Etiqueta: alguien

  • Mentiras vertidas

    La pasada semana alguien que se considera periodista, Alberto García, escribe un artículo en ABC y se permite decir que yo, María Pérez, trabajadora del Ayuntamiento de Dos Hermanas, soy una enchufada del Sr. Toscano.

     

    En esta Campaña contra Toscano por lo visto todo vale, yo llevo trabajando en este Ayuntamiento casi 20 años, la primera vez que trabajé fue a través de unos convenios que firmaban los ayuntamientos con las diputaciones, desde una bolsa de empleo de Diputación, es decir no por ser conocida, amiga o familia de nadie, empecé a tener contratos en distintos negociados de este Ayuntamiento, contratos mejores o peores, más o menos estables y ahora al cabo de 20 años tengo un contrato estable de auxiliar administrativo.

    Por supuesto que después de tantos años tengo amigos y muy buenos amigos en mi trabajo, pero no por mis buenos amigos tengo trabajo. Un trabajo que súper valoro en estos tiempos que corren, es decir no soy ninguna enchufada como este señor ha dicho, yo hasta el día de hoy creía que los periodistas contrastaban las informaciones que recibían antes de publicarlas, pero como dice el dicho, “de la mentira viven muchos de la verdad casi nadie”.

    Pienso que se puede hacer mucho daño contando mentiras, aunque luego se rectifique las cosas quedan dichas. Cuando ha pasado todo esto, he sentido tambalear mis ideas, pero he mirado a mi alrededor y he visto el tesoro que tengo en la vida, mis amigos incondicionales y dispuestos a lo que haga falta por defender la verdad. Yo soy nazarena, nacida en Dos Hermanas, de lo cual me siento orgullosa, orgullosa de mi ciudad y de sus gentes, que no creo que se dejen engañar por esta serie de personas sin escrúpulos. Quiero dar las gracias por todo el apoyo que he recibido de mis amigos, de mis compañeros, de mi familia, y a mi marido le digo que siga luchando en la vida con la misma energía que hasta ahora y que no podemos dejar que se viertan mentiras, por alguien que se dice periodista.

     

  • Admiración o envidia

    (Mateo 20,1-16)“Yo no sé ni el color que tiene la envidia”, me decía hace tiempo una mujer mayor. Yo me callaba por respeto, pero sí que lo sabría, porque lo sabemos todos. Tiene color de nausea, de vértigo; de impotencia, de profundo desasosiego que quita el gusto por la vida.

    La envidia prolifera en la comparación. Cuando envidiamos reducimos a la persona –también a nosotros mismos nos reducimos—a una suma de cualidades, que pueden medirse o contarse. Dinero, figura, habilidades, inteligencia, relaciones…: tantas tienes, tanto vales. Podría ser la leyenda de la puerta del infierno; porque ninguna esperanza puede albergar quien asienta su vida en los méritos que posee –sean estos de la clase que sean—de que no nos veamos por alguien superados y vencidos; siempre habrá quien pueda despreciarnos (como nosotros despreciamos a quien le faltan las cualidades que más valoramos).

    Pero un rostro nunca es hermoso por las facciones que lo perfilan. Las figuras de cera siempre dan escalofríos, por muy perfecto que sea el original. Un rostro –el tuyo, por ejemplo—es hermoso por su sonrisa, por cómo miras, por ese gesto de ingenua sorpresa que produce encanto; por tu llanto; por la tenacidad de tu entrecejo… por todo eso que nos hace admirarte. Como a Dios mismo, que al mirarte, se admira.

    No envidies la suerte de nadie, que la vida no está en las cosas caducas que se poseen. La envidia te aleja de ti mismo, de Dios y de los más pobres. Cuando envidiamos dividimos a la personas en tres grupos, los que nos superan, con los que competimos y a los que podemos despreciar.

    ¡Qué alegría da tener a Alguien que siempre nos quiere y nos admira; no por lo que tenemos, sino por quiénes somos!

     

  • Desesperanza

    (Mateo 3,1-12) La fe es como una fábrica de sueños; la desesperanza es una pesadilla. Viene enmascarada de realismo y de lucidez, pero es ciega, torpe y destructiva. ¡Qué maduro e inteligente parece el que ve todas las dificultades a cualquier proyecto sin atreverse a proponer nunca nada!

    El camino de la desesperanza puede tener muchos comienzos, pero siempre acaba en el mismo sitio, en el «no»: no puedo, no es posible, no lo intentes; en el «no vivas que yo ya me conformo con enmascarar mi vaciedad».

    Uno de los comienzos preferidos de la desesperanza es el orgullo. En cuanto se descuida, el que cree se cree superior a los demás y autosuficiente para vivir, se encuentra con su propia realidad que es, como la de todos, insignificante, pobre y débil. Derribada nuestra torre de naipes nos parece que ya nada tiene sentido.
    Otro de sus comienzos preferidos es echarle la culpa a los otros de alguna de las desgracias de nuestra vida, y no dejar de darle vueltas a su torpeza o maldad.

    Siempre alguien podría ser de otra manera, hacer otra cosa, tratarnos de forma distinta. Una vez que hemos puesto nuestra felicidad en manos de quien no puede devolvérnosla, no nos queda sino murmurar amargamente de los demás y de nuestra mala suerte.

    La única fuente de Esperanza es saberse querido y elegido, acogido y perdonado, incondicionalmente amado. Quizás tú seas de los que hoy se dejan soñar… por el amor.

     

  • Bellas imágenes, pobre argumento

    1101EL AMERICANO

    Empecemos dejando las cosas claras: si alguien espera encontrarse con una película de acción al uso, con persecuciones espectaculares, explosiones y disparos por doquier, ésta no es la película que buscan. El americano es un thriller que se aleja considerablemente de lo que el cine criminal de Hollywood acostumbra a mostrarnos, y se acerca mucho más a un ejercicio estético, a una película europea de las que antes se llamaban ‘de arte y ensayo’.

    {xtypo_code}Estados Unidos, 2010. (105′)
    Título original:  The American.
    Director: Anton Corbijn.
    Producción: Anne Carey, George Clooney, Jill Green, Grant Heslov, Ann Wingate.
    Guión: Rowan Joffe, basado en la novela de Martin Booth.
    Fotografía: Martin Ruhe.
    Música: Herbert Grönemeyer.
    Montaje: Andrew Hulme.
    Intérpretes: George Clooney (Jack / Edward), Violante Placido (Clara), Johan Leysen (Pavel), Paolo Bonacelli (Padre Benedetto), Thekla Reuten (Mathilde), Filippo Timi (Fabio), Irina Björklund (Ingrid)Lynch, Lake Bell, Kathy Griffin.{/xtypo_code}

    De hecho, la cinta del director holandés Anton Corbijn, que antes de dedicarse a la dirección de largometrajes era un reconocido fotógrafo y director de videoclips, tiene todo el aspecto de ser (con el paso de los años) una cinta de culto. Pero no se convertirá en ello porque, aunque viene en un envoltorio muy bueno, el contenido, aunque tiene calidad, está por debajo del continente.

    El americano nos cuenta la historia de Jack, alguien del que no sabemos prácticamente nada, salvo su nacionalidad. Alguien lo persigue (desconocemos quiénes y el motivo por el que quieren acabar con él) y Jack, tras pedir ayuda a un viejo amigo-compañero se esconde en un pueblo perdido del norte de Italia, donde conoce a Clara, una joven prostituta que le hará replantearse su vida y le llevarán a querer abandonar su vida, aunque antes deberá llevar a cabo un último trabajo.

    Con un tempo lento, pausado, la película va avanzando meticulosa pero inexorablemente, desde un comienzo (verdaderamente potente), hasta su inevitable final (bastante más débil que el resto). El americano es un ejercicio de estética verdaderamente notable, se nota el pasado artístico del realizador, pero también son destacables sus puntos negros, que los tiene. Y es que, aunque visualmente la cinta está construida de modo casi perfecto, argumentalmente la historia de Rowan Joffé (hijo, por otro lado, de Roland, director de La misión) tiene numerosos huecos y lagunas, un final flojo que desentona, y varios elementos arquetípicos (en el peor sentido de la palabra) sobre Italia: en el burdel del pequeño pueblo de Castel del Campo donde se esconde el protagonista (por cierto, qué poco improbable es que en un garito como ese se encuentre una mujer del calibre de Violante Placido) suena La Bambola; en la televisión del bar se ve una peli de Sergio Leone…

    El americano ha desaprovechado una gran oportunidad de hacer una película de calidad, con la estética cuidadísima que le otorga a todo el apartado visual Corbijn, donde todos los planos son prácticamente perfectos; un brillo técnico que esconde un thriller de manual, que sigue todos los pasos necesarios, sin saltarse ninguno, en el mismo orden, sin innovar, sin ofrecer nada nuevo, nada que despierte el interés del espectador.

  • FENACO en Sanlúcar

    Quiero agradecer las líneas que me brinda este periódico para trasladarles a todos los participantes de la misma, incluidos los que se presentaron en Sánlucar sin confirmar ni invitación, una conversación con el Gerente de Bodegas Argüeso en la que me transmite que ha recibido instrucciones del Director General del grupo Herederos de Argüeso, Sr. Sánchez Paso en el que le indica que si Fenaco en lo sucesivo efectuase cualquier tipo de evento en la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, ponga a su disposición cuantas instalaciones logísticas, bebida, material técnico y personal humano fuese necesario para la realización del mismo.

    También quisiera hacer público mi agradecimiento a todos los colaboradores de esta II Jornada y especialmente a D. Pablo del Toro y a D. Ignacio Mancheño. El primero por su actuación de forma desinteresada para hacer el guiso para todos los demás, si bien desde que se apartó hasta que se puso en la mesa transcurrió cierto tiempo y alguien tuvo la feliz idea de arreglarlo echándole un poquito de agua.

    Y ya por último destacar la presencia del colaborador fantasma, ese que el domingo aparecía por cualquier parte en la bodega y que el lunes cuando pasaron la cuenta desapareció, y lo que es peor, ni está ni se le espera.

    Por cierto la tarta de San Rafael, riquísima.

     

  • ¿Cuántas veces maldecimos?

    (Lucas 2,16-21) Nos levantamos y maldecimos al despertador con un gruñido. El agua de la ducha, al principio, sale fría y maldecimos entre dientes. El tráfico está como todos los días, o se nos cruza alguien aprovechando la coyuntura, y lo maldecimos abiertamente.

     

    En el trabajo, el mismo enterado de siempre con la misma cantinela que ya nos sabemos. La comida, la misma de todos los días. Los problemas con los niños, ¡nuevos! todos los días. La tele con las mismas tonterías de siempre. No sé cómo nos las apañamos pero siempre hay alguien a quien hacer diana de nuestros malas ideas; no por culpa nuestra, sino porque él se lo gana… ¿Cuántas veces maldecimos al cabo del día?

    En el evangelio del día de año nuevo resuenan las alabanzas de los pastores que habían visto a un niño envuelto en el cariño de sus padres y acostado en un pesebre; todo como el ángel les había dicho. En la primera lectura, como lluvia suave, escucharemos cómo Dios quiere bendecirnos a cada uno de nosotros.
    La paz siempre será fruto de la justicia. Pero la construcción de la justicia se fundamenta en la capacidad que tengamos las personas de dar las gracias, de bendecir, por lo sencillo, por lo cotidiano, por lo extraordinario, por lo milagroso. Bendiciendo sale uno bendecido.

    El secreto está no en ponernos lo negativo siempre delante de los ojos, porque llegamos a pensar que es lo único que existe. Pero ¿quién nos puede capacitar para ver en la debilidad, las contrariedades y la pobreza la bendición del amor, la bendición de la solidaridad y la bendición de la hermosura?, ¿quién?.. ¿Quién?

  • Irrenunciable soledad

    (Marcos 9,37-42) Huimos de ella como podemos. Ponemos la tele para no verla; oímos la radio y no la escuchamos; salimos y entramos en mil cosas queriendo alejarla de nosotros y siempre, siempre, nos acompaña.

    Nuestra vida de personas se constituye en la soledad en la que nos miramos y nos decidimos. Es verdad, somos esto o lo otro: maestra o periodista, sacerdote o trabajador del campo, estudiante o “mileurista”. Pero nada de eso es lo que somos en verdad. Tú, y yo, somos un abismo de soledad que nos permite decidirnos y ser libres.

    Huir de la soledad significa huir de nosotros mismos y refugiarnos, no en los otros, sino en la necesidad que de los otros tenemos. Huyendo de nuestra soledad no encontramos pareja, ni amigos, ni compañeros, sino a alguien, distinto cada vez, que satisface nuestras necesidades. Huyendo de la soledad, sin respetar el misterio insondable que somos, huimos de los otros hacia lo más exterior y superficial de sus personas.

    Las preguntas fundamentales de tu vida: ¿eres feliz?, ¿a quién quieres de verdad?, ¿en qué te estás convirtiendo?, ¿es hermosa y tiene sentido la vida?, sólo se pueden afrontar sintiendo nuestra propia respiración. Pero no te engañes, en la soledad, mientras más abismal, más patente, siempre hay Alguien contigo. Por eso, mirar al abismo de tu propia vida es mirar a los ojos de quien te dio y te da el ser. ¿No es hermoso?

     

  • Irrenunciable soledad

    (Marcos 9,37-42) Huimos de ella como podemos. Ponemos la tele para no verla; oímos la radio y no la escuchamos; salimos y entramos en mil cosas queriendo alejarla de nosotros y siempre, siempre, nos acompaña.

    Nuestra vida de personas se constituye en la soledad en la que nos miramos y nos decidimos. Es verdad, somos esto o lo otro: maestra o periodista, sacerdote o trabajador del campo, estudiante o “mileurista”. Pero nada de eso es lo que somos en verdad. Tú, y yo, somos un abismo de soledad que nos permite decidirnos y ser libres.

    Huir de la soledad significa huir de nosotros mismos y refugiarnos, no en los otros, sino en la necesidad que de los otros tenemos. Huyendo de nuestra soledad no encontramos pareja, ni amigos, ni compañeros, sino a alguien, distinto cada vez, que satisface nuestras necesidades. Huyendo de la soledad, sin respetar el misterio insondable que somos, huimos de los otros hacia lo más exterior y superficial de sus personas.

    Las preguntas fundamentales de tu vida: ¿eres feliz?, ¿a quién quieres de verdad?, ¿en qué te estás convirtiendo?, ¿es hermosa y tiene sentido la vida?, sólo se pueden afrontar sintiendo nuestra propia respiración. Pero no te engañes, en la soledad, mientras más abismal, más patente, siempre hay Alguien contigo. Por eso, mirar al abismo de tu propia vida es mirar a los ojos de quien te dio y te da el ser. ¿No es hermoso?

     

  • Irrenunciable soledad

    (Marcos 9,37-42) Huimos de ella como podemos. Ponemos la tele para no verla; oímos la radio y no la escuchamos; salimos y entramos en mil cosas queriendo alejarla de nosotros y siempre, siempre, nos acompaña.

    Nuestra vida de personas se constituye en la soledad en la que nos miramos y nos decidimos. Es verdad, somos esto o lo otro: maestra o periodista, sacerdote o trabajador del campo, estudiante o “mileurista”. Pero nada de eso es lo que somos en verdad. Tú, y yo, somos un abismo de soledad que nos permite decidirnos y ser libres.

    Huir de la soledad significa huir de nosotros mismos y refugiarnos, no en los otros, sino en la necesidad que de los otros tenemos. Huyendo de nuestra soledad no encontramos pareja, ni amigos, ni compañeros, sino a alguien, distinto cada vez, que satisface nuestras necesidades. Huyendo de la soledad, sin respetar el misterio insondable que somos, huimos de los otros hacia lo más exterior y superficial de sus personas.

    Las preguntas fundamentales de tu vida: ¿eres feliz?, ¿a quién quieres de verdad?, ¿en qué te estás convirtiendo?, ¿es hermosa y tiene sentido la vida?, sólo se pueden afrontar sintiendo nuestra propia respiración. Pero no te engañes, en la soledad, mientras más abismal, más patente, siempre hay Alguien contigo. Por eso, mirar al abismo de tu propia vida es mirar a los ojos de quien te dio y te da el ser. ¿No es hermoso?

     

  • Irrenunciable soledad

    (Marcos 9,37-42) Huimos de ella como podemos. Ponemos la tele para no verla; oímos la radio y no la escuchamos; salimos y entramos en mil cosas queriendo alejarla de nosotros y siempre, siempre, nos acompaña.

    Nuestra vida de personas se constituye en la soledad en la que nos miramos y nos decidimos. Es verdad, somos esto o lo otro: maestra o periodista, sacerdote o trabajador del campo, estudiante o “mileurista”. Pero nada de eso es lo que somos en verdad. Tú, y yo, somos un abismo de soledad que nos permite decidirnos y ser libres.

    Huir de la soledad significa huir de nosotros mismos y refugiarnos, no en los otros, sino en la necesidad que de los otros tenemos. Huyendo de nuestra soledad no encontramos pareja, ni amigos, ni compañeros, sino a alguien, distinto cada vez, que satisface nuestras necesidades. Huyendo de la soledad, sin respetar el misterio insondable que somos, huimos de los otros hacia lo más exterior y superficial de sus personas.

    Las preguntas fundamentales de tu vida: ¿eres feliz?, ¿a quién quieres de verdad?, ¿en qué te estás convirtiendo?, ¿es hermosa y tiene sentido la vida?, sólo se pueden afrontar sintiendo nuestra propia respiración. Pero no te engañes, en la soledad, mientras más abismal, más patente, siempre hay Alguien contigo. Por eso, mirar al abismo de tu propia vida es mirar a los ojos de quien te dio y te da el ser. ¿No es hermoso?