Categoría: La película

  • La trinchera infinita: Muerte en vida

    La trinchera infinita: Muerte en vida

    Resulta cuanto menos curioso que el grupo de cineastas que forman Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, todos ellos vascos, y en cuyo haber tienen cintas tan interesantes como Loreak o Handía, películas que se centraban en el universo territorial, lingüístico y cultural vasco, se hayan lanzado de lleno a tratar en La trinchera infinita (que en el reciente Festival de San Sebastián se hizo con cuatro premios, entre ellos los de mejor guion y mejor dirección), un universo cultural, lingüístico y territorial eminentemente andaluz. Y lo hace, con un habla andaluza real, que suena a verdad, lejos de esos modos forzados a los que desgraciadamente estamos tan acostumbrados.

    España-Francia, 2019 (147′)
    Dirección: Aitor Arregi, Jon Garaño, Jose Mari Goenaga.
    Producción: Xabier Berzosa, Olmo Figueredo, Iñaki Gómez, Birgit Kemner, Miguel Menéndez de Zubillaga, Iñigo Obeso.
    Guión: Luiso Berdejo, Jose Mari Goenaga.
    Fotografía: Javier Agirre.
    Música: Pascal Gaigne.
    Montaje: Laurent Dufreche, Raúl López.
    Intérpretes: Antonio de la Torre (Higinio Blanco), Belén Cuesta (Rosa), Vicente Vergara (Gonzalo), José Manuel Poga (Rodrigo), Emilio Palacios (Jaime).

    La trinchera infinita es una película sobre la Guerra Civil y sobre la posguerra, pero en la que los enfrentamientos armados, las trincheras físicas, están lejos. Aquí se trata más de trincheras metafóricas, esas en las que muchos vivieron durante años, como los protagonistas de la historia. Higinio y Rosa llevan poco tiempo casados cuando estalla la Guerra Civil. Cuando la Guardia Civil viene a detenerlo, por sus ideales socialistas, huye y logra refugiarse en un pozo junto a otros dos fugitivos. Tras la muerte de estos por los disparos de sus perseguidores, un Higinio herido logra llegar a su casa, donde se esconderá en un agujero cavado en el suelo y oculto tras un mueble. Primero allí, y después en otro escondite parecido, Higinio permanecerá encerrado más de tres décadas, sin atreverse a salir a la calle, por miedo a las represalias.

    Lo bueno de La trinchera infinita es que, más allá del conflicto en sí, se centra en el afán de supervivencia, en la terrible soledad, en la muerte en vida de aquel que decide encerrarse, en el miedo que se mete en el cuerpo y del que es imposible deshacerse, y que dirige la vida. Una situación que, por supuesto, no solo involucra a Higinio, sino también a su mujer, Rosa. Una mujer que desde el primer momento tiene que aprender a vivir una doble vida, la del exterior (donde su marido sigue huido o muerto no se sabe dónde) y la del interior de su casa, con su marido emparedado y que aparece en muy contadas ocasiones, a pesar de que puede ver y oír lo que ocurre, pero no participar.

    Y he aquí otra de los maravillosos logros del filme: su soberbio uso del fuera de campo, con momentos de inusitada tensión (incluso sexual) que solo percibimos en el rostro de Higinio, al que el miedo le puede y le ata, le obliga a permanecer oculto, aunque sea su propia mujer, esa Rosa que es el motor que mueve a la familia, la que lo sufra. Evidentemente, todo ello hace que el matrimonio presente grietas, y ayuda a que la tensión y la atmósfera sea asfixiante, no solo por permanecer en ese zulo que Higinio acaba por sentir como el único sitio en el que estaba seguro.

    Miedo y obsesión (la de ese vecino que no termina de creerse la historia y que odia profundamente a Higinio y vive por y para encontrarlo y entregarlo a las autoridades) son los motores de una película magnífica en la que también resultan soberbios los trabajos de Antonio de la Torre y Belén Cuesta (a la que estamos acostumbrados a ver en papeles cómicos), y que se presenta desde ya como una de las favoritas para los próximos Goya.

  • Parásitos: La lucha de clases

    Parásitos: La lucha de clases

    Aunque parezca mentira, la cinematografía surcoreana, una de las más potentes desde hace años, con capacidad para hacer cualquier género, y con directores, guionistas o actores de enorme talento, jamás ha conseguido siquiera una nominación al Oscar a la mejor película extranjera. Y mira que han tenido ocasión, sobre todo recientemente, con las inmensas Burning (Lee Chang-Dong) y La doncella (Park Chan-Wook). Pero nada.

    Corea del Sur, 2019 (132′)
    Dirección: Bong Joon-Ho.
    Producción: Young-Hwan Jang, Joon-Ho Bong, Yang-kwon Moon, Sin-ae Kwak.
    Guión: Jin Won Han, Joon-Ho Bong.
    Fotografía: Kyung-pyo Hong.
    Música: Jaeil Jung.
    Montaje: Jinmo Jang.
    Intérpretes: Kang-ho Song (Kim Ki-taek), Yeo-jeong Jo (Park Yeon-kyo), So-dam Park (Kim Ki-jung), Woo-sik Choi (Kim Ki-woo), Sun-kyun Lee (Park Dong-ik), Seo-joon Park (Min), Ji-so Jung (Park Da-hye), Jeong-eun Lee (Moon-gwang), Hye-jin Jang (Kim Chung-sook), Myeong-hoon Park (Geun-se).

    Todo eso podría cambiar (debería cambiar) este año, gracias a Bong Joon-Ho y esta Parásitos, ganadora de la Palma de Oro en el último Cannes (también primera vez que el cine surcoreano se lleva el premio), y que es la principal favorita (junto a la Dolor y gloria de Almodóvar) a llevarse el premio, e incluso suena seriamente a colarse en otras categorías importantes.

    Parásitos es una película que es difícil de clasificar (tampoco es necesario etiquetarlo todo, la verdad). El guion (soberbio) se las arregla para cambiar de estilo y de género de modo abrupto e inesperado sin que desentone lo más mínimo. Porque, en el fondo, a pesar de que cambie de la comedia al thriller, lo que Bong Joon-ho hace aquí es (como ha hecho otras veces, independientemente del género) hablar de las diferencias de clase, tratando asuntos socio-políticos atacando despiadadamente y cortando cabezas (no literalmente, claro) sin cortarse.

    Tanto Ki-Taek Kim como toda su familia están en paro. Sobreviven en un mísero semisótano con tareas esporádicas (montar las cajas para una pizzería local), ‘robando’ wifi de los vecinos, y como buenamente pueden. Un día, a Ki-woo (el hijo de la famillia) le aparece la oportunidad de dar clases de inglés a la hija adolescente de los Park, una familia adinerada que vive en una mansión de la zona más acomodada de la capital.

    Enseguida se gana la confianza de la ingenua madre, y poco a poco, con engaños, va consiguiendo que toda su familia sea contratada como chófer, ama de llaves y psicoterapeuta artística, sin desvelar la relación que les une a todos ellos.

    Bong despliega un humor endiabladamente negro incluso en los momentos más tensos de la historia, en los que menos se podía esperar, sin dejar de enviar un mensaje de hondo calado político y crítico con la sociedad actual, sobre todo (aunque no solamente) con las clases más altas, incapaces de empatizar con el menos favorecido (el momento en el que el rico empresario se queja de que huele a rábano podrido, “como huele la gente en el metro”, sin saber que su chófer está escondido bajo la mesa, es bastante significativo).

    La película consigue enganchar desde el primer momento, sorprendiendo con unos giros inesperados, hasta llegar a su demoledor y diabólico final. Su guion es soberbio, actualizando su premisa con nuevos datos a medida que la trama va evolucionando y enredándose, y manipulando al espectador, cuyas simpatías pasan de una familia a la otra, justificando actuaciones, que rozan lo inmoral. Su dirección es magnífica. Su fotografía, sus interpretaciones, su montaje… Quizás, la mejor película del año.

  • Excesos que matan la historia

    Excesos que matan la historia

    La todopoderosa Disney sigue empeñada en estirar el chicle, no solo con el hecho de rehacer sus clásicos animados en carne y hueso, sino en ampliar las historias con segundas (y hasta terceras, al tiempo) partes. Ahora le ha tocado el turno, otra vez, a Maléfica, Maestra del Mal. Cinco años después de la primera parte, que cambiaba la perspectiva del cuento clásico, dándole un nuevo enfoque al tratar a la famosa bruja de La bella durmiente no como una malvada, sino como una incomprendida, y cuyo éxito superó las expectativas, los jefazos decidieron que era conveniente ampliar la historia.

    Estados Unidos-Reino Unido, 2019 (118′)
    Título original: Maleficent: Mistress of Evil.
    Dirección: Joachim Rønning.
    Producción: Duncan Henderson, Angelina Jolie, Joe Roth.
    Guión: Micah Fitzerman-Blue, Noah Harpster, Linda Woolverton.
    Fotografía: Henry Braham.
    Música: Geoff Zanelli.
    Montaje: Laura Jennings, Craig Wood.
    Intérpretes: Angelina Jolie (Maléfica), Elle Fanning (Aurora), Harris Dickinson (Príncipe Philip), Michelle Pfeiffer (Reina Ingrith), Sam Riley (Diaval), Chiwetel Ejiofor (Conall), Ed Skrein (Borra), Robert Lindsay (Rey John), David Gyasil (Percival), Jenn Murray (Gerda), Juno Temple (Thistlewit), Lesley Manville (Flittle), Imelda Staunton (Knotgrass).

    Esta vez, el resultado de Maléfica Maestra del Mal se aleja mucho de la anterior, y queda como una explosión de efectos especiales, pero cuya historia tiene muy poco sentido.
    Ya desde el arranque la cosa pinta muy mal. La voz en off que comienza narrando el “Érase una vez…” dice, a los pocos segundos, que Maléfica “sin que nadie sepa muy bien por qué, se ha vuelto malvada de nuevo…” Así, sin anestesia, entramos en un mundo sobresaturado de CGI, tan abigarrado que echa para atrás, y con una primera parte (que se hace larguísima) en la que el almíbar te deja agotado. Y ya en esos momentos descubrimos que esa declaración de que “se ha vuelto malvada” es, cuanto menos, cuestionable.

    El príncipe Phillip le pide a Aurora (ahora Reina de la Ciénaga), y ella acepta, aunque Maléfica no termina de verlo claro del todo. En la cena de compromiso, Ingrith, reina de Ulstead y madre del novio, consigue que Maléfica sea señalada como culpable de la maldición que le ha caído al rey John, lo que pone en marcha una serie de sucesos que llevarán a una guerra, en la que Ingrith deja claras sus aviesas intenciones.

    Esta segunda parte, que en realidad poco tiene de continuación de la primera (los responsables se la han sacado de la manga tras el éxito inesperado de la anterior), tiene más contras que pros. La historia se pierde en elecciones incorrectas en favor de un exceso de efectos visuales, y un conglomerado de personajes y poderes sin mucho sentido y nula explicación. Incluso la mayoría de personajes principales falla: la química entre los amorosos casaderos es prácticamente inexistente, la misma Maléfica se pasa la mitad de la película como perdida, esperando que todo pase. Únicamente la presencia de Michelle Pfeiffer hace que la película avance (aunque tampoco es que su personaje ofrezca grandes sorpresas).

    La batalla que supone el clímax (más que obvio) presenta unas más que evidentes referencias a un clásico reciente de la televisión como es Juego de tronos, donde Ingrith sería Cersei Lannister y Maléfica sería Daenerys Targaryen atacando Desembarco del Rey desde el aire. Es una de las secuencias más esperadas de la película, pero está rodada de modo aturullado y resulta en muchos momentos incomprensible, sobre todo por el excesivo uso de los efectos especiales. Al final, todo se cierra con otro exceso, en este caso de almíbar. Una escena que se alarga de modo innecesario y que resulta empalagosa y cursi hasta decir basta.

    Todos estos excesos y las malas decisiones narrativas, ocultan el mensaje de los peligros de los pensamientos absolutistas y el manifiesto en defensa de la naturaleza y contra la explotación de sus recursos, que no llega, no funciona, y Maléfica Maestra del Mal termina por no ser válida ni para el público infantil ni para el adulto.

  • Día de lluvia en Nueva York: el mismo encantamiento de siempre

    Día de lluvia en Nueva York: el mismo encantamiento de siempre

    Hay cineastas que tienen un sello particular, un estilo, que hace que sus películas, aun en el (hipotético) caso de que su nombre no aparezca en los créditos, sean fácilmente identificables. Uno de ellos es, sin duda, Woody Allen, un director que llevaba décadas regalándonos una película al año, como Día de lluvia en Nueva York, y que, con la muy notable excepción de esa obra maestra que es Match point, pueden parecer cortadas por el mismo patrón, pero que siguen enamorando y entusiasmando a sus seguidores.

    Esta Día de lluvia en Nueva York se quedó en un cajón por la negativa de Amazon a distribuir la película ante las acusaciones por acoso (a pesar de que fueron desestimadas repetidas veces por los jueces) y el rechazo de algunos intérpretes a volver a trabajar con el director (algunos incluso están en esta película), a pesar de que el asunto ya era conocido desde hace más de dos décadas, antes de que estas colaboraciones se produjesen. Finalmente, por fortuna, triunfó la cordura y podemos disfrutar de este regalo que, sin ser una obra maestra, es una cinta más que digna, que va de menos a más, y que tiene una carga mucho más profunda de lo que en un principio pudiera parecer.

    Gatsby y Ashleigh son una pareja de enamorados universitarios que van a pasar un fin de semana en la ciudad de Nueva York. Él vuelve allí después de un tiempo intentando huir de su adinerada familia, y ella va a entrevistar al famoso cineasta Roland Pollard, que pasa por un momento de crisis creativa, y durante su aventura en la gran ciudad cruzará su camino con el guionista Ted Davidoff y el cautivador actor Francisco Vega. Por su lado, Gatsby se encontrará con Chan (la hermana pequeña de un antiguo amor), quien le ayudará a poner en orden sus sentimientos. Será un fin de semana plagado de encuentros, desencuentros y equívocos acompañado por la lluvia.

    Película número 50

    Con su película número cincuenta (cifra sin duda extraordinaria) Allen vuelve a rodar en la ciudad de su corazón, su adorada Nueva York a la que tantas muestras de amor le ha dedicado. Y lo hace para tratar sus temas de siempre (algunas de sus cintas, como Medianoche en París, son claramente reconocibles aquí), sin que ello sea óbice para que el encanto surta efecto y se salga de la sala con una media sonrisa, consciente de haber visto el trabajo de un artesano del cine, de un tipo que sabe lo que hace y cómo hacerlo.

    A pesar de todo, y de que Allen tiene ya 84 años, la película y sus diálogos tienen frescura, rebosa juventud. Son estos los que vertebran la película, lo que importa. Es cierto que las situaciones pueden resultar poco creíbles (que en una ciudad tan gigantesca se sucedan tantas casualidades y encuentros fortuitos en tan breve lapso…) pero lo que importa son las conversaciones, cómo los personajes desnudan sus almas, cómo muestran sus sentimientos. Vamos, lo que siempre ha hecho el director, que siempre sorprende, que es lo que buscamos sus fans.

    En la historia de Día de lluvia en Nueva York, que empieza quizás con modos y formas algo anquilosados, evoluciona poco a poco hasta enamorar. Sus protagonistas, enfrentados a un fin de semana que iba a ser inolvidable (y que lo es, pero por otros motivos a los esperados), están brillantes. No es para menos, ya que Chalamet y Fanning (que muestra su vis cómica) son grandes, cada vez más. Es una historia romántica donde la nostalgia y la melancolía se mezclan con situaciones divertidas (rayanas en el absurdo a veces) rodada con el talento y la sabiduría de un genio.

    También hay que destacar la fotografía de un clásico como Vittorio Storaro. En esta, su cuarta colaboración (que no va a ser la última) con el director, revela la belleza de la ciudad bajo la lluvia (cuando empieza a caer el agua es cuando la magia empieza a actuar en la historia). Una ciudad a la que dota de un encanto especial, como en un ensoñamiento. Y luego está el tema, también habitual en Allen, del cine dentro del cine. Y, por supuesto, el jazz. El otro gran amor del director junto a la ciudad en la que nació.

    Más críticas en www.happyphantomblog.wordpress.com.

    día de lluvia en nueva york
  • Joker: Génesis de un monstruo

    Joker: Génesis de un monstruo

    Las expectativas eran altas, y mucho, incluso antes de que Joker  se hiciera, contra todo pronóstico con el León de Oro en el último Festival de Venecia. Y las expectativas no solo se han cumplido, sino que se han superado sobradamente. Todd Phillips ha hecho una película inmensa, con un soberbio Joaquin Phoenix que va lanzado directo al Oscar al mejor actor, con lo que nos encontraríamos con el extraño caso de tener dos intérpretes que consiguen el premio por el mismo papel (después de que Heath Ledger ganara su premio póstumamente por su papel en El caballero oscuro).

    Joker ha estado envuelta en la polémica desde el primer momento. Si bien la crítica se ha rendido a sus pies casi mayoritariamente, no han faltado las voces que la han criticado por (dicen) promover la violencia, por jactarse de ella. Incluso la productora Warner se ha visto obligada a emitir un comunicado certificando que Joker es ficción. Lo cual deja bastante a las claras que estamos montando un planeta en el que los tontos son cada vez más. Cosas de las redes sociales, que cualquiera puede opinar de cualquier cosa.

    Arthur Fleck sobrevive haciendo de payaso en pequeños trabajos en la oscura y deprimente ciudad de Gotham, mientras cuida de su madre enferma. Su única motivación y fin en la vida es hacer reír a los demás. Además, Arthur debe lidiar a diario con el aislamiento social que le provoca su enfermedad mental, visible sobre todo por unos incontrolables ataques de risa que hace que le miren mal, y la ayuda psiquiátrica que recibe desaparece por los recortes del gobierno. Pero su risa está acompañada de una tremenda rabia, por las injusticias que sufre cada día, acontecimientos que poco a poco irán haciendo mella en él hasta que llegue la explosión y le hagan convertirse en el Joker.

    Estados Unidos-Canadá, 2019 (121′)
    Dirección: Todd Phillips.
    Producción: Bradley Cooper, Todd Phillips, Emma Tillinger Koskoff.
    Guión: Todd Phillips, Scott Silver.
    Fotografía: Lawrence Sher.
    Música: Hildur Guðnadóttir.
    Montaje: Jeff Groth.
    Intérpretes: Joaquin Phoenix (Arthur Fleck), Robert de Niro (Murray Franklin), Zazie Beetz (Sophie Dumont), Frances Conroy (Penny Fleck), Brett Cullen (Thomas Wayne), Shea Whigham (Detective Burke), Bill Camp (Detective Garrity), Glenn Fleshler (Randall), Leigh Gill (Gary), Josh Pais (Hoyt Vaughn), Rocco Luna (GiGi Dumond), Marc Maron (Gene Ufland).
    *****

    El director de cintas como Aquellas juergas universitarias, Road trip, o la trilogía del Resacón…, cambia de registro y firma su obra magna. Jamás ha hecho nada igual. Es más, jamás lo hará de nuevo. Phillips toma referencias evidentes de la Taxi driver de Scorsese, en una época en la que la piel del espectador es más fina que cuando aquella se estrenó. El de Joker ha sido un personaje que ha evolucionado desde el cómic, aunque hasta ahora solo lo conocíamos como tal, sin saber el origen de todo. Phillips nos pega a la nuca de Fleck, un Joaquin Phoenix espectacular, inmenso, que se deja la piel con una interpretación en la que nos provoca miedo y lástima a partes iguales.

    Ahí está el quid del asunto. Llegamos a empatizar con él, a comprender (que no compartir) su reacción. Fleck suelta una frase descomunal que lo explica todo a la perfección: “Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”. Y es que, aquí, la enfermedad mental, lo que la autoridad califica como enfermedad mental, cuando el cerebro de una persona funciona de modo diferente a lo que se considera normal, y en vez de ayudarle para ‘reinsertarlo’ en la sociedad, lo separa, lo aleja, lo ridiculiza y estigmatiza, es el origen de un mal que se podía evitar. Fleck (Joker) es un humano, un ser ambiguo con sus contradicciones, aunque ello no implica que se presente como un ejemplo. Es el Joker, y todos sabemos qué y cómo es el Joker.

    No es una película de superhéroes (supervillanos más bien), aunque veamos muy sutilmente el germen de Batman, ni de otro lado. Es un drama psicológico, un thriller con una pizca de terror, con cierto mensaje político, en la que el director ni defiende ni celebra al personaje. Es una película mayúscula para celebrar el cine.

  • Mientras dure la guerra: Las dos Españas

    Mientras dure la guerra: Las dos Españas

    En la montaña rusa que es la filmografía de Alejandro Amenábar, donde ha tenido éxitos y fracasos, le tocaba ya estar en el lado bueno, después de los desastres de sus anteriores cintas, las muy flojas Ágora y Regresión. Así, el autor de buenas películas (tan diferentes entre sí) como Tesis, Los otros o Mar adentro, nos ofrece con Mientras dure la guerra una cinta muy interesante. En la que, a pesar de tratar un tema que en este país nuestro siempre resulta polémico, como es el de la Guerra Civil, con el que es fácil caer en el maniqueísmo, de hecho se suele caer, Amenábar huye de él (y lo consigue casi del todo)

    Situada en el verano de 1936, en los inicios del levantamiento militar contra la República, en la ciudad de Salamanca, la trama toma como protagonista al insigne Miguel de Unamuno, que tras apoyar públicamente la sublevación por los desmanes del gobierno, es destituido de su puesto. Mientras, el general Franco inicia una campaña, con el apoyo de un equipo fiel, repleta de éxitos con la esperanza de hacerse con el mando único. La deriva sangrienta que va tomando el conflicto, y el encarcelamiento de algunos amigos llevan a Unamuno a cuestionar su postura inicial.

    España-Argentina, 2019
    Dirección: Alejandro Amenábar.
    Producción: Alejandro Amenábar, Fernando Bovaira, Domingo Corral, Hugo Sigman.
    Guión: Alejandro Amenábar, Alejandro Hernández.
    Fotografía: Alex Catalán.
    Música: Alejandro Amenábar.
    Montaje: Carolina Martínez Urbina..
    Intérpretes: Karra Elejalde (Miguel de Unamuno), Eduard Fernández (Millán Astray), Santi Prego (Francisco Franco), Luis Bermejo (Nicolás), Tito Valverde (General Cabanilles), Nathalie Poza (Ana), Patricia López Arnaiz (María), Inma Cuevas (Felisa), Carlos Serrano-Clark (Salvador Vila), Luis Zahera (Atilano Coco), Luis Callejo (General Mola), Mireia Rey (Carmen Polo).
    ****

    No ha faltado quien ha resaltado los errores históricos de la cinta, olvidando que todas (absolutamente todas) las películas basadas en hechos reales se toman alguna que otra licencia para que la cinta funcione como producto fílmico. Y sí, hay cosas que en realidad no sucedieron, o que ocurrieron de modo diferente, pero en lo sustancial Amenábar se lo ha tomado muy en serio, intentando tomar un punto medio, sin decantarse por uno de los bandos.

    De hecho, no cae en lo fácil, que hubiera sido caricaturizar a algunos personajes que se podían prestar a ello (el histrionismo de Millán Astray, por ejemplo). Es más, el dibujo de caracteres es magnífico. No hay brocha gorda en ninguno de ellos, todos tienen matices que ayudan a humanizarlos. También ayuda, por supuesto, el inmenso trabajo de Santi Prego, Karra Elejalde y Eduard Fernández.

    Amenábar ha creado un retrato veraz de la compleja España, con protagonistas complejos, con aristas, y que se muestra alejada a lo que acostumbra a mostrar nuestro cine del conflicto. Y que, además, en cierto modo, sirve como reflejo en la España actual.

  • Ad Astra: El infinito interior

    Ad Astra: El infinito interior

    Un director tan acostumbrado a llevarse a su terreno personal cualquier género como James Gray, lo ha vuelto a hacer en Ad Astra con un tema en el que, contra lo esperado, el resultado ha sido tan satisfactorio como en otras ocasiones. Funcionó con los policíacos La otra cara del crimen y La noche es nuestra, y con los melodramas Two lovers o El sueño de Ellis.

    Ahora, con su inmersión en la ciencia ficción espacial falla precisamente en este aspecto, que aunque (evidentemente) no puede despreciar, Gray está más atento a otras cosas.

    La acción transcurre (nos dicen) en un futuro cercano. Después de que unas misteriosas descargas electromagnéticas provenientes del espacio exterior, el experimentado astronauta Roy McBride es contactado por sus superiores para una misión secreta. Treinta años atrás, Clifford McBride, el padre de Roy, considerado un héroe, una leyenda, se embarcó en el Proyecto Lima, que buscaba vida inteligente en el universo. El contacto se perdió en las cercanías de Neptuno y se le dio por muerto. Pero ahora, esas extrañas descargas que amenazan con acabar con la vida en el planeta, hacen pensar que sigue vivo y es el causante de ellas. Roy será el encargado de contactar con un padre al que idolatra.

    Estados Unidos-China-Brasil, 2019 (122′)
    Título original: Ad Astra.
    Dirección: James Gray.
    Producción: Dede Gardner, James Gray, Anthony Katagas, Jeremy Kleiner, Arnon Milchan, Yariv Milchan, Brad Pitt, Rodrigo Teixeira.
    Guión: James Gray, Ethan Gross.
    Fotografía: Hoyte van Hoytema.
    Música: Max Richter.
    Montaje: John Axelrad, Lee Haugen.
    Intérpretes: Brad Pitt (Roy McBride), Tommy Lee Jones (H. Clifford McBride), Ruth Negga (Helen Lantos), Donald Sutherland (Thomas Pruitt), Liv Tyler (Eve), Kimberly Elise (Lorraine Deavers), Loren Dean (Donald Stanford), Donnie Keshawarz (Capitán Lawrence Tanner), Sean Blakemore (Willie Levant), Bobby Nish (Franklin Yoshida).

    Gray, como acostumbra, se centra más en el intimismo, en el interior del protagonista, que narra en voz en off sus sentimientos, lo que pasa por su cabeza en esas circunstancias tan intensas y profundas para él. La relación con el padre desaparecido, la construcción de la figura del héroe, creada a partir de la ausencia. Y cómo Roy se va convirtiendo básicamente en su padre, también a partir de esa misma ausencia a la que somete a los que le quieren. Es un viaje hacia el interior en busca de redimirse, ante su novia, ante sí mismo.

    También es una película que se plantea las preguntas trascendentales que la humanidad viene planteándose desde hace siglos. Quiénes somos, hacia dónde vamos… planteándose que el hombre es una especie devoradores de mundos, y que quizás sea ahí a donde nos dirigimos cuando el planeta que habitamos fenezca.

    Es cuando Gray se mete en el terreno más espectacular, más de ciencia ficción pura, cuando la cinta patina un poco: la persecución en la Luna parece un pegote, la secuencia de la explosión y la huida de Roy atravesando un campo de meteoritos resultan inverosímiles… Pero claro, es que la historia no va por ahí. Gray pretende una historia contemplativa, un retrato interior del ser humano, y ahí sí, Ad Astra resulta hipnótica, y por momentos sobrecogedora.

  • A dos metros de ti: Enfermedad almibarada

    A dos metros de ti: Enfermedad almibarada

    En A dos metros de ti, Stella Grant es una típica joven de 17 años, que adora a sus amigos, aunque, al contrario que la mayoría de chicas de su edad, pasa gran parte de su tiempo en un hospital por la fibrosis quística que padece, y de cuyo proceso y desarrollo habla en su canal de Youtube.

    Es una fanática del control, para la que todo debe estar medido y en su justo lugar. Un día conoce a otro joven paciente, un chico encantador y rebelde llamado Will Newman, también internado en el hospital, y que pone a prueba su mundo. Aunque, por la enfermedad que ambos tienen, deben mantener una separación constante de dos metros, para evitar la infección cruzada, y que las bacterias de uno ataquen al otro.

    Estados Unidos, 2019 (116′)
    Título original: Five feet apart.
    Dirección: Justin Baldoni.
    Producción: Justin Baldoni, Cathy Schulman.
    Guión: Mikki Daughtry, Tobias Iaconis.
    Fotografía: Frank G. DeMarco.
    Música: Brian Tyler, Breton Vivian.
    Montaje: Angela M. Catanzaro.
    Intérpretes: Haley Lu Richardson (Stella), Cole Sprouse (Will), Moises Arias (Poe), Kimberly Hebert Gregory (Barb), Parminder Nagra (Dra. Hamid), Claire Forlani (Meredith), Emily Baldoni (Julie), GAry Weeks (Tom), Cynthia Evans (Erin), Brett Austin Johnson (Jason), Ariana Guerra (Hope), Sophie Bernard (Abby), Cecilia Leal (Camila).

    A dos metros de ti está construida sistemáticamente para no dejar un solo ojo seco en la sala, objetivo que cumple utilizando las peores artimañas posibles, con situaciones mil veces vistas y personajes arquetípicos, y que van empeorando a medida que avanza la historia. Y es que si, en su primera parte se observa un nivel aceptable, sin caer demasiado en el sentimentalismo, en la segunda mitad el almíbar va en un in crescendo imparable, con un guion que cae muchas veces en sinsentidos, con situaciones imposibles, que ocurren porque sí, simplemente porque les viene bien a los personajes.

    A pesar de que salva el hecho de que prácticamente toda la película esté rodada en un único escenario (entre las cuatro paredes de un hospital), lo que acentúa el hecho de que los protagonistas (sobre todo él, mucho más pesimista en este aspecto) lo vean como una cárcel, que les mantiene atrapado, sin poder salir, y hablando constantemente de sus ansias de ser libres, de su deseo de viajar, de vivir las vidas que sus amigos están viviendo por ellos, el guion es previsible sin la más mínima sorpresa, y está repleto de diálogos torpes y clichés pasados de moda (como el del mejor amigo gay, cuyo final se ve venir desde la primera vez que lo conocemos).

    Solo el arranque y la solvencia interpretativa y el carisma de su joven protagonista, Haley Lu Richardson, capaz de soportar estoicamente que la cámara esté (casi) permanentemente encima de ella y salir airosa del envite, salva del fracaso total A dos metros de ti. Una cinta que en Europa pierde el sentido del título original (esos cinco pies de distancia frente a los seis reales que son necesarios, y que son una rebelión contra la enfermedad, un modo de arrancarle algo frente a lo mucho que esta les ha robado). Son las cosas que tiene el sistema métrico…

  • It Capítulo 2: Larga decepción de la segunda parte

    It Capítulo 2: Larga decepción de la segunda parte

    Los hermanos Muschietti (Barbara a la producción y Andy en la dirección) concluyen su obra magna (por envergadura de producción, por extensión -más de cinco horas en total-, y por la procedencia de la historia -un libro que supera las mil páginas-) dos años después de haberla empezado por todo lo alto, dándonos un pequeño bajón. Se esperaba mucho de It Capítulo 2 de la historia de Pennywise, pero el resultado defrauda en muchos aspectos, a pesar de que la cinta también tiene elementos reseñables.

    Han pasado veintisiete años desde que el «Club de los Perdedores» se enfrentara al despiadado payaso asesino. Después de aquello, Bill, Berverly, Richie, Ben, Eddie y Stanley se marcharon de Derry a la primera ocasión. El tiempo y la distancia han hecho que los recuerdos se hayan borrado de sus mentes. Pero ahora, Pennywise ha vuelto, y Mike (el único que sigue en el pueblo) les avisa para que, cumpliendo la promesa que hicieron, regresen de nuevo, para intentar acabar de una vez por todas con la maldición.

    Canadá-Estados Unidos, 2019 (169′)
    Título original: It Chapter Two.
    Dirección: Andy Muschietti.
    Producción: Roy Lee, Dan Lin, Barbara Muschietti.
    Guión: Gary Dauberman, basado en la novela de Stephen King.
    Fotografía: Checco Varese.
    Música: Benjamin Wallfisch.
    Montaje: Jason Ballantine.
    Intérpretes: Jessica Chastain (Beverly Marsh), James McAvoy (Bill Denbrough), Bill Hader (Richie Tozier), Isaiah Mustafa (Mike Hanlon), Jay Ryan (Ben Hanscom), James Ransome (Eddie Kaspbrak), Andy Bean (Stanley Uris), Bill Skarsgård (Pennywise), Javier Botet (Hobo / La bruja), Xavier Dolan (Adrian Mellon).
    ***

    El principal problema (de los varios que tiene) al que se enfrenta esta It Capítulo 2 es que su duración es a todas luces excesiva. Hay muchísimo relleno que no aporta nada (la mayoría de los flash-backs, la innecesaria narración de la búsqueda de los objetos del pasado por todos los protagonistas, que lleva la reiteración a un nuevo nivel…). Aunque gracias a ello volvemos a disfrutar de los protagonistas en su faceta adolescente (los de la primera parte, vamos), que son inmensamente superiores a los adultos, a pesar del renombre de muchos de ellos (Jessica Chastain y James McAvoy, los dos pesos pesados de la cinta, están con el piloto automático, completamente desdibujados), manteniendo prácticamente los mismos caracteres que sus personajes adolescentes, sin entrar a indagar en sus neuras, lo cual hubiera sido muy interesante. Únicamente Bill Hader mantiene el tipo con una actuación repleta de matices.

    It Capítulo 2, a pesar de algún que otro momento de gran potencia (como el arranque de la película, que es también el comienzo del libro), adolece de una falta de ritmo en casi todo su metraje, es muy plana y simplona en muchos momentos, recurriendo a continuos movimientos de cámara, sustos a base de elevar el sonido, y monstruos que (a pesar del trabajo de Javier Botet) llegan a resultar caricaturescos, y que, sinceramente, terminan por hastiar. Incluso hay lagunas en el guion, elementos de la historia que quedan en el aire después de plantearse.

    El resultado final no cumple las expectativas, dedicándose a repetir lo ya planteado en la primera parte, y dejando en el aire otras tramas que podrían resultar más interesante.

  • Fotografía: Atracón de naftalina

    Fotografía: Atracón de naftalina

    No es que nos llegue mucho cine desde la India, precisamente, a nuestras salas. La ingente producción del país es (debe ser) muy variada, aunque los elementos más conocidos son su colorido, la importante presencia de la música prácticamente en todas ellas. Cosas que aquí, en Fotografía, última película de Ritesh Batra (del que hace un par de años vimos la interesante El sentido de un final), brillan por su ausencia.

    Alemania-India-Estados Unidos, 2019 (110′)
    Título original: Photograph.
    Escrita y dirigida por: Ritesh Batra.
    Producción: Ritesh Batra, Viola Fügen, Neil Kopp, Michel Merkt, Vincent Savino, Anish Savjani, Michael Weber.
    Fotografía: Tim Gillis, Ben Kutchins.
    Música: Peter Raeburn.
    Montaje: John F. Lyons.
    Intérpretes: Nawazuddin Siddiqi (Rafi), Sanya Malhotra (Miloni), Sachin Khedekar (Kanti Bhai), Denzil Smith (Hasmukh Bhai), Brinda Trivedi (Saloni), Lubna Salim (Sheilaben), Rajesh Kumar Sharma (Fazlu Master), Shihaan Bakshi (Mohan), Akash Sinha (Banke), Seema Pravin Shende (Teller).

    Rafi se gana la vida haciendo fotografía a turistas. Su abuela le presiona para que se case. Él le miente diciendo que ya está prometido. Y cuando ella le anuncia su visita, él busca y logra convencer a Miloni, una joven y melancólica estudiante a la que había hecho una foto días atrás, para que se haga pasar por su novia ante la anciana. Entre los dos se irá forjando una inesperada relación.

    Fotografía, la cinta de Batra está cocinada a fuego lento. Muy, muy lento. Cae en tópicos que ya están más que manidos. Todo huele a naftalina, a antiguo, y en muchos momentos recibimos una invitación al bostezo. Tu fotografía es una película que quizás hubiera funcionado años atrás, pero que ahora no cuaja. Ni el ritmo, ni la historia. Ni lo que cuenta (esa cultura machista que echa para atrás a pesar de que la intenten disfrazar de romanticismo), ni el cómo se cuenta.

    Hay algunos momentos estéticamente bellos. Pero es una belleza casi vacía. O más bien críptica. Desconozco si alguna escena se ha quedado en la mesa de montaje, pero es difícil de comprender lo que ocurre en la historia en algunos momentos (ni siquiera vemos qué le dice Rafi a Miloni para convencerla). Como si todo estuviera rodeado de un halo de irrealidad (lo que, extrañamente, le daría algo de ‘lógica’ a lo que está pasando). Una historia de amor en la que los amantes apenas se tocan, en la que apenas se sonríen, en la que hablan en susurros (todo el tiempo) a pesar del bullicio de la ciudad…

    Hay multitud de hechos aleatorios, que no se explican, que no vemos y que tenemos que creer. Fotografía es una película inexpresiva, que da pistas vagas y argumentos débiles, como sus personajes, que parecen no preocuparse de estar engañando a una pobre anciana (la chica incluso acepta las joyas que esta le da), y que termina quedando incompleta. Dejando esa sensación de que te has perdido algo, de que no te han contado parte de la historia.