Etiqueta: castillos

  • ¿Castillos en Dos-Hermanas?

    ¿Castillos en Dos-Hermanas?

    Tras la conquista de Sevilla en 1248 y hasta bien entrado el siglo XVI, a lo largo y ancho del actual término municipal proliferaron las torres atalayas, Castillos en Dos Hermanas. Lo hicieron con el fin de proteger a la capital hispalense, en un principio, de las continuas razias e incursiones protagonizadas por los benimerines y musulmanes del reino de Granada.

    Y junto a aquellas atalayas hubo incluso pequeñas fortificaciones que, en su momento, fueron denominadas (no sin cierta pomposidad) castillos. Es importante recalcar que eran fortalezas de escasa entidad, alejadas de la grandiosidad de otros castillos situados cerca de nuestro término, como los de Utrera, Alcalá de Guadaíra o Los Molares. Las fortificaciones nazarenas, perdida su función defensiva, acabaron siendo reconvertidas en haciendas o cortijos. Pero veamos de qué castillos se trataban.

    El castillo de Cuartos

    Ubicado en el solar del actual cortijo viejo del mismo nombre, únicamente nos queda su torre principal. La primera mención que se tiene data de 1424. El 15 de febrero de ese año, Bartolomé Fernández de Villalón, jurado y vecino de Sevilla, vendió a don Alonso de Guzmán, señor de Lepe y de Ayamonte, unas tierras en el término de ese lugar y la parte que poseía del castillo. Pocos años más tarde, en julio de 1545, doña Leonor de Zúñiga, esposa del referido don Alonso, tomó posesión de la aldea de Cuartos, además de «una casa torre e fortaleza almenada que está en la dicha aldea».

    Sin embargo, doña Leonor terminaría vendiendo, en abril de 1465, aquella fortaleza al conde de Arcos, don Juan Ponce de León, por 600.000 maravedíes. Este último lo donó a su hijo don Lope Ponce de León en 1469. A partir de esa fecha, no existe mención alguna al castillo de Cuartos. Hasta que en 1543 otorga su testamento Baltasar Montero, alcaide de la referida fortaleza. Y lo otorga allí, donde residía con su familia. Es muy probable que Montero fuera el último en ocupar el cargo, por aquel entonces, prácticamente testimonial. Tiempo después el castillo de Cuartos quedó transformado en el cortijo que hoy conocemos.

    Castillo de la Serrezuela

    Muy cerca de la urbanización de La Motilla, se encuentran los restos de una histórica hacienda que fue, en sus inicios, un castillo no menos histórico: el de la Serrezuela. Esta fortificación es nombrada por vez primera en el testamento de Pedro Rodríguez de Esquivel, señor de El Coronil y de la Serrezuela, en mayo de 1414. Dando un salto en el tiempo, a fines del XVIII, Bernardo Espinalt mencionó al castillo de la Serrezuela, aunque ya por entonces era una simple hacienda de olivar. La escritora Fernán Caballero, recogió en sus escritos una leyenda que tenía como escenario este antiguo castillo.

    El relato decía así: “En la época de la expulsión de los árabes, el caudillo que defendía el castillo nunca quiso rendirse ni capitular. Mucho tiempo se mantuvo encerrado entre sus muros de argamasa, como el león en su jaula de hierro. Todos los días se le veía subir con sus compañeros a una de las cuatro torres que flanqueaban en sus ángulos el cuadrado castillo para descubrir en la inmensa extensión de terreno que abarcaba su vista, si le llegaba socorro de los suyos; ¡pero en vano! El Santo Rey los había ahuyentado a todos. Hecho el reconocimiento, bajaba, (?) si bien marchitas las esperanzas (?), inmutables, firmes y lozanos los bríos. Poco a poco observaron los sitiadores aminorarse el número de los que le acompañaban, hasta que le vieron subir solo.

    Siguió impertérrito en su introspección diaria que hacía descolorido, caído de fuerzas, pero siempre entero de ánimo. Un día no subió. Aquel día escalaron los cristianos los muros sin hallar resistencia. Al pie de la escalera de la torre encontraron armado, en pie y sin vida, al nunca rendido Último Moro”.

    Castillo de Quintos

    En esta antigua alquería, que posee una estratégica posición al encontrarse a los pies de uno de los antiguos caminos de entrada a Sevilla, se construyó en la segunda mitad del siglo XIII una torre que aún se mantiene en pie. Junto a ella, un pequeño recinto amurallado del que se conservan algunos lienzos. También pasó a ser hacienda

    El castillo del Copero

    Esta pequeña fortaleza, situada en un lugar estratégico, frente a una isla formada por el Guadalquivir y denominada de ‘la Garza’ (bajo la jurisdicción de Sevilla), perteneció primero al duque de Medina Sidonia y, más tarde, al de Béjar. Sabemos que ya existía en 1454, siendo en esa fecha alcaide del castillo Diego Sequello. Más de medio siglo después, ocupaba ese cargo Rodrigo de Ayala. A mediados del XVI, continuaba con esa denominación, siendo en 1540-1543 alcaide el sevillano Pedro de Ludeña.

    En esas fechas, el edificio era utilizado, principalmente, como lugar de almacenamiento de trigo. Pasados los años, sería reconvertido en cortijo, desaparecido en la actualidad.

    ¿Sabías que? El matemático francés Pedro Grateo, vecino de Sevilla en la collación de Santa María la Mayor, se comprometió en enero de 1597 con el concejo de Dos-Hermanas a realizar y colocar “en la torre de la yglesia desta villa un relox para que toque y dé las horas en una de las campanas de la dicha yglesia”. El reloj, que se perdería con el paso de los años, costó cinco ducados.

  • Castillos de Cartón

    0901CASTILLOS DE CARTÓN

    El cine europeo reciente está reflejando en sus historias relaciones a tres bandas, conscientes de su triangularidad (si es que existe la palabra), en las que una chica comparte el amor de dos chicos (antes solía ser al revés). Sin pensar demasiado, me vienen a la cabeza la francesa Soñadores (de Bertolucci), la alemana Los edukadores (de Weingartner), o la española Dieta mediterránea (dirigida por Joaquín Oristrell).

    España, 2009 (101’)
    Dirección: Salvador García Ruiz.
    Producción: Gerardo Herrero.
    Guión: Enrique Urbizu, basado en la novela homónima de Almudena Grandes.
    Fotografía: Teo Delgado.
    Música: Pascual Gaigne.
    Montaje: Berta Frías.
    Intérpretes: Adriana Ugarte (Jose), Nilo Mur (Marcos), Biel Durán (Jaime), Pepa Pedroche (Madre de Jose), Alfonso Torregrosa (Padre de Jose), Cristian Magaloni (Joaquín), Álvaro Aguilar (Hermano de Jose), Fernando Ripio (Benjamín), Patricia Teruel (Maribel), Diego Braguinsky (Profesor de pintura), Javier Aguayo (Angulo), Sergio Valiente (Miki).

    Cierto que el género al que pertenecen es distinto, que el tono y la finalidad no son los mismos, pero no deja de ser curioso que sea un elemento que se esté repitiendo en los últimos años. Castillos de cartón, basada en la novela del mismo título de Almudena Grandes, también juega al mismo juego. Aunque reducirlo todo a decir que se trata simplemente de un triángulo amoroso sería demasiado simplista.

    María José, Marcos y Jaime son tres estudiantes, compañeros de Bellas Artes, en el Madrid de los primeros años ochenta. Entre los tres surgirá una relación apasionada y de deseo, más allá de la pasión por la pintura, que durará toda su época de aprendizaje, salpicada de buenas rachas y de momentos difíciles, donde los celos hacen su aparición, hasta que los estudios terminen y se topen con el mundo real, donde ya nada resulta tan fácil.

    García Ruiz tiene un buen toque, un modo elegante de contar historias. No es uno de los directores más conocidos de nuestro país, pero eso le importa poco. Se ha hecho un hueco entre los entendidos con sus películas, que siempre dejan buen sabor de boca. Y esta ocasión no es diferente. Pese a las escenas eróticas (que las hay, y bastantes) lo más importante no son las pasiones carnales, sino los sentimientos, las emociones, las que mueven a los personajes, las que les hacen buscar algo que llene el vacío que tienen dentro. Y son los desencuentros, los celos, artísticos, románticos, los que dirigen sus actuaciones. Y el título del filme (y de la novela de la que procede) refleja la clara evidencia, la fragilidad de la relación pesa a la apariencia de fortaleza de la misma.

    Entre la tripleta interpretativa, Adriana Ugarte (ahora conocida casi por todo el mundo por protagonizar la serie La señora, aunque anteriormente ya había llamado la atención en películas como Cabeza de perro) demuestra que tiene un gran talento, un gran magnetismo y que sabe llenar la pantalla cuando aparece. Sus compañeros de reparto hacen lo que pueden, pero no llegan a su nivel.

  • Castillos de Cartón

    0901CASTILLOS DE CARTÓN

    El cine europeo reciente está reflejando en sus historias relaciones a tres bandas, conscientes de su triangularidad (si es que existe la palabra), en las que una chica comparte el amor de dos chicos (antes solía ser al revés). Sin pensar demasiado, me vienen a la cabeza la francesa Soñadores (de Bertolucci), la alemana Los edukadores (de Weingartner), o la española Dieta mediterránea (dirigida por Joaquín Oristrell).

    España, 2009 (101’)
    Dirección: Salvador García Ruiz.
    Producción: Gerardo Herrero.
    Guión: Enrique Urbizu, basado en la novela homónima de Almudena Grandes.
    Fotografía: Teo Delgado.
    Música: Pascual Gaigne.
    Montaje: Berta Frías.
    Intérpretes: Adriana Ugarte (Jose), Nilo Mur (Marcos), Biel Durán (Jaime), Pepa Pedroche (Madre de Jose), Alfonso Torregrosa (Padre de Jose), Cristian Magaloni (Joaquín), Álvaro Aguilar (Hermano de Jose), Fernando Ripio (Benjamín), Patricia Teruel (Maribel), Diego Braguinsky (Profesor de pintura), Javier Aguayo (Angulo), Sergio Valiente (Miki).

    Cierto que el género al que pertenecen es distinto, que el tono y la finalidad no son los mismos, pero no deja de ser curioso que sea un elemento que se esté repitiendo en los últimos años. Castillos de cartón, basada en la novela del mismo título de Almudena Grandes, también juega al mismo juego. Aunque reducirlo todo a decir que se trata simplemente de un triángulo amoroso sería demasiado simplista.

    María José, Marcos y Jaime son tres estudiantes, compañeros de Bellas Artes, en el Madrid de los primeros años ochenta. Entre los tres surgirá una relación apasionada y de deseo, más allá de la pasión por la pintura, que durará toda su época de aprendizaje, salpicada de buenas rachas y de momentos difíciles, donde los celos hacen su aparición, hasta que los estudios terminen y se topen con el mundo real, donde ya nada resulta tan fácil.

    García Ruiz tiene un buen toque, un modo elegante de contar historias. No es uno de los directores más conocidos de nuestro país, pero eso le importa poco. Se ha hecho un hueco entre los entendidos con sus películas, que siempre dejan buen sabor de boca. Y esta ocasión no es diferente. Pese a las escenas eróticas (que las hay, y bastantes) lo más importante no son las pasiones carnales, sino los sentimientos, las emociones, las que mueven a los personajes, las que les hacen buscar algo que llene el vacío que tienen dentro. Y son los desencuentros, los celos, artísticos, románticos, los que dirigen sus actuaciones. Y el título del filme (y de la novela de la que procede) refleja la clara evidencia, la fragilidad de la relación pesa a la apariencia de fortaleza de la misma.

    Entre la tripleta interpretativa, Adriana Ugarte (ahora conocida casi por todo el mundo por protagonizar la serie La señora, aunque anteriormente ya había llamado la atención en películas como Cabeza de perro) demuestra que tiene un gran talento, un gran magnetismo y que sabe llenar la pantalla cuando aparece. Sus compañeros de reparto hacen lo que pueden, pero no llegan a su nivel.

  • Castillos de Cartón

    0901CASTILLOS DE CARTÓN

    El cine europeo reciente está reflejando en sus historias relaciones a tres bandas, conscientes de su triangularidad (si es que existe la palabra), en las que una chica comparte el amor de dos chicos (antes solía ser al revés). Sin pensar demasiado, me vienen a la cabeza la francesa Soñadores (de Bertolucci), la alemana Los edukadores (de Weingartner), o la española Dieta mediterránea (dirigida por Joaquín Oristrell).

    España, 2009 (101’)
    Dirección: Salvador García Ruiz.
    Producción: Gerardo Herrero.
    Guión: Enrique Urbizu, basado en la novela homónima de Almudena Grandes.
    Fotografía: Teo Delgado.
    Música: Pascual Gaigne.
    Montaje: Berta Frías.
    Intérpretes: Adriana Ugarte (Jose), Nilo Mur (Marcos), Biel Durán (Jaime), Pepa Pedroche (Madre de Jose), Alfonso Torregrosa (Padre de Jose), Cristian Magaloni (Joaquín), Álvaro Aguilar (Hermano de Jose), Fernando Ripio (Benjamín), Patricia Teruel (Maribel), Diego Braguinsky (Profesor de pintura), Javier Aguayo (Angulo), Sergio Valiente (Miki).

    Cierto que el género al que pertenecen es distinto, que el tono y la finalidad no son los mismos, pero no deja de ser curioso que sea un elemento que se esté repitiendo en los últimos años. Castillos de cartón, basada en la novela del mismo título de Almudena Grandes, también juega al mismo juego. Aunque reducirlo todo a decir que se trata simplemente de un triángulo amoroso sería demasiado simplista.

    María José, Marcos y Jaime son tres estudiantes, compañeros de Bellas Artes, en el Madrid de los primeros años ochenta. Entre los tres surgirá una relación apasionada y de deseo, más allá de la pasión por la pintura, que durará toda su época de aprendizaje, salpicada de buenas rachas y de momentos difíciles, donde los celos hacen su aparición, hasta que los estudios terminen y se topen con el mundo real, donde ya nada resulta tan fácil.

    García Ruiz tiene un buen toque, un modo elegante de contar historias. No es uno de los directores más conocidos de nuestro país, pero eso le importa poco. Se ha hecho un hueco entre los entendidos con sus películas, que siempre dejan buen sabor de boca. Y esta ocasión no es diferente. Pese a las escenas eróticas (que las hay, y bastantes) lo más importante no son las pasiones carnales, sino los sentimientos, las emociones, las que mueven a los personajes, las que les hacen buscar algo que llene el vacío que tienen dentro. Y son los desencuentros, los celos, artísticos, románticos, los que dirigen sus actuaciones. Y el título del filme (y de la novela de la que procede) refleja la clara evidencia, la fragilidad de la relación pesa a la apariencia de fortaleza de la misma.

    Entre la tripleta interpretativa, Adriana Ugarte (ahora conocida casi por todo el mundo por protagonizar la serie La señora, aunque anteriormente ya había llamado la atención en películas como Cabeza de perro) demuestra que tiene un gran talento, un gran magnetismo y que sabe llenar la pantalla cuando aparece. Sus compañeros de reparto hacen lo que pueden, pero no llegan a su nivel.

  • Castillos de Cartón

    0901CASTILLOS DE CARTÓN

    El cine europeo reciente está reflejando en sus historias relaciones a tres bandas, conscientes de su triangularidad (si es que existe la palabra), en las que una chica comparte el amor de dos chicos (antes solía ser al revés). Sin pensar demasiado, me vienen a la cabeza la francesa Soñadores (de Bertolucci), la alemana Los edukadores (de Weingartner), o la española Dieta mediterránea (dirigida por Joaquín Oristrell).

    España, 2009 (101’)
    Dirección: Salvador García Ruiz.
    Producción: Gerardo Herrero.
    Guión: Enrique Urbizu, basado en la novela homónima de Almudena Grandes.
    Fotografía: Teo Delgado.
    Música: Pascual Gaigne.
    Montaje: Berta Frías.
    Intérpretes: Adriana Ugarte (Jose), Nilo Mur (Marcos), Biel Durán (Jaime), Pepa Pedroche (Madre de Jose), Alfonso Torregrosa (Padre de Jose), Cristian Magaloni (Joaquín), Álvaro Aguilar (Hermano de Jose), Fernando Ripio (Benjamín), Patricia Teruel (Maribel), Diego Braguinsky (Profesor de pintura), Javier Aguayo (Angulo), Sergio Valiente (Miki).

    Cierto que el género al que pertenecen es distinto, que el tono y la finalidad no son los mismos, pero no deja de ser curioso que sea un elemento que se esté repitiendo en los últimos años. Castillos de cartón, basada en la novela del mismo título de Almudena Grandes, también juega al mismo juego. Aunque reducirlo todo a decir que se trata simplemente de un triángulo amoroso sería demasiado simplista.

    María José, Marcos y Jaime son tres estudiantes, compañeros de Bellas Artes, en el Madrid de los primeros años ochenta. Entre los tres surgirá una relación apasionada y de deseo, más allá de la pasión por la pintura, que durará toda su época de aprendizaje, salpicada de buenas rachas y de momentos difíciles, donde los celos hacen su aparición, hasta que los estudios terminen y se topen con el mundo real, donde ya nada resulta tan fácil.

    García Ruiz tiene un buen toque, un modo elegante de contar historias. No es uno de los directores más conocidos de nuestro país, pero eso le importa poco. Se ha hecho un hueco entre los entendidos con sus películas, que siempre dejan buen sabor de boca. Y esta ocasión no es diferente. Pese a las escenas eróticas (que las hay, y bastantes) lo más importante no son las pasiones carnales, sino los sentimientos, las emociones, las que mueven a los personajes, las que les hacen buscar algo que llene el vacío que tienen dentro. Y son los desencuentros, los celos, artísticos, románticos, los que dirigen sus actuaciones. Y el título del filme (y de la novela de la que procede) refleja la clara evidencia, la fragilidad de la relación pesa a la apariencia de fortaleza de la misma.

    Entre la tripleta interpretativa, Adriana Ugarte (ahora conocida casi por todo el mundo por protagonizar la serie La señora, aunque anteriormente ya había llamado la atención en películas como Cabeza de perro) demuestra que tiene un gran talento, un gran magnetismo y que sabe llenar la pantalla cuando aparece. Sus compañeros de reparto hacen lo que pueden, pero no llegan a su nivel.