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  • Sin duda, sin deuda (Lucas 3, 1-6)

    Adviento ES tiempo de preparación; es un tiempo en el que nos llama Dios a llenar nuestro corazón de Misericordia  y nuestra historia de Justicia. Preparamos la venida del Señor en el interior de nuestra vida y en el quehacer por una sociedad más humana. 

    Por eso hemos de encontrar tiempo de oración y silencio, y tiempo para trabajar por un mundo mejor.
    Cáritas y otras organizaciones cristianas de solidaridad han iniciado hace tiempo una campaña en la que todos debemos colaborar. Es la campaña: “Sin duda, sin deuda”.
    Los países empobrecidos contrajeron una deuda con los bancos del primer mundo que por perversos mecanismos financieros no deja de crecer y crecer. En vez de dedicar su dinero a la construcción de hospitales y colegios y a consolidar su estructura técnico-industrial lo tienen que dedicar a pagarle a los bancos estatales de los países ricos. Con esa deuda nunca podrán desarrollarse económicamente; con esa deuda no se podrá acabar con la desnutrición y el hambre, con esa deuda no dejarán de morir niños de hambre.
    Sin duda es sin deuda como podremos construir un mundo más humano. Sin duda alguna Dios quiere que todas las familias del mundo tengan lo necesario para vivir. Sin duda es sin deuda como puede conseguirse.
    Si quieres apoyar esta campaña de Cáritas, de Justicia y Paz, de la confederación de religiosos y de Manos Unidas, ve a tu parroquia y pide el pliego para firmar a favor de la condonación de la deuda externa a los países más pobres. También cambiando la historia preparamos la venida de Cristo. Cuando reces este adviento lo harás con la tranquilidad de que has puesto tu firma entre quienes quieren y trabajan por un mundo más humano. 

  • El peso de la costumbre

    (Mc 6,1-6) 

    En el evangelio del próximo domingo Marcos nos narra cómo cuando Jesús llega a Nazaret, su propio pueblo, no es acogido con admiración ni con cariño, ni siquiera con respeto. “No pudo hacer ningún milagro…Y se extrañó de su falta de fe”, dice al final del texto.

    Los nazarenos no se creían personas descreídas o faltas de fe. Al contrario, si se le pregunta al algún nazareno de los de siempre dirá que en este pueblo hay mucha fe; que se cuidan y se miman todas las tradiciones religiosas; que en todos los actos religiosos importantes siempre se cuenta con un numeroso auditorio de personas respetables y respetuosas con todo lo sagrado.

    Y no les faltaría razón; lo que ocurre que no siempre el respeto y el cuidado de la tradición van parejos con una apertura de vida a la novedad que Dios quiere en la vida de las personas. Los nazarenos, cuidadosos con las tradiciones religiosas, rechazan al fundamento mismo de toda religión, a su paisano Jesús, el hijo de José. Lo rechazan por la debilidad con la que se presenta ante ellos, como un hombre cualquiera. Y lo rechazan por la novedad de vida y de religión que les traía. Ellos pensaban que, respecto a la religión, poco tenían que aprender, y nada tenían que cambiar.

    Habían cambiado la tradición religiosa por una costumbre que ya no les llevaba a un encuentro auténtico, vital y creativo con el Dios de la vida. Les pesaba tanto la costumbre que no entendieron el mensaje de cercanía a los más pobres que Jesús traía, ni la libertad de su vida ante leyes y costumbres; les pesaba tanto sus costumbres que rechazaban toda proclama por la justicia como algo peligroso y poco religioso; les pesaba tanto la costumbre que no entendían que para vivir la religión auténtica hay que vivir en comunidad e ir entre todos construyendo el reino de Dios. Habían cambiado una tradición viva por unas costumbres muertas en algunos de ellos, y rechazaron a Jesucristo.

    “Señor, que nuestras comunidades nunca conviertan tradiciones vivas de cercanía al misterio, de vida comunitaria, de compromiso con los más pobres en costumbres que nos alejan de la profundidad de la vida, del amor a los más humildes, de la esperanza en el Reino de la justicia verdadera”.