Etiqueta: creyentes

  • Llamados

    (Mateo 4, 12-23) LA PERSONA está hecha para creer en lo que la trasciende, en lo que es mayor que ella misma, mayor que sus propias ideas, mayor que sus propios logros, mayor que su propia vida. Las experiencias fundamentales que nos hacen vivir en realidad: el amar y ser amados, el decidir nuestro futuro, el crear algo nuestro con nuestras manos, el ver nacer y morir a nuestros seres queridos, el contemplar la belleza… todas estas experiencias nos hablan de lo que es mayor que nosotros mismos.

    Unas religiones ponen ese horizonte de trascendencia en la paz interior, en la búsqueda de una felicidad trascendente y suprema. Otras en la seguridad de cumplir unas normas procedentes de la voluntad de Dios, que limitan y ordenan toda la vida. La fe cristiana nace de una llamada, de la interpelación de un Dios Padre a cada uno de sus hijos. Una llamada que corta en seco la rutina y nos hace preguntar: “Señor, ¿qué quieres que haga?”.

    La vida, a creyentes y no creyentes, se nos vuelve a veces complicada. Los cristianos tenemos siempre el hombro amigo en el que llorar, la mano bondadosa que nos protege, la palabra que da sentido a nuestros sufrimientos; también, a Quien mira complacido nuestros logros; a Quien sonríe satisfecho con nuestras alegrías. La fe cristiana nace de un encuentro inesperado y, por así decirlo, “a traición”. Te llaman por tu nombre y sin  poder hacer otra cosa te detienes, y comienzas a tener tu vida en tus manos y a poder entregarla.

    “Ven conmigo” –nos dice-. No dice: “Estaré contigo”, sino “Ven a mi lado, para que vengas conmigo a estar con tu familia, a cansarnos en el trabajo, a buscar un mundo más justo, a sufrir en la cruz, a acoger la vida plena”.

     

  • Sociedad civil

    (Mateo 22, 15-22) La comprensión que Jesús de Nazaret tiene de la sociedad es profundamente realista, liberadora y actual. Sus parábolas nos muestran una mirada penetrante y crítica a los problemas que golpeaban a los más pobres e indefensos, y una gran libertad para señalar a quienes les hacían sufrir.

    Una de las intuiciones más fecunda y actual de esta comprensión es la no confusión entre el ámbito religioso y el político: “dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios” –escucharemos el próximo domingo-.

    Ningún gobierno, ningún grupo político, ningún legislador va a responder plenamente a las exigencias de la justicia; como ninguno de nosotros respondemos plenamente a las exigencias de la bondad. Todos estamos llamados por Dios –creyentes y no creyentes- a construir un mundo más humano y más justo; todos hemos de colaborar con su construcción.
    Los creyentes, desde la fe, acogemos la luz de la bondad de Dios Padre, y buscamos los caminos que nos lleven a un mundo más fraterno; en pie de igualdad con el resto de los hombres y mujeres de nuestra sociedad: sin imponer, sin arrinconarnos.

    Sin imponer porque la fe no se impone, y porque las que consideremos leyes justas, también tendrán elementos ambiguos y podrán ser causa de marginación y sufrimiento. Sin arrinconarnos, como algunos querrían, entretenidos en asuntos de sacristía y procesiones. La luz de la fe nos permite vivir en la esperanza de un mundo nuevo, y nos da fuerza para impulsarlo con humildad, con sacrificios, también con  alegría.

  • Signos de Resurrección

    (Juan 20, 19-31) La resurrección de Jesucristo es cuestión de fe. Ni se puede demostrar científicamente, ni es conveniente que la convirtamos en una verdad superficial, como si fuera algo tan “a la mano” como la hoja de papel que tienes delante. La resurrección de Jesucristo es una verdad profunda que tiene tal luminosidad personal para quien la experimenta, que ya no le cabe duda de ella.

    Los verdaderos signos de la resurrección de Cristo se dan en la vida de los creyentes. Los sacerdotes tenemos el privilegio de contemplar experiencias admirables de fe en personas muy sencillas. Por ejemplo, hay creyentes que son capaces de vivir situaciones de cruz, terriblemente duras, con una paz y una entereza incomprensibles para los que los acompañamos.

    Quizá una de las que me ha impresionado más en mi vida sacerdotal fue la experiencia de un matrimonio cuya niña a los pocos meses de nacer, se suponía que por un virus, quedó en situación de parálisis cerebral. Los padres no eran creyentes de misa dominical, pero su fe sencilla les ayudó en tan gran medida que convirtieron aquel problema, que hubiera podido desbordarlos y destruirlos, en fuente de alegría personal, y de compromiso a favor de todos los discapacitados de su pueblo. No cabía ilusión más grande, ni amor más grande, ni alegría más grande, durante años y años, en aquella madre ante su bebe.

    A aquella niña que para otros hubiera sido una condena, ella la miraba como la fuente de la ilusión y del sentido de toda su vida. Todavía me admira recordar cómo luchaba por ella, por que siempre tuviera todo lo que pudiera necesitar. Para mí ella es auténtico signo de resurrección.

  • Octubre del 82

    (Mateo 22,34-40) —Jesucristo no es original en absoluto. Ya Confucio seis siglos antes que él, y el Antiguo Testamento, hablaban del amor a Dios y al prójimo. Hasta el filósofo Kant ha fundado su moral en un principio parecido sin tener que hablar de Dios, ni hacer diferencias entre creyentes y no creyentes.

    —Tienes razón, en el mandamiento principal de la Ley Moral, Jesucristo no intenta decir nada nuevo, porque la búsqueda del bien está inscrita en el corazón del cada hombre y cada mujer desde que la persona es persona.
    —Entonces, ¿para qué necesitamos la fe, y la Iglesia, y los ritos, y a Dios? Ya sabemos qué tenemos que hacer, todo está muy claro.
    —Yo no creo que todo esté tan claro. Espera unos cuantos años y verás cómo la experiencia te dice lo contrario. Estamos tan inclinados a mezclar el bien con nuestros propios intereses, que necesitamos la fuerza de Jesucristo para vivir, simplemente, como personas auténticas.
    —No te entiendo.

    —En otro lugar del Evangelio, Jesús proclama el mandamiento nuevo y verás que tiene un matiz distinto: “Amaos unos a otros, como yo os he amado”. Podría haber dicho también: “porque yo os he amado”; o “en el amor que yo os tengo”. Mira, sin la fuerza interior que da la adhesión profunda a Cristo perderemos el amor. Esa hermosa palabra puede llegar a significar lo contrario de lo que debe. Sin la vida que da el amor que Cristo nos tiene, no viviremos el bien con alegría, ni con generosidad. Sin el impulso que da el Espíritu de Jesucristo, nuestros discursos quedarán en meras palabras. Es el amor que Jesús nos tiene el que nos permite tener la virtud y la alegría de amar, cada día de una forma nueva.