Etiqueta: el evangelio

  • Qué hermosa es nuestra fe

    Qué hermosa es nuestra fe

    (Mt 11, 25-30) QUÉ HERMOSA es nuestra fe. Contemplamos a los grandes de la tierra a bordo de grandes coches y de aviones privados a costa del sudor de los más débiles; y el Señor del cielo y la tierra entra en la historia a lomos de un burrito como príncipe de la paz, aclamado por los niños. ¿A quién podía ocurrírsele sino a Dios? Ya hizo que su hijo viniera a este mundo en un pobre pesebre compartiendo su suerte con los que no éramos nada, hasta que él nos hizo hijos del Padre.

    Contemplamos en los evangelios a los primeros discípulos de Jesús saliendo por las aldeas de Galilea, nerviosos y dubitativos, y no podríamos sospechar que era el mismo Espíritu De Dios el que los guiaba. Jesús mismo se llenó de la alegría del Espíritu cuando se lo contaban. Contemplamos en nuestra vida pequeñas victorias sobre nuestro egoísmo y nuestra cobardía y sabemos que es Dios mismo el que va aquilatando nuestro corazón con el fuego de su amor.

    Qué hermosa es nuestra fe que descubre en lo pequeño y aparentemente insignificante la presencia de un Dios que es amor. El amor no nos da nada y nos lo da todo, nos regala todo un mundo compartido en el que vivir en cualquier circunstancia la plenitud. Qué hermoso y qué bello es Nuestro Señor Jesucristo; sin él nada tiene peso verdadero; a él podemos ir los que estamos cansados y agobiados y encontrar en él nuestro descanso.

  • Esperanza viral

    (Lucas 24, 13-35 ) ¿Vivimos este tiempo de corona-virus apesadumbrados o dando esperanza? El Evangelio es siempre fuente de esperanza. Jesucristo es la esperanza concreta y última de nuestra existencia. Así pues, nosotros, ¿cómo podemos vivir esperanzados y dando esperanza a los nuestros? Quizás para ello tengamos que aprender de Jesús.

    Iban dos discípulos, apesadumbrados y desesperanzados, huyendo de Jerusalén por el camino de Emaús; y Jesús Resucitado en persona se puso a caminar con ellos. Cuando se separó de estos dos discípulos su espíritu había cambiado; estaban llenos de esperanza y querían compartirla con los otros. ¿Qué les había ocurrido? ¿Cómo pudo Jesús cambiar tan radicalmente su manera de afrontar la vida y las dificultades?

    Lo primero que hizo fue acompañarlos, preguntarles, escucharlos. Lo segundo recriminarles su torpeza: ya tenían que saber que la cruz iba a llegar; ya teníamos que saber que nuestro poder de controlar las fuerzas de la naturaleza es muy limitado, y que viviendo sin responsabilidad y eligiendo a gobernantes irresponsables, los problemas se agravan y se enquistan; también teníamos que saber que la vida, y la vida de cada persona es algo precioso, a cuidar, a valorar y a disfrutar siempre…

    Pero se lo iba diciendo de una manera que en vez de entristecerlos o de llenarlos de culpa o de rabia, les iba despertando la esperanza de  poder rectificar y de vivir con la serenidad y la responsabilidad, con la cercanía y el afecto que antes les había faltado. Y cuando compartió con ellos el pan de vida, aquellos discípulos volvieron a Jerusalén testimoniando su resurrección, que la esperanza, incluso en dificultad, es necesaria.

  • Tiempo de Sábado Santo

    (Juan 20, 1-9) Eran tiempos revueltos, los romanos no tenían grandes problemas en crucificar a otros cuantos más o en hacer alguna pira humana. Los apóstoles y el resto de los discípulos de Jesús estaban asustados, y con razón.

    Las mujeres tenían más tolerancia de movimientos. Pero cuando María de Magdala les contó que el sepulcro estaba vacío, Pedro y Juan no dudaron en ir corriendo a verlo con sus propios ojos. Era cierto, la tumba estaba vacía, pero a él no lo vieron. Era tiempo de espera.

    Como el nuestro, tiempo de enclaustramiento por el temor y la prudencia; tiempo, también, de esperanza. Del Viernes Santo a la Vigilia de Resurrección los creyentes vivimos un tiempo especial de silencio sereno, de espera esperanzada, de acoger las heridas del Señor.

    Nos dice el Credo de los Apóstoles que Cristo bajó a los infiernos para rescatar de su oscuridad y de la ausencia de la visión de Dios a nuestro primer padre Adán, y con él a toda la humanidad. No sólo a la humanidad empecatada, sino a todos los justos, como el propio José, su padre, o a los profetas.

    Muchos dicen que habrá un antes y un después de este periodo de confinamiento; que este tiempo a todos nos hará pensar… Permítanme ser un poco escéptico. Si agotamos este tiempo encadenados al whatsapp y a un sinfín de series, ¿qué cambio podemos esperar? Baja a tus infiernos,  aprovecha este tiempo para cambiar la manera que tienes de relacionarte con tu pareja, con tus hijos, con los tuyos; baja a tus infiernos, combate tus demonios, rescata lo mejor que hay en tu corazón.

    Allí te espera la alegría de Abraham, de José de Nazaret, de Isaías y Jeremías al ver sus mayores esperanzas cumplidas en Jesucristo Resucitado.

  • Preguntas por whatsapp

    (Juan 11, 1-45) Me preguntas, Rudy, el porqué de esta situación de epidemia que estamos viviendo. Sólo te puede decir que no lo sé. Sí sé que no es ningún castigo de Dios, como si Dios Padre hiciera sufrir y morir a alguno de sus hijos para que otros se convirtieran de sus pecados. Ese no es el Padre de misericordia y Dios de todo consuelo que nos enseña el Evangelio.

    El Señor siempre está al lado del que sufre y al lado del que ayuda al que sufre. No es un Dios en las alturas, es un Dios encarnado, pasó por un hombre cualquiera de un pueblo pequeño y oprimido.

    Pero, ciertamente, algunas cosas nos pasan porque pensamos que vivimos en “los mundos de Yupi”; que con ideas ingenuas y buenas intenciones todo se arregla; que las imprudencias que hacemos nunca van a recaer sobre nosotros. Vivimos en una sociedad adolescente, comenzando por los políticos que nos gobiernan; en parte, estamos pagando su imprudencia y su ineficacia.

    Esto, no nos aclara por qué hay virus y por qué hay mal en el mundo. Eso es un misterio. Pero sí nos pone en guardia para que no vivamos como si todo dependiese de nuestra omnímoda voluntad. Muchas veces nuestros errores no tienen “marcha atrás”.

    Pero lo que nunca tiene ocaso ni merma es la voluntad de Dios de darnos su vida siempre nueva. Quizás nuestro pecado no sea reparable, pero sí tiene perdón, porque Jesucristo lo ha asumido y lo ha perdonado. En su cruz nuestro pecado y nuestra muerte han sido vencidas. Así que, debemos vivir con toda la lucidez y la prudencia posible; pero podemos vivir con una profunda confianza que llenará nuestra vida con una luz que nos hará mirar siempre el futuro con esperanza.

  • La mediocridad no es camino

    (Mateo 5, 38-48) NO HAY CAMINO intermedio, o buscamos la santidad, o viviremos en el infierno. La gran tentación de todos nosotros es la mediocridad; buscar una posición que ni nos haga parecer egoístas, ni comprometa nuestra comodidad o nuestro estatus; querer vivir sintiéndonos cristianos pero sin querer aprender como discípulos del Maestro. Es una posición que se acerca a la hipocresía sin serlo del todo porque se define más por cobardía.

    Y no es una tentación solo para los cristianos, y en nuestra vida de fe; es un engaño –que eso significa tentación- que está presente en todo lo que merece la pena; en todo amor que puede plenificar a la persona. Amar sin entregarnos, ser padres a tiempo parcial, amigos de los que no se complican la vida… Todos conocemos lo que significa este nadar y guardar la ropa, que cuando se trata del amor, de la amistad, de la confianza es simplemente un engaño.

    Y no se trata de lo que haces, sino de la actitud vital, interior, profunda con la que vives. Puedes tener una vida sencilla: tu familia, tus niños, tu trabajo, tu tarea en la parroquia o en alguna asociación, que vas compaginando como puedes, con tus momentos de descanso y de reposo…; y viviendo profundamente el amor de Dios cada instante de tu vida. Tampoco se te exige que nunca te equivoques, sino en que vivas en clave de entrega y de donación, de ofrenda y de acción de gracias.

    La clave está en vivir desde lo que acojas como voluntad de Dios. No te olvides que los egoísmos pactados y compartidos nunca llegan a ser amor, y te dejarán helado el corazón.

  • Una sed sin nombre

    (Marcos 10,17-30) Cuando tenemos sed de agua, buscamos dónde beber. Cuando sentimos hambre de alimentos, buscamos qué comer. Incluso cuando sentimos la sed honda de ser amados y acariciados por alguien, buscamos con nuestros ojos otros ojos que nos estén mirando. Pero cuando la sed no tiene nombre, no sabemos dónde ir para saciarla.

    Todos sentimos, a veces, esa sed sin nombre ni destino. Cuando los ruidos cesan en nuestra vida, cuando la insatisfacción nos hace entrar en el cuarto de nuestra soledad, nos percatamos de que la inquietud que sentíamos, sin ser conscientes del todo, es esa sed de sentido, esa llamada, que nos hace ser.

    En el evangelio, un hombre se acercó a Jesús y le preguntó qué hacer para heredar la vida eterna. Cumplía los mandamientos de Moisés desde su juventud; ¿a qué venía esa pregunta?, ¿por qué sentía esa inseguridad? Simplemente se hizo consciente de la sed sin nombre que habita en todos nosotros y que nos abre a la inmensidad en la que anhelamos vivir en plenitud.

    La sed sin nombre nos remite siempre a rostros concretos con los que compartir nuestra vida. En la contradicción que somos, el Innombrable nos devuelve a los nombres cotidianos y concretos, a los rostros sencillos y sufrientes de quienes nos rodean. Nos devuelve a los nombres de Palmira, de Kevin o Fátima; de Carmen, de Samuel o de Sandra. Nos devuelve a sus rostros y a sus vidas con la inquietud de entregarnos sin reservas, buscando sólo su bien; renunciando a lo que ya no tiene valor porque hemos encontrado ya la fuente que aquella sed calma.

  • Motivos para confiar

    (Juan 24, 35-48) NOS CUENTA el evangelio de Lucas que la resurrección de Jesús fue una sorpresa tan grande para los discípulos que aun teniéndolo a su lado, aun estando hablándoles, tenían dudas y no terminaban de creerlo del todo. Ante esas dudas Jesús los invita a tocarlo, a abrazarlo, y quiere comer con ellos. Lo que las palabras no pueden conseguir, un abrazo fraterno, una comida de amigos lo puede lograr. Gracias a Dios no somos sólo seres racionales, sino también seres con piel y corazón. (más…)