Etiqueta: Abiertos a la vida

  • Océano Inmenso

    (Juan 3, 16-18)  CUANDO contemplo el cielo, obra de tus dedos, la Luna y las estrellas que has creado, un sentimiento de paz y de confianza profunda me inunda.

    Cuando escucho el susurro del viento en las hojas de los árboles, callo tanto ruido vano y escucho tu silencio… todo adquiere otra profundidad, otra perspectiva. Soy como el vino que alegra, como el amor que emborracha: ¡rompe las cadenas de tus prejuicios!; ¡rompe con tus antiguas cobardías y vive desde la entrega!

     

     

    ¡Qué grande, qué inmenso eres, Señor! ¡Eres grande y misericordioso!

    Cada niño recién nacido, cada adolescente que se enamora, cada padre y cada madre que mira a sus hijos, me hablan de Ti. Cada enfermo que profundiza su  fe, cada persona que se preocupa por los más pobres, me muestran tu rostro.

    ¡Eres grande y misericordioso!

    ¿Quién eres, que te entregas a nuestro corazón, siendo tan inmenso?¿Quién eres, que te duelen nuestros sufrimientos y las injusticias que cometen los hombres unos con otros? ¿Quién eres, que te entregaste a la cruz siendo la luz y la vida?

    ¡Eres grande y misericordioso!

    Cuando no me preocupo de ponerte nombre, sé quién eres. Cuando intento nombrarte, cada palabra, golpe de viento, es pobreza y traición.

    ¡Qué grande y misericordioso eres, Señor!

     

  • Abiertos a la vida

    (Juan 20, 19-23)  ¿Saben ustedes lo que hicieron los apóstoles una vez que Jesús ascendió al cielo y se quedaron solos para llevar adelante la misión de evangelizar al mundo?

    Se quedaron desconcertados y como huérfanos, así que encontraron en la oración fuerza para mantenerse unidos y con fortaleza. Así nos lo cuenta el Libro de los Hechos, que nos transmite cómo los apóstoles, los discípulos, en total unos 120, y hasta la madre de Jesús se mantenían rezando juntos.

     

     

    Por otra parte recompusieron el número 12 en el grupo de los apóstoles acogiendo a Matías entre ellos, como manteniéndose en la voluntad de Jesús. Su elección fue curiosa: eligieron a dos de los que los habían acompañado desde el principio, José y Matías, y echaron a suertes cual de los dos sería el nuevo apóstol.

    Habían descubierto que la realidad y la historia superan nuestras posibilidades de pensamiento y de control, que la vida que corre por nuestras venas es más rica y fuerte de lo que podemos, incluso, intuir. Pusieron de su parte, pero se abrieron a la novedad, a la sorpresa, al protagonismo de Dios en su vida.

    Y es que muchas veces una enfermedad es motivo de amor; una muerte, causa de vida; una dificultad, inicio de una nueva etapa. Somos tan limitados para saber qué viviremos dentro de 5 ó 10 años, que lo más inteligente es poner de nuestra parte la bondad y la sensatez, y abrirnos con total confianza a la voluntad de Dios, que siempre vela por nosotros.

    No te angusties por el presente aunque sea difícil de aceptar, que nunca sabes qué vida va a brotar de esas dificultades. Para los cristianos toda muerte está abierta a la resurrección.