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  • Cambiar el Evangelio

    (Mateo 20,1-16 ) NADIE HABÍA estado de acuerdo con aquellas palabras. Habían sido duras, innecesariamente crueles, poco prudentes.Es cierto que los fariseos nos desprecian por ser ignorantes y por vivir sin respetarla Ley; es cierto que los escribas se aprovechan hasta de las viejas que les piden oraciones por sus difuntos. Pero decir que los publicanos y las prostitutas están por delante de ellos en el Reino de los Cielos…, nadie lo vio bien.

    Aquella mañana, todo empezó normal. Jesús comenzó a predicar como muchas veces con una parábola sencilla y bonita, fácil de comprender: dos hijos de un padre, uno obediente sólo de palabra, el otro respondón pero en el fondo bueno y leal… Pero cuando aplicó la parábola a nuestra realidad y dijo aquello de que los ladrones de los publicanos y las prostitutas están por delante de la gente bien vista en el Reino de los Cielos, muchos se fueron ofendidos, otros enfadados. A Jesús, algunas veces, le traiciona lo radical que es. Tendría que ser más prudente, menos incisivo.

    Es verdad que hay gente devota de una imagen que parece que no cree en Dios, sino en la escultura a la que reza. Es verdad que algunos usan la devoción de la gente sencilla para enseñorearse y aparecer como gente principal. Es verdad que hay quien sustituye la religión del amor por leyes que condenan a los que más sufren, y por tradiciones que sin la fe verdadera están vacías y no dejan de ser mero folclore; y que hay quien pone una vela a la Virgen y mira sólo porque engorde su capital. Todo eso es verdad. ¿Pero había que decir así las cosas?

    “Los publicanos y las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos”… No puede ser. Tengo que hablar con él para que cambie algunas cosas del Evangelio que predicamos…

     

  • El Dios de la Vida

    (Mateo 22,1-14) Si recordáis, en el evangelio de la semana pasada, Jesús les hablaba a los que mandaban, a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo. También el próximo domingo, Jesús se dirige a ellos; les propone una parábola con la que intenta que reconozcan la actitud que los está alejando de Dios.

    Toda la tradición de los profetas había comparado el Reino de Dios con un banquete, donde todos los hombres, como hermanos, iban a saciarse de manjares suculentos y de vinos de solera. El Dios de la Biblia –y Jesús lo ratifica– es el Dios de la Vida, de la Bondad, de la Benevolencia. Es el Padre que disfruta viendo a sus hijos alrededor de la mesa compartiendo bromas, canciones y acción de gracias por la vida.

    Pero incomprensiblemente, en la parábola y en la realidad, en vez de disfrutar de la vida que se nos regala, las personas nos encerramos en ideas que nos paralizan, en tareas que no tienen fruto ninguno, en satisfacer unas necesidades que no son las nuestras y que nos dejan vacíos. Incomprensiblemente marcamos una línea que divide a los míos –los buenos—, de los demás— los malos; y nos introducimos en una espiral de desprecio y de competitividad que nos quita el gusto por la vida.

    Es cierto que los que mandan (a nivel económico, político o ideológico) pueden ponernos más difícil la vida. Seguro que de eso ustedes saben más que yo. Pero no hemos de dejar que nadie nos amargue la existencia. Entre todos, tenemos los resortes necesarios para vivir en continua acción de gracias.

    Llegado el caso, también nosotros podemos experimentar que el Señor cuida de nosotros; en las situaciones difíciles palpamos su providencia y su misericordia. Así rezamos: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.