregado por nosotros y el Espíritu que nos recrea descubriéndonos la Gracia?

  • El día después

    (Marcos 4,26-34) EL DÍA después del incendio comienza el bosque su propia regeneración. Los animales que quedan escarban entre la tierra y la ceniza, mezclándolas. La brisa y los pájaros vuelven a traer semillas que, a espera de la lluvia, son ya comienzo de nueva vida. Hasta las raíces de las plantas con ramas calcinadas se preparan para, desde más abajo del negro tocón, reverdecer en otoño. La vida de la naturaleza, signo de la Vida que Dios nos ha regalado, es esperanza inasequible al desaliento.

    Así, también, nosotros hemos de prepararnos para regenerar nuestro pueblo. Hemos de dejar atrás la subcultura de la subvención clientelar –verdadero opio del pueblo. Hemos de afrontar con honradez y ambición nuestro futuro. Hemos de alentar, todos, a quienes con preparación e iniciativa comiencen a construir un futuro mejor. Hasta la Iglesia debe preocuparse más por la justicia, la libertad y la fe de su pueblo que de sus propios intereses corporativos. Todos hemos de aprender; todos hemos de resurgir; todos hemos de cambiar.

    Pero que a nadie quepa duda de que el Señor, desde lo hondo de la vida, nos alienta a amar. Y nos sigue haciendo una propuesta: “Vamos juntos a construir un pueblo de hermanos, donde todos trabajemos y donde todos nos ganemos el pan con el sudor de nuestra frente; vamos a acoger el amor de familia, amor con minúscula de virtud humilde y sencilla, virtud de comprensión y cariño, virtud de entrega incondicional al otro. Vamos juntos a entonar un canto, no por ser campeones de nada, sino dando gracias por la vida, hermosa al entregarla.

    Pueden parecer pequeños; pero nuestros esfuerzos, nuestro empuje y nuestra creatividad son la lluvia que necesita nuestro pueblo para levantarse. Cada día hemos de preguntarnos qué es lo que cada uno de nosotros podemos hacer por nuestro pueblo.

  • Nuestra autoridad

    (Marcos 1, 6-11) Una de las tentaciones más grandes del apóstol es la de sentirse desautorizado en su tarea, por haber puesto el fundamento de su autoridad en lo que no lo es. Hay quien pone el fundamento de la tarea apostólica en su saber. Pero este fundamento acaba pronto, porque nuestro saber es escaso; encontramos a quien sabe más que nosotros; y nos sentimos ninguneados, desautorizados. Pensamos que nuestro mensaje no aporta mucho, que nuestra labor es poco brillante. Dejamos de evangelizar; aunque sigamos celebrando sacramentos e impartiendo catequesis.

    Otro falso fundamento de nuestra misión como cristianos es el de nuestra virtud. También este fundamento se desmorona enseguida, en las primeras embestidas serias del pecado de nuestra vida, o en los primeros momentos de lucidez. Aunque pretendamos reconstituirla una y otra vez, la debilidad de nuestra naturaleza –don de Dios—hace que  descubramos que nuestra virtud es torre de arena.

    La autoridad de nuestro ministerio no está en nosotros, sino en la llamada que Dios nos hace a dar testimonio de su amor. La autoridad de Jesús de Nazaret no estaba en él mismo, sino en el Padre que lo llama a ser su Hijo y lo envía a ser Testigo del amor en el mundo. Así nos lo narran los textos del bautismo. El Padre avala, que quien pasaba por ser un hombre cualquiera, es su Hijo  y su Enviado a anunciar el Evangelio.

    También a ti, tu bautismo es signo de ello, el Padre te llama hijo suyo, y también te envía a ser testigo de su amor. Tendremos que aprender cómo hacerlo. Pero ninguno de nosotros puede renunciar a ser testigo del amor que el Padre nos tiene. Ancianos, jóvenes, enfermos, sanos, trabajadores, estudiantes, catedráticos… Cada uno de nosotros es enviado a testimoniar que el Padre quiere con ternura a cada uno de nuestros hermanos.