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  • El regalo más necesario

    (Mt 2, 1-12) POR NO perder la costumbre, aunque con la edad parece que no es lo propio, esperemos que los reyes nos hayan traído el regalo que necesitamos. La que algunos han llamado la generación perdida puede convertirse en la generación de la esperanza.

    La voracidad de la avaricia, la pobredumbre de la corrupción y la indolencia cómplice de la gran mayoría se llevaron por delante las ilusiones y los proyectos de millones de jóvenes. Eso todos lo sabemos y ya está escrito. Pero lo que está aún por escribir es lo que esa generación va a hacer con el solar baldío que le hemos dejado en herencia. Los que han buscado la puerta entreabierta de la emigración al extranjero volverán, con más experiencia de la que aquí se les negaba. Los que se han quedado porque no les daba la edad, o porque algo o alguien los arraigaba a su tierra, tienen que escribir también el futuro. Despiertos ya de ensoñaciones ideológicas maniqueas, conscientes de que sin las virtudes del esfuerzo y la creatividad no van a conseguir nada, con el arrojo que otorga la necesidad, pueden ser la generación que necesitamos.

    Os tenemos que pedir perdón. Os criamos como niños ricos, y nuestra riqueza no era más que fachada y especulación. Os dimos demasiados caprichos, y no os enseñamos a recorrer el camino de la vida con alta moral y humilde realismo.

    Nosotros os tenemos que pedir perdón, y vosotros tenéis que sacudiros la conciencia victimista que os paraliza.
    Más difícil lo tuvo el que nació en el Pesebre y se ha convertido en esperanza para todas las generaciones de la historia.

     

  • Custodia compartida real

    Somos un padre y unos abuelos que nos preguntamos dónde estan nuestros derechos, que teniendo, un convenio regulador, para poder ver a su hijo, sus abuelos a su nieto y poderlo tener con ellos, se lo niegan la familia materna.
    Las obligaciones sí la exigen pero el derecho que tengo como padre de ver y tener ami hijo no lo cumplen.

    No sabemos qué hacer, estamos desesperados, en los juzgados nos dicen que no se puede hacer nada, solo que pongamos denuncias, es lo que hacemos y ganamos los juicios, solo le ponen sanciones administrativas, pero seguimos sin verlo.

    Necesitamos que las leyes se cumplan y me dejen tener ami hijo,hace ya tres años que no lo veo, se lo han llevado lejos a vivir, sin mi consentimiendo como si yo no fuera nada ¡y soy su padre! La familia materna tiene todos los derechos, mientras que la paterna, nos encontramos sin derechos ninguno ¡solo queremos justicia! Y que se cumpla la ley, necesitamos que nos escuchen y nos ayuden y que esto sirva también, para tantos padres y abuelos que estan en nuestra misma situacion.

    Desde aquí hago un llamamiento a las personas responsables, necesitamos ayuda y que la custodia compartida sea una realidad tutorizada por la justicia, porque nuestros hijos tienen derecho a tener a sus padres y nosotros a ejercer nuestro papel de padres.

     

  • Juez y arte

    (Juan 14,15-21) EN ALGÚN momento todos necesitamos un abogado defensor; quizás en muchos momentos necesitamos un abogado. No me estoy refiriendo a quien nos defienda en una causa civil o penal regida por un ordenamiento legal, sino a tantas y tantas veces como al analizar nuestra vida nos maltratamos con juicios y reproches que nos entristecen, nos desazonan y acaban por desalentarnos. Es verdad que hoy no decimos: “he pecado”; sino que decimos, con la misma amargura y auto-condena: “soy un estúpido”; con el mismo grado de auto-condena o más.

    En los análisis que podemos hacer de nuestra vida podemos tener la tentación de no querer asumir culpabilidad ninguna. Somos juez y parte en el juicio de nuestros comportamientos. Pero la sombra de la culpabilidad, que es larga y responde a mecanismos inconscientes e atávicos, termina por imponerse, llenando nuestra vida de reproches y nuestra existencia de agravios e insatisfacciones.

    Necesitamos un abogado defensor, sobre todo del juicio de nosotros mismos. Un abogado que nos muestre, con ternura, nuestras propias faltas; que desvele cuánto en nosotros desmiente que en verdad somos hijos de Dios y hermanos unos de otros; que no nos oculte el mal que cometemos sino que nos aliente a vivir en amor y acción de gracias. Necesitamos quien nos defienda de las manipulaciones de nuestra sociedad, del mal que habita en nosotros mismos, de nuestras obsesiones que nos quitan la paz. Necesitamos un Defensor que nos aliente hacia el amor, que nos haga capaces de ser buenos y felices, que nos impulse a seguir más de cerca a Jesucristo.

    Necesitamos a Quien es juez y tiene arte para abrirnos a la vida.

     

  • 3º repartiendo juego

    (Juan 1,6-8.19-28 ) ¿CÓMO FUE la semana pasada? Un poco dura, ¿verdad? Esta semana, aunque continuamos con la fase intensa del entrenamiento, es más alegre: se trata de aprender a jugar en equipo y de disfrutar con nuestro propio juego.

    Dos ejercicios se nos proponen en este tercer domingo de adviento. El primero es mirar todo lo bueno que tienen las personas que te rodean (…) La tentación es esa, es decir que no abunda la bondad y comenzar a mirar sólo la ambigüedad y el egoísmo que a los otros, como a nosotros mismos, nos limita. La tentación es vivir condenado a los otros. Mira a tu alrededor y valora todo lo noble y generoso que hay; examínalo todo y quédate con lo bueno. Sin ingenuidades, sin condenas, que el juego del evangelio no es un solitario y necesitamos saber que contamos con los demás para adelantar el Reino. No es que seamos todos excelentes, pero podemos ser, en equipo, testigos de la luz, y eso es mucho.

    El segundo ejercicio es soñar. Soñar que llegará un día en el que Jesús mismo, nosotros seremos testigos, anunciará la buena noticia a los más pobres. En que Jesús mismo consolará a los que tienen el corazón desgarrado. En el que sacará a sus hijos de las prisiones en las que están sufriendo. En el que todos nos sentiremos como el campo en primavera cuando brotan todas las semillas y las ramas de los árboles se cuajan de brotes nuevos.

    Sí, sueña, echa a volar la imaginación y la creatividad; en lo cercano y lo lejano; en lo propio y lo ajeno. Que el músculo que tenemos más atrofiado es el de la utopía. Necesitamos soñar, confiar; adelantar con la imaginación lo que parece que no puede ser. Así se dirá de nosotros: “como no sabían que era imposible, lo hicieron realidad”.

     

  • Octubre del 82

    (Mateo 22,34-40) —Jesucristo no es original en absoluto. Ya Confucio seis siglos antes que él, y el Antiguo Testamento, hablaban del amor a Dios y al prójimo. Hasta el filósofo Kant ha fundado su moral en un principio parecido sin tener que hablar de Dios, ni hacer diferencias entre creyentes y no creyentes.

    —Tienes razón, en el mandamiento principal de la Ley Moral, Jesucristo no intenta decir nada nuevo, porque la búsqueda del bien está inscrita en el corazón del cada hombre y cada mujer desde que la persona es persona.
    —Entonces, ¿para qué necesitamos la fe, y la Iglesia, y los ritos, y a Dios? Ya sabemos qué tenemos que hacer, todo está muy claro.
    —Yo no creo que todo esté tan claro. Espera unos cuantos años y verás cómo la experiencia te dice lo contrario. Estamos tan inclinados a mezclar el bien con nuestros propios intereses, que necesitamos la fuerza de Jesucristo para vivir, simplemente, como personas auténticas.
    —No te entiendo.

    —En otro lugar del Evangelio, Jesús proclama el mandamiento nuevo y verás que tiene un matiz distinto: “Amaos unos a otros, como yo os he amado”. Podría haber dicho también: “porque yo os he amado”; o “en el amor que yo os tengo”. Mira, sin la fuerza interior que da la adhesión profunda a Cristo perderemos el amor. Esa hermosa palabra puede llegar a significar lo contrario de lo que debe. Sin la vida que da el amor que Cristo nos tiene, no viviremos el bien con alegría, ni con generosidad. Sin el impulso que da el Espíritu de Jesucristo, nuestros discursos quedarán en meras palabras. Es el amor que Jesús nos tiene el que nos permite tener la virtud y la alegría de amar, cada día de una forma nueva.

     

  • Una palabra

    (Juan 11) UNA PALABRA puede cambiar la vida; o no. La palabra de un juez: “condenados”, puede romper una trama de tráfico o corrupción que llevaba año tras año, década tras década, alimentándose fraudulentamente de la sangre de los más pobres. Pero sólo esa palabra no reconstruye nada, no rehace nada de lo que se destruyó.
    Muchas palabras se necesitan para ir tejiendo la vida. Muchas palabras, muchas miradas; muchas palabras de corrección suave, muchas de ánimo y de aliento, muchas de aprobación y afecto.

    Una palabra pronunciada por todo un pueblo: “¡basta!, puede cambiar la historia. O quedarse en una queja infructuosa y estéril que no pasó de un desahogo. Muchas otras palabras se necesitan para deshacer el camino de la indignidad, y comenzar un camino de honradez y trabajo. Muchas palabras: “Entre todos podemos”, “Si uno comienza muchos lo seguirán”, “Es hora de construir algo nuevo”, “¿Dónde está nuestra juventud, inconformista y creadora?”, “Cuenta conmigo”… Muchas palabras se necesitan.

    En el evangelio del próximo domingo narra cómo Jesús devuelve a la vida a uno de sus mejores amigos. Su palabra poderosa lo hizo salir de la cueva en el que estaba enterrado. Y Lázaro se convirtió en el prototipo de todas las situaciones de nuestra vida en la que necesitamos que la palabra de Jesucristo nos haga levantarnos de la fosa en la que yacemos, muertos a la esperanza.

    Primero reconocer lo evidente: “Señor, ya huele mal”. Segundo poner el corazón sólo en quien lo merece: “Yo creo que tú eres el mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Y, por fin, escuchar la palabra que nos impulsa: ¡Levántate!

     

  • Una palabra

    (Juan 11) UNA PALABRA puede cambiar la vida; o no. La palabra de un juez: “condenados”, puede romper una trama de tráfico o corrupción que llevaba año tras año, década tras década, alimentándose fraudulentamente de la sangre de los más pobres. Pero sólo esa palabra no reconstruye nada, no rehace nada de lo que se destruyó.
    Muchas palabras se necesitan para ir tejiendo la vida. Muchas palabras, muchas miradas; muchas palabras de corrección suave, muchas de ánimo y de aliento, muchas de aprobación y afecto.

    Una palabra pronunciada por todo un pueblo: “¡basta!, puede cambiar la historia. O quedarse en una queja infructuosa y estéril que no pasó de un desahogo. Muchas otras palabras se necesitan para deshacer el camino de la indignidad, y comenzar un camino de honradez y trabajo. Muchas palabras: “Entre todos podemos”, “Si uno comienza muchos lo seguirán”, “Es hora de construir algo nuevo”, “¿Dónde está nuestra juventud, inconformista y creadora?”, “Cuenta conmigo”… Muchas palabras se necesitan.

    En el evangelio del próximo domingo narra cómo Jesús devuelve a la vida a uno de sus mejores amigos. Su palabra poderosa lo hizo salir de la cueva en el que estaba enterrado. Y Lázaro se convirtió en el prototipo de todas las situaciones de nuestra vida en la que necesitamos que la palabra de Jesucristo nos haga levantarnos de la fosa en la que yacemos, muertos a la esperanza.

    Primero reconocer lo evidente: “Señor, ya huele mal”. Segundo poner el corazón sólo en quien lo merece: “Yo creo que tú eres el mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Y, por fin, escuchar la palabra que nos impulsa: ¡Levántate!

     

  • Dejad que nazca el niño

    ¡Dejad que nazca el niño en el mundo y en nosotros! Navidad es la fiesta de los niños y la fiesta en la que los adultos se hacen también niños. El Hijo de Dios se ha hecho niño. Creció sin dejar de ser niño, porque siempre vivió como Hijo, abandonado en las manos de su Padre, y vivió como hermano. Por eso, fue amigo de los niños, de los sencillos, y nos dijo que, si no nos hiciéramos como niños, no entraríamos en el Reino de los cielos. ¡Que nazca el niño! Lo necesita todo un mundo construido sobre los adultos; lo necesita también la Iglesia excesivamente adulta, donde a penas tienen lugar los pobres, los pequeños, los sencillos.

     

    Necesitamos del niño, porque los adultos somos demasiado retorcidos, intolerantes, rígidos, amantes del poder y del orden, autosuficientes y calculadores, pero sordos y ciegos a la vida, al calor humano,  a la sorpresa. Necesitamos del niño, porque necesitamos de la sencillez, de la simplicidad, de lo espontáneo, de la admiración, de la transparencia, del juego, de la fiesta, de gastar tiempo para no hacer nada.

    ¡Que nazca el niño!, porque necesitamos vivir como hijos en manos del Padre y vivir como hermanos. Los niños serán juguetones, traviesos, inquietos; disgustarán, a veces, a sus padres y tendrán alguna que otra pelea entre hermanos, pero jamás matarán al padre ni al hermano, porque los aman y sienten la necesidad tanto de los padres como de los hermanos. Somos los adultos los que somos capaces de matar al padre como al hermano, pues nos consideramos autosuficientes, atados a las cosas, y vemos como enemigos de nuestra autosuficiencia y de nuestra codicia y ambición tanto al padre como a los hermanos.

    Dejemos que nazca el niño, que es lo mismo que dejar que nazca el futuro, la vitalidad, el nuevo orden para todos. La comunidad de creyente ha de esforzarse y comprometerse, para que no se impida que nazca el niño, es decir, que nazca el despertar de la aurora que disipe la oscuridad de la noche; un nuevo horizonte que dirija el camino hacia una nueva convivencia; un nuevo orden social, económico, político, cultural, religioso y eclesial. No es nada fácil que los adultos, los viejos, los nuevos herodes dejen que nazca el niño, lo nuevo; tienen miedo que les hagan bajar de su pedestal de privilegio.

    Dejemos que también nazca el niño en nosotros. Él nos hará libres y ágiles caminantes al despojarnos de tantas cosas pesadas, que nos tenían atados y parados.

    Celebrar la Navidad es dejar que nazca el niño y que los adultos aprendamos a convivir con el niño que hay en cada uno de nosotros y, a su vez, el niño aprenda a convivir con el adulto. También el niño necesita de la presencia y de la aportación del adulto.

    ¡Felices Navidades a todos en el amor!