Etiqueta: pilatos

  • De la verdad

    (Juan 18, 33-37)Nos quieren partidarios y sólo debemos ser de la verdad.

    Hay un razonamiento perverso que es la carcoma que está royendo los cimientos de nuestro pueblo: O eres de unos, o de otros; o progresista o conservador; o de un partido o de otro. No se consiente el pensar, mucho menos el disentir. Cuando son los “nuestros” los que cometen atropellos: “Hay que intentar evitarlo…; será una exageración…”. Cuando son los “de los otros” los que los comenten: “Esto es intolerable; deben todos dimitir inmediatamente”.

    La dinámica de corporativismo que han asumido los simpatizantes de los partidos políticos en España es el principal problema de nuestra democracia. Ya no somos partidarios de la verdad; la verdad es lo que le interesa al que consideramos nuestro partido. Mientras no sean los simpatizantes y militantes de una agrupación política los más interesados en acabar con la corrupción y la ineficacia que se da entre los suyos, no habrá esperanza de regeneración social en nuestro pueblo.

    El evangelio del próximo domingo nos muestra a un politicastro con el único objetivo de salvar sus privilegios, su nombre era Pilatos. Frente a él estaba Jesucristo; y su único aval, sus únicas armas, su único poder era la verdad. En una situación social tan dura, como la que estamos viviendo, se necesita más que nunca que los cristianos sean no de unos o de otros, sino testigos de la verdad que construye justicia y paz para los pobres, trabajo y pan para todos.
    Bien pensado, quizás haya otra idea-carcoma: “Que otros lo hagan; yo me lavo las manos…”.

     

  • Ser testigo

    (Juan 18, 33-37) A veces no es fácil ser testigo. En una situación de miedo o de presión social, todo el mundo se convierte en ciego y en mudo; nadie quiere ver nada, nadie quiere saber nada. No es extraño; hay verdades que si se dicen alto y claro reclaman un profundo cambio de las personas y las situaciones encartadas; y no siempre es fácil decir la verdad.

    Un testigo en contra es más incómodo que el adversario con el que nos enfrentamos. El testigo, sin intereses de por medio, dice lo que ha visto y reclama, aun sin decirlo, la verdadera justicia. Por eso en nuestro pueblo, y en todos, a quien levanta la voz denunciando situaciones injustas se le intenta adjudicar oscuros intereses partidarios para invalidar su testimonio. Nada nuevo, ¿verdad?

    En el evangelio de esta semana Jesús afronta su muerte delante de Pilatos, el gobernante que personifica la primacía de los propios intereses ante la justicia y al bien común. Jesús es una persona, Pilatos una máscara detrás de la que se refugia un pobre hombre. El propio Pilatos reconoce a Jesucristo como “Ecce Homo” (He aquí la Persona), y así lo presenta al pueblo. Pero ante sus intereses, ninguna verdad es lo bastante evidente. Su cobardía va a dar la oportunidad a Jesús de mostrar, hasta el extremo, la humanidad que traía, a sembrar su misma vida en la historia y a regarla con su propia sangre.

    La disyuntiva existencial es clara: o tras Jesús, con tus fallos y debilidades, o lavarte las manos con Pilatos, una y otra vez sin que nunca estén límpias.

  • Ser testigo

    (Juan 18, 33-37) A veces no es fácil ser testigo. En una situación de miedo o de presión social, todo el mundo se convierte en ciego y en mudo; nadie quiere ver nada, nadie quiere saber nada. No es extraño; hay verdades que si se dicen alto y claro reclaman un profundo cambio de las personas y las situaciones encartadas; y no siempre es fácil decir la verdad.

    Un testigo en contra es más incómodo que el adversario con el que nos enfrentamos. El testigo, sin intereses de por medio, dice lo que ha visto y reclama, aun sin decirlo, la verdadera justicia. Por eso en nuestro pueblo, y en todos, a quien levanta la voz denunciando situaciones injustas se le intenta adjudicar oscuros intereses partidarios para invalidar su testimonio. Nada nuevo, ¿verdad?

    En el evangelio de esta semana Jesús afronta su muerte delante de Pilatos, el gobernante que personifica la primacía de los propios intereses ante la justicia y al bien común. Jesús es una persona, Pilatos una máscara detrás de la que se refugia un pobre hombre. El propio Pilatos reconoce a Jesucristo como “Ecce Homo” (He aquí la Persona), y así lo presenta al pueblo. Pero ante sus intereses, ninguna verdad es lo bastante evidente. Su cobardía va a dar la oportunidad a Jesús de mostrar, hasta el extremo, la humanidad que traía, a sembrar su misma vida en la historia y a regarla con su propia sangre.

    La disyuntiva existencial es clara: o tras Jesús, con tus fallos y debilidades, o lavarte las manos con Pilatos, una y otra vez sin que nunca estén límpias.

  • Ser testigo

    (Juan 18, 33-37) A veces no es fácil ser testigo. En una situación de miedo o de presión social, todo el mundo se convierte en ciego y en mudo; nadie quiere ver nada, nadie quiere saber nada. No es extraño; hay verdades que si se dicen alto y claro reclaman un profundo cambio de las personas y las situaciones encartadas; y no siempre es fácil decir la verdad.

    Un testigo en contra es más incómodo que el adversario con el que nos enfrentamos. El testigo, sin intereses de por medio, dice lo que ha visto y reclama, aun sin decirlo, la verdadera justicia. Por eso en nuestro pueblo, y en todos, a quien levanta la voz denunciando situaciones injustas se le intenta adjudicar oscuros intereses partidarios para invalidar su testimonio. Nada nuevo, ¿verdad?

    En el evangelio de esta semana Jesús afronta su muerte delante de Pilatos, el gobernante que personifica la primacía de los propios intereses ante la justicia y al bien común. Jesús es una persona, Pilatos una máscara detrás de la que se refugia un pobre hombre. El propio Pilatos reconoce a Jesucristo como “Ecce Homo” (He aquí la Persona), y así lo presenta al pueblo. Pero ante sus intereses, ninguna verdad es lo bastante evidente. Su cobardía va a dar la oportunidad a Jesús de mostrar, hasta el extremo, la humanidad que traía, a sembrar su misma vida en la historia y a regarla con su propia sangre.

    La disyuntiva existencial es clara: o tras Jesús, con tus fallos y debilidades, o lavarte las manos con Pilatos, una y otra vez sin que nunca estén límpias.