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  • Pedro Hernández Caxa: Entre telas y retales

    Pedro Hernández Caxa: Entre telas y retales

    Poco se ha escrito de los oficios presentes en Dos-Hermanas durante el Antiguo Régimen y que, indudablemente, jugaron un papel importante en la vida cotidiana y quehacer diario de los nazarenos de aquella época. Olleros, panaderos (y en especial, panaderas), cogederas, confiteros, herreros, zapateros (de ópera prima o remendones), aguardenteros, jaboneros… La lista es bien larga, y, sin embargo, hoy vamos a prestar nuestra atención a uno indispensable: el de sastre.

    En Dos-Hermanas, a diferencia de las grandes urbes como la vecina Sevilla, no formaban un gremio, por la sencilla razón de que sólo existía un único sastre, que al tiempo de abrir su tienda en la población otorgaba escritura de obligación ante el escribano público por la que se comprometía a dar «buena cuenta y razón y entrega de los vestidos que cortare y le entregaren y dieren a hacer, los quales a de dar bien acabados y puestos en perfizión como buen ofiçial examinado que es y no yrá ni ausentará con bestido ninguno ni ropa que le fuere entregada». Es decir, este único sastre sería el encargado de confeccionar y vender en Dos-Hermanas, en exclusiva, todos los vestidos que los nazarenos consumiesen. Cabe recordar, en este punto, que una persona, a lo largo de su vida, solía comprar y utilizar tan sólo una vestimenta (más de una si tenía posibilidad económica).

    En esta ocasión nos vamos a acercar a la biografía de uno de los primeros sastres del que se tiene constancia documental en nuestra ciudad: Pedro Hernández Caxa, nacido en los últimos años del Quinientos.

    En noviembre de 1600, terminando el siglo XVI, establecería su tienda de sastre en Dos-Hermanas Juan Rodríguez, actuando como su fiador el herrero Juan Hernández. A él le sucedería en el oficio nuestro biografiado, que hacia 1607 fija su residencia en esta villa. Por ese año, toma en arrendamiento una casa que era propiedad de don Fernando Enríquez de Ribera, esposo de doña Margarita de Peralta, y situada en la plaza pública de la villa (actual Plaza de los Jardines), que lindaba con la cárcel pública. Allí establecería su primera tienda-taller y su morada, hasta que en febrero de 1609 subarrienda la vivienda al zapatero Diego Martín. Dos años más tarde, en abril de 1611, Hernández Caxa compró a Juan Ruiz, ollero y vecino de esta villa, por 70 ducados un aposento cubierto de teja con parte de un corral en la calle Real, donde quedaría también su tienda-taller. Aquí ejercerá su oficio hasta 1616, y durante esos años tuvo negocios con Alonso Márquez, que era el que le proporcionaba las telas que utilizaría para la confección de los vestidos que realizaba. También compraba tejidos y piezas a Sebastián de Toro Asenjo y Guillén Vicente, mercaderes segovianos residentes en Sevilla, dedicados a la compraventa tanto de telas como de vestidos (ambos los vemos presentes en la famosa feria de la Seda de Los Molares en 1613). Así, en julio y agosto de 1612, Hernández Caxa se obligó a pagar a los susodichos segovianos 210 reales que les adeudaba por diez varas de paño arenoso de Segovia, y 386 reales de plata por tres vestidos de horquillas pardos que les compró.

    Hernández Caxa estuvo especializado en la confección de vestidos masculinos, compuestos por las siguientes piezas: calzón, ropilla (pieza que se llevaba sobre el jubón) y ferreruelo (una capa corta con cuello y sin capilla), soliendo cobrar entre 10 y 28 ducados por cada vestido (dependiendo, claro está de la calidad del paño o tela utilizados).

    Firma de Pedro Hernández Caxa.

    Estaría ejerciendo su oficio de sastre hasta mayo de 1616 en que abandona Dos-Hermanas, sin que sepamos las razones que le llevaron a abandonar la villa. En esa fecha sería sustituido por el sastre Francisco Rodríguez, «que a el presente a puesto tienda en esta villa». Unos meses más tarde, en octubre de 1616, Luis de Medina Morán, presbítero y mayordomo de la fábrica parroquial, declararía que las casas de la calle Real donde solía vivir Pedro Hernández, maestro de sastre, estaban en ese momento caídas y arruinadas, y que nuestro biografiado se encontraba ausente, sin especificar motivos. En enero de 1618, volvería de manera puntual a Dos-Hermanas para declarar en el pleito que se abrió sobre la propiedad de las referidas casas de la calle Real.

    Pero no será hasta enero de 1623 cuando vuelva de manera definitiva a nuestra entonces villa. El día 17 de ese mes, Hernández Caxa se obligó a confeccionar vestidos y darlos «bien acabados y puestos en perfizión como buen ofiçial examinado que es y no yrá ni ausentará con bestido ninguno ni ropa que le fuere entregada». Actuó como su fiador Zenón García de Rivas, uno de los vecinos más acaudalados de Dos-Hermanas y miembro de la conocida familia hidalga de los Rivas.

    A partir de 1623 y hasta 1626, último año del que tenemos constancia documental de su actividad, Hernández Caxa confeccionó y realizó numerosos vestidos de hombre, de los que se conservan las correspondientes cartas de pago. En esta segunda etapa no sabemos en qué calle residió y tuvo su tienda-taller, aunque es muy probable que estuviera en la ya citada calle Real que, no lo olvidemos, era la verdadera arteria de la localidad, por donde transitaban no sólo vecinos del lugar, sino también mercaderes, aristócratas y clérigos, entre otros, que iban y venían de Sevilla y Utrera.

    En cuanto a los paños y telas que utilizó para la elaboración de sus vestidos, se encontraban paños veintecuatrenos (su urdimbre constaba de veinticuatro centenares de hilos) de Córdoba, paños dieciochescos de Baeza, paños de Londres (lo que no deja de ser llamativo, teniendo en cuenta las difíciles relaciones entre la Monarquía Hispánica e Inglaterra), y rajas (paño grueso y de baja calidad) de Albuquerque. Estas últimas se las proporcionaba Juan de Olmedo, tundidor vecino de Sevilla, en color azul celeste y arenoso (entre beige y crema).

    Pedro Hernández Caxa contrajo matrimonio con Sebastiana María, sin que sepamos si tuvo descendencia. Tampoco sabemos qué fue de este matrimonio a partir de 1626, fecha en la que se pierde su presencia en los protocolos históricos notariales de Dos-Hermanas. Y en el padrón de vecinos de 1631, aparece ya Miguel López como sastre, ejerciendo su oficio en la calle Real. Y como curiosidad (así concluimos esta breve biografía), diremos que en su primera etapa en nuestra villa no firmó las escrituras públicas por no saber escribir. Sin embargo, en el tiempo que estuvo fuera de la localidad aprendió lo necesario para poder estampar su firma. Sólo hay que ver la imagen de su refrendo que se incluye en este artículo, para percatarse de la tosquedad de la ejecución de cada una de las letras que componen su nombre (que aparece abreviado) y apellidos.

  • El voto de 1800

    El voto de 1800

    Se cumple este año el CCXV aniversario del Voto que tanto el pueblo como el clero de Dos-Hermanas hicieron a Nuestra Señora de Valme con motivo de la terrible epidemia de fiebre amarilla desatada en el año 1800. Entiéndase “voto” como una promesa que se hace a Dios o a la Virgen en gratitud por haber obtenido una determinada gracia. En aquellas lejanas épocas era frecuente este tipo de prácticas. Recordemos si no, el caso del conocido como “Rocío Chico” de Almonte, que no es más que la renovación anual del voto que la villa almonteña hizo a la Virgen del Rocío en 1813 en acción de gracias por haberse librado esa localidad onubense del castigo de las tropas napoleónicas. A diferencia del voto de Almonte, que todavía hoy se celebra, el que hicieron nuestros antepasados cayó pronto en el más absoluto de los olvidos. Ni la escritora Cecilia Böhl de Faber, “Fernán Caballero”, tan meticulosa a la hora de registrar cuantas tradiciones y costumbres existían en Dos-Hermanas, especialmente en torno a sus imágenes más devocionales, supo de su existencia, ni la hermandad de la Celestial Protectora tras sus varias reorganizaciones en el siglo XIX tuvo la intención de recuperar aquel trascendental Voto, único caso que se ha dado en la Historia de Dos-Hermanas.

    Un hecho trascendental ocurrido en el referido 1800 provocaría el Voto a la Virgen de Valme: la grave epidemia de fiebre amarilla, llamada así por el color amarillento que toman los enfermos a causa de la ictericia. Del desarrollo de esta enfermedad, conocida también como vómito negro o plaga americana, en Dos-Hermanas hablamos de manera extensa en un artículo publicado en la revista “Romería” en 2016, por lo que a él nos remitimos. No obstante, diremos que antes de traer la imagen de la Virgen de Valme desde su ermita de Cuartos, el 8 de septiembre “se celebró una fiesta en culto y veneración de Señora Santa Ana, María Santísima del Rosario y Señor San Sebastián con misa cantada, vestuarios, sacramento y sermón por la mañana y proseción en la tarde por las calles del pueblo con las dichas Ymágenes y Su Magestad manifiesto en la custodia”. Como se puede observar, se hizo todo con la mayor solemnidad para así conseguir la clemencia de Dios (no olvidemos que las epidemias eran consideradas castigos divinos por los pecados cometidos por la humanidad).

    Pero fue en vano, pues la epidemia, lejos de remitir, continuaba imparable ante la impotencia de las autoridades locales, que no acertaban a combatirla. El número de muertos y contagiados continuó siendo alto, falleciendo entre otras personalidades el escribano público de la villa Francisco José de Rivas y su esposa, el cura don Martín Ruiz Durán, el arcediano de la catedral hispalense, Rodrigo de Sierra e Illanes, y el hacendado sevillano don Antonio Maestre y Tous. Lo que son las cosas, estos últimos se habían trasladado desde Sevilla huyendo, precisamente, de la enfermedad.

    En ese estado de verdadera desesperación, se recurrió al traslado de la imagen de la Virgen de Valme. Dicho traslado se verificó el 12 de octubre de 1800, y a partir de ese día se dijeron diez misas dedicadas a la Virgen por la pronta recuperación de varios vecinos de la villa, misas que sirvieron de prólogo para la importante procesión que tuvo lugar el día 5 de noviembre de 1800. Años más tarde, “Fernán Caballero” se hizo eco de esta procesión con las siguientes palabras: “Refieren que había treinta y seis agonizantes en el lugar cuando en él entró la Virgen y que al pasar por las puertas de sus casas clamando cada cual lleno de fervor y de confianza: “¡Señora, Valme!” instantáneamente se aliviaron, sanando todos a poco, como lo atestigua la devota copla que aún hoy día cantan los moradores de aquel lugar: “En el día dos de noviembre / entró la Señora en su procesión / repartiendo do sí una fragancia / que a todo el enfermo la salud dio”. En la coplilla aparece claramente el día 2 de noviembre, cuando en realidad, la procesión se celebró tres días más tarde.

    En cualquier caso, tras la solemne procesión por las calles de la población, la epidemia comenzó a remitir y muy probablemente a mediados del mes de noviembre de 1800 el Concejo, en representación de los vecinos de la villa, el clero y la hermandad de Valme efectuaron el referido Voto a Nuestra Señora de Valme, Voto que consistiría en traer la imagen a la villa cada año por el mes de octubre o noviembre para celebrar una solemne función principal en acción de gracias y una procesión por las calles de la población, para después llevarla nuevamente a su ermita de Cuartos. La función, por cierto, sería costeada, en principio, por el consistorio nazareno, aunque luego no fue así.

    De todas formas, es difícil fijar la fecha exacta en que se hizo el mencionado Voto, dada la nula existencia de información al respecto. Ni en el libro de enterramientos que hemos examinado, ni en las actas capitulares de 1800 y mucho menos entre la documentación notarial de ese año existe acta o testimonio del Voto. Esto se debió, posiblemente, a la inexistencia en la villa de un escribano público que diera fe de los hechos. Recordemos que el que había, Francisco José de Rivas, falleció en octubre de ese mismo año a consecuencia, precisamente, de la epidemia. Tampoco existía notario apostólico alguno y el que de manera interina se hizo cargo de las escribanías pública y del cabildo, José Rubio-Barbero, apenas desempeñó sus funciones. El nuevo escribano público, Juan Nepomuceno Muñoz, accedió a las escribanías nazarenas en diciembre de 1800, poco tiempo después de hacerse el solemne Voto.

    En los siguientes años, el Concejo, clero y hermandad de Valme debían renovar, en teoría, el Voto a la Virgen. Sin embargo, los diversos avatares que se produjeron a principios del siglo XIX (la Guerra de la Independencia, crisis agrícolas, nuevas epidemias, dificultades políticas de toda índole) hicieron que aquel se celebrase de manera intermitente y sin la solemnidad que requería: 1801, 1802, 1804, 1805, 1806, 1813 y 1814.

    Ese 1814 sería el último año que se renovó el Voto a la Virgen de Valme, y tuvo lugar no en noviembre, sino el día 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción de María, siendo otra vez sufragada por la hermandad de la Celestial Protectora de Dos-Hermanas. A partir de entonces ni el consistorio nazareno contó con fondos suficientes para pagar los gastos que ese culto originase, ni la hermandad de Valme se encontraba en una situación mejor. Y sin estos dos pilares fundamentales, el Voto de 1800 estaba condenado a desaparecer, como por desgracia ocurrió.

  • Al sitio de Gibraltar

    Al sitio de Gibraltar

    En agosto de 1704 llegó a Gibraltar una escuadra anglo-neerlandesa al mando del príncipe de Hesse-Darmstadt y del almirante Rooke, quienes exigieron al gobernador de la plaza gibraltareña, Diego de Salinas, su entrega incondicional al rey «Carlos III» (el archiduque austríaco, pretendiente al trono español frente a Felipe V, que luego sería emperador con el nombre de Carlos VI). Pero Salinas se mostró fiel al primer Borbón y tres días después comenzó el asedio de la plaza de Gibraltar, que se encontraba mal defendida. Tanto es así, que las autoridades terminaron capitulando y entregando Gibraltar. Buena parte de su población abandonó la plaza y se estableció en el cercano cerro de San Roque, fundando en 1706 la actual localidad de San Roque.

    Poco después, en octubre de 1704, comenzó el que sería el primer asedio de Gibraltar por parte de las tropas de Felipe V, con el intento de recuperar la plaza. Formaban parte del citado ejército soldados de Andalucía, Extremadura y de Francia. Los soldados españoles estaban al mando del marqués de Villadarias, capitán general de Andalucía, mientras que los galos estaban bajo las órdenes del conde de Tessé.
    Pero el asedio duró más de lo esperado. A principios de 1705, se envió un destacamento para reforzar las tropas acampadas ante Gibraltar. Dicho destacamento pasó por Dos-Hermanas en la segunda mitad del mes de enero. De ese paso sólo hemos encontrado algunas referencias en uno de los libros de enterramientos de la parroquia de Santa María Magdalena. De esta manera, sabemos que el 15 de enero de 1705, se enterró en la parroquia nazarena a un soldado, del que no se sabía su nombre, «que se murió en casa de Juan de Rivas, que vino malo en la marcha que pasó a Gibraltar». En este punto debemos recordar la obligación y deber que los vecinos de la villa tenían de alojar soldados en sus casas, y más si se encontraban enfermos. Ante esto no había excusa alguna. El paso de soldados por la villa causaba numerosas molestias y agravios.

    Pero lo más grave ocurrió días más tarde. El 24 de enero se enterró a un joven llamado Esteban que «estaba en seruiçio de Francisco Moreno, que murió de una estocada que le dio un soldado de los que pasaron francés». No sabemos la edad que tenía, pero a juzgar de su apelativo «mozo», no debía sobrepasar los 18 años. Tampoco sabemos qué hizo este nazareno para recibir la estocada que resultó fatal, pues no existen más datos al respecto. En cualquier caso, nada justificaría tal acción perpetrada por el «anónimo» soldado galo.
    Esa tropa que pasó por Dos-Hermanas llegó a las puertas de Gibraltar el 8 de febrero de 1705. Y en los meses siguientes continuó el tránsito de soldados por nuestra ciudad. Lo único destacable que nos ha llegado es el entierro, el 30 de abril de aquel año de otro joven, llamado Serafín «que estaba en seruiçio del Maese de Canpo, que se ahogó en el río de Guadalquivir».

    Asimismo, Dos-Hermanas también aportó hombres a aquel asedio, formando una compañía al mando del capitán don Juan de Medina. Compañía que estaba encuadrada en el regimiento de Utrera y su partido, a la cabeza del cual se encontraba el coronel don Pedro Manuel de Pedrosa y Casaus, II marqués de Dos-Hermanas, y uno de los más destacados militares sevillanos que participaron en la Guerra de Sucesión española a favor de Felipe V.

    En aquella compañía nazarena jugaría un papel importante el alférez Juan Ximénez Albarrán, que moriría en el propio asedio de Gibraltar. Gracias al poder que otorgó su viuda doña Catalina de Rivas a favor de don Francisco López Rubio, natural de Dos-Hermanas y alférez de la compañía de Lebrija (que formaba también parte del ya mencionado regimiento de Utrera), sabemos cual fue la participación del alférez Ximénez Albarrán en el sitio de Gibraltar. Según declaró doña Catalina, su marido fue sargento y alférez en la compañía de Dos-Hermanas desde 1685, «asistiendo a todas las funciones, marchas y campañas como fueron al socorro del Puerto, Puntal y Matagorda (es el ataque angloholandés de 1702), y en la de Portugal (se refiere a las acciones de 1703, enmarcada en la Guerra de Sucesión) y del sitio del Campo de Jibraltar, donde murió en la destrucción del molino de viento que se boló». Ahí tenemos el episodio que acabó con la vida del alférez. En octubre de 1704, el ejército español se centró en despejar la zona del istmo gibraltareño, por lo que procedió a la destrucción de un viejo molino para poder construir las primeras líneas de ataque. En la voladura del molino falleció el alférez nazareno, dejando viuda y seis hijos «de hedad el mayor de catorze a quinze años y el menor de dos meses», sumidos todos en la pobreza. Esa fue la razón por la que doña Catalina de Rivas dio poder al alférez lebrijano: solicitar al ya mencionado marqués de Villadarias el pago de lo que se le adeudaba a su marido en concepto de salario y además, una ayuda económica para poder sustentar a sus hijos.

    No sabemos en qué quedó este asunto de la ayuda económica. Lo que sí es conocido es que el asedio concluyó en mayo de 1705, sin conseguir tomar la plaza gibraltareña.

  • La Cruz de Quintos

    La Cruz de Quintos

    En una zona ajardinada situada entre la avenida de la Madre Paula Montalt y la autovía A-376, y muy próxima a la parte de la hacienda de Quintos que perteneció al marquesado de Tarifa y ducado de Alcalá de los Gazules, se alza aún airosa una cruz, conocida con el nombre del paraje donde se encuentra: la Cruz de Quintos. Muchos son los que pasan por esa zona sin percatarse de su existencia. Otros se habrán preguntado al verla, qué significado tiene y cuál fue su función.

    Pues esa simple cruz ha sobrevivido heroicamente al paso inmisericorde del tiempo (la cruz de donaire que en el siglo XVII existió en la zona del Palmarillo, por ejemplo, no tuvo la misma suerte), aunque a mediados de agosto de 2013 sufrió un considerable daño al desprenderse el brazo horizontal y la parte superior de la cruz. Por fortuna, el consistorio nazareno procedió a su reparación al año siguiente.

    Realizada en piedra muy posiblemente en los años finales del siglo XVI o a principios de la siguiente centuria, tiene un diseño sencillo, sin apenas decoración, salvo los remates de la cruz. Se levanta directamente sobre un pedestal de planta cuadrada realizado en ladrillo y carece de inscripción, ignorándose si tuvo alguna en su base. A diferencia de otros humilladeros situados en las poblaciones cercanas, como la Cruz del Campo o el Humilladero de San Onofre, en la capital hispalense, la Cruz de Quintos no aparece cobijada bajo un templete o baldaquino. Estaba situada al pie del antiguo camino que comunicaba el entonces lugar de Quintos con el puente Horadada, y una vez cruzado el río Guadaíra se prolongaba hasta llegar a la ciudad de Sevilla.

    Era una cruz de término o de humilladero, que marcaba jurisdicción y, al mismo tiempo, era una muestra de piedad popular, pues los caminantes que transitaban por ese camino utilizaban aquel sitio para rezar ante la cruz y encomendarse a una devoción concreta para protegerse de los muchos peligros que asolaban los caminos y veredas en aquella época.

    Pero también servía como hito urbano para informar al caminante que se llegaba a una población, en este caso el ya mencionado lugar de Quintos, una pequeña aldea (con topónimo de origen romano) que formó parte de la antigua mitación de las Dos-Hermanas en los siglos XV y XVI, y que surgió al amparo de las heredades que en el pago de Quintos poseían el cabildo de la Catedral de Sevilla, el monasterio sevillano de San Clemente y la familia de los Enríquez de Ribera (que ostentaba, entre otros, los títulos de condes de Los Molares, marqueses de Tarifa y duques de Alcalá de los Gazules). La aldea, que contó con una iglesia rural propia puesta bajo la advocación de Santa María de Gracia (al frente de la cual estaba un capellán nombrado directamente por el marqués de Tarifa), estaba situada junto a la heredad (luego hacienda) de la referida familia.

    Esa proximidad hizo que la aldea estuviera bajo la influencia de los Enríquez de Ribera a través de sus mayordomos, en especial del sevillano Francisco de Robledillo, que ejerció dicho cargo durante buena parte de las décadas de 1520-1530. Según los testimonios de Cristóbal Abad, Leonor Ramos y su marido Martín Fernández, vecinos de Quintos, llevados a cabo en 1531 ante las Justicias de Dos-Hermanas (al carecer Quintos de concejo propio y, por tanto, estar bajo la jurisdicción nazarena), «todos los vezinos que viven en el dicho heredamiento de Quintos, todos viven en las casas que les da el dicho Francisco de Robledillo, por mandado del señor marqués, de balde, e sy no hazen lo que el dicho Francisco de Robledillo les manda, que luego les quita las casas e los echa del lugar». Por si estas palabras no fueran suficientes, el referido Cristóbal Abad insistió diciendo que él mismo había visto «echar a ziertos vezinos del dicho heredamiento porque no hazían lo que él (se refiere a Robledillo) les manda». A pesar de que estos testimonios (que ponen a las claras una actuación casi mafiosa) llegaron a oídos de las Justicias de Dos-Hermanas, esta situación de control continuaría hasta el fallecimiento de Robledillo en 1537. Los siguientes mayordomos, si bien no ejercieron tanta presión sobre los escasos vecinos, tampoco hicieron nada por favorecer un crecimiento demográfico de la aldea. Quintos ya no era tan atrayente para los marqueses de Tarifa, mucho más interesados en el vecino heredamiento de Villanueva del Pítamo (donde pasarían largas temporadas) o en la compra de la jurisdicción de Dos-Hermanas (con dos intentos infructuosos en 1525 y 1564 y otro ya efectivo en 1631, aunque no fuera por mucho tiempo). Quintos quedó, únicamente, como centro de producción de aceite y poco más.

    La aldea terminó desapareciendo en los últimos años del siglo XVI, aunque hubo un intento de «resurgimiento» a lo largo de la siguiente centuria. Pero la cruz continuó ahí. Perdió sus funciones originarias, quedando como un mero hito de la Historia del lugar, un testigo mudo. E ironías de la Historia, vio languidecer y desaparecer una pequeña aldea, y pasado el tiempo, nacer y crecer un gran barrio.

    En esta imagen de satélite hemos marcado el sitio donde se encuentra la cruz 1, el área aproximado donde se asentaría el lugar de Quintos 2 y las tres haciendas de Quintos: la de la familia Enríquez de Ribera 3, la del monasterio de San Clemente 4 y la del cabildo catedralicio 5.

  • Agenda social

    El próximo lunes se ponen a la venta las entradas para la gala benéfica que acoge el auditorio el próximo día 13. Previamente, el jueves y el viernes, campaña de hemodonaciones en Fuente del Rey y la casa hermandad de Valme. El taller de confección del club Vistazul realiza un pase de modelos como fin de curso y Anare celebra elecciones.

    A la venta las entradas de la gala benéfica
    El auditorio municipal acoge el próximo día 13 una gala benéfica organizada por el proyecto solidario Estamosenespaña.es a beneficio de las Ongs África S.XXI y Fundación Anabella. Un evento musical en el que se espera la actuación de Junior, Álvaro Prado, Jacobo o Fernando Castro, entre otros. El precio de la entrada es de cuatro euros y se puede adquirir en el auditorio del día 8 al 12, de 10:00 a 13:00 y de 19:00 a 21:00 horas.

    Hemodonaciones en Fuente del Rey y Valme
    Esta tarde, el Aula de la Naturaleza de Fuente del Rey acoge una campaña de donación de sangre, de 18:00 a 21:00 horas. Asimismo, el viernes, nueva cita en la casa hermandad de Valme, de 17:30 a 21:30 .

    Elecciones en Anare
    La Asociacion nazarena de reúma celebra elecciones el día 9 en su sede de la calle Manuel Calvo Leal s/n, de 18:00 a 20:00 horas.

    Pase de moda en Vistazul
    Como clausura del curso de Corte y Confección, el salón multiusos del Club Vistazul acoge el sábado, día 6, a las 20:00 horas un pase de modelos. Los diseños son de las alumnas, dirigidas por Charo Alonso.