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  • Por siempre y para siempre, en la memoria. A Juan José Román Bernal

    Yace tu cuerpo inerte, frío, gélido, casi helado y mis manos, Camarada, Amigo, Hermano, en una última caricia sobre tu rostro, quisieron transmitirte mi calor, una parte de mi vida, porque puedes estar seguro Camarada, Hermano, que con gusto la hubiese dado por ti.

    Por verte en paz. De igual modo, estoy convencido, que tú lo hubieses hecho por mí, por los tuyos.

    Como tantas veces la arriesgastes, cuando luchar podía significar morir, por tantos. Aún sin conocerlos. Porque la defensa de tu gente, de tu clase, de tu pueblo, fue siempre el eje de tu vida.

    La libertad, la solidaridad, la igualdad, fueron para ti algo más que simples conceptos escritos sobre un diccionario. Un motivo para vivir, una manera de morir.

    Y estos conceptos te hicieron ser comunista, Comunista con mayúsculas, y a ser buena persona, un buen hombre en el más amplio sentido de la palabra, con el que el destino se cebó de la forma más dura e injusta. Un buen hombre con todos tus defectos y virtudes. No como cualquiera de nosotros, pues tu tenías tus razones, o ¿quién sabe? Tus sinrazones.

    Juan José, mi Camarada, mi amigo, mi hermano… ¡Tenías tanto por lo que vivir!¡Y tanto por lo que morir!

    Tomaste la última opción. Yo la respecto, aunque reconocerlo duela… ¡pero son tantas las cosas que nos duelen!

    Hoy, cuando ésto escribo, tiembla mi pluma, nublan las lágrimas mis ojos, se hiela mi aliento como tu rostro helado, porque con tu ida, porque con tu muerte, Camarada Juan José, algo nuestro, algo de todos los que te conocimos, de todos cuanto te queríamos, ha muerto contigo.

    Aún así y aún rotos, desgrarrados por dentro, seguiremos tu voluntad y ejemplo: no te lloraremos, izaremos tu bandera, nuestra roja bandera, y continuaremos tu batalla.
    Tú, Camarada, Amigo, Hermano, descansa en paz. Te lo has merecido.

     

  • La palabra en el tiempo

    “Caminante, no hay camino,
    se hace camino al andar”:
    verso, golpe, galopar
    de entre un submundo anodino.

    …que el camino se perdió
    sin huellas de sus pasados
    pisados, no fecundados;
    sembrados, pero sin flor.

    Caminante, salta al coso
    que, aun redondo, es todo tuyo.
    Aprende a morir honroso
    sobre el manto de tu senda
    —la única de las prebendas
    otorgada por los dioses—,
    y desimpregna de poses
    a las viejas esculturas,
    a las doctrinas-culturas,
    a tus solacios hirientes,
    que apenas queda ya espacio
    para morir tan despacio
    sin que rechinen los dientes.

    Caminante, ¡vete al cuerno!
    —siendo así, caminarás—;
    desempolva el aguarrás
    pegado en sandalias nuevas;
    emborrona la acuarela
    de los lienzos obligados;
    pinta el suelo del legado
    soñado sobre la mar
    que es tu camino, destino,
    si es tu sino, libertad.

    Por eso no cuentes sombras
    que pasan como los pasos,
    ni derrumbes en sargazos
    la savia con que te ungieron.
    Sólo tú sabes el nombre
    de la luz que desescombre
    todo cuanto derritieron.

    Sólo tú, dueño y señor,
    marqués del entendimiento,
    puedes alzar el momento
    en que blandir tu bandera:
    demuestra que, andar andando,
    todo el todo está esperando
    más allá de la barrera…