Etiqueta: tratamos

  • Respetémonos los unos a los otros.

    ctos vandálicos que se vienen sufriendo en la Capilla de San José, ya que en los últimos meses venimos sufriendo ataques sobre el sistema de campanas de la propia capilla. Arrancando de cuajo la bocina y destrozando los soportes. No entendemos el porqué de estos actos, ya que nuestra capilla solo suenan las campanas dos veces en semana, a la hora de Misa. Y no molestamos a nadie. por lo que solicitamos a la ciudadanía en general y a nuestros queridos vecinos colaboren en denunciar cualquier sospecha de algo en torno a nuestra Capilla. Por nuestra parte hemos puesto en conocimiento de las autoridades tal situación.
    La Capilla de San José, es Casa de Oración, donde estamos para ayudar a todo aquel que lo necesite, en comunión con Nuestra Parroquia, solo tratamos de difundir el mensaje divino y no nos metemos con nadie y respetamos a todo el mundo. No entiendo aun cómo se puede tener tan poca verguenza, quienes realizan estos actos contra templos o casas de hermandad.
    Espero y deseo que no vuelva a suceder, pues demostrariamos que sabemos respetarnos los unos a los otros.

    ctos vandálicos que se vienen sufriendo en la Capilla de San José, ya que en los últimos meses venimos sufriendo ataques sobre el sistema de campanas de la propia capilla. Arrancando de cuajo la bocina y destrozando los soportes.

     

    No entendemos el porqué de estos actos, ya que nuestra capilla solo suenan las campanas dos veces en semana, a la hora de Misa. Y no molestamos a nadie. por lo que solicitamos a la ciudadanía en general y a nuestros queridos vecinos colaboren en denunciar cualquier sospecha de algo en torno a nuestra Capilla. Por nuestra parte hemos puesto en conocimiento de las autoridades tal situación.

    La Capilla de San José, es Casa de Oración, donde estamos para ayudar a todo aquel que lo necesite, en comunión con Nuestra Parroquia, solo tratamos de difundir el mensaje divino y no nos metemos con nadie y respetamos a todo el mundo. No entiendo aun cómo se puede tener tan poca verguenza, quienes realizan estos actos contra templos o casas de hermandad.Espero y deseo que no vuelva a suceder, pues demostrariamos que sabemos respetarnos los unos a los otros.

     

  • “Las comparaciones son…”

    Las comparaciones son odiosas y destructivas. En la comparación tratamos a las personas, o nos tratamos a nosotros mismos, como objetos en los que lo que más importa es un interés material y “cuantificable”: la capacidad intelectual, la simpatía que se tiene o cómo se desempeña tal o cual función.

    No hay nada que corrompa más nuestro espíritu que las comparaciones. Si en el ejercicio de cotejarnos con otra persona salimos “ganando” nos llenamos de un orgullo estúpido que sólo confirma la vaciedad de nuestro corazón, el poco aprecio que nos tenemos y el poco amor con el que acogemos a los demás. Si en ese ejercicio de “medición” salimos perdiendo y pensamos que valemos menos que el otro, nos hundimos; y dándole la vuelta a la humillación la convertimos en rencor y, después, en desprecio bajo cualquier excusa que encontremos o nos inventemos.

    En el evangelio de esta semana, Simón, un fariseo que había invitado a su casa a Jesús a comer, enjuicia a una mujer que lloraba a los pies del maestro sus pecados, y enjuicia al propio Jesús de ser un falso profeta, por no saber qué clase de mujer lo estaba tocando. Simón parece diestro en el arte de despreciar y condenar. No le hacía falta mucho para considerarse mejor que aquella pobre mujer; pero tampoco consentía que Jesucristo fuera mejor que él, y su perdón inmenso y su gran misericordia lo interpreta como ignorancia y debilidad.

    Jesús lo interpela. Pero no le echa en cara ni sus pecados, ni sus limitaciones. Jesús lo pone delante de su poca capacidad de amar. Quien reconociendo sus limitaciones se siente profundamente acogido por el Padre, tiene una gran capacidad de amor y de acogida. Para el Señor cada persona somos un ser irrepetible e incomparable; sólo quiere que cada día ensanchemos más y más nuestro corazón aprendiendo a amar dejándonos amar.

     

  • “Las comparaciones son…”

    Las comparaciones son odiosas y destructivas. En la comparación tratamos a las personas, o nos tratamos a nosotros mismos, como objetos en los que lo que más importa es un interés material y “cuantificable”: la capacidad intelectual, la simpatía que se tiene o cómo se desempeña tal o cual función.

    No hay nada que corrompa más nuestro espíritu que las comparaciones. Si en el ejercicio de cotejarnos con otra persona salimos “ganando” nos llenamos de un orgullo estúpido que sólo confirma la vaciedad de nuestro corazón, el poco aprecio que nos tenemos y el poco amor con el que acogemos a los demás. Si en ese ejercicio de “medición” salimos perdiendo y pensamos que valemos menos que el otro, nos hundimos; y dándole la vuelta a la humillación la convertimos en rencor y, después, en desprecio bajo cualquier excusa que encontremos o nos inventemos.

    En el evangelio de esta semana, Simón, un fariseo que había invitado a su casa a Jesús a comer, enjuicia a una mujer que lloraba a los pies del maestro sus pecados, y enjuicia al propio Jesús de ser un falso profeta, por no saber qué clase de mujer lo estaba tocando. Simón parece diestro en el arte de despreciar y condenar. No le hacía falta mucho para considerarse mejor que aquella pobre mujer; pero tampoco consentía que Jesucristo fuera mejor que él, y su perdón inmenso y su gran misericordia lo interpreta como ignorancia y debilidad.

    Jesús lo interpela. Pero no le echa en cara ni sus pecados, ni sus limitaciones. Jesús lo pone delante de su poca capacidad de amar. Quien reconociendo sus limitaciones se siente profundamente acogido por el Padre, tiene una gran capacidad de amor y de acogida. Para el Señor cada persona somos un ser irrepetible e incomparable; sólo quiere que cada día ensanchemos más y más nuestro corazón aprendiendo a amar dejándonos amar.

     

  • “Las comparaciones son…”

    Las comparaciones son odiosas y destructivas. En la comparación tratamos a las personas, o nos tratamos a nosotros mismos, como objetos en los que lo que más importa es un interés material y “cuantificable”: la capacidad intelectual, la simpatía que se tiene o cómo se desempeña tal o cual función.

    No hay nada que corrompa más nuestro espíritu que las comparaciones. Si en el ejercicio de cotejarnos con otra persona salimos “ganando” nos llenamos de un orgullo estúpido que sólo confirma la vaciedad de nuestro corazón, el poco aprecio que nos tenemos y el poco amor con el que acogemos a los demás. Si en ese ejercicio de “medición” salimos perdiendo y pensamos que valemos menos que el otro, nos hundimos; y dándole la vuelta a la humillación la convertimos en rencor y, después, en desprecio bajo cualquier excusa que encontremos o nos inventemos.

    En el evangelio de esta semana, Simón, un fariseo que había invitado a su casa a Jesús a comer, enjuicia a una mujer que lloraba a los pies del maestro sus pecados, y enjuicia al propio Jesús de ser un falso profeta, por no saber qué clase de mujer lo estaba tocando. Simón parece diestro en el arte de despreciar y condenar. No le hacía falta mucho para considerarse mejor que aquella pobre mujer; pero tampoco consentía que Jesucristo fuera mejor que él, y su perdón inmenso y su gran misericordia lo interpreta como ignorancia y debilidad.

    Jesús lo interpela. Pero no le echa en cara ni sus pecados, ni sus limitaciones. Jesús lo pone delante de su poca capacidad de amar. Quien reconociendo sus limitaciones se siente profundamente acogido por el Padre, tiene una gran capacidad de amor y de acogida. Para el Señor cada persona somos un ser irrepetible e incomparable; sólo quiere que cada día ensanchemos más y más nuestro corazón aprendiendo a amar dejándonos amar.

     

  • “Las comparaciones son…”

    Las comparaciones son odiosas y destructivas. En la comparación tratamos a las personas, o nos tratamos a nosotros mismos, como objetos en los que lo que más importa es un interés material y “cuantificable”: la capacidad intelectual, la simpatía que se tiene o cómo se desempeña tal o cual función.

    No hay nada que corrompa más nuestro espíritu que las comparaciones. Si en el ejercicio de cotejarnos con otra persona salimos “ganando” nos llenamos de un orgullo estúpido que sólo confirma la vaciedad de nuestro corazón, el poco aprecio que nos tenemos y el poco amor con el que acogemos a los demás. Si en ese ejercicio de “medición” salimos perdiendo y pensamos que valemos menos que el otro, nos hundimos; y dándole la vuelta a la humillación la convertimos en rencor y, después, en desprecio bajo cualquier excusa que encontremos o nos inventemos.

    En el evangelio de esta semana, Simón, un fariseo que había invitado a su casa a Jesús a comer, enjuicia a una mujer que lloraba a los pies del maestro sus pecados, y enjuicia al propio Jesús de ser un falso profeta, por no saber qué clase de mujer lo estaba tocando. Simón parece diestro en el arte de despreciar y condenar. No le hacía falta mucho para considerarse mejor que aquella pobre mujer; pero tampoco consentía que Jesucristo fuera mejor que él, y su perdón inmenso y su gran misericordia lo interpreta como ignorancia y debilidad.

    Jesús lo interpela. Pero no le echa en cara ni sus pecados, ni sus limitaciones. Jesús lo pone delante de su poca capacidad de amar. Quien reconociendo sus limitaciones se siente profundamente acogido por el Padre, tiene una gran capacidad de amor y de acogida. Para el Señor cada persona somos un ser irrepetible e incomparable; sólo quiere que cada día ensanchemos más y más nuestro corazón aprendiendo a amar dejándonos amar.