Etiqueta: renunciar

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    (Mateo 4,1-11) PIENSAN –hijo mío–, los que poco saben, que las mayores tentaciones vienen cuando uno es joven. Les parece que los deseos de gozar y disfrutar de la vida son fuente de peligros e inmoralidad. Tú ya sabes que todo hay que vivirlo con talento, procurando no hacernos daño y no dañar a quien tenemos al lado. Pero hoy quiero decirte, hijo mío, que las mayores tentaciones las sufrimos los viejos; porque la tentación es el engaño que la muerte esconde en nuestra vida, y como los viejos la tenemos más cerca más fácilmente nos puede engañar.

    El mayor engaño, la mayor tentación, el mayor pecado es renunciar a la alegría del amor. En la juventud todo empuja a vivir, a tener ilusión y a vivir amando la vida. Las decepciones que se repiten, la experiencia de que nuestras expectativas no se cumplen, la pérdida de seres queridos… parece que te empujan a desconfiar de todo, a olvidarte del amor a la vida, a desconfiar del amor infinito de Dios. Entonces uno se queda vacío y sin alma. La mayor tentación, con diferencia, es renunciar a vivir en el amor.

    Estamos creados para amar –hasta la brisa de la mañana se nos asemeja caricia–, y cuando nos cerramos en nosotros mismos, en nuestros deseos de tener, en nuestros logros y metas, en lo que disfrutamos con egoísmo, vamos cerrando las puertas y ventanas por las que nos llega la música de la vida.

    ¡Qué triste es vivir sin amar a nadie! Y te digo esto a ti, que eres mi hijo; y te reconozco esto a ti, a quien tenía que querer con toda el alma… Pero me siento tan mal que no puedo sino confesártelo, como quien confiesa el pecado más grande.
    El caso es que no sé cuando empecé a dejar de amar…; no lo sé.

     

  • No hace falta que lo digas

    Cuando una persona quiere a otra no hace falta que lo diga. Se le nota en la forma de mirarle, de hablarle, de sentarse a su lado. Hasta en cómo pronuncia su nombre se nota el amor que siente… Y no te sonrías pensando que sólo les ocurre a los adolescentes primerizos. A todos se nos nota a quién queremos.
    Pero el signo que mejor revela nuestro amor es la capacidad que tenemos de sacrificarnos por el otro. Por aquel a quien amas eres capaz de sacrificarte, de renunciar a lo que te gusta, a tu comodidad, de renunciar incluso a lo que necesitas. Y esto es tan verdad que si no eres capaz de sacrificarte por la otra persona –o lo haces refunfuñando y a la fuerza–, no la amas. Es tu amor mero remedo inmaduro y falso. Es verdad que el amor es fundamentalmente felicidad y vida plena. Es verdad que es dulzura y alegría compartida. Es verdad. Pero si tu amor no pasa la prueba del dolor no deja de ser búsqueda de la propia satisfacción.
    En el evangelio del domingo Jesús nos revela, a través de la sinceridad de Pedro, otra dimensión más alta del amor: cuando amo más profundamente acepto, con dolor y agradecimiento, que el otro se sacrifique por mí. Puede parecer un contrasentido, pero no lo es. Piénsalo.
    Y piensa también cómo vivir, en la verdad de la entrega, el amor a tus padres, a tu pareja, a tus hijos; cómo vivir, en la verdad, tu fe en Jesucristo, tu compromiso con los más pobres, que no es sino otra forma de amar.
    Es tan hermoso, para Jesús, contemplar tu entrega y tu sacrificio por amor… Que aceptes, admirado, agradecido, sobrecogido, el sacrificio que por ti, el mismo, realizó.

    (Mateo 3,1-12) Cuando una persona quiere a otra no hace falta que lo diga. Se le nota en la forma de mirarle, de hablarle, de sentarse a su lado. Hasta en cómo pronuncia su nombre se nota el amor que siente… Y no te sonrías pensando que sólo les ocurre a los adolescentes primerizos.

     

    A todos se nos nota a quién queremos. Pero el signo que mejor revela nuestro amor es la capacidad que tenemos de sacrificarnos por el otro. Por aquel a quien amas eres capaz de sacrificarte, de renunciar a lo que te gusta, a tu comodidad, de renunciar incluso a lo que necesitas. Y esto es tan verdad que si no eres capaz de sacrificarte por la otra persona –o lo haces refunfuñando y a la fuerza–, no la amas. Es tu amor mero remedo inmaduro y falso.

    Es verdad que el amor es fundamentalmente felicidad y vida plena. Es verdad que es dulzura y alegría compartida. Es verdad. Pero si tu amor no pasa la prueba del dolor no deja de ser búsqueda de la propia satisfacción.En el evangelio del domingo Jesús nos revela, a través de la sinceridad de Pedro, otra dimensión más alta del amor: cuando amo más profundamente acepto, con dolor y agradecimiento, que el otro se sacrifique por mí.

    Puede parecer un contrasentido, pero no lo es. Piénsalo.Y piensa también cómo vivir, en la verdad de la entrega, el amor a tus padres, a tu pareja, a tus hijos; cómo vivir, en la verdad, tu fe en Jesucristo, tu compromiso con los más pobres, que no es sino otra forma de amar.Es tan hermoso, para Jesús, contemplar tu entrega y tu sacrificio por amor… Que aceptes, admirado, agradecido, sobrecogido, el sacrificio que por ti, el mismo, realizó.