Etiqueta: corrompe

  • Poder

    (Mateo 17,1-9) “Tuyo es el reino y el poder, por siempre, Señor”, es una de las frases con la que aclamamos a Jesucristo en cada eucaristía. Sus palabras tenían un poder que dejaba mudos a sus contrarios, y hasta hacían retroceder a quienes querían apresarlo. Su persona despertaba tantas esperanzas en el pueblo que el Sanedrín no se atrevió a apresarlo en público. Su propuesta era tan peligrosa que no dudaron en dejar libre a un guerrillero violento para poder asesinarlo con crueldad. Cristo era una persona con gran poder.

    En nuestra vida normal decimos, por el contrario, que el poder corrompe. Y,  tristemente contrastamos día a día, que el poder corrompe a los poderosos, y lo usan para satisfacer su egoísmo o para perpetuarse en la poltrona. Pero el poder de Cristo, en nuestra vida y en la historia, no es como el poder de los poderosos. El de Cristo es un poder de humildad, de entrega y de interpelación.

    De humildad porque siempre vivió al nivel de los más pobres y nunca buscó la amistad de los privilegiados. De entrega porque todo su poder lo puso al servicio de los que más lo necesitaban; no se reservaba ni tiempo para comer; la noche aprovechaba para abrirle su corazón al Padre. De interpelación, porque maltratado y malherido, cuando ya no podía ni articular discurso, ni responder a las burlas de sus enemigos, es cuando su amor se hizo más profundo y más grande, cuando dio la medida del corazón humano, cuando se convirtió en testigo definitivo y fuente inagotable de vida verdadera.

    No te confíes del que se sirve de su poder para abusar de los otros y mantener sus privilegios. No pierdas tu dignidad por las migajas de su imperio.

     

  • “¿Sin ti no soy nada?”

    Nacer, crecer, morir,…
    Cada grano del silo
    es nudo en el pabilo
    —el hilo del existir—.
    Así, con sutileza,
    susurrando su esencia
    se dicta la querencia
    de la naturaleza.

    Y el hombre descarrila.
    Ni encaja libertades,
    ni asume sus edades:
    se consume y destila,

    se corrompe y se niega,
    se ciega, aún sin ver,
    y llena de mujer
    al odio con que pega.

    Y ella, en la estacada;
    manchada por la vida;
    sangrando sus heridas;
    partida, maltratada,
    al aire, en un lamento
    pregunta en sus adentros
    “¿sin ti no soy nada…?”