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    (Mateo 4,1-11) PIENSAN –hijo mío–, los que poco saben, que las mayores tentaciones vienen cuando uno es joven. Les parece que los deseos de gozar y disfrutar de la vida son fuente de peligros e inmoralidad. Tú ya sabes que todo hay que vivirlo con talento, procurando no hacernos daño y no dañar a quien tenemos al lado. Pero hoy quiero decirte, hijo mío, que las mayores tentaciones las sufrimos los viejos; porque la tentación es el engaño que la muerte esconde en nuestra vida, y como los viejos la tenemos más cerca más fácilmente nos puede engañar.

    El mayor engaño, la mayor tentación, el mayor pecado es renunciar a la alegría del amor. En la juventud todo empuja a vivir, a tener ilusión y a vivir amando la vida. Las decepciones que se repiten, la experiencia de que nuestras expectativas no se cumplen, la pérdida de seres queridos… parece que te empujan a desconfiar de todo, a olvidarte del amor a la vida, a desconfiar del amor infinito de Dios. Entonces uno se queda vacío y sin alma. La mayor tentación, con diferencia, es renunciar a vivir en el amor.

    Estamos creados para amar –hasta la brisa de la mañana se nos asemeja caricia–, y cuando nos cerramos en nosotros mismos, en nuestros deseos de tener, en nuestros logros y metas, en lo que disfrutamos con egoísmo, vamos cerrando las puertas y ventanas por las que nos llega la música de la vida.

    ¡Qué triste es vivir sin amar a nadie! Y te digo esto a ti, que eres mi hijo; y te reconozco esto a ti, a quien tenía que querer con toda el alma… Pero me siento tan mal que no puedo sino confesártelo, como quien confiesa el pecado más grande.
    El caso es que no sé cuando empecé a dejar de amar…; no lo sé.

     

  • Hasta otra ocasión

    (Lucas 4,1-13) POR SI fuera poco mostrar en el Evangelio que Jesucristo fue tentado, el evangelio de San Lucas acaba el relato de las tentaciones con esta frase: “el tentador se retiró hasta otra ocasión”. La vida de Jesucristo, como la de cualquier persona, estuvo jalonada de tentaciones. En el relato de este domingo se nos proponen tres: no confiar en que el Padre iba a cuidar de él, de su vida, de sus necesidades primordiales como persona; desconfiar de la humildad y la lentitud del crecimiento del Reino; querer imponer los proyectos propios sin respetar la libertad de los demás.

    Eran tentaciones sutiles, pero corrosivas. Bajo apariencia de bien, la desconfianza, la soberbia y el orgullo, no podían ser los caminos para que cada persona descubriera en Dios a un Padre.

    Este es uno de los peligros de nuestra vida personal y social, el mal aparece siempre con apariencia de bien. Os propongo algunos discursos que pueden destruirnos, y corromper nuestra vida social y personal, a ver qué os parecen:
    “Yo soy libre, y nadie tiene que decirme qué tengo que hacer ni cómo tengo que comportarme. Mi cuerpo es mío; mi vida es mía; yo soy el único dueño de mi destino…”

    “Yo tengo que luchar por los míos, si no lo hago yo, ¿quién lo va a hacer? Si cada uno mira por su propio interés, ya todos irán avanzando…”

    “Aunque haya engañado a su mujer y a sus hijos, la vida personal no tiene nada que ver con su integridad pública…”