Etiqueta: esposa

  • 1889. un ataque de hemiplegia deja sorda a antonia dÍaz

    En una carta enviada al literato Menéndez Pelayo desde “este retiro que nos hemos creado en Dos Hermanas a fuerza de tiempo y de gastar dinero” (La Alquería del Pilar), José Lamarque de Novoa le ha confesado que tanto el como su mujer se han “convertido en dos viejos inútiles”.

    Sobre su esposa, la poetisa Antonia Díaz, ha reconocido que “desde que padeció el ataque de hemiplegia ha quedado inútil para todo trabajo de imaginación. Le ha quedado un padecimiento nervioso que le deja sorda por temporadas. Esto la desespera”.

  • ¡Feliz cumpleaños!

    ¡Feliz cumpleaños!

    A la mejor esposa, madre y abuela. De parte de toda tu familia…Te queremos.

  • 1768. Fallece el ex alcalde Diego Ramos Cantillo

    Ha recibido sepultura el que hace ya 37 años (en 1768) ocupó el cargo de alcalde ordinario de la villa de Dos Hermanas, Diego Ramos Cantillo. Natural de Jerez, tuvo nueve hijos, seis de ellos con su primera esposa, Ana de Pozas, y tres con la segunda, Ana López. Enviudó de esta última en 1798, y desde entonces vivía en su casa de calle Canónigo. Se dio la circunstancia de que, siendo alcalde, cayó gravemente enfermo, hasta el punto que dio poder a su esposa para que en su nombre otorgara testamento. Milagrosamente se recuperó y pudo conocer los primeros años de este siglo XIX.

     

  • 1964. La Virgen de Valme entró en el templo pasada la medianoche

    2403Los cohetes y las campanas despertaron a los nazarenos ayer, 18 de octubre, para anunciarles que era día de romería. Muy de mañana, calles y plazas ofrecieron pintoresco aspecto y, por todas partes, se removía y hormigueaba un original mundo de gentes, vehículos y bestias. Y, dominando este múltiple conjunto, se imponía la rúbrica cristiana y piadosa de la Madre de Dios, Valme, el fin y el motivo de tanto trajín y concurrencia. Serpentinas de clarines y lanceros de la Policía Armada, sobre caballos engualdrapados, abrían la cabalgata de color, envolviendo a la Señora entre seis mil nardos.

    Detrás, doscientos o tal vez trescientos caballistas, como estos que vemos en la foto: Manuel Martínez Ortega con su bella esposa, Ana Montaño García, a la grupa del caballo “Relámpago”, en Los Jardines. En el camino a Cuarto se escucharon sevillanas alusivas a la última riada: “Por culpa del Tamarguillo /no me visto de gitana/ porque llegaron las aguas/ más altas que las ventanas./Los “arriaos”/ nos pasamos la noche/ en los “tejaos”. El día fue brillante una vez más, tanto en la ida como al regreso. La Virgen de Valme, entre entusiastas vivas de su pueblo, entró en el templo de Santa María Magdalena pasada en mucho la medianoche.

     

  • 1972. Adiós al maestro Díaz Ferreras

    2401Con honda pesadumbre ha sido recibida en Dos Hermanas la noticia de la muerte, a los 61 años de edad, de Enrique Díaz Ferreras, recordado maestro que desarrolló su labor docente en el Colegio Calvo Sotelo. Nacido en Montilla, conoció a la que después sería su esposa, Aurora Fernández, estudiando magisterio.

    Destinado en un principio en Taleña (Asturias), en 1945 empezó a dar clases en Dos Hermanas, junto a su esposa, aunque también ejerció de practicante en el ambulatorio de La Plazoleta. Destacó por su profunda humanidad y la honda huella que dejó en sus alumnos. Hace poco, sus ex alumnos le realizaron un homenaje con motivo de su jubilación, de la que  lamentablemente no ha podido disfrutar. Una infección vírica se lo ha llevado. Descanse en paz.

  • La calle Campoamor (y II)

    2201

    (Primera parte)

    Dos Hermanas, 1940-1945

    ••• «Canona», «el Pecao», «la Carrilla», «los Plaza», María «la Cola», «la de Cujales», «la Ramona» en su casa de vecinos donde tuvo un pequeño colegio, «Carmelita la Paz» (cuñada de María «la Cola»), Agustina «la Pataslargas» (la madre del «Pata»), María «la Paquina», Carmen «la del Cisma», Valme Castro «la del Gato» (consuegra del «Porrero»). Ya en la acera de enfrente y en sentido contrario: el hijo de Antonio «el de las telas», «el Forrollo», José «el Porrero», Gabriel «el Ciego» (Gabriel «el Latero»), «el Charneco» y su esposa «la Chaparreja», Juanillo «el loco» y su esposa Dolores «la del Turri», Encarna «la del Quirri», Juan «el de las perras» y Concha «la de las perras», Juana «la gorda», «Angelita Inurria», «Currillo Piña», Vicente Conejero, Moreno «el de los borricos» (manigero de  Lugar Nuevo), María «la de Callejo», «la Molina», «Antoñita» y luego Trini «la del niño Manolo» (sobrino de Rafaela «la del Primito»), «la Carrilla», «el Doval» y su esposa Josefa «la del Monda», Miguel Castro (hermano de Valme «…la del gato») y luego «Juanito el Beni» (hijo de Benito Cordero) y su esposa «la Paquina», Valme «la de Cantely», «el compadre» (el corralón donde preparaba almácigas de eucalipto) junto al polvero de «Varela», la familia Castillo que trabajaban en ‘Bujalmoro’, «el Cardona» (suegro del «Pelao») y luego «el carabinero» que ya retirado sacaba unas perras enseñando a los chiquillos a leer y a escribir cada noche, «el coronel», Manolito «el Titi» y su esposa Juana «la Cojilla», Bernardo «el carpintero» (…de la fábrica de telares) tras su cuñado Pepe, «Joselito Márquez» (hermano de «Currillo Márquez»), «La Potaje», Rafael Mejías y su esposa (carnicero con el que trabajaba de ayudante Manuel el zagal que me socorrió) «el Tobalo» (yerno de Juan Lebrón) luego María (hija de «la choricera»), y por último la familia Muñoz que regentaban el quiosco del Arenal.

    Atrás había quedado la vivienda del joven José y su familia; «el númeroº 33» donde nació («Joselito» el de Rafaela «la Piñona» tal como lo conocían y saludaban): el niño que todo me argumentaba cual sabio; todo cuanto veía y le preguntaba: también sobre las pozas donde los aseos evacuaban, pues no había alcantarillado público todavía; tan sólo un canalillo bajo el acerado para el desagüe de aguas desde los patios y corrales, cuya corriente y pendiente buscaban el campo; donde trabajaban la mayoría de los hombres, allá tras aquella hilera de viviendas en su caso (Los Montecillos hoy) donde igual «Joselito» llevaba el ganado a comer tras sacarlo de aquel corralón que tenían alquilado. Fue poco al colegio Ave María y cuidaba de los animales cuya carne luego su padre (Pepe «el Matachivo») vendía en el puesto de la recién estrenada plaza de abastos (inaugurada siendo alcalde D. Manuel Andrés en 1936), puesto heredado de su abuelo Pepe «el de la Carne» de cuando el mercado estaba en «los Jardinillos» (hoy «Plaza de la Constitución»).

    2202Al tiempo creí estar a punto de un nuevo accidente; no más que una broma del joven Manuel como que arrollándome con su bicicleta. La verdad es que le habíamos perdido la pista; no sin embargo él a nosotros por suerte, para con su interés en mostrarme «el númeroº 47»; la casa donde vivía con sus padres: Juan «el Lucero» y María «la Lucera». Y es que también estaba muy ocupado pues trabajando a su edad tal cual venía haciendo de «carnicero», además durante el descanso del mediodía cuando iba al «Colegio del Cementerio» (Colegio «Calvo Sotelo,» «San Sebastián» hoy); aprovechaba para ganarse unas «perras» más llevando el almuerzo a Demesio (encargado en la bodega de José Gómez donde hoy el Hogar ‘Santa Ana’ en la calle del mismo nombre), así como también de su casa al trabajo del consuegro de este: «El Puya» (portero en la fábrica de telares). Ya para colmo luego le tocaba catequesis preparatoria de La Primera Comunión, con Carmina «la de Torralba» en la calle Melliza una vez por semana al terminar las clases.

    De repente colisioné al aire con un objeto compacto por lo mojado; una pelota de trapo reliado con la que únicamente podían jugar al futbol un grupo de niños. A continuación me resultó peculiar el canasto de mimbre colmado de tagaznina que sostenía una mujer; y es que dichos canastos eran la principal forma de cargar y llevar algo en aquella época. Ya en cambio como medio de transporte, las pesadas bicicletas y los carros tirados por borricos con los que volvíamos a cruzarnos; tras lo cual observé a  dos mujeres comprando leche de cabra donde un rato antes había entrado aquella muchacha que tanto llamó mi atención. Guiado por mis dos amigos terminé visitando esa casa que anteriormente fuera de Manuel «el de las perras»; de José «el Melaguillo» y su esposa Pepa entonces (prima segunda de «Joselito» y futuros suegros ambos del joven Manuel); coincidiendo casualmente con los padres y los tres hermanos de «Pepilla»: Antonia y Pepe «el de las cabras» y Mercedes (la referida joven de unos 20 años), Eduardo y María respectivamente. Me fascinó todo por lo antiguo; lo cual observé mientras les escuché hablar de «Cafetera»; la más singular del rebaño de cabras de cuando escapó hacia Eduardo y de los ladrones que robaron los animales cuando vivían en Las Cabezas de San Juan. En relación fue un placer contemplar la temperamental idiosincrasia de la mencionada joven, pero no sé …comencé a sentirme nervioso, y a la vez cautivado por un inmenso frío. Y es que súbitamente la humedad bañó la casa, tal que así nublado el cielo pareció entrar silente por la ventana: El rocío en el cristal deslizaba cual mejilla, la emoción del alma herida cuando pude comprobar. Comprobar allí por suerte la experiencia más ‘inerme’; comprobar que aquella joven …sería mi abuela Mercedes.!

    Al instante más distante de una noche al infinito, desperté de lo profundo en el mayor de los silencios. No lograba comprenderlo; todo había sido un sueño; tan maravilloso como inconcebible, …sólo pues un bello sueño. Luego pasaron horas de calado pensamiento; reflexión tras la quimera del austral amanecer: cuanta historia por escribir de futuro ayer incierto, de mustia rosa sin abrir cuando sólo había «invierno». De repente quedo atónito al verme manchado de sangre, tras lo cual atiendo a un leve dolor en mi brazo izquierdo. Cual es mi sorpresa cuando observo con estupor aquella herida por la caída (¿?); aquella «magulladura de sangre» que me deja consternado, …consternado, …consternado, …consternado, …consternado.
    Hasta aquí el relato del árido periodo al cual hago tan modesta referencia (1940-1945), sobre la base de todo aquello vivido en el pasado para con la posible empatía que sugieran las palabras. Ardua tarea la de reflejar y transmitir con ellas un tiempo más que difícil también en nuestra Dos Hermanas. Sincero pretexto («la calle Campoamor») para homenajear así de nuevo, a todo aquel nazareno que ‘se fue para nunca más volver’. Otra pudo ser la calle y otros muchos los protagonistas, …mayoría oriundos de una misma tierra; la del sueño roto derramado en el camino, la de bucólica estampa y tan añeja semblanza.

    Mi agradecimiento a D. José Romero García y a D. Manuel Sánchez Reyes.
    Dos Hermanas, 22 de abril de 2009
    …70 años después.

     

  • La calle Campoamor (I)

    2401Dos Hermanas, 1940-1945

    Hoy me presta su memoria quien antaño fue testigo, la razón de cuanto escribo de la «Calle Campoamor». Alusión literaria entonces para el reconocimiento de los poetas en Dos Hermanas; nombre recuperado en su caso tras la guerra civil española y en homenaje de nuevo al asturiano D. Ramón de Campoamor y Campoosorio, …sólo hasta hace unos años; en actual alusión a la heroína Dña. Clara Campoamor Rodríguez (luchadora nata del sufragio universal).

    1940 me sugiere imaginar una puerta en el tiempo, cruzarla y descubrir mi pueblo de ayer en «blanco y negro»; todo cuanto acontecía un día cualquiera entre los nazarenos de aquella época. Como ejemplo …la mencionada calle al azar elegida de entre las más antiguas del pueblo, como intención …la de brindar por nuestros antepasados; cuyo tesón y esfuerzo vencieron el periodo más difícil de nuestra historia reciente.

    De repente me siento extraño; nublado el pensamiento de un místico letargo. Me dispongo a descansar, pero sin mediar el sueño abro los ojos y me veo esquivando un carro por un camino de tierra. Tras la inquietante «polvareda» me aparece un niño de unos ocho años cuya oportuna «violencia» pudo apartarme y librarme del atropello, el mismo al que increpan y gritan «”Joselito, Joselito”,» al ritmo impetuoso de mis latidos. Todo queda en un susto agradecido junto a un simple «rasguño de sangre» en el brazo izquierdo por la caída, pero al levantarme complacido me angustia el comprobar que nadie podía verme; ni siquiera aquel «municipal» (excombatiente que integraba el nuevo cuerpo local).

    {xtypo_quote_left}Barrio del saco llamaban a la calle consecuencia de su uso cuando llovía{/xtypo_quote_left}

    De pronto suspiré silbando el aire, tras comprobar que al menos José y Manuel sí que me veían. Me refiero a Manuel; un zagal de unos 12 años que venía en bicicleta  desde «Maestre», aquel dispuesto a socorrerme parando junto a Joselito»; el pequeño héroe que tal cual seguidilla tiraba y tiraba de mi (obnubilado) pues aún corríamos peligro entre las bestias y los carros. Y es que estábamos en «El Filato» junto a la carretera Sevilla-Cádiz (hoy Avenida de Andalucía); uno de los «puestos guarda consumo» para imposición de impuesto sobre todo producto o mercancía que llegase al pueblo, donde comenzaba la «Calle Campoamor. Adentrarnos en ella fue su empeño; mi paseo en el tiempo por un camino de grava y guijarro con aceras ya cementadas por Diputación; de tizo señaladas por un grupo de niñas que dejaban la comba para jugar al pique. Las casas …»de medio sitio» en su mayoría, bajos de blancos tapiales de cal, tierra y albero. Planas tejas y vigas al descubierto; sin techo raso en el interior, suelos de cemento o basto ladrillo que las mujeres fregaban con un trozo de saco.

    {xtypo_quote_right}La idiosincrasia de un pueblo sencillo y humilde llevado al extremo de la posguerra{/xtypo_quote_right}

    Precisamente «barrio del saco» llamaban a la calle y su contorno, consecuencia al parecer de quienes se tapaban con uno cuando llovía. Ruda pero sana inclemencia para con un vecindario sin medios; faltos de cualquier buena nueva. Por no tener, ni luz eléctrica tenían; valiéndose de candilejas de aceite cuya torcía de algodón» encendían para iluminarse, y en algunos casos; …de aquellos quinqués de petróleo con graduación tras prender la «torcía de lona» que tanto tiznaba. Para refrigerar usaban tinajas de barro (botijos para el agua), mientras que para lavar; las mujeres lo hacían sobre refregadores de madera en pilas de piedra junto a los patios (lavaderos), mediante pastillas de jabón o la llamada clarilla: lejía» de aquella que resultaba tras el asiento de las cenizas del carbón en el agua; sobrante de los hornillos donde cocinaban, o de las «copas de cisco picón» con las que se calentaban en invierno. En cualquier caso usaban agua de pozo (de medianera o de aquellos particulares en su mayoría), pues tampoco había red alguna de abastecimiento público. No obstante Manuel «el aguaó» (apodo que aún conserva su familia), pasaba con frecuencia con una «pipa»; un bocoy o barril de agua potable que abastecía de cántaros a quien le compraba (10 céntimos de real la perra gorda, 5 la chica,…), como solución a los casos de insalubridad.

    {xtypo_quote_left}La calle era un camino de grava y guijarro con aceras ya cementadas por Diputación{/xtypo_quote_left}

    En fin, meritoria forma de vida (testimonial experiencia) que tanto llamaría mi atención; hasta de como y cuando la gente dejaban las puertas abiertas. Curiosa costumbre a interpretar con independencia de la seguridad que percibieran; en el hogar cuya necesidad quizás, facilitaba aún más la hospitalidad innata; la idiosincrasia de un pueblo sencillo y humilde llevado al extremo por la posguerra latente; la misma que pude comprobar en las casas que visitamos, así como al oír un grupo de críos acudiendo al llamado «comedor del gobierno» (corrían «los años del hambre»). Tras la emotiva observación continué paseando, triste pero embelesado aún; por suerte y por la peculiaridad en todo: curtida ropa de patén y demás vestimentas de la gente inclusive, también la de José «el basurero» (José «el Melaguillo»); durante el tiempo en que desempeñó dicho trabajo con su carrillo recogiendo los residuos de alimentos en su mayoría, para luego llevarlos a los terrenos de Alfonsito el de Justo» donde hacían abono para la siembra a partir de lo recogido: basura que también muchos quemaban en los corrales si es que allí los habituales animales de labor no se la comían antes, y es que la mayoría de las viviendas tenían alguno.

    {xtypo_quote_right}Ni luz eléctrica tenían y usaban agua del pozo o la compraban a Manuel “el aguaó”{/xtypo_quote_right}

    No hacía frío ni calor; sol inocuo tono sepia. De pronto me deslumbran los gajos de luz; no más que al paso de una guapa muchacha que saludaba a mi joven guía y amigo; fue cuando recordé que a mí nadie podía verme. Prendado me giré siguiéndola con la mirada hasta entrar en el número 11 si no mal recuerdo; sorprendido en demasía por cuanto me recordaba su voz, planta y figura. Por el momento José no me dijo nada de ella, por lo demás… insistía en que ahora me asomara a la esquina; en que viera el entorno de su calle (las afueras del pueblo entonces), pues ya estábamos al extremo y final de la misma. A la derecha el barrio «La Jarana», por donde él y sus amigos cruzaban para bañarse en la Cantera de Crespo»; allá por Cantaelgallo», y es que los periodos largos de lluvia la convertían en un inmenso «manantial». Me señaló a lo lejos la choza de Manuel «el Gitano» (esquilador); en la que fuera «esquina de Pilongo» con los años, a partir de la cual todo era campo entonces; donde la «Cantera del Ratón»: fuente igual de material para la construcción de la época (albero y cal de las piedras que deshacían en los hornos). Ya mirando al centro me citó la «Calle del Rey» (hoy «Calle Santa Elvira»); cuyo negocio de compra y venta (el del apodado «el Rey»), superaba el de cualquier chatarrería que se le pareciera. Por último a la izquierda en la esquina de enfrente: la barbería de «Manolito el de la Gili»; donde aún hoy la tienda de Antonio López, mientras que más allá estaba la vivienda y taberna (trasladada luego a la carretera) de «Currillo Márquez» (sobrino del que fuera Rafalito el del vino») junto a Dolores «la Lucera» (tía del joven Manuel); …en la prolongación de la «Calle San Sebastián» (hoy Cristo de la Veracruz») la cual nos acercaba al centro de Dos Hermanas. Ya de nuevo en Campoamor», volví siendo ilustrado por la relación ordenada de vecinos que allí vivieron:

    Manuela Cala, Ana «la del Vino», Pepa «la del Monda» y su cuñado, «Chaparrejo», «Aguilita», Andrés (primo de «Joselito») y su esposa Rosario (hija de Jesús «el Carpintero» de la calle San Fernando), Juan Llero, Valme «la Pataslargas» y su madre,»El Paquino», Carmen «la del Melero», La Lebrijana», «El Lucero» y su esposa María «la del Lico» (tíos del joven Manuel y padres de Alfredo el de la semillería), Juan el de Algodonales» y su esposa Mariana», «El tío Camuñas», María «a Molondra», Pastora la Miñota» (la madre del soldao») a quien mataron marido («Caserón») y dos hijos durante «el movimiento», Alberto y luego «los Beni» (Benito Cordero), Isabel «la de Mena», María «la Chapina», «El Niño Mena», «los Capirote», Manolo «el Pitaco» y su esposa Isabel «la Pitaca», Encarna, María la Pavera», Carmen «la del Carrero», «Joselito el de Utrera», el Romanito», «el Yunquerano» y su esposa Marcela, Isabel «la ligera», Gertrudis (cuñada de María «la de Callejo» (tía de José)), Velmira y su esposo Manolillo el de la Menúa», el Cabañiz •••

    (Continuación)

     

  • La calle Campoamor (I)

    2401Dos Hermanas, 1940-1945

    Hoy me presta su memoria quien antaño fue testigo, la razón de cuanto escribo de la «Calle Campoamor». Alusión literaria entonces para el reconocimiento de los poetas en Dos Hermanas; nombre recuperado en su caso tras la guerra civil española y en homenaje de nuevo al asturiano D. Ramón de Campoamor y Campoosorio, …sólo hasta hace unos años; en actual alusión a la heroína Dña. Clara Campoamor Rodríguez (luchadora nata del sufragio universal).

    1940 me sugiere imaginar una puerta en el tiempo, cruzarla y descubrir mi pueblo de ayer en «blanco y negro»; todo cuanto acontecía un día cualquiera entre los nazarenos de aquella época. Como ejemplo …la mencionada calle al azar elegida de entre las más antiguas del pueblo, como intención …la de brindar por nuestros antepasados; cuyo tesón y esfuerzo vencieron el periodo más difícil de nuestra historia reciente.

    De repente me siento extraño; nublado el pensamiento de un místico letargo. Me dispongo a descansar, pero sin mediar el sueño abro los ojos y me veo esquivando un carro por un camino de tierra. Tras la inquietante «polvareda» me aparece un niño de unos ocho años cuya oportuna «violencia» pudo apartarme y librarme del atropello, el mismo al que increpan y gritan «”Joselito, Joselito”,» al ritmo impetuoso de mis latidos. Todo queda en un susto agradecido junto a un simple «rasguño de sangre» en el brazo izquierdo por la caída, pero al levantarme complacido me angustia el comprobar que nadie podía verme; ni siquiera aquel «municipal» (excombatiente que integraba el nuevo cuerpo local).

    {xtypo_quote_left}Barrio del saco llamaban a la calle consecuencia de su uso cuando llovía{/xtypo_quote_left}

    De pronto suspiré silbando el aire, tras comprobar que al menos José y Manuel sí que me veían. Me refiero a Manuel; un zagal de unos 12 años que venía en bicicleta  desde «Maestre», aquel dispuesto a socorrerme parando junto a Joselito»; el pequeño héroe que tal cual seguidilla tiraba y tiraba de mi (obnubilado) pues aún corríamos peligro entre las bestias y los carros. Y es que estábamos en «El Filato» junto a la carretera Sevilla-Cádiz (hoy Avenida de Andalucía); uno de los «puestos guarda consumo» para imposición de impuesto sobre todo producto o mercancía que llegase al pueblo, donde comenzaba la «Calle Campoamor. Adentrarnos en ella fue su empeño; mi paseo en el tiempo por un camino de grava y guijarro con aceras ya cementadas por Diputación; de tizo señaladas por un grupo de niñas que dejaban la comba para jugar al pique. Las casas …»de medio sitio» en su mayoría, bajos de blancos tapiales de cal, tierra y albero. Planas tejas y vigas al descubierto; sin techo raso en el interior, suelos de cemento o basto ladrillo que las mujeres fregaban con un trozo de saco.

    {xtypo_quote_right}La idiosincrasia de un pueblo sencillo y humilde llevado al extremo de la posguerra{/xtypo_quote_right}

    Precisamente «barrio del saco» llamaban a la calle y su contorno, consecuencia al parecer de quienes se tapaban con uno cuando llovía. Ruda pero sana inclemencia para con un vecindario sin medios; faltos de cualquier buena nueva. Por no tener, ni luz eléctrica tenían; valiéndose de candilejas de aceite cuya torcía de algodón» encendían para iluminarse, y en algunos casos; …de aquellos quinqués de petróleo con graduación tras prender la «torcía de lona» que tanto tiznaba. Para refrigerar usaban tinajas de barro (botijos para el agua), mientras que para lavar; las mujeres lo hacían sobre refregadores de madera en pilas de piedra junto a los patios (lavaderos), mediante pastillas de jabón o la llamada clarilla: lejía» de aquella que resultaba tras el asiento de las cenizas del carbón en el agua; sobrante de los hornillos donde cocinaban, o de las «copas de cisco picón» con las que se calentaban en invierno. En cualquier caso usaban agua de pozo (de medianera o de aquellos particulares en su mayoría), pues tampoco había red alguna de abastecimiento público. No obstante Manuel «el aguaó» (apodo que aún conserva su familia), pasaba con frecuencia con una «pipa»; un bocoy o barril de agua potable que abastecía de cántaros a quien le compraba (10 céntimos de real la perra gorda, 5 la chica,…), como solución a los casos de insalubridad.

    {xtypo_quote_left}La calle era un camino de grava y guijarro con aceras ya cementadas por Diputación{/xtypo_quote_left}

    En fin, meritoria forma de vida (testimonial experiencia) que tanto llamaría mi atención; hasta de como y cuando la gente dejaban las puertas abiertas. Curiosa costumbre a interpretar con independencia de la seguridad que percibieran; en el hogar cuya necesidad quizás, facilitaba aún más la hospitalidad innata; la idiosincrasia de un pueblo sencillo y humilde llevado al extremo por la posguerra latente; la misma que pude comprobar en las casas que visitamos, así como al oír un grupo de críos acudiendo al llamado «comedor del gobierno» (corrían «los años del hambre»). Tras la emotiva observación continué paseando, triste pero embelesado aún; por suerte y por la peculiaridad en todo: curtida ropa de patén y demás vestimentas de la gente inclusive, también la de José «el basurero» (José «el Melaguillo»); durante el tiempo en que desempeñó dicho trabajo con su carrillo recogiendo los residuos de alimentos en su mayoría, para luego llevarlos a los terrenos de Alfonsito el de Justo» donde hacían abono para la siembra a partir de lo recogido: basura que también muchos quemaban en los corrales si es que allí los habituales animales de labor no se la comían antes, y es que la mayoría de las viviendas tenían alguno.

    {xtypo_quote_right}Ni luz eléctrica tenían y usaban agua del pozo o la compraban a Manuel “el aguaó”{/xtypo_quote_right}

    No hacía frío ni calor; sol inocuo tono sepia. De pronto me deslumbran los gajos de luz; no más que al paso de una guapa muchacha que saludaba a mi joven guía y amigo; fue cuando recordé que a mí nadie podía verme. Prendado me giré siguiéndola con la mirada hasta entrar en el número 11 si no mal recuerdo; sorprendido en demasía por cuanto me recordaba su voz, planta y figura. Por el momento José no me dijo nada de ella, por lo demás… insistía en que ahora me asomara a la esquina; en que viera el entorno de su calle (las afueras del pueblo entonces), pues ya estábamos al extremo y final de la misma. A la derecha el barrio «La Jarana», por donde él y sus amigos cruzaban para bañarse en la Cantera de Crespo»; allá por Cantaelgallo», y es que los periodos largos de lluvia la convertían en un inmenso «manantial». Me señaló a lo lejos la choza de Manuel «el Gitano» (esquilador); en la que fuera «esquina de Pilongo» con los años, a partir de la cual todo era campo entonces; donde la «Cantera del Ratón»: fuente igual de material para la construcción de la época (albero y cal de las piedras que deshacían en los hornos). Ya mirando al centro me citó la «Calle del Rey» (hoy «Calle Santa Elvira»); cuyo negocio de compra y venta (el del apodado «el Rey»), superaba el de cualquier chatarrería que se le pareciera. Por último a la izquierda en la esquina de enfrente: la barbería de «Manolito el de la Gili»; donde aún hoy la tienda de Antonio López, mientras que más allá estaba la vivienda y taberna (trasladada luego a la carretera) de «Currillo Márquez» (sobrino del que fuera Rafalito el del vino») junto a Dolores «la Lucera» (tía del joven Manuel); …en la prolongación de la «Calle San Sebastián» (hoy Cristo de la Veracruz») la cual nos acercaba al centro de Dos Hermanas. Ya de nuevo en Campoamor», volví siendo ilustrado por la relación ordenada de vecinos que allí vivieron:

    Manuela Cala, Ana «la del Vino», Pepa «la del Monda» y su cuñado, «Chaparrejo», «Aguilita», Andrés (primo de «Joselito») y su esposa Rosario (hija de Jesús «el Carpintero» de la calle San Fernando), Juan Llero, Valme «la Pataslargas» y su madre,»El Paquino», Carmen «la del Melero», La Lebrijana», «El Lucero» y su esposa María «la del Lico» (tíos del joven Manuel y padres de Alfredo el de la semillería), Juan el de Algodonales» y su esposa Mariana», «El tío Camuñas», María «a Molondra», Pastora la Miñota» (la madre del soldao») a quien mataron marido («Caserón») y dos hijos durante «el movimiento», Alberto y luego «los Beni» (Benito Cordero), Isabel «la de Mena», María «la Chapina», «El Niño Mena», «los Capirote», Manolo «el Pitaco» y su esposa Isabel «la Pitaca», Encarna, María la Pavera», Carmen «la del Carrero», «Joselito el de Utrera», el Romanito», «el Yunquerano» y su esposa Marcela, Isabel «la ligera», Gertrudis (cuñada de María «la de Callejo» (tía de José)), Velmira y su esposo Manolillo el de la Menúa», el Cabañiz •••

    (Continuación)

     

  • 1975. Un vecino de Dos Hermanas, condenado a 18 años de cárcel por apuñalar a su esposa

    1501El individio, en estado de ansiedad por creer ser el delator de El Lute, había bebido varias copas de aguardiente

    La Sección Tercera de la Audiencia Provincial de Sevilla ha condenado a una pena de 18 años de prisión a un vecino de Dos Hermanas, de 33 años, autor de un delito de parricidio el pasado 15 de marzo de 1975. La sentencia del juez considera probado que el procesado, tras una discusión con su esposa, la persiguió con una navaja en un olivar cercano al edificio de los Huérfanos Ferroviarios, donde la alcanzó asestándole varias puñaladas que le provocaron la muerte.

    Según reza el auto del juez, el acusado, adicto al alcohol, sentía una gran angustia por creer haber sido el delator de “El Lute”. En el día de los hechos, estaba obsesionado con la idea de que su esposa, su padre y otro familiar le habían suministrado una droga, hecho por el que incluso los denunció a la Policía. Al sufrir cefaleas y malestar general, visitó a su médico, que le recetó tranquilizantes y antiepilépticos. No quiso tomárselos, y durante toda la mañana del día 14 deambuló por los bares del centro de Dos Hermanas, tomando varias copas de aguardiente.  Su esposa lo localizó a las cinco de la tarde y, con uno de sus cuatro hijos en brazos, intentó llevarlo al domicilio conyugal.

    Él, sin embargo, se dirigió al citado edificio abandonado, donde se agrió la discusión. Ante dos testigos, intentó estrangular a su esposa, a la que creía culpable de todos sus males. Fue en ese momento cuando éste sacó una navaja y ella emprendió la huida, dejando al bebé bajo la lluvia y produciéndose el trágico desenlace. El procesado, tras deambular por el campo, fue detenido a las 0:50 horas.

  • 1912. El torero de moda, en nuestro pueblo

    1603Manolo Mejías, conocido con el nombre artístico de “Manolo Bienvenida”, ha elegido nuestro pueblo (donde el torero posee una finca de recreo) para pasar unos días de descanso antes del comienzo de la temporada taurina. Periodistas gráficos de la prensa madrileña han venido hasta nuestro pueblo para realizar una entrevista al diestro, que en esta fotografía posa de manera relajada junto a su esposa.