Etiqueta: discípulo

  • Un hombre entregado

    (Pasión según san Marcos) JESUCRISTO fue un hombre feliz, profundamente feliz. Pero cuando tuvo que sufrir no se echó atrás, afrontó la cruz.

    La cruz de Cristo es, para nosotros, símbolo de todos nuestros sufrimientos; de toda clase de sufrimientos. Pero es también signo de salvación. La cruz es signo del discípulo de Cristo.

    Un amor que no asume la cruz es un amor inmaduro, egoísta; el amor de quien sólo se busca a sí mismo. Sin disposición de cargar con la cruz no hay capacidad de perdón, ni de compromiso duradero y eficaz. De quien no tiene disposición para asumir la cruz no podemos fiarnos. Puede parecerte una expresión dura, pero es verdad.

    En nuestras debilidades, en la enfermedad, en las dificultades de nuestra misión hemos de cargar con nuestra cruz y seguir a Jesucristo. Eso es ser cristiano.
    La cruz es también la salvación, la gloria. Ahonda los cimientos de nuestra persona como ninguna otra experiencia puede hacerlo. Es fuente de paz, cuando conscientemente la asumimos, como no lo puede ser ningún ejercicio de relajación impostada. Por su capacidad de sacrificio glorificamos a Dios por las personas que nos han dado la vida.

    Quien retrocede ante la cruz cuenta, como mucho, con nuestra comprensión. Quien se mantiene fiel en ella se convierte en referente para todos los que lo conocen.
    ¿Quién merecerá tu sacrificio? ¿Quién te hará crecer hasta la gloria de la entrega? ¿Qué tarea, qué misión, qué servicio, qué vocación te hará entregar la vida hasta hacer de ti una persona plena, auténtica, verdadero discípulo de Cristo?

  • La verdad es sinfónica

    (Juan 10, 27-30) La verdad es sinfónica, no monocorde. No hay nada más aburrido, ni agobiante, que una música que repite machaconamente ritmo y melodía sin parar. La belleza de una pieza de música está en armonizar “frases” melódicas distintas y la diversidad sonora de distintos instrumentos musicales. Por muy bueno que sea el solista, aun si de Plácido Domingo se tratara, si no calla para que podamos escuchar los instrumentos de viento, o el coro de violines, o simplemente el silencio que ordena rítmicamente y va dando pauta a la composición, su voz sería monótona y cansina. ¿Por qué te empeñas, entonces, en hablar y hablar sin escuchar la interpelación que los otros te ofrecen?

    Jesucristo, el Señor, te habla al corazón. A veces desde los principios que te has amasado lenta y laboriosamente. A veces desde los más cercanos que te animan y te apoyan. Otras veces desde los más pobres, que no sólo son presencia de Dios que te pide conversión, sino sujetos de evangelización. Otras desde los que, sin estar de acuerdo contigo, plantean alternativas o, incluso te critican. El discípulo nunca se abroga la sabiduría del maestro. Y los cristianos somos siempre discípulos; todos. Por mucha experiencia y años que tengas en la vida; por mucha razón que tengas en muchas cosas.

    Mira qué hermoso lo que el propio Jesucristo dice de ti: “Mi discípulo escucha mi voz, y yo lo conozco, y me sigue, y yo le doy la vida plena y definitiva”. Es verdad que vendrán momentos duros, en los que tantos ruidos nuestros y de los demás nos dejarán sordos. Pero Cristo nos promete que nadie nos arrebatará de su mano, porque es Dios y nos quiere.

    Todos tenemos que aportar nuestra melodía a la sinfonía de la verdad, que nadie te calle; pero que tu silencio te permita escuchar la melodía de los otros, y sepas cuándo hace falta la dulzura de tu flauta travesera (o quizás seas un profundo violonchelo… o un brillante conjunto de trompetas).