Etiqueta: parábolas

  • Parábolas como espadas

    Parábolas como espadas

    (Mt 21, 33-43) JESÚS GUSTABA de hablar en parábolas. Así les hablaba a los campesinos de Galilea, y los invitaba a pensar y a trascender lo inmediato, y a poner su corazón en el tesoro de la fraternidad y de la confianza en el Padre. Pero también usa parábolas para hablar a los dirigentes de Jerusalén.

    Estas parábolas también son una invitación a que pensaran en su propia vida y a que se convirtieran; les plantean a los poderosos la renuncia a su egoísmo y su hipocresía, a su violencia y al desprecio con el que trataban a los sencillos; les exigen que den frutos de fe verdadera y de justicia. Pero no los dieron. Como decía el profeta Miqueas: “Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos”. Tanto fue así que lo mataron en la cruz. Eran parábolas como espadas.

    También nosotros somos interpelados por estas parábolas “fuertes” de Jesús. También nosotros somos el pueblo que está llamado a dar frutos de fe y de justicia, y no siempre los damos. En vez de fe, vivimos devociones que se ligan a nuestros deseos y sentimientos, más que a la voluntad de Dios. En vez de justicia, vivimos gestos de asistencialismo que tranquilizan nuestra conciencia, pero que no construyen un mundo más humano y fraterno.

    Una Iglesia centrada en devociones y sentimientos, que no se preocupa de los pobres, ni tiene fuerza misionera, que no predica la cruz de Cristo, sino que solo se queda con sus milagros… ¿Es la Iglesia que Dios quiere?

  • ¿Por qué habla en parábolas?

    Mateo 13,1-23 LAS PARÁBOLAS del evangelio nos remiten al Jesús más primigenio y original. Cercano a su pueblo, hablando con sus palabras y sus experiencias, anunciando una esperanza tan deseada como necesaria, mostrando a los sencillos el camino nuevo que él mismo estaba transitando en comunión profunda con el Padre.

    Las parábolas saben a brisa de los campos de Galilea, huelen a la sal de los puertos fenicios de Tiro y Sidón, evocan las piedras en las que se sentaban los pobres de Israel a escuchar al profeta que les predicaba. Unos lo escucharían con ansia de verdad, otros con la suspicacia de quien teme encontrarse con un mero charlatán.

    Pero las parábolas interpelan a todos. En la sencillez de su lenguaje a todos nos pone frente a nuestra propia inmadurez y pecado, a todos nos sitúan frente a la llamada radical de Dios a vivir de un modo nuevo.

    Las parábolas nos hablan de una religión que no quiere convertirse en ley, sino en invitación; de una experiencia de Dios que no busca definirse en frases estereotipadas, sino que abre a una esperanza siempre nueva. Las parábolas no nos dicen qué, en concreto, debemos hacer; respetan nuestra libertad de adultos que han de afrontar con responsabilidad su propia vida. Y sin embargo, siempre dejan el ánimo en búsqueda, en el reconocimiento de tanto como nos falta para vivir en autenticidad.

    Se exponen a ser manipuladas, a que se las apliquemos a los otros antes de pensarlas para nosotros mismos, a reducirlas al horizonte de nuestra ideología. Pero el Padre de Jesucristo es así: invita con un amanecer, interpela con la presencia de quien sufre, consuela con una oración, abre nuestros oídos con una parábola.

  • ¿Por qué habla en parábolas?

    (Mateo 13,24-43) Las parábolas del evangelio nos remiten al Jesús más primigenio y auténtico. Cercano a su pueblo, hablando con sus palabras y sus experiencias, anunciando una esperanza tan deseada como necesaria, mostrando a los sencillos el camino nuevo que él mismo estaba transitando en comunión profunda con el Padre.

    Las parábolas saben a brisa de los campos de Galilea, huelen a la sal de los puertos fenicios de Tiro y Sidón, evocan las piedras en las que se sentaban los pobres de Israel a escuchar al profeta que les predicaba. Unos lo escucharían con ansia de verdad, otros con la suspicacia de quien teme encontrarse con un mero charlatán.

    Pero las parábolas interpelan a todos. En la sencillez de su lenguaje nos pone frente a nuestra propia inmadurez y pecado, a todos nos sitúan frente a la llamada radical de Dios a vivir de un modo nuevo.

    Las parábolas nos hablan de una religión que no quiere convertirse en ley, sino en invitación; de una experiencia de Dios que no busca definirse en frases estereotipadas, sino que abre a una esperanza siempre nueva. Las parábolas no nos dicen qué, en concreto, debemos hacer; respetan nuestra libertad de adultos que han de afrontar con responsabilidad su propia vida. Y sin embargo, siempre dejan el ánimo en búsqueda, en el reconocimiento de tanto como nos falta para vivir en autenticidad. Se exponen a ser manipuladas, a que se las apliquemos a los otros antes de pensarlas para nosotros mismos, a reducirlas al reductivo horizonte de nuestra ideología. Pero el Padre de Jesucristo es así: invita con un amanecer, interpela con la presencia de quien sufre, consuela con una oración, abre nuestros oídos con una parábola.