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  • ¿Moral o cristología?

    (Juan 8,1-11) Aquellos judíos querían forzar a Jesús a que condenara a muerte a la mujer sorprendida en flagrante adulterio y reconociera, por fin, que la ley está por encima del hombre, cuando éste es un pecador. Aquella sociedad legalista y rigorista condenaba a muerte por apredreamiento a las adúlteras; hoy lo siguen haciendo algunos países islámicos donde se persigue y se amenaza a los cristianos. Jesús no responde a sus expectativas. En absoluto justifica la actitud de aquella mujer y relativiza el mal del pecado. No es esa la lectura que hemos de hacer en nuestra sociedad donde se  relativiza toda norma, justificando toda transgresión moral. Pero no puede justificar tampoco que nadie se arrogue el poder de asesinar en nombre de Dios.

    Pero este evangelio de san Juan es un poco más profundo. Trata de entender quién es Jesús. Veamos: ¿Cuál de los personajes de esta escena puede compararse contigo? ¿La adúltera? ¿Has traicionado una y otra vez la vida de amor y de verdad que Dios te ha entregado y has preferido engañarte con cualquier estupidez antes de ser fiel al evangelio? ¿Los acusadores? ¿Te has ensañado con quien ha cometido algún fallo –que tú has cometido de una u otra manera muchas veces—, y has  levantado el brazo como garante de valores que no pueden olvidarse?
    No me digas que tú quieres ser Jesús; el justo que con una escueta frase llena de elocuencia, salva la vida de la mujer. No lo digas antes de saber que todo el odio hacia la mujer adúltera recayó sobre él. Y todos los que estaban sedientos de la sangre de aquella pecadora gritaron ante Pilatos: ¡Crucifícalo!, ¡crucifícalo! No me digas que quieres asumir el papel de Jesús si no estás dispuesto a sufrir por los demás para salvarlos de sus sufrimientos, porque eso es lo que hizo Jesús, en esta ocasión y durante toda su vida: ir poniéndose en el lugar del que sufría, asumir las consecuencias del pecado y salvarnos a todos.

    Ahora sí, ¿qué personaje puede compararse contigo? Quizás no tengas que llegar a situaciones extremas o irreversibles, pero hay momentos en los que tenemos el privilegio de descubrir la inconsistencia de nuestra vida. Son momentos privilegiados porque nos ofrecen la libertad de volver con autenticidad al amor que sabemos que nos llena de vida, a la humildad que sabemos que nos encamina hacia el bien, a la confianza en Jesús, que sabemos que nos salva.
    No esperes. Tú también tienes un Padre bueno. A ti también te esperan para celebrar tu vuelta, tu reconciliación.

  • Doloroso privilegio

    (Lucas 15)Tenemos, de vez en cuando, el doloroso privilegio de afrontar las consecuencias últimas de nuestras actitudes más rastreras y perversas.  Siempre han estado ahí, y convivíamos con ellas como quien tiene un nido de ratas en el corral de la casa. Con un poco de asco, pero resignados, porque sabemos que si tapamos un agujero otro harán por el que volverán a aparecer en nuestra vida. Y vivimos, así, conformándonos con lo que puede acabar por destruir la imagen que queremos dar de nosotros mismos, y destruirnos a nosotros mismos.

     

    Algunas veces es un vicio que te domina, y por el que has renunciado –muchas veces—a vivir como un buen padre, como un buen marido, como un buen hijo, como un buen compañero, como una buena persona. Sabías que podías hacer daño, pero no le dabas importancia hasta que un día te topas de bruces con la realidad. Muere tu madre y te das cuenta de cómo la has utilizado y te has aprovechado de su amor sin agradecerle el cariño que en una parte de tu corazón sentías por ella. Te insulta tu hijo delante de tus amigos, y te das cuenta de que no has sido para él, ni para el resto de tus hijos, el padre que hubieran necesitado, siempre ocupado en tus cosas, sin ocuparte de su educación, sin preocuparte de su vida, sin acompañar sus juegos y su crecimiento. Te dejan parado y descubres que asentabas la felicidad de tu vida a estar entretenido consumiendo y consumiendo lo que no necesitabas. Y cada capricho del que te tienes que privar se convierte en una renuncia que te llena neciamente de infelicidad.

    Quizás no tengas que llegar a situaciones extremas o irreversibles, pero en la vida hay momentos en los que tenemos el privilegio de descubrir la inconsistencia de nuestra vida. Son momentos privilegiados porque nos ofrecen la libertad de volver con autenticidad al amor que sabemos que nos llena de vida, a la humildad que sabemos que nos encamina hacia el bien, a la confianza en Jesús, que sabemos que nos salva.

    No esperes. Tú también tienes un Padre bueno. A ti también te esperan para celebrar tu vuelta, tu reconciliación.