Etiqueta: humildad

  • Entregar el “testigo”

    (Juan 1, 35-42) NO SABE uno qué pesa más en la narración del Evangelio que escucharemos el próximo domingo en la misa, si la humildad del Bautista y del propio Jesús, o la valentía existencial de los primeros discípulos.

    Todos, personas e instituciones, tenemos la tentación de retener a los que nos rodean, de creer que en nosotros, o nuestra institución, está la salvación. La madre piensa que sólo con ella sus hijos estarán seguros; las parroquias, que sólo en su interior se fragua evangelio; las asociaciones, que sus intereses son siempre primordiales; los del partido, que con los otros todo se derrumbará…

    El Bautista tiene la profunda humildad de ser sincero son sus discípulos, y señalando a Jesús, les dice: “Ese es el hombre que está llamado a ser sacramento de verdadera humanidad, el camino verdadero hacia la luz de Dios”. Y los discípulos, manifestando una libertad inaudita, abandonan a quien hasta ahora era su maestro, y se convierten en los primeros seguidores del Nazareno.

    La humildad de Jesús no puede ser mayor. La primera enseñanza a estos discípulos no es un discurso de sabiduría, ni una parábola enigmática y profunda, ni un programa para cambiar el mundo: “Venid y veréis cómo vivo”. ¿Quién se atreve a poner su propia intimidad cotidiana como primera y fundamental enseñanza? Todos los que queremos ser discípulos de Cristo estamos llamados a vivir en intimidad cotidiana con su propia vida. Es hermoso esto.

    Pero una pregunta no deja de acuciarme: ¿Por qué el Juan, el Bautista, no siguió a Jesús como hicieron sus seguidores? (…) ¿Tú qué piensas?

     

  • La Navidad llega desde el Divino Salvador

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    En su ambiente y en su feligresía, Francisco Rivero Vergara fue el encargado de anunciar el pasado domingo la llegada de la Navidad, con una exaltación de la que el pregonero tiró de la sencillez y la humildad para hablar de sus vivencias navideñas.

  • Octubre del 90

    (Mateo 23,1-12) — “El hombre de bien supremo es como el agua. El agua beneficia a todos y no rivaliza con nada. Se aloja en los bajos fondos que todo el mundo desdeña. Del Dao está muy cerca”. ¿Qué os parece esta frase del filósofo chino Laozi?

    — Que estará bien para los chinos, pero que en nuestro mundo lo que se lleva es dar un buen “pelotazo” y hacerse rico. Además yo soy cristiano y no “daoista” o como quiera que se diga.

    — Jesús también dijo algo parecido: “El que se enaltece será humillado; y el que se humilla, enaltecido”. Aunque es cierto que la humildad es un fruto que sólo brota en árbol de raíces profundas.

    — Maestro, lo que importa de verdad en la religión no es tanto la humildad, ni el sexto mandamiento, sino ayudar al pobre en lo que necesite y hacer que el mundo vaya mejor. Y eso sólo se puede hacer con poder y con dinero.

    — No estoy de acuerdo. Mira, a veces pretendemos recoger frutos de un árbol al que le hemos cortado las raíces, por muy estúpido que parezca. Pretendemos que vayan misioneros a Somalia, y se critica que haya catequesis de jóvenes y encuentros de oración. Queremos que los jóvenes se conviertan en ciudadanos cívicos y solidarios, y se ridiculiza todo el que pone el bien del otro por encima de los propios deseos. Pero todo fruto en la vida nace de un árbol con raíces, y hay que alimentarlas.

    Es verdad que a veces nos encontramos con personas que se “cuelgan” frutos falsos. Aparentan ser solidarios, y no quieren ser pobres. Quieren ser religiosos, y nunca se dejan encarar por Jesucristo. Que dicen ser cristianos, y pisotean a los otros por subir ellos en el escalafón… Nunca quisieron entender aquello de que el primero entre vosotros que sea vuestro servidor.

     

  • Poder

    (Mateo 17,1-9) “Tuyo es el reino y el poder, por siempre, Señor”, es una de las frases con la que aclamamos a Jesucristo en cada eucaristía. Sus palabras tenían un poder que dejaba mudos a sus contrarios, y hasta hacían retroceder a quienes querían apresarlo. Su persona despertaba tantas esperanzas en el pueblo que el Sanedrín no se atrevió a apresarlo en público. Su propuesta era tan peligrosa que no dudaron en dejar libre a un guerrillero violento para poder asesinarlo con crueldad. Cristo era una persona con gran poder.

    En nuestra vida normal decimos, por el contrario, que el poder corrompe. Y,  tristemente contrastamos día a día, que el poder corrompe a los poderosos, y lo usan para satisfacer su egoísmo o para perpetuarse en la poltrona. Pero el poder de Cristo, en nuestra vida y en la historia, no es como el poder de los poderosos. El de Cristo es un poder de humildad, de entrega y de interpelación.

    De humildad porque siempre vivió al nivel de los más pobres y nunca buscó la amistad de los privilegiados. De entrega porque todo su poder lo puso al servicio de los que más lo necesitaban; no se reservaba ni tiempo para comer; la noche aprovechaba para abrirle su corazón al Padre. De interpelación, porque maltratado y malherido, cuando ya no podía ni articular discurso, ni responder a las burlas de sus enemigos, es cuando su amor se hizo más profundo y más grande, cuando dio la medida del corazón humano, cuando se convirtió en testigo definitivo y fuente inagotable de vida verdadera.

    No te confíes del que se sirve de su poder para abusar de los otros y mantener sus privilegios. No pierdas tu dignidad por las migajas de su imperio.