Los alumnos de Infantil y primer ciclo del colegio San Fernando han visitado la granja escuela San Buenaventura de Alcalá de Guadaíra. Durante la jornada, montaron en coche de caballos, pasearon en burro y alimentaron a los animales. Tras el almuerzo, también plantaron una maceta
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Visita a la granja escuela de Alcalá
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Visita a la granja escuela de Alcalá
Los alumnos de Infantil y primer ciclo del colegio San Fernando han visitado la granja escuela San Buenaventura de Alcalá de Guadaíra. Durante la jornada, montaron en coche de caballos, pasearon en burro y alimentaron a los animales. Tras el almuerzo, también plantaron una maceta -
Visita a la granja escuela de Alcalá
Los alumnos de Infantil y primer ciclo del colegio San Fernando han visitado la granja escuela San Buenaventura de Alcalá de Guadaíra. Durante la jornada, montaron en coche de caballos, pasearon en burro y alimentaron a los animales. Tras el almuerzo, también plantaron una maceta -
Mi palabra no pasará
(Marcos 13, 24-32) Conforme la vida nos curte con años, vamos reconociendo lo limitados y débiles que somos. Por eso, si escucháramos a alguien decir: “Mi palabra no pasará”, pensaríamos que es un adolescente en fase de afirmación personal absoluta o que está loco.
No sabemos a ciencia cierta si Jesús dijo estas mismas palabras, para qué engañarnos; pero todavía es más increíble que sus discípulos, lejos de la euforia de un encuentro impactante, sin la disculpa de la inmadurez de los pocos años, en una dinámica de reflexión comunitaria lenta y progresiva, la pusieran en sus labios. ¿Cómo experimentaron la presencia de Cristo en sus vidas para que se dijeran: “Pasará el imperio de Roma como pasó el de Alejandro Magno. Pero sus palabras no pasarán”?
Y es que hay palabras que no deben y no pueden pasar; hay palabras que estamos seguros, desde la fe en un Dios Padre, que no van a pasar.
Cuando estás abrumado por la vida y sus problemas y escuchas dentro, muy dentro: “Ven bendito de tu Padre a descansar en mi regazo de tantas circunstancias difíciles…” Esas palabras ni han pasado ni pasarán. Cuando ves de cerca el rostro de la injusticia y el sufrimiento del inocente y escuchas casi a flor de piel:
“Bienaventurados los pobres porque para ellos va a reinar Dios en el mundo”. Esas palabras ni han pasado ni pasarán. Escoge tú, ahora, dos palabras de Cristo que ni han pasado ni van a pasar en tu vida, porque gracias a ellas puedes seguir viviendo en la humildad y en la verdad de saberte débil, pero de saberte también hijo.
Rvdo. José Joaquín Castellón. -
Mi palabra no pasará
(Marcos 13, 24-32) Conforme la vida nos curte con años, vamos reconociendo lo limitados y débiles que somos. Por eso, si escucháramos a alguien decir: “Mi palabra no pasará”, pensaríamos que es un adolescente en fase de afirmación personal absoluta o que está loco.
No sabemos a ciencia cierta si Jesús dijo estas mismas palabras, para qué engañarnos; pero todavía es más increíble que sus discípulos, lejos de la euforia de un encuentro impactante, sin la disculpa de la inmadurez de los pocos años, en una dinámica de reflexión comunitaria lenta y progresiva, la pusieran en sus labios. ¿Cómo experimentaron la presencia de Cristo en sus vidas para que se dijeran: “Pasará el imperio de Roma como pasó el de Alejandro Magno. Pero sus palabras no pasarán”?
Y es que hay palabras que no deben y no pueden pasar; hay palabras que estamos seguros, desde la fe en un Dios Padre, que no van a pasar.
Cuando estás abrumado por la vida y sus problemas y escuchas dentro, muy dentro: “Ven bendito de tu Padre a descansar en mi regazo de tantas circunstancias difíciles…” Esas palabras ni han pasado ni pasarán. Cuando ves de cerca el rostro de la injusticia y el sufrimiento del inocente y escuchas casi a flor de piel:
“Bienaventurados los pobres porque para ellos va a reinar Dios en el mundo”. Esas palabras ni han pasado ni pasarán. Escoge tú, ahora, dos palabras de Cristo que ni han pasado ni van a pasar en tu vida, porque gracias a ellas puedes seguir viviendo en la humildad y en la verdad de saberte débil, pero de saberte también hijo.
Rvdo. José Joaquín Castellón. -
Mi palabra no pasará
(Marcos 13, 24-32) Conforme la vida nos curte con años, vamos reconociendo lo limitados y débiles que somos. Por eso, si escucháramos a alguien decir: “Mi palabra no pasará”, pensaríamos que es un adolescente en fase de afirmación personal absoluta o que está loco.
No sabemos a ciencia cierta si Jesús dijo estas mismas palabras, para qué engañarnos; pero todavía es más increíble que sus discípulos, lejos de la euforia de un encuentro impactante, sin la disculpa de la inmadurez de los pocos años, en una dinámica de reflexión comunitaria lenta y progresiva, la pusieran en sus labios. ¿Cómo experimentaron la presencia de Cristo en sus vidas para que se dijeran: “Pasará el imperio de Roma como pasó el de Alejandro Magno. Pero sus palabras no pasarán”?
Y es que hay palabras que no deben y no pueden pasar; hay palabras que estamos seguros, desde la fe en un Dios Padre, que no van a pasar.
Cuando estás abrumado por la vida y sus problemas y escuchas dentro, muy dentro: “Ven bendito de tu Padre a descansar en mi regazo de tantas circunstancias difíciles…” Esas palabras ni han pasado ni pasarán. Cuando ves de cerca el rostro de la injusticia y el sufrimiento del inocente y escuchas casi a flor de piel:
“Bienaventurados los pobres porque para ellos va a reinar Dios en el mundo”. Esas palabras ni han pasado ni pasarán. Escoge tú, ahora, dos palabras de Cristo que ni han pasado ni van a pasar en tu vida, porque gracias a ellas puedes seguir viviendo en la humildad y en la verdad de saberte débil, pero de saberte también hijo.
Rvdo. José Joaquín Castellón. -
El Buen Educador
(Marcos 12, 38-44) A JESÚS se le han dado muchos títulos: buen pastor, hijo del altísimo, mesías salvador. Pero pocas veces se le da el título de buen educador, cuando su quehacer más cotidiano durante una buena parte de su vida pública fue la de educar a sus discípulos en la dinámica del Reino.
En el evangelio de esta semana Jesús les enseña a mirar y a valorar. Y es que los valores dirigen la mirada, pero, a la vez, la mirada descubre lo que tiene valor. Les señala Jesús algo que todos han visto, pero que no han reparado en pensar. Cómo hay gentes que se mueren por parecer grandes y buenos delante de los demás; gente que pierden la vida en querer ser los primeros en una cola que no lleva a ninguna parte; gente que pone el norte de su vida en lo que les quita la alegría: en el qué dirán. Jesús le enseña a valorar, y a valorarse: ¿a qué estáis dando valor en vuestra vida?, ¿qué es lo que os mueve de verdad por dentro?
A sus discípulos les señala un acontecimiento pequeño que revela la verdad de la vida: una mujer que echaba unas monedas en el cepillo del Templo; unas monedas que eran todo lo que tenía. Les muestra a una persona que le entrega a Dios todo lo que tiene, y que en esa entrega respira la paz de saberse acogida. ¿Hay algo que valga más?
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El Buen Educador
(Marcos 12, 38-44) A JESÚS se le han dado muchos títulos: buen pastor, hijo del altísimo, mesías salvador. Pero pocas veces se le da el título de buen educador, cuando su quehacer más cotidiano durante una buena parte de su vida pública fue la de educar a sus discípulos en la dinámica del Reino.
En el evangelio de esta semana Jesús les enseña a mirar y a valorar. Y es que los valores dirigen la mirada, pero, a la vez, la mirada descubre lo que tiene valor. Les señala Jesús algo que todos han visto, pero que no han reparado en pensar. Cómo hay gentes que se mueren por parecer grandes y buenos delante de los demás; gente que pierden la vida en querer ser los primeros en una cola que no lleva a ninguna parte; gente que pone el norte de su vida en lo que les quita la alegría: en el qué dirán. Jesús le enseña a valorar, y a valorarse: ¿a qué estáis dando valor en vuestra vida?, ¿qué es lo que os mueve de verdad por dentro?
A sus discípulos les señala un acontecimiento pequeño que revela la verdad de la vida: una mujer que echaba unas monedas en el cepillo del Templo; unas monedas que eran todo lo que tenía. Les muestra a una persona que le entrega a Dios todo lo que tiene, y que en esa entrega respira la paz de saberse acogida. ¿Hay algo que valga más?
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El Buen Educador
(Marcos 12, 38-44) A JESÚS se le han dado muchos títulos: buen pastor, hijo del altísimo, mesías salvador. Pero pocas veces se le da el título de buen educador, cuando su quehacer más cotidiano durante una buena parte de su vida pública fue la de educar a sus discípulos en la dinámica del Reino.
En el evangelio de esta semana Jesús les enseña a mirar y a valorar. Y es que los valores dirigen la mirada, pero, a la vez, la mirada descubre lo que tiene valor. Les señala Jesús algo que todos han visto, pero que no han reparado en pensar. Cómo hay gentes que se mueren por parecer grandes y buenos delante de los demás; gente que pierden la vida en querer ser los primeros en una cola que no lleva a ninguna parte; gente que pone el norte de su vida en lo que les quita la alegría: en el qué dirán. Jesús le enseña a valorar, y a valorarse: ¿a qué estáis dando valor en vuestra vida?, ¿qué es lo que os mueve de verdad por dentro?
A sus discípulos les señala un acontecimiento pequeño que revela la verdad de la vida: una mujer que echaba unas monedas en el cepillo del Templo; unas monedas que eran todo lo que tenía. Les muestra a una persona que le entrega a Dios todo lo que tiene, y que en esa entrega respira la paz de saberse acogida. ¿Hay algo que valga más?
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El Buen Educador
(Marcos 12, 38-44) A JESÚS se le han dado muchos títulos: buen pastor, hijo del altísimo, mesías salvador. Pero pocas veces se le da el título de buen educador, cuando su quehacer más cotidiano durante una buena parte de su vida pública fue la de educar a sus discípulos en la dinámica del Reino.
En el evangelio de esta semana Jesús les enseña a mirar y a valorar. Y es que los valores dirigen la mirada, pero, a la vez, la mirada descubre lo que tiene valor. Les señala Jesús algo que todos han visto, pero que no han reparado en pensar. Cómo hay gentes que se mueren por parecer grandes y buenos delante de los demás; gente que pierden la vida en querer ser los primeros en una cola que no lleva a ninguna parte; gente que pone el norte de su vida en lo que les quita la alegría: en el qué dirán. Jesús le enseña a valorar, y a valorarse: ¿a qué estáis dando valor en vuestra vida?, ¿qué es lo que os mueve de verdad por dentro?
A sus discípulos les señala un acontecimiento pequeño que revela la verdad de la vida: una mujer que echaba unas monedas en el cepillo del Templo; unas monedas que eran todo lo que tenía. Les muestra a una persona que le entrega a Dios todo lo que tiene, y que en esa entrega respira la paz de saberse acogida. ¿Hay algo que valga más?