Etiqueta: debilidad

  • Consistencia

    UNA PERSONA consistente: sólida, sensata, tenaz, prudente, que sabe resistir en las dificultades, que vive en coherencia entre lo que piensa, lo que siente y lo que dice, fiel a su palabra, que vive sin condenar porque sabe de la debilidad en carne propia.

    Para entregar la vida hace falta ser una persona consistente; una persona se puede donar porque es dueña de sí.
    Jesús de Nazaret, entre otras cosas que se pueden decir de él, fue una persona consistente. Por eso hasta en medio de la debilidad más extrema se convirtió en fuente de fortaleza para quien lo contemplaba; por eso hasta en medio de las tinieblas más densas se convirtió en luz.

    Toda la vida en tensión de Reino, fue tomando decisiones importantes en el momento que consideró oportuno: años silenciosos en Nazaret, comienzo de la evangelización en Galilea, la elección de los doce, la decisión de ir a Jerusalén, la convicción profunda de que su vida iba a ser cauce de salvación para muchos… Decisiones tomadas en libertad, sin apresurarse, sin temores paralizantes, sin otro interés que cumplir la voluntad del Padre. Supo desde el principio que no iba a arreglarlo todo, ni siquiera intentó –en un empeño activista- “hacer todo lo que estaba en su mano”, sólo quiso vivir la llamada que Dios Padre lo constituía en su Hijo, el Primogénito de todos los hermanos.

    Jesús de Nazaret fue una persona consistente, recia y dulce a la vez, lúcida y utópica, en entrega radical a la llamada del Padre. Al contemplarlo nuestra vida se ilumina con esa consistencia que nos falta; de la coherencia que se nos pide; de la serenidad que nos hace vivir en esperanza, incluso en el de sierto.

  • Abdelasis

    (Mateo 18,16-20) Hablaba hace tiempo con un amigo marroquí, Abdelasis, un joven venido a España a ganarse la vida vendiendo alfombras y otros enseres por las calles. Abdelasis es sincero creyente musulmán; me comentó que nosotros creíamos en Jesucristo lo mismo que ellos creían en Mahoma, pero que la fe cristiana y la musulmana eran parecidas.

    Yo le comenté que en muchos aspectos nuestras formas de ver a Dios son semejantes, pero que había una diferencia importante. Para vosotros, le dije, Alá está en lo más alto, Mahoma mucho más bajo que Él, un poco más alto que nosotros que estamos todavía más hacia abajo. Mi amigo musulmán me dio la razón. Pero nosotros, le continué explicando, pensamos que Dios está en lo más alto –y lo señalé con la mano izquierda levantada-, y que Jesucristo, siendo un hombre como nosotros, tiene la dignidad  misma de Dios –y fui ascenciendo la mano derecha desde abajo, donde estamos los hombres, hasta la altura de la otra mano-. Mi amigo Abdelasis se llevó sus dos manos a la cabeza sin poder creer que los cristianos cayéramos en semejante blasfemia.

    Y así es, a pesar de la debilidad en la que estamos constituidos, a pesar de nuestros pecados y  egoísmo, a pesar de nuestras cobardías y mediocridad, en el corazón humano Dios Padre puso la necesidad del amor, de un amor pleno, incondicionado, absoluto. Y la respuesta a esa necesidad es Jesucristo, un hombre como nosotros, pero que es fuente radical del amor mismo de Dios.

    Carnal, como nosotros; sufriente, como nosotros; necesitado de pan y de caricias, como nosotros. Y fuente de un amor tan pleno que ilumina, alienta y fortalece la debilidad de nuestro amor.

     

  • Dejarse encontrar

    (Juan 20,19-29) PENSAMOS QUE tenemos que buscar a Dios, y nos equivocamos. Pensamos que tenemos que encontrar a Cristo, y erramos en nuestra manera de afrontar nuestra fe y nuestra vida. Pensamos que nuestro esfuerzo es el que nos abre el camino de la vida, y solo cuando, cansados, nos abandonamos estamos en situación de ser encontrados.

    En la vida, el precio que tenemos que pagar por lo que da sentido  es tan grande que nunca podemos costearlo. No podemos comprar el amor verdadero, ni con dinero ni con sacrificados favores. El amor se nos regala gratuitamente o no es amor. No podemos comprar el aprecio de los demás, y si intentamos hacerlo nunca nos apreciarán de manera ajustada a los esfuerzos que hemos hecho para conseguirlo. Las sombras del victimismo y la inseguridad son alargadas, y oscurecen nuestra alma en cuanto nos quedamos solos.

    Los evangelios de estos domingos nos hablan de la experiencia de los discípulos con Cristo Resucitado.

    Tampoco los primeros discípulos pudieron forzar el encuentro con Cristo Resucitado. Lo único que hicieron algunos fue encerrarse en una casa, paralizados por el miedo, dándose un poco de ánimo unos a otros. En ese reconocimiento de la debilidad propia, en esa confianza en que la debilidad ajena puede ser nuestra propia fortaleza, Jesús de Nazaret se presentó en medio de ellos entregándoles una paz profunda, inédita.

    La fe es experiencia de encuentro con Dios; que nos encuentra en nuestra sorpresa por lo gratuito y lo inmerecido que llena la vida. Tener fe es dejar de correr y dejarse encontrar.

     

  • Nuestra debilidad

    (Marcos 6,1-6) LA IGLESIA es nuestra fuerza y nuestra debilidad. Por ella hemos recibido el don de las Bienaventuranzas, el don inmenso del relato de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús. A través de ella recibimos el perdón de Dios y el pan de la Eucaristía; a través de ella la experiencia de fe de los cristianos ha ido madurando y aquilatándose en los avatares de la historia. Ella nos ofrece unos testimonios de fidelidad al Evangelio tan lúcidos y preclaros que son capaces de mover montañas. Antes de ayer escuchaba una entrevista a un obispo africano, de origen español, que podía conmover a la persona más distante. Su nombre es Juan José Aguirre.

    Pero también nuestra debilidad es la Iglesia. Instituciones eclesiales colaborando con “la política del ladrillo”; sacerdotes concretos faltando gravemente a la dignidad de nuestro ministerio, llegando a comportamientos infames; prácticas pastorales que usan la manipulación y el poder del dinero; escándalos de intrigas y conspiraciones vaticanas; lejanía, por parte de las comunidades cristianas, de los más pobres, y olvido de una espiritualidad que sea vida de la persona… ¿Para qué seguir? Es como si tuviéramos clavado un aguijón en la carne de nuestro cuerpo eclesial. Es como si pudieran recordarnos, constantemente, las raíces vulgares y pecaminosas de nuestra estirpe. Es como si pudieran decirnos que somos “pueblo rebelde”, “hijos obstinados” que no nos merecemos tener como padre al Dios de la Vida y como hermano a Jesucristo.

    Todo esto es verdad. Las dos realidades están ahí. También tus virtudes y tus cobardías iluminan y ensombrecen a la Iglesia. Pero desde nuestra ambigüedad, desde nuestro “si y no” cotidiano podemos ofrecer la luz que la fe tiene para la humanidad. Jesucristo es nuestra esperanza. Jesucristo es esperanza de toda la humanidad. En medio de nuestra debilidad escuchamos, una vez y otra: “Te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad”.

  • Romper barreras

    (Juan 15, 9-17) UNO DE los signos más claros de que Cristo ha resucitado se realiza en la comunidad cristiana cuando los cristianos somos capaces de romper las barreras que en el mundo rompen la fraternidad y la comunión.

    Es difícil en estos tiempos tan polarizados por la política, a veces hasta con apelaciones guerracivilistas, pero cristianos con militancia en distintos partidos son capaces de compartir una misma fe y una misma lucha contra la pobreza y la exclusión.

    Fue complicado y nadie lo esperaba, pero personas de etnia gitana se convirtieron en catequistas apreciados, y niños de culturas distintas compartían juegos y oraciones en las catequesis, y tiendas de campañas y tareas comunitarias en los campamentos.

    Los jóvenes dejaron de decir: “las viejas esas…”, y descubrieron que eran personas llenas de sabiduría y fortaleza. Los mayores dejaron de juzgar a las jovencillas por el largo de su falda. Acabaron por saber los nombres unos de otros; unos valoraron el trabajo con los niños; los otros el acompañamiento a ancianos y enfermos. Se reconocieron como miembros de una misma comunidad, que en medio de su debilidad vivía la fe.

    De todos fue visto en el pasado agosto. Cientos de miles de jóvenes conviviendo, cantando, rezando, alegrándose unos de ver a los otros, formando entre todos un arco iris de banderas de todos los rincones del mundo, que sorprendía por la armonía y la comunión que se palpaba…

    Cuando la fe rompe fronteras tejiendo comprensión, alentando solidaridad e invitando a la  esperanza, en todos se enciende la llama de una sonrisa que expresa la gracia; y que a nadie deja indiferente porque es signo del amor cristiano.

     

  • Fe apostólica

    (Marcos 1, 29-39)LA PALABRA “apostólica” tiene en la teología cristiana honda resonancia. Nuestra fe es apostólica porque procede del testimonio de los apóstoles de que Jesucristo es el Señor, y de su resurrección de entre los muertos.

     

    También, nuestra fe es apostólica porque no brota de una idea o sentimiento, sino de la experiencia de vida de quien nos la entregó. La fe no se entrega de “cabeza a cabeza”, sino de “vida  a “vida, a través del testimonio personal. Pero esta expresión tiene otro sentido igual de importante. Una experiencia de fe es apostólica cuando no se vive pietista e individualmente, sino que se comunica a los otros, para que también ellos puedan acoger la gracia de que somos hijos de Dios, y compartir el reto de vivir como hermanos. Una fe expresada en oración y reflexión, por muy importantes que estas sean, pero sin compromiso cristiano con la evangelización y con la transformación del mundo, no es apostólica. 

    No tuvimos la oportunidad de creer porque los apóstoles organizaran bellas oraciones en Jerusalén o Galilea, ni porque cada día tuvieran un rato de oración personal. Creemos porque sintieron la llamada, del propio Jesucristo, a comunicar a toda persona que en la debilidad del crucificado estaba presente la fuerza y la sabiduría de Dios; porque sintieron la llamada a acercarse a todo el que sufriera, en su cuerpo o en su espíritu, y ofrecerle un signo de la ternura del Dios de la Vida.

    Hoy, y siempre, faltan apóstoles que vivan con fuerza la llamada de Jesucristo a extender la bienaventuranza del Reino, a proclamar con su vida y con su palabra que no somos esclavos sino hijos; que no tenemos que ganarnos el cariño, sino que nos quieren por lo que somos; que en nuestra debilidad y sufrimiento somos testigos de lo que, ahora, no podemos ni imaginar.

  • Fe apostólica

    (Marcos 1, 29-39)LA PALABRA “apostólica” tiene en la teología cristiana honda resonancia. Nuestra fe es apostólica porque procede del testimonio de los apóstoles de que Jesucristo es el Señor, y de su resurrección de entre los muertos.

     

    También, nuestra fe es apostólica porque no brota de una idea o sentimiento, sino de la experiencia de vida de quien nos la entregó. La fe no se entrega de “cabeza a cabeza”, sino de “vida  a “vida, a través del testimonio personal. Pero esta expresión tiene otro sentido igual de importante. Una experiencia de fe es apostólica cuando no se vive pietista e individualmente, sino que se comunica a los otros, para que también ellos puedan acoger la gracia de que somos hijos de Dios, y compartir el reto de vivir como hermanos. Una fe expresada en oración y reflexión, por muy importantes que estas sean, pero sin compromiso cristiano con la evangelización y con la transformación del mundo, no es apostólica. 

    No tuvimos la oportunidad de creer porque los apóstoles organizaran bellas oraciones en Jerusalén o Galilea, ni porque cada día tuvieran un rato de oración personal. Creemos porque sintieron la llamada, del propio Jesucristo, a comunicar a toda persona que en la debilidad del crucificado estaba presente la fuerza y la sabiduría de Dios; porque sintieron la llamada a acercarse a todo el que sufriera, en su cuerpo o en su espíritu, y ofrecerle un signo de la ternura del Dios de la Vida.

    Hoy, y siempre, faltan apóstoles que vivan con fuerza la llamada de Jesucristo a extender la bienaventuranza del Reino, a proclamar con su vida y con su palabra que no somos esclavos sino hijos; que no tenemos que ganarnos el cariño, sino que nos quieren por lo que somos; que en nuestra debilidad y sufrimiento somos testigos de lo que, ahora, no podemos ni imaginar.

  • Semilla de Gracia

    (Lucas 2,1-20) ¡Que los coros de campanilleros rompan a cantar en el silencio de la noche! ¡Qué todas las familias se reúnan en torno a la mesa maternal! ¡Qué las estrellas titilen alegres en el cielo! ¡Que en la tierra los hombres vivan primicias de la plenitud y la paz del cielo!

    ¿Quién se atrevía a pensar que el Creador del torbellino de luz que engendró el mundo podía nacer de mujer, y entregarnos su misericordia y su vida en el cuerpecito de un niño recién nacido? ¿Quién pudiera haber sospechado, siquiera, que la fuente de todas las riquezas y de toda la belleza, nacía en un tosco y pobre pesebre, compartiendo la suerte de los últimos del pueblo? ¿Quién puede dejar de asombrarse, y arrodillarse, ante el abismo de generosidad y entrega de un Dios, que busca hacerse hombre, para a los hombres salvar?

    Debajo de nuestra cáscara de autosuficiencia y fortaleza, todos lo sabemos, yace la debilidad que nos constituye, y que nos empuja a buscar en el otro las fuerzas para caminar. Nuestra debilidad es también nuestra fuerza. Mientras más débiles nos reconocemos, más sabemos que en el otro está nuestra verdadera vida. El Otro ya ha nacido, ya se ha hecho persona para que lo podamos contemplar, para que lo podamos ayudar, para que lo podamos besar y abrazar. El Otro ya ha nacido para mostrarnos el camino y caminar con nosotros hacia la plenitud del Padre.

    Los planetas, en su errante brillo, las estrellas reunidas en fuga de galaxias, los púlsares que destellan y se apagan, todos fueron creados para adornar la noche de Belén. Las flores de todos los continentes, los frutos de todas las especies, nacieron para hacer, del pesebre, hogar. ¿Quién puede ver al niño en brazos de su madre, en medio de tanta pobreza, y no llenarse de ternura, semilla de la gracia que Dios nos regala?